El barco invisible

Fedosy Santaella

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El escritor francés de la segunda mitad del s. XX, Georges Pérec, en un libro póstumo titulado L’Infra-ordinair (1989), es decir, Lo infraordinario, nos aconseja a lo largo de las seis partes metamórficas del libro, otorgarle más valor en la atención hacia el devenir de la cotidianidad que a lo que llamó Guy Debord, La sociedad de espectáculo, esa proyección virtual ajena, compuesta de los sucesos de la prensa, la televisión y la publicidad. El poeta y narrador venezolano, Fedosy Santaella, en su más reciente libro de poesía, El barco invisible (Oscar Todtmann editores, 2020), parece hacer surgir sus textos poéticos-narrativos-crónicos -experimentales de una coyuntura crítica entre la emotividad de un imaginario de referencias culturales del mainstream   y la verdad íntima de lo que sucede naturalmente en la realidad humana y no puede cuestionarse, esa vida en su desnudez de intemperie, desapercibida y reencontrada a través de un empleo hábil de la ironía, el absurdo y el ridículo. Los griegos denominaban a la alétheia (αλήθεια) verdad, aquello que se mostraba como lo evidente, pero también como la acción del desocultar del ente. Ahora, en nuestra época actual con el imperio soberano de la pantalla, lo cotidiano consiste en una presencia inadvertida del devenir cuya mirada es des automatizado por Santaella hasta el punto de hacer coincidir lo infraordinario en lo macro-extraordinario de referencias a la televisión, la cultura y el cine como es el caso de films como Blade Runner en el que se establecen diálogos intrigantes, menciones paranormales a David Lynch, citas enigmáticas de Michel Foucault conversando con Fester Addams mejor conocido como Tío Lucas, los bosques de las series nuevas de Netflix, sin olvidar a Charles  Wright y Huang Po cenando en un cuadro de  Hopper con un riff de guitarra de Skip James. Así vemos, cómo la aventura anónima de un hombre puede convertirse en una odisea cuando logra ver la  cotidianidad del día a día con la incandescencia ensoñadora y crítica de quien escribe, con pasión de riesgo y desencanto, desde la sabia mueca tragicómica de un héroe invisible que logra conmover al lector.

Daniel Arella, Mérida, 2020.

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plan conspirador número 49

Su plan era matarse en un día y una hora precisos.
Volver, andar medio muerto y escribir un libro.
Porque todos los que escriben
están un poco o bastante muertos.
Tenía grandes planes el chico que granizaba.
Pasar sus días en una piscina, ése era otro.
Con escafandra, bajo el agua, rodeado de tiburones.
También le gustaba Isla del Carmen,
pero ya había demasiado sargazo
cuando llegó con su traje y sus tubos respiradores.
Matar a alguien, de preferencia un tirano.
Matar a alguien, sí, y ser otro para siempre.
Llorar viendo películas viejas,
de Orson Welles o Roger Corman.
Leer en la cama una novela apocalíptica
con la noche en la ventana.
Los búhos, los grillos.
El chico que granizaba fumaba bajo los postes de su calle,
se hacía aquellos planes y luego se quedaba en blanco,
con sus vecinos más allá de los jardines
celebrando graduaciones, bautizos o los goles de su equipo.
Terminaba el cigarrillo, volvía a su sillón
en la oscuridad de la sala
y hacía granizar sobre el mundo.

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No todos los perros tienen la suerte de usar escafandra

Te duele la muerte que no te ha muerto.
¿Quién te manda a escuchar a Skip James un domingo a las diez de la mañana mientras preparas el desayuno? Porque es así: Skip James canta como si te anunciara que la muerte va a venir a buscarte.
Desde hace rato andas pensando formas de hacer desaparecer a la humanidad… Y en cómo luego desaparecerás tú, claro está, porque al cabo de pasártelas muy bien en el planeta vacío, el asunto se tornará, sin duda alguna, muy aburrido. Pero antes de hastiarte de ser el único sobreviviente del planeta, primero deberías cargarte a la humanidad. Has venido pensando en el mar de los sargazos. Eres un buen escafandrista, es inevitable que lo hagas; pensando, sí, en cómo se está moviendo el sargazo hacia las costas, cómo ha alcanzado Cancún, Isla del Carmen, la Riviera Maya. Es como si hubiese decidido expandir las fronteras, como si nos dijese que ya ha tenido suficiente, que los humanos nos hemos portado mal.
Quizás, si lograras hacer que no sólo se abrieran las fronteras materiales de aquel mar sombrío, sino también el Limbo de las Bermudas, aquel Triángulo de los perdidos.
Quizás aquel Limbo también esté alcanzando las costas.
Quizás sea una especie de neblina imperceptible que no se detiene en la orilla ni necesita del agua para continuar tierra adentro.
Quizás esta neblina pueda lamer las pieles, las carnes de los hombres.
Quizás, en un parpadeo, aquel y este otro dejen de estar y al final sólo quedes tú escuchando en el aire la voz de Skip James.
Porque el Limbo tiene la voz de Skip James.
Así, el día que ya te canses
de jugar al camarero solitario
en algo así como un diner de Hopper,
te sacarás por fin la escafandra
y te dejarás lamer por el Limbo.

