El bramido del monstruo

Cuerpos extraños de la memoria en la poesía colombiana contemporánea

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Angélica Hoyos Guzmán

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Y apagada la
lámpara oiremos bramar al
monstruo oscuro
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Horacio Benavides
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«Conversación a oscuras»

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En este epígrafe que he tomado del poemario Conversación a oscuras, del poeta colombiano Horacio Benavides (2014), se manifiesta el monstruo de la violencia, la huella del dolor a través de la poesía. Este bramido es un lenguaje de imágenes que constituyen cuerpos extraños, anomalías, porque se resisten a ser borrados, olvidados en el contexto del permanente estado de excepción que ha sido la guerra interna en Colombia. Desde lo anterior, la poesía incorpora lo político de lo contemporáneo. Constituye un ruido, con latencia y potencia en medio de lo oscuro de la impunidad y del olvido.

Para ampliar sobre esta idea es necesario primero observar el contexto literario y luego el contexto sociopolítico de Colombia. En cuanto a lo primero, las lagunas sobre las relaciones entre poesía y violencia son muchas, tal como lo afirma Juan Esteban Villegas (2016). Esto se debe principalmente a que en la crítica literaria se ha preferido siempre el estudio de la narrativa, es amplio el espectro de temas y subtemas, de relaciones que desde allí se abordan. Incluso también es una tendencia comercial: la de la literatura de la violencia en Colombia. Sin embargo, lo que nota Villegas y se puede percibir es que sí ha habido manifestaciones, sensibilidades poéticas alrededor del tema durante el siglo XX y este siglo. Con respecto a la realidad social, el francés Daniel Pecaút (2001), habla de dos periodos de violencia. El primero que se denomina violencia bipartidista, desde comienzos hasta cerca de la mitad del siglo XX y el segundo que es el de violencia generalizada que se da con la aparición de las guerrillas y grupos paramilitares, entre 1960 hasta nuestros días. En este panorama colombiano, la poesía contemporánea emerge como vehículo afectivo de la memoria, de la marca que ha perdurado por más de 50 años, y que tiene como antecedentes casi todo el siglo XX.

El verso de Benavides, hace alusión a este bramido del monstruo, en un poemario dedicado a la memoria de su hermano asesinado en los años noventa. De este modo, los libros y autores a los que me referiré a continuación, se caracterizan por manifestar la memoria de cuerpos, personas y colectivos que han sido violentados sobretodo en el periodo de generalización del conflicto armado. Noto en la poesía contemporánea colombiana una emergente necesidad de exponer las afecciones de la violencia, de decir, de memoralizar, como dice Giorgi (Giorgi 2014, 204) de traer a la luz el cadáver, romper la temporalidad de la muerte y de la vida, para hacer visible lo que la biopolítica esconde, sus operaciones tanáticas.

A pesar de que no analizaré todos los poemarios y autores, sino que me centro en leer el libro Horacio Benavides, Conversación a Oscuras (2014), quiero referirme a algunos textos publicados entre 1980 y 2019 que tienen estas condiciones, este lenguaje que identifico como el bramido del monstruo, a saber: Saúl Gómez Mantilla, Rostro que no se encuentra (2009); Lección de Olvido (2006); Saúl Gómez Mantilla (Ed). Palabras como cuerpos. Antología de poemas en memoria de Edwin López, Gerson Gallardo y Tirso Vélez (2013); Camila Charry Noriega, El sol y la carne (2015); Juan Carlos Galeano, Amazonía y otros poemas (2011) Antonio Ariza Navarro, Regresemos a que nos maten amor (2008) Fabio Andrés Delgado y Edwin Gamboa Edwin Asma (2015); V.J. Romero Seré tu voz (2015).

Es necesario incluir también en este corpus o colección de indicios (Nancy) algunos de los proyectos colectivos orales del Centro Nacional de Memoria Histórica, que se distribuyen mediante plataforma virtual, así como otros trabajos poéticos que se difunden como informes de las víctimas, tales trabajos son: Y yo levanto mi voz!: Memorias de Resistencia en Tumaco; Escuela de poetas de la gloria; Alabaos de madres por la vida; Poemas del Informe «Que nadie diga que no pasa nada» (2011-2014).

