El bosque imita al desierto

Sobre Exterminio, de Juan Manuel Silva

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Juan Pablo Pereira

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«Hay cadenas que solo Dios podría romper. Y Él no las rompe»
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Edmond Jabès
«Pero a los sabios, ancianos renovados,
que de nuevo se dan al Amor y a él se entregan por completo
los llamo jóvenes y ancianos»
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Hadewijch de Amberes
«Y me dirijo con mi ciencia de cántaros rotos a reparar la torre que está dentro del hombre»
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Exterminio, XXI

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El efecto o más bien los efectos que Exterminio produce en «el lector» –esa máscara en que el presentador decide esperar hasta que todos, incluyendo el poema mismo, dejen de mirarlo– son profundos, casi cinéticos de lo sensoriales y refractarios a la aproximación (si se quiere) crítica. La presencia ante la extrañeza y su resistencia a la misma necesariamente contagia al infraescrito, empujándolo a analizar, análisis que le arroja conexiones curiosas y conclusiones falsas. Es que Exterminio es un libro peculiar. Mis disculpas de antemano.

«La poesía, cadena» (E., VIII): y sí, una cadena de máximas, invectivas y sentencias que parecen no compartir necesariamente sentido, sino un tono; esa cadena podría terminar por aterrizarnos –o aterrorizarnos– en una sensación de temblor y desamparo. Dado un texto que reúne afirmaciones en relativamente apretada sucesión, sin nítida u obvia relación entre ellos, la multiplicidad de esas afirmaciones podría no sumar en la construcción de un significado rector, no digamos único. Con esto no quiero decir que Exterminio (Komorebi Ediciones, Valdivia, 2019), de Juan Manuel Silva, sea un libro del temblor y el desamparo y menos aún que no tenga sentido. Por el contrario. Pero sí, creo, es un libro de trayecto, por lo que incluye el temblor, el desamparo, el sinsentido y otros demonios del ir y volver.

Este presentador intenta siquiera hilvanar una definición entre definiciones que, como lector, sospecha ha de existir y alumbra estos segmentos: «El desierto tiene muchos rostros y su nombre no alude», (VIII). A riesgo de una entrada enteramente falsa, creo que de la continua presencia ante este texto uno empieza a imbuirse en Exterminio de la seriedad como énfasis, de una gravedad afirmadora de verdades (que suenan) reveladas. En el país de Parra y su aplastante victoria pírrica, esto puede pasar por sorprendente. En Exterminio imagino como hablante a un joven –cualquier joven– y su arrobo ante el develamiento, previo a descubrir la fisura que nos cruza como adultos y solo ensancha con los años hasta hacernos estallar, ocultando otra vez lo que la palabra intentó. Exterminio parece tener su germen en un libro juvenil (al parecer lo fue, si hemos de creer al posfacio del autor) y detenta la audacia resonante de esa escritura de los que todo lo supimos, siglos ha. No estoy diciendo que Juan Manuel haya escrito un libro de supuestas verdades –aunque– ni religioso –si bien–, pero sí que recupera un tono ajeno al cinismo y descreimiento propios tanto de la época como la de nuestra adultez que la malvive, retrocediendo esos dos carriles en las direcciones fractales de su pasado y el pasado. El golpe vuelve a ser el antiguo, no la corrosión en el metal sino el relámpago en la roca. En las aparentes antípodas de la hiperconciencia del lenguaje y dando estilísticamente la espalda a cualquier estética de la sospecha, Juan Manuel construye un texto arcaizante, pétreo, desértico, profético, judaico.

Pero contradictoria y al mismo tiempo consecuentemente con lo anterior, Exterminio podrá ser un libro juvenil, pero no joven. La misma claridad con que nos asalta la extrañeza ante una voz que no reconocemos como contemporánea -ni siquiera moderna- podría tener la fuerza de un vórtice para succionarnos a un punto de observación donde Exterminio es un libro viejo, mucho más viejo que Juan Manuel y mucho más viejo que sí mismo: «Y se creerá en los dones. Y se temerá los abismos, pues las galerías de la detención son más profundas que la ruina. El alma no puede entrar al tiempo. El tiempo eclipsa la reunión» (III). Ahora, aquí ante nosotros, se me antoja el libro más viejo del mundo, que mira hacia al futuro a Gilgamesh, contemporáneo al diluvio –«Toda lluvia debe haber sido en el comienzo»–, al primero de los hipogeos y al último de los mamuts, donde aún no nos han exterminado. Rescatado de la profundidad, renacido de la costra de lodo y sal que sepultó todo; sus sentencias parecen arañadas del polvo, de los restos de la casa familiar dejada atrás y llevada entre las uñas, como segmentos que simulan tablillas de una ley triste, cuneiforme, implacable: «Hay un precipicio que ciega las alcobas. Hay un afuera abierto más allá de las cosas. Hay un murmullo tras el horror que invita a arrojarse», (IV).