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Cafeína en el Gran Hotel Madrugada

El último hombre libre ha tomado demasiado café durante el día.
Ahora la noche se le ha metido en un agujero
y la humanidad rezuma ronquidos allá dentro. Eso es el insomnio.
Eso y rebotar una pelota contra el paredón de squash, allá,
a solas en la inmensidad del Gran Hotel Madrugada.
Es igual siempre. Un rebote, atrapa la pelota;
la lanza, otro rebote, la vuelve a atrapar (y así).
En cierto momento y en pleno rebote,
se aparta y la pelota sigue hasta el fondo,
donde es tragada por una esquina ahíta de vacío.
Ahora, sobre la cama de una de las habitaciones,
el último hombre libre arma versos que escribirá mañana.
Nunca salen iguales a como los pensó,
ese será su problema al otro día;
en este momento, mientras los piensa,
aquellos versos son perfectos y le dan sosiego.
El último hombre libre lleva
la mayor parte de su vida escribiendo.
No ha servido para nada más. Quizás por ello se montó
todo aquel rollo de la libertad fuera de tiesto, él,
que un día comprendió que no sabía tomar previsiones.
Nicanor Parra escribió en alguna parte
que no podía juntar dos ideas y que por eso se llamaba poeta.
También dijo por allí cerca que Rulfo era un adicto
a la página en blanco. El último hombre libre
hubiese querido ser como Rulfo,
pero entonces no habría podido ser libre.
Ya saben, por aquello de la adicción.
Así que escribía para seguir siendo libre, o algo por el estilo.
Hágase pues a esta idea: son infinitos los agujeros
y los estertores en el Gran Hotel Madrugada.

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13 anotaciones éticas sobre la elegancia

…….La elegancia es una forma de la ética. Hay quienes no lo saben
…….o no lo entienden ni nunca lo entenderán. A ver, yo hablo
…….de la elegancia del que fue a la Legión Extranjera. Así pues,
…….tome en cuenta que
1)    Si usted no anduvo de caravanas con un rifle al hombro
2)    si no vio y no guardó lo vivido en los polos (como míster
…….Strand)
3)    si no aspiró la entrepierna de la selva
4)    si no tuvo alucinaciones de naufragios en el desierto
5)    si no se dejó ganar por la tentación de los demonios
6)    si después no la despreció con sonrisa redimida
7)    si no buceó en las costas de Eritrea y palpó las tetas de Lilith
8)    si no excavó en la tumba de un dios olvidado
9)    si no enfermó de muerte en ruinosos camastros de hoteles
…….baratos (como aquel gaviero, sin duda elegante)
10)   si no se emborrachó con marinos de Singapur
11)    si no bajó con los corceles negros a las praderas en llamas
12)   si no fumó con sultanes y patanes
13)   si el deseo nunca lo puso de rodillas
…….entonces, déjelo ir,
…….que Rocambole no es para todos
…….ni tampoco la Legión Extranjera.

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La política de la acnestis

Este círculo virtuoso, amoroso, de la incapacidad.
Esta garra limada de cazador,
domesticada en rasguño necesario, casi caricia.
Este ver lo que no podemos ver,
este tocar lo que no podemos tocar.
Este mi alcanzar de ti, este tu alcanzar de mí.
Este saciarnos como bestias de aguas lejanas.
Este matar de hormigas antediluvianas.
Este gesto que nos retrocede al origen.
Porque sí, hemos logrado mucho con la silla o la pared
(sobre todo si aventaja en lo rugoso),
y es posible, claro que es posible,
pero viéndolo bien, siempre nos sentimos

tan ridículos y, sobre todo,
tan solos.