Existe una tendencia que considero en la sensibilidad de la poesía testimonial [1]de poemarios publicados durante esta época que coincide con varios hechos políticos importantes para el país, entre ellos la guerra contra el narcotráfico y las políticas de seguridad democrática, el establecimiento de la Asamblea Nacional Constituyente y más recientemente los acuerdos de paz tanto con grupos paramilitares como con las guerrillas de las Fuerzas Armadas Revolucionarias.

Estos poemarios y poemas, los menciono porque hacen parte de un registro, de un sentimiento de época (Williams 1980), una hipótesis que se manifiesta en las formas de la cultura y que emerge a la par que un discurso hegemónico sobre la paz, la memoria y el posconflicto. Esta sensibilidad coincide con la emergencia de instituciones y denominaciones que se establecen institucional y discursivamente que operan bajo unas dinámicas de gestión de la memoria y ensombrecen las afecciones y sentires de la experiencia de guerra vivida en la subjetividad a partir de la condición habitual de la guerra y la sobrevivencia.

De este modo, la poesía permite un registro que va más allá del documento histórico, más allá de la cifra según lo sostiene Nelly Richard (1998) analizando la forma en que el arte emergió en Chile como lenguaje alterno y de resistencia frente a la dictadura, y aún en la posdictadura. Es un papel similar el que tiene la poesía colombiana contemporánea, aparece como una sensibilidad alternativa que se distribuye (Ranciere 2005) en la hegemonía discursiva como la voz de las víctimas, sus intensidades afectivas (Deleuze y Guattari, Crítica y clínica 1996) (Moraña 2012, 323), emerge así una estética de la sobrevivencia.

En este bramido del monstruo, su lenguaje de la sobrevivencia, se constituye como una intensidad afectiva desborda el límite de la muerte (Derrida 2003) que sobrepasa el umbral de la nuda vida (Agamben, 1998) y que se muestra como una luz intermitente, como una fugacidad a veces, para hacer resistencia ante los estados autoritarios, o estados de excepción (Didi-Huberman 2012), de violencia generalizada, en el caso de Colombia, en donde incluso la cotidianidad se presenta como estado de excepción, donde el miedo es la intensidad que predomina (Ochoa Gautier 2004).

Así, lo monstruoso expresa el terror, pero no el miedo, interpela, reclama la vivencia del miedo, pero desde otra condición, la del rompimiento del silencio y la de la sobrevivencia como política frente a la impunidad. Por esto, el elemento primordial de esta estética es que el cuerpo se rehace y se poetiza como extraño, monstruoso, violento e incómodo para el lector, porque son cuerpos que se salen de la norma, son anómalos puesto que su campo de aparición jurídico-biológico combina lo imposible y lo prohibido (Foucault 2000, 61).

Los cuerpos sobreviven a través de la poesía, pasan de su condición cadavérica a ser monstruos que braman, y se presentan como expresiones del horror de la violencia articulados a la representación normativa del cuerpo y de vida, de naturaleza (Haraway 1999). Los monstruos en la estética de la sobrevivencia, son cuerpos naturales, vivientes, en la virtualidad de la memoria (Deleuze 2007) (Deleuze y Guattari, Crítica y clínica 1996). La sobrevivencia, la intensidad del decir, la memoria afectiva de los sujetos, se vuelve cuerpo y se concreta mediante la imagen poética. La memoria nos presenta estos cuerpos anómalos, y los transforma para agenciar políticamente a los sujetos tanto a quienes los hacen poema como a quienes se duelen de las desapariciones y asesinatos.

De este modo la sobrevivencia es política porque pone en evidencia esta intensidad de pasar por la muerte. Sobrevivir en la poesía, del modo en que lo hacen estos cuerpos-alma, es ver el estado de las aberturas, de las posibilidades, de los resplandores, de los pese a todo, según lo piensa Didi-Huberman (2012). Entonces, sobrevivir en la poesía contemporánea colombiana es la búsqueda de esa salida ante el horror, el bramar del monstruo abre las grietas del discurso dominante, del marco de guerra.