Las formaciones caleidoscópicas de este libro: de la fragmentación releída se produce un efecto en el lector: las sentencias que destacan en una lectura se hunden en la siguiente, emergiendo otras antes opacas o apagadas. Pero esa oscilación empieza a bailar en el tiempo entre uno y otro acceso a este texto, como el giro del tubo apegado al ojo y, como en él, no hay lectura repetible, si bien todas pueden parecerse al final sin tocarse. Esto puede, quizá, acercar a una especie de fulgor, si no escondiera en su transparencia el testimonio de una fundamental esterilidad, una suerte de lamento por los bosques quemados hasta el vidrio, la casa muerta en el incendio. Insisto acá en el desierto, en Juan, no Manuel sino el Bautista.

Pero la misma persistencia de la reflexión sobre la esterilidad («Pero es la vigilia de la letra, del zafiro, el último muro del templo, la única espera desde la procreación», XIV); persistencia que parece requerir la noción de lo fértil mientras procede a negarlo: «Solo el nombre articulado cristaliza en todos los nombres la presencia de la madre. Duerme al hijo en el hilo de ceniza. La destrucción de la familia es cada epifanía, cada iluminación, cada luciérnaga, cada imperio» (IV), termina por derrotar la esterilidad por obra de persistir, no mediante el concepto o la definición sino el movimiento. Este libro refracta al girar sobre sí y sobre sí vuelve. Joven, anciano, joven: ciego pero fuerte, vidente pero débil, finalmente no atado a tiempo alguno, sin dirección necesaria. Exterminio puede volver sobre sus pasos: al menos una vez lo leí de final a comienzo y –pueden creerme– da casi igual que no sea el mismo libro, porque cuando se relee en la dirección normal tampoco lo es: «Parece que las cosas vuelven sobre sí, destruyéndose o intentando levantarse» (XII). Exterminio es un trayecto, pero no un camino porque no tiene comienzo ni fin ni da a parte alguna. No es que sea el universo ni necesariamente eterno, pero es un círculo que podría empezar a girar en cualquiera de sus partes para devenir un dispositivo de movimiento perpetuo, es decir, cerrado; es decir, un poema, enterrando el pasado y empezando desde él («ya la urna es nuez», IX).

Si descreo de haber rasgado una aproximación posible (¿y cómo interpretamos a un desierto que muta a cada lluvia, con cada espejismo?), menos aspiro a haber agotado lectura alguna. Espero y admiraré mejores. Pero agradezco se me haya permitido abordar Exterminio, siquiera por haberme invitado a residir en esta torre, mientras afuera Ragnarok sigue sucediéndose.

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Santiago de Chile, diciembre de 2019

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E x t e r m i n i o

S e l e c c i ó n

 

iv

……..El oráculo de los necios llama tormenta al rumor del rayo. Aquella cadena de la concordia entonada en llamas para los hombres se perdió entre las lenguas, donde el cenit impide acceder al crepúsculo, al llano solar, pálido espejismo del éxtasis. Del huevo guardan las estaciones secretas la aparición de la sombra. La madre avispa ha hospedado de astros los cuerpos y los derviches son eco de dioses y planetas acariciándose sin contacto, procreando la lubricidad del desconcierto. Una letra, una runa, ha sido callada en el curso de las siembras. El cuerpo hecho canto pende. El óxido de la sangre se ha consumido en tejido y el ropaje de los hombres despierta en cada ángulo naciente. El tapiz inunda. No lee quien esconde cicatrices. La música de los seres vivos es el pan que se arroba entre las brasas.
……..Quien desnuda el sonido de su cuerpo sostiene resonancias sin repetir. Lo abierto te llena como en el tiempo del verbo, como en el tiempo de la escucha. La lengua besa. En la profundidad, ni lejía que debe el perdón al hijo, ni hueso hueco se sopla para animar la presa. Solo el nombre articulado cristaliza en todos los nombres la presencia de la madre. Duerme al hijo en el hilo de ceniza. La destrucción de la familia es cada epifanía, cada iluminación, cada luciérnaga, cada imperio. La fortaleza del tapiz es la cruz, el pacto, el pez donde vela. La larva es el umbral. En la hoguera el niño aguarda por la noche que la fibra se anude rasgando, que el cabello taña la calvicie, que cada oración encuentre el eclipse, que cada recuerdo sea un crisma.
……..Los heliotropos no siguen al padre.
……..Mientras los vencidos buscan un zafiro, la negra barba de la sombra se anuda hasta la materia. Los pétalos de la creación dirigen la mirada a la roca y las edades se desperezan al alba de la escritura, cuando aún los fanales no han mostrado el desastre.
……..Hay un precipicio que ciega las alcobas.
……..Hay un afuera abierto más allá de las cosas.
……..Hay un murmullo tras el horror que invita a arrojarse.

