El Cielo

Aproximaciones críticas II

 

 

 

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L a   « C r i s t i a n a   H e r i d a »
d e   S a n t o s   L ó p e z

 

H é c t o r   L o a i z a

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            El correo nos ha entregado un libro de poemas inesperado y bastante sorprendente. Se trata de Otras costumbres del joven poeta Santos López, publicado por la Universidad Central de Venezuela.

            ¿Quién es el autor? En nuestra última estadía en Caracas, en julio de 1980, lo conocimos en el apartamento de Francisco Rivera, quien alimenta con su infatigable labor a los nuevos valores de la poesía venezolana. Recordamos que la apariencia física de Santos López nos llamó la atención, pues parece como si tuviera un origen tártaro o fuera mongol. Sin embargo, la nota biográfica en la contraportada del poemario nos revela que el autor nació en El Tigrito, Estado Anzoátegui.

            Otras costumbres está compuesto de cien poemas cortos bien logrados y dividido en cinco partes. Sus poesías nos hicieron pensar inmediatamente en los Haikus japoneses que son conclusiones de una larga meditación y que cristalizan una impresión, una sensación o una emoción. Durante la lectura del libro, nos hemos preguntado si Santos López ha leído a los cultores japoneses del siglo XVI, ya que desconocemos si estos han sido traducidos al castellano. Si el autor no ha tenido una influencia directa de los Haikus, él ha llegado entonces por otras vías a cultivar la simplicidad metafísica.

            Sus poemas cortos están atravesados por una «corriente continua», un estado de ánimo bastante vallejiano. El poeta asume una actitud cristiana frente al mundo: Santos López transcribe sus sufrimientos cotidianos, ese «calvario» anónimo que es vivir en una urbe tan agitada como Caracas. La vida para el poeta es concebida como una herida. Así la noche está plagada de «pedradas» y de «caídas», y el autor está pleno de la «piedad ajena». El poeta se pregunta si su imagen está reflejada en el espejo de la vida o en el de la muerte. Considera que si la duda es la vida, está obligado a ser «equilibrista» agonizante, con un corazón que «gotea,/ roto».

            El libro llega a una autenticidad sobrecogedora en el poema «Doblando el espinazo»: «Yo no nací pegado a esta tierra/ jugando con diamantes/ ni espacios profundos de amor…». Un poco más allá el poeta declara que «incluso» perdió su sombra y se quedó más solitario aún, soportando el peso de la vida. Y en relación a dicha metáfora gravitacional, el libro llega a su clímax central en la oda de una sola línea: «¿Tiene algún peso la vida en que la memoria se hunde?» Lo que tiene una connotación ontológica. Ya que la búsqueda de la identidad se insinúa a través de las preguntas que se hace sobre su memoria o la angustia frente a la posibilidad de no reconocerse o ser traicionado por aquella.

            Por otra parte, el autor llega a revelarnos que hay pájaros que vuelan en sus venas y que vive tratando de liberarlos. San Juan de la Cruz observó en los pájaros el símbolo de las operaciones de la imaginación y para el budismo simbolizan la «distracción». En ese sentido hay que señalar el sufrimiento de la creación poética, en la que al poeta «no (le) importa abrir(se) las venas», es decir el máximo sacrificio para «ver volar la palabra/ que agradece la vida». Lo que sugiere la idea del trance liberador de la poesía.

            El libro se cierra con una quinta parte compuesta de dos odas. Y es la última la que nos ha impresionado. Se titula «Sagrado»: «…un poco polvo un poco sombra/ sagrado/ tragando espuma». Y esta última imagen nos da la clave para explicar el título del libro y muestra la dificultad del poeta de comprender lo trascendental, lo hermético. La imagen de ese poema nos hace pensar en el budismo tántrico que identifica la espuma con el ciclón erótico de los dioses.

            Esperamos que la búsqueda que ha comenzado Santos López se encamine por la exploración de sus orígenes, para definir en su identidad la más profunda y desembarazarse así de esa pesada herencia judeo-cristiana de cierta poesía latinoamericana. Lo que sería interesante para la literatura y para el mismo poeta es realizar un viaje iniciático en la especificidad de la cultura venezolana que está formada por los aportes africanos, indígenas y occidentales. De esa manera, Santos López nos podría dar todas sus percepciones, sus logros y sus avances en la lucha por ser él mismo.

Pau, Francia, febrero de 1980

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S o b r e   L a   B a r a t a

 

O c t a v i o   A r m a n d

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En yorubà ayanmó no es exactamente lo que nosotros llamamos destino. Pero se parece. A lo predeterminado y el libre albedrío, el vocablo africano suma otras fuerzas oscuras: el azar y las limitadas mas variables opciones que existen en diversos tiempos y espacios. Al hacer el verbo que es la vida, conjugándola en la encrucijada de todas estas posibilidades, algunas recónditas, otras que asoman al umbral de la conciencia, o la definen, cada quien traza su camino y lo sigue hasta perderse entre el cielo y la tierra.

En estos poemas el ayanmó se revela en cuatro elementos; o más bien, para ser algo precisos, en dos, pareados y contrapuestos: piedra y agua, hueso y sangre. Lo líquido y lo sólido. Lo que pasa, lo que circula, y lo que insiste, lo que queda, en su correspondencia, entrañan el acuerdo –profundo, sagrado– entre la naturaleza y el cuerpo, entre la vida y la muerte. La síntesis es una erótica: un beso. La saliva molifica los amenazantes colmillos; la mordida mortifica los labios, abriéndolos; la lengua roza el durísimo cielo de la boca. Un jaguar de cuarzo ese beso. Un poco de sol y de instinto atrapados en la piedra traslúcida y fría.