Con la sobrevivencia de estos cuerpos se pone en evidencia la reparación de un trauma. Pues entiendo desde Nancy (2007) que un cuerpo se define como…una alma lisa o arrugada, grasa o magra, lampiña o peluda, un alma con chichones o heridas, un alma que danza o se hunde, un alma callosa, húmeda, caída al suelo (Nancy 2007, 28). Se nos revela así la pérdida del derecho a la vida como derecho fundamental y ciudadano que la Constitución Política de Colombia de 1991, también la pérdida de garantías frente a la desaparición forzada, o torturas según lo expresan los artículos 11 y 12 de la misma. La estética configura una definición del cuerpo caracterizada por las siguientes expresiones:

Cuerpos ausentes: aquellos cuerpos de personas desaparecidas que la poesía hace aparecer. El motivo más recurrente es el de los crímenes llamados «falsos positivos», que son crímenes de estado en los cuales desaparecieron muchos inocentes siendo pasados como guerrilleros en los reportes del ejército para que los soldados cobraran recompensas por las bajas en combate, una política que se impartió durante el gobierno presidencial de 2006-2010. En Conversación a Oscuras (2014) encontramos estos cuerpos en el siguiente poema:

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NOS RECOGIERON en la plaza/ nos apretujaron en camiones,/ las bocas de los fusiles sobre nuestras cabezas//Pensé que debía ser un error/ y que volvería a abrazarte//Un escalofrío me subía por la espalda / y se me encalambraba en el cuello// Pasamos por estaciones de policía/ pasamos por retenes/ y clamamos/ pero nadie nos oyó//El terror hacía imposible todo consuelo//Me encomendé al Milagroso/recé lo que recordaba / se me heló la sangre al imaginar lo que vendría//Lo que vino no te lo puedo contar, madre

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Notamos como el yo lírico asume el lugar de la víctima, el lugar del testimonio, está conversando. Según el título del poemario, todos los poemas son una conversación, en este caso con la madre. Esta enunciación de la madre, refiere a que en Colombia, los casos más visibles de «falsos positivos» son los del colectivo Madres de Soacha, en Bogotá, lugar de la periferia, dónde aún se buscan muchos jóvenes engañados con trabajos y desaparecidos a través de estos crímenes.

Cuerpos recordados: en el libro que analizamos de Horacio Benavides, resulta compleja la asociación de la memoria. El libro está dedicado a la memoria del hermano asesinado, todos los poemas hablan del dolor, de la violencia, de la memoria de otros nombres Ana, Manuel, el abuelo, la abuela. Así que puedo decir que hay una memoria que junta otras memorias a través del afecto, de la intensidad que ha dejado la violencia en los cuerpos. Así lo interpreto en el siguiente poema del cual extraje el epígrafe que he utilizado para escribir este ensayo y para referirme al bramido del monstruo de la memoria en la poesía:

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VENDRÁ EL MAR y nos lavará la pena, / tendremos sol y agua templada/ y las olas golpearán/ nuestras espaldas jóvenes/ La noche surgirá con sus dos cielos,/ el pescador azul/ levantará en el horizonte / su pez de oro/ Y apagada la lámpara/ oiremos bramar al monstruo oscuro/ y sentiremos miedo/y volveremos a ser niños// Y pasado el tiempo/ entraremos serenamente/ en la noche verdadera // Y tendremos día nuevo/ la espuma nos besará los pies/ y correremos por la playa retozando/ con la alegría acezando en nosotros/ y nos echaremos bajo el sol/brillantes y robustos como leones marinos /En memoria de Daniel Guilar

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La memoria de Daniel Guilar, un sacerdote que ayudó a organizar un barrio popular en Cali para los desplazados, fundó un instituto de educación donde funcionaba desde los ochenta un albergue para desplazados que venían del Cauca y otros pueblos afectados por la violencia, a reorganizar sus vidas. El sacerdote fue asesinado y es un crimen que ha quedado en la impunidad. El padre belga Daniel Guilar, tiene un homónimo investigador marino francés que naufragó y desapreció en el mar, y allí vemos como la memoria del mar se hace presente en este poema que además está enunciándose, conversándose en futuro. Este Guillard (apellido original en francés y en belga) no tiene nada que ver con el tema de la violencia, pero su referencia al naufragio genera una posibilidad para el recuerdo, para la memoria afectiva del hermano, que es el principal interlocutor de la conversación en el poemario.