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Qué hacer cuando se tropieza con una historia al vuelo

Esta mañana di con una historia que iba por el aire, bajo y al descuido. En esta hay un soldado con su traje de gala junto a un carro antiguo, algo así como un Buick del 38. Las manos del soldado se mueven hacia adelante y encuentran una cintura, la de su novia, una chica rubia, de ojos de niña, una chica de las que sólo pueden ser amadas por siempre. El soldado y su novia se miran, él hace un gesto, como si recordara algo que le falta, y busca en el bolsillo de su camisa. De allí saca un avioncito de metal, un modelo también de otras épocas. Es de cuerpo rojo con alas blancas, brilla orgulloso y cabe en la palma de la mano. La novia del soldado sonríe, toma el avioncito, acaricia la cara del soldado y lo besa. Mientras ambos se entregan al abrazo y al beso, el avioncito gira en torno a ellos, da un par de vueltas y sale disparado hacia las nubes.

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El héroe

Ella está en un club con piscina, la acompaña su madre. Están sentadas en una larga mesa con otras gentes, ingenieros con sus parejas. En una pantalla hay fútbol. Ella se aburre, también su madre. Los demás se aburren por igual, pero no quieren admitirlo. El aburrimiento es su estatus, su poder. Contraté tres mercenarios, estamos detrás de unos arbustos con un mortero M120 que lanza bombas de humo. Vamos a dispersar a la gente, voy a rescatarla. Le digo a los mercenarios que aguarden. Tomo impulso con una carrera y doy un salto. Más que volar, planeo alrededor de la piscina. Ella deja la mesa y espera a que yo vuelva al suelo. Hablamos, le digo que la salvaré. Es decir, no sólo la rescataré sino que también la salvaré, que es asunto muy distinto, ¿no es cierto? «Voy a alborotar las cosas», le digo. Ella toda enamorada, yo feliz de ser su héroe. Los mercenarios empiezan a disparar.

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Este empleado fuma demasiado en horas de oficina

Uno va caminando y se le ocurren frases dementes y lúcidas y
geniales y pronto las olvida y ya no más. Así nuestro cerebro huye
sanamente de los peligros del abismo. Leopoldo María Panero,
por el contrario, las retenía, se las fumaba, las decía, las escribía
y quizás no estaba del todo loco pero sí en el abismo.

Tengo acá Piedra negra o del temblar. En la biografía dice así:

«Más de la mitad de su existencia ha transcurrido en distintos
manicomios españoles: Mondragón, Leganés, Las Palmas de Gran
Canaria».

Luego agrega que ha protagonizado películas. Documentales,
claro. Pero por más que sea, nada es realmente verdadero si tienes
una cámara enfrente.

Ya ves, para Panero era importante poner que había sido actor y
que había estado en instituciones mentales. Es como si se hubiese
asegurado de hacernos saber que vivió buena parte de su vida
metido en una locura que se hacía pasar por locura para que la
gente creyera todo lo contrario. O algo así. Al fin y al cabo, un
curriculum vitae quiere decir eso, ¿no? Es tu carrera por la vida.
Por la vida del temblar.

Para las empresas, en cambio, una carrera de vida es todo lo que te
has jodido encerrado en una oficina. No has andado más que una
taza de café y una infidelidad de cafetín y de motel.
Pero además, en una oficina,
…………………………………..no se puede fumar.
Ya lo decía Leopoldo María:
«Peor es mentir que fumar».
Luego se iba con la tarde,
recitando poemas de Nostradamus.
Y ya no más.

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Fedosy Santaella. Puerto Cabello, 1970. Narrador, poeta, antologista y docente venezolano. Licenciado en Letras por la Universidad Central de Venezuela. Ha publicado con editoriales como Alfaguara, Bid&Co y Ediciones B. Sus dos novelas más recientes, Los nombres y El dedo de David Lynch, fueron editados por Pre-Textos (España)En 2009 fue becario del programa internacional de escritura de la Universidad de Iowa. En 2010 quedó entre los diez finalistas del Premio Cosecha Eñe de España. En 2013 ganó el concurso de cuentos de El Nacional (Venezuela). Ese mismo año estuvo entre los nueve finalistas del premio de novela Herralde. En 2016 se hizo acreedor del premio internacional Novela Corta Ciudad de Barbastro. En 2018 publicó el libro de poemas Tatuajes criminales rusos (Oscar Todtmann Editores). En 2019, publicó su libro de ensayos Gabinete del ocio (Abediciones) y Retablo de plegarias (El Taller Blanco Ediciones, Colombia). Algunos de sus textos han sido traducidos al chino, al esloveno, al japonés, al ruso y al inglés. En 2020, publica El barco invisible, también con Oscar Todtmann Editores.

La imagen que ilustra este post fue realizada por la artista venezolana Angélica Lozada.

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