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viii

……..Toda presencia en movimiento tiende a la caída. No lo señalan los orígenes, ni las artes materiales, sino los fármacos que se confunden con la grama. La madera rota no ha de llorar, ni hospedar a Dios siquiera. Recuperará la vista en la savia no dispersa. Hay un movimiento que corresponde a los pueblos, que fue escritura de todo aquello pendiente. Y la deuda y el falso oscilar, son las preguntas de aquella vida a la que nuestro lenguaje avanza. El caminar del pasado fue procreación, delineación de formas en la cruz, no en la certeza del amado. Como los signos son detenidos, las diez casas aguardan el uno, no el once, sino el regreso al atrás de la bestia. La inversión de la cifra es un camino nebuloso. Las altas montañas son su nimbado deseclipse. El lugar donde la carne se hizo lengua y el poema final se guardó en la memoria del libertador.
……..La poesía, cadena.
……..El desierto tiene muchos rostros y su nombre no alude. Aunque sea la senda de las multitudes, algunos sobreviven. Crece la grama, el tallo y el árbol y algunos tienen el rostro quemado. A pesar de que se abran sin límites las salidas, solo uno conoce la entrada. No hay justos para el acontecer de la primavera. Su condición es necrófaga. Y no es más que retardo. Solo el niño junto al perro pueden ver al felino en la jungla, y cada rostro sujeto a la floración. Las rayas del tigre son el alfabeto del velo. Tanto adentro como afuera el soplar de lo alto regará de ceniza la siembra. No hay abogados ni acompañantes al final de la cosecha. La tierra y su bifronte constelación han ahuyentado a lombrices y cuclillos. Solo un ruiseñor. Ni comunicación ni mostaza, más que el vestido de la abundancia.
……..Todo movimiento es ya caída. Todo lenguaje sin dirección es destierro. Exterminio.

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xiv

……..Ha venido sucediéndose el fin. Los antiguos lo llamaron Ragnarok. No puede haber pasado en barbecho como crepúsculo sin habitantes de la luz.
……..La bestia es un recuerdo del árbol que conduce a las aguas más allá de las nubes. La primera arcilla, el fuego, no ha sido modelada aún en el tiempo, en la música.

……..Ya es antes y después del péndulo.
……..No por eso su aparecer es una renuncia al océano.
……..Son treinta y seis los senderos ocultos.
……..Son los únicos rostros que dan de comer en el desierto.

……..Decía un ser de plata que las entidades son un río disipado por el sueño. Pero es la vigilia de la letra, del zafiro, el último muro del templo, la única espera desde la procreación.
……..Las polillas saben beber del túnel tejido en el corazón. Su lengua ha sido puñal en la mano del escanciador.
……..Cada cuerpo un cántaro, un fruto pendiente en la señal, en el sacrificio.
……..Cada nota de la lombriz seca en el pico del ruiseñor, cada saludo, cada tálamo arrancado de raíz, cada niño perdido en el mercado, cada aullido de placer en la taberna, su búsqueda.
……..Tampoco fue la fuente y la voz escondida en el lamento.
……..La bestia es un ángel purpúreo en la letra blanca del Libro.
……..Así ha estado cayendo la cabeza de Jano en su centro.

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Juan Pablo Pereira.
Santiago de Chile, 1978. Poeta y traductor. Es egresado de Derecho de la U. de Chile. Ha participado en el taller de Gonzalo Millán (2002) en el Centro Cultural de España, y en el taller Premio Mustakis/ Biblioteca Nacional (2003) con Elvira Hernández. Su obra ha sido recogida en la muestra de poemas de anticipo, Explicación de la Palabra Cimitarra (Garaje Ediciones, Santiago 2007). Y algunos textos aparecen en «(SIC)», antología del taller Mustakis/ B. Nacional (Valente Editores, Santiago, 2004) y en el muestrario «Santa Rosa 57» (Ediciones Alquimia, Santiago 2007) y en revistas universitarias. Ha publicado blácbuc (Alquimia, 2010) y la  traducción de Definición Hermética de H.D. (Overol, 2018).

Juan Manuel Silva Barandica. Mendoza, 1982. Poeta, narrador, traductor y editor chileno-argentino. Ha publicado la Obra Completa del poeta Gustavo Ossorio (2009); los poemarios Bruto y Líquido (2010), Cetrería (2011), Trasandino (2012), Casimir (2014), Acerca de personas (2016), Ornitomancia (2017) y Exterminio (2019); la traducción de La roca de Wallace Stevens (2014) y Amistad, amor y matrimonio de Henry David Thoreau (2019); así como la novela Italia 90 (2015). Es uno de los editores del sello independiente Montacerdos.

La imagen que ilustra este post (S/T) pertenece a la artista venezolana Helami José Salas.

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