Cuerpos espectros: en Conversación a Oscuras (2014) encuentro que estos cuerpos hablan desde lo espectral por eso son alma, son herida y son cuerpos caídos. Han atravesado la muerte, sobreviven, y hacen las voces líricas, fantasmagóricas, braman desde el espectro que habla de sus propias muertes. Como he señalado, esto transgrede la noción de vida, al menos discursivamente, como aquel topos o lugar común que define lo natural y establece un nuevo topos, articulado a la noción de vida que es el de sobrevida. En la medida en que estos espectros se articulan, desde su memoria, y el cuerpo que los poemas les dan, para decir y agenciar políticamente la justicia, la libertad y los derechos que han sido vulnerados en el marco de guerra. Vemos por ejemplo:

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SE QUEDÓ quieto el niño/ cuando vio a sus tíos y a sus primos/ regados por el suelo,/ se quedó congelado Jair//Ve niño levántate/que eres un hombresito,/lo animábamos,/pero no había razón que lo levantara//Ándale que cogemos camino /y no te vamos a llevar cargado//Alma de Dios levántate/que ya vuelven los que nos mataron.

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Cuerpos desmembrados: aquellos cuerpos hablan desde la fragmentación y el desmembramiento. Esta es otra de las imágenes recurrentes en el poemario de Benavides:

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VUÉLVEME la cabeza,/ no dormirás tranquilo/ mientras no me la devuelvas/ Vuélveme después los brazos / entrégame las piernas/ o no podrás borrar las sangre de tus manos/ Vuélveme las trisas/o tendrás eternamente náuseas/ No importa a donde vayas/ mi sangre te seguirá sin pausa/

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Apreciamos que aquí el cuerpo interpela, siguiendo la conversación, y enuncia a un tú, le reclama las partes de sí. Es un cuerpo sin órganos (Deleuze y Guattari 2002, 155-172) que está cargado de intensidad política, en la medida en que interpela directamente al criminal y hace de la sangre, la intensidad del reclamo, la reconstitución del cuerpo en su completud. No por estar fragmentado deja de decirse el cuerpo, es más con el decir se restituye el cuerpo para acusar, para generar en el otro una afección: «tendrás eternamente náuseas» y así el poema, sin nombre propio, colectiviza un dolor y acusa un crimen, tal vez el del hermano, tal vez el de otros muchos que han muerto en las mismas condiciones. Quien sobrevive lo hace para acusar y ese yo lírico que reclama, se convierte en un yo colectivo.

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El bramido del dolor: el lenguaje poético de lo contemporáneo

Tenemos entonces que la definición de la poesía contemporánea a partir de este bramido se da a partir de la estética de la sobrevivencia. El poemario conversación a oscuras (2014) manifiesta el dolor personal por la muerte que se vuelve colectivo (Buttler 2010) a través de la estética de lo que sobrevive con las rupturas al lenguaje, con lo directo de las imágenes violentas, con las conversaciones que se dan en el poemario, con el uso de un registro coloquial. La elegía, forma poética tradicional, se reinventa y agencia las múltiples memorias que toman cuerpo en lo animal, en la naturaleza y en los cuerpos del dolor.

Según la definición de dolor y de guerra que nos propone Scary (1985), el marco de guerra tiende a la desaparición de los cuerpos y el dolor es inexpresable. Noto con el bramido del monstruo, que el dolor, las intensidades que son incómodas, se incorporan en la imagen, en una representación múltiple de la memoria que conmociona al lector. Así, en la selección que hago encuentro indicios de la resistencia, ante lo que borra la guerra, atendiendo al proceso de conflicto armado y de impunidad. Desde lo anterior, el lenguaje testimonial que se utiliza para hacer la poesía de la memoria, constituye una catarsis en la medida en que es un registro contemporáneo de lo abyecto que se purifica con la exposición de estas imágenes de muerte violenta (Kristeva 1997), oscuras, dolosas y le restituyen la función a la poesía como purificadora del dolor colectivo.

El sonido del animal, la manada que se territorializa en el poemario, crea una estética donde se escucha: «el grito de algún torturado/ y el chapoteo de los caimanes en el pozo/ disputándose los muertos», se dicen las voces y los llantos que el dolor expresa desde una singularidad pero que se colectivizan en lo múltiple del devenir: «Lloró y se quejó mientras la sangre se le iba/ y nadie pudo auxiliarla/».

El lenguaje poético testimonial es cercano aquí al lenguaje suicida, del discurso periodístico, del que habla Paz (Paz 1956), y que trae consigo la modernidad. Dice Derrida (2003) que la escritura como muerte también es sobrevivencia, pues desborda más allá de la vida del autor y de la misma escritura. En este sentido, la propuesta de sobreviva que define la poesía puede relacionarse con esta función, en relación con los afectos íntimos que se colectivizan a partir de los hechos y testimonios de la violencia. Esto es lo que nombro a partir de mi lectura como afecto y que se manifiesta en esa sobrevivencia del cuerpo, en un devenir de la memoria del sujeto.

En este sentido, lo periodístico adquiere otra sensibilidad. Es decir, no es la palabra poética la que está contaminada del discurso periodístico, sino que es la poesía la que le da un nuevo valor a ese esquema del testimonio y del periodismo, un valor afectivo cargado de dolor para el lector. Propone el bramido como testimonio de la intensidad, como ese tartamudeo del que habla Deleuze, aludiendo a la escritura de Melville y de Kafka (Deleuze y Parnet 1977, 115-116) (Deleuze, 1977). Este es un lenguaje cuyo susurro, grito colectivo, bramido animal resuena en lo sobrenatural. Esto también lo interpreto como necesario y característico de la literatura como salud (Deleuze y Guattari 1996).

Así, bramar, desde la poesía contemporánea colombiana es dotar de afecto decir lo que queda de lo violento que toma cuerpo en esos devenires, tanto en los cuerpos extraños como en la animalidad misma, y les dan un nuevo lugar a las víctimas, dignifican el trauma de estar vivos para quienes se duelen y de estar privados de la vida involuntariamente para quienes están muertos.

Por último, en relación con esta lectura del lenguaje del bramido en la poesía contemporánea colombiana quiero referirme a la categoría de lo contemporáneo, que es tan difícil de trabajar y asir. Se trata para mí, como para Rancière (2005) de una lectura en progreso, de una hipótesis de la cultura que interpreto a partir de la luz y la oscuridad de un tiempo (Agamben 2008), que se visualiza a través de las imágenes construidas con la poesía en este momento de la historia colombiana. Según lo anterior, la poesía restituye el valor de la expresividad del dolor en la Colombia contemporánea, esto nos lleva al terreno de lo político puesto que entonces la poesía restituye el derecho a decir, le da una estética a la política de la memoria y del duelo que no aparece agenciada por el estado sino por las mismas víctimas, desde su lugar de enunciación como poetas y desde las voces líricas que se hacen posible en la poesía.

Aquí el lenguaje poético contemporáneo crea una salida política, que pretende intervenir la realidad con el duelo. Que afecta al lector y habla del afecto más que de la cifra, o que el lenguaje banal de los medios. Es político también, valerse de la estética de la sobrevivencia para decir. Para darle voz a este bramido monstruoso en la medida en que muchos poetas también han sido asesinados por poetizar sobre la violencia4, es el caso de Julio Daniel Chaparro, Tirso Vélez, Edwin López, Gerson Gallardo. Al igual que los periodistas, también los poetas han sido víctimas de los más crueles silenciamientos en medio del conflicto armado.

Esta oscuridad de lo contemporáneo, se vuelve tangible con sus luces, con su resistencia, en el poemario de Benavides, el bramido es pues luminoso, recordemos que aparece justo al apagar la lámpara. La estética de la sobrevivencia se instala en el lugar poético para emitir los bramidos monstruosos. Así la poesía se posesiona en lo contemporáneo con la palabra herida y fragmentada entre el testimonio político y lo común del dolor que favorece el decir. Es poesía política en el sentido en que funciona desde lo que el yo testimonia sobre los otros y lo que afecta a los otros, tal como lo comprende Kamentzain sobre la poesía del testimonio (Kamentzsain 2007). Es un lenguaje anómalo hasta para la misma tradición poética, que se recrea desde el dolor, del grito que perturba la normalidad, que incomoda a las regulaciones estatales y los olvidos sistemáticos de la impunidad.

Pero la recreación del lenguaje poético, sin ser panfletaria, sino más bien con la función de la catarsis social, también ha sido o puede constituir ya en nuestro siglo XXI, en nuestra contemporaneidad, una tradición. Por esto el estudio de la poesía en esta clave se vuelve más relevante. En la medida en que se pueden relacionar autores importantes de otras latitudes latinoamericanas que tienen un sistema estético, una propuesta poética, en coherencia con la realidad social del dolor colectivo. Es el caso por ejemplo del trabajo de Raúl Zurita (2012), en Chile. El bramido monstruoso tiene su intensidad en un rango geográfico mucho más amplio, en una cartografía latinoamericana afectiva, en México se pueden destacar los trabajos poéticos de Sara Uribe, en su poemario Antígona Gonzáles.

Incluso se puede pensar en la intensidad política de la sobrevivencia, del dolor, la memoria y los cuerpos de la poesía en el trabajo de poetas contemporáneos a nivel mundial. También se podría incluir en la geografía europea esta intensidad con el trabajo de Izet Sarajlić. Como vemos, el bramido del monstruo nos abre nuevas posibilidades de interpretar y entender las tradiciones poéticas, no sólo restringidas a lo local sino en diálogo con otras propuestas lejanas en geografía y en que han emergido en este ambiente de época del siglo XXI marcado por la violencia en múltiples latitudes y dimensiones.

Entonces puedo decir en conclusión que la expresión del dolor tiene un lenguaje, animal, incómodo, monstruoso, que registra las intensidades de todos aquellos marcados por distintas guerras, bien sea por que ya están ausentes de la vida, o porque el trauma de la pérdida, del horror colectivo, hace posible la escritura del dolor para sobrevivir. Los poetas contemporáneos, que se apropian de este bramido, intentan, talvez como Walt Whitman, cambiar el mundo con un libro de poemas, cuyo lenguaje es monstruoso y tiene sus propias referencialidades contextuales en cada caso. Resta por estudiar talvez una genealogía de la tradición de la poesía de la violencia, del lenguaje de la sobrevivencia y sus matices, en Colombia, en Latinoamérica, en el mundo.

 

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Nota:
[1] Quedan algunos títulos y canales de difusión mencionados como anexo de esta publicación para consulta de los lectores. Desarrollo ampliamente el panorama de la poesía testimonial en otras publicaciones que corresponden a mi investigación de tesis doctoral, más información al respecto en el siguiente enlace: http://www.laraizinvertida.com/detalle-2678-poesia-testimonial-afecto-memoria-y-sobrevivencia-en-colombia  

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Bibliografía:
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Agamben, Giorgio. ¿Qué es lo contemporáneo? . Venecia: Facultad de Artes y Diseño. Curso de Filosofía Teorética, 2008.
Barthes, Roland. Diario de duelo. Madrid: Paidós, Ibérica, 2009.
Benavides, Horacio. Conversación a Oscuras. Medellín: Frailejón Editores, 2014.
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Obras de la poesía contemporánea colombiana referidas y relacionadas con el dolor y la sobrevivencia:
1. Cote, Andrea. Puerto calcinado. Colección un libro por centavo, Universidad Externado de Colombia, 2003
2. Benavides, Horacio. Conversación a Oscuras. Frailejón Editores, Medellín, 2014.
3. Romero Guzmán, Nelson. Música lenta. Frailejón Editores, Medellín, Premio Nacional de Poesía Ministerio de Cultura, 2015
4. Gómez Mantilla, Saúl. Rostro que no se encuentra. Cámara de Comercio, Cúcuta, 2009.
_______________. Lección de Olvido. Premio estímulo a la joven poesía colombiana, Revista Prometeo, XVI Festival Internacional de poesía de Medellín, 2006. Primer finalista, Premio Nacional de Poesía Eduardo Cote Lamus, 2007. Publicado por el Perro y la Rana. Venezuela, 2008.
5. Charry Noriega, Camila. El sol y la carne. Madrid, Ediciones Torremozas, 2015.
6. Galeano, Juan Carlos. Amazonía y otros poemas. Colección un libro por centavo, Universidad Externado de Colombia, Juan Carlos Galeano, 2011.
7. Ariza Navarro, Antonio. Regresemos a que nos maten amor. Premio de poesía Ciudad de Santa Marta, Gobernación del Magdalena,
8. Gómez Matinlla Saul (Ed). Palabras como cuerpos. Antología de poemas en memoria de Edwin López, Gerson Gallardo y Tirso Vélez. Bogotá: Épica Ediciones – Observatorio de dinámicas sociales y territoriales de Cúcuta.
9. Delgado Fabio, Andrés y Gamboa Edwin. Asma. Bogotá, Ediciones Piedra, 2015.
10. VJ Romero. Seré tu voz. Caza de libros Editores, Bogotá.
11. Chaparro Hurtado, Julio Daniel. De nuevo soy agosto y otros poemas. Antología viva. Bogotá, Editorial El Zahir, 2012.
12. Acosta Fabiola, Al otro lado de la guerra. Caza de Libros Editores,
13. Vargas Carreño Hernán. Tempus, poema “Guerreros”. Bogotá-Zapatoca- Santa Marta, Ediciones Exilio,
14. Valcke, Cristina. Soportar la Joroba, poema “De vientres y guerras”. Colección las ofrendas, Universidad del Valle,
15. Valbuena Jorge, Péndulos, Concurso Bonaventuriano de Poesía (2010)
_______________. La danza del caído, Editorial El Ángel, Ecuador, 2012
16. Gómez, Henry Alexander. Memorial del árbol, Premio Tertulia Literaria Gloria Luz Gómez, 2013.
17. Pardo Hellman. El falso llanto del granizo, Editorial El Ángel, Ecuador, 2014.
18. Torres, Anabel .Poemas de la Guerra, Editorial Árbol de Papel, Barcelona Otros registros poéticos colectivos orales: Centro Nacional de Memoria Histórica (2015)
19. ¡Y yo levanto mi voz!: Memorias de Resistencia en Tumaco (https://soundcloud.com/memoriahistorica/sets/y-yo-levanto-mi-voz-memorias-de- resistencia-y-paz-en-tumaco
20. Escuela de poetas de la gloria: https://soundcloud.com/memoriahistorica/sets/escuela-de-poetas-de-la-gloria
21. Alabaos de madres por la vida https://soundcloud.com/memoriahistorica/sets/alabaos-de-madres-por-la-vida
22. Poemas del Informe “Que nadie diga que no pasa nada”, Arquidiócesis de Tumaco, Nariño, 2011-2014 http://www.memoriaspacifico.org/index.php/documento

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Horacio Benavides nació en Bolívar, Cauca, Colombia, en 1949. Vive en Cali, donde actualmente se dedica a desarrollar talleres de poesía para niños. Es ganador del Premio Nacional de Poesía 2013 con su libro de poemas La serena hierba. También es ganador del Premio Eduardo Cote Lamus 2015, ha escrito los libros de poemas: Orígenes, 1979; Las cosas perdidas, 1986; Agua de la Orilla, 1989; Sombra de Agua, 1994; y Sin razón florecer, 2002. Sus poemas han sido incluidos, entre otras, en las siguientes antologías: Tambor en la sombra, Poesía colombiana del siglo XX, México, Editorial Verdehalago; Para conocernos mejor, Poetas colombianos y brasileros, Editorial Universidad de Antioquia y Universidad Estadual de Sao Paulo; Antología de la Poesía Colombiana. Colcultura y Ancora Editores. En su obra también se encuentran los libros de adivinanzas: Agua pasó por aquí y Ábrete grano pequeño.  El libro Conversación a oscuras fue publicado por Frailejón Editores en el año 2014 y está dedicado a la memoria de su hermano.

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 Angélica Hoyos Guzmán nació en Barranquilla, Colombia, en 1982. Escritora, docente e investigadora de la Universidad del Magdalena, Santa Marta. Candidata a doctora en Literatura Latinoamericana de la Universidad Andina Simón Bolívar, Sede Ecuador, donde realiza su investigación sobre Poesía testimonial colombiana publicada entre 1980 y 2019. Es magíster en lingüística española, egresada del Instituto Caro y Cuervo y magíster en Literatura colombiana y latinoamericana de la Escuela de Estudios Literarios de la Universidad del Valle, Colombia. Ha sido mencionada como finalista en el Premio de Ensayo Carolo Pereira de la Revista Nexos en 2016, en México.  Tiene publicados varios artículos científicos y divulgativos en Colombia, Latinoamérica y España. Tiene publicado un libro de poemas cuyo título es Hilos sueltos (Madrid, España, 2014).  Ha publicado un proyecto de fotografía y poesía titulado Cosas del Caribe, y ha sido también incluida en varias antologías internacionales de la poesía contemporánea en Colombia y Latinoamérica. En 2019 fue finalista del VI Premio Pilar Fernández Labrador. Este permanecer en la tierra (Bogotá, Buenos Aires, U.S.A., 2020) es su último libro.

Este ensayo fue mencionado entre los finalistas del Premio de ensayo Carlos Pereyra 2016 de la Revista Nexos en México.
La imagen que ilustra este post fue realizada por la artista venezolana Sain-ma Rada 

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