El fuego del cuarzo es llama pero también llamado. Arrasa con la biblioteca pero también colma sus estantes. Combustión y vocación, media entre un puñado de poemas y un puñado de cenizas. La escritura que fluye, agua y sangre, se inscribe en el papel, lo quema. Talla la piedra y graba jeroglíficos en el hueso. Signos y designios de un decir que privilegia la inocencia sobre la norma. Aquí canta el balbuciente y caribe turupial de una niña entre ramas que son versos que son besos.

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D e l   f l u i r

 

J o s é   L u i s   M o r a n t e

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Del fluir. Poemas escogidos
Santos López
Selección y prólogo de
Alejandro Sebastiani Verlezza
Kalathos Editorial
Madrid, 2016

 

En la personalidad literaria de Santos López (Mesa de Guanipa, Anzoátegui, Venezuela, 1955) adquieren modulación facetas sucesivas y complementarias: es editor, gerente cultural, periodista y mantiene una larga relación personal con la poesía desde 1980, cuando publicó su carta de amanecida Otras costumbres. Comenzaba un discurrir creador del que ahora Kalathos Ediciones presenta una selección realizada por Alejandro Sebastiani Verlezza, también responsable de la introducción.

   Al poeta le cuadra bien la teoría del merodeador, ese empeño en buscar salida a los destellos de la vida interior que, no pocas veces, alumbran insólitos laberintos conceptuales. Así lo resalta en su entrada Alejandro Sebastiani: «Su voz es dúctil y sonora, traspasada por conjuras y salmodias, evocaciones de presencias lejanas (los ecos de ellos, los que rigen muchos de sus pasos)». Asistimos, por tanto, a una respiración creadora que no se ciñe solo al discurso lógico comunicativo sino al encuentro con el lenguaje como magma incierto de significados y expansión expresiva.

El libro se estructura en siete momentos que no se corresponden con una selección parcial de cada entrega escalonada en el tiempo sino con una propuesta renovada que construye un significado autónomo; Del fluir propone una dinámica textual en la que alterna temas y trastoca el sentido de las palabras para que lo oculto plasme su energía y tenga capacidad de hablar.

El apartado «Ancestros» constituye el paso inicial, como si la palabra necesitara ubicarse en la raíz, buscar la senda venerable que propició el comienzo. Continuar requiere el leve trazo de la amanecida. Y en ese trazo los indicios vitales que han ido creando la propia identidad en el discurrir. Lo perdurable está, constituye la columna vertebral que nos sostiene: «El amor es la idea de lo que no muere. / Siempre tenemos la esperanza de que todo esté vivo». El pasado como tiempo del poema se mantiene constante; viene al paso hacia el ahora para dejar oír presencias y voces de otros días que siguen habitando dentro.

Ya he comentado que los diferentes tramos no corresponden a un proceso de escritura común, por tanto, es difícil rastrear en las composiciones una sola estela argumental; con todo, los asuntos que prevalecen están visibles, a disposición del lector: uno de los que resaltan en el segundo apartado es el lenguaje y su relación con la definición del sujeto verbal. Si como sugería Wittgenstein, los límites del lenguaje son los límites de mi mundo, la palabra de Santos López da vida también al discurso alógico, a ese dialecto del trance capaz de hacer de lo expresivo una interpretación no reglada, que modifique el discurso establecido por la norma. Esa voz chamánica, tan compleja al abordar sus significados previsibles, postula una realidad distinta en la que se acogen pensamientos y sentimientos para construir una geografía conceptual que dé cabida a las cosas. A Santos López le gusta oír la respiración de las palabras, esa casa interior que establece un lugar sagrado para el poeta. También se buscan los repliegues del yo sentimental a través de las resonancias del amor y su finitud; o se recuperan composiciones del libro La Barata, donde Santos López se acercaba a culturas animistas, trasmisoras de una espiritualidad que encierra acuerdos sagrados entre el cuerpo y la naturaleza a través de elementos genesíacos como la piedra, el agua, el humo y la sangre.

La materia metaliteraria del libro se completa con dos incisiones integradas como un epílogo: una conferencia expuesta en Lieja, el 30 de agosto de 1990, en la XVII Bienal Internacional de Poesía; y un conjunto de anotaciones, a modo de teselas autobiográficas. Ambas sirven para configurar mejor el prisma estético. En la idea del poeta visionario, se trasciende la dimensión literaria de la escritura para hacer del poema luz y misterio, un hilo umbilical entre lo visible y lo invisible, cuyo poder generativo está más allá del mero hecho de la artesanía verbal. En Del fluir percibimos el canto de un poeta visionario; las voces que buscan itinerarios hacia un yo interior que guarda todavía una umbría del sueño, los inexpresables garabatos del misterio.

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El cielo entre cenizas: replegada intimidad
de las retinas
dentro de la dureza de los huesos

 

J e r e m í a s   M a r q u i n e s

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Es como dice Henry David Thoreau: «para conocer bien tu hueso, hay que roerlo, enterrarlo y desenterrarlo para roerlo más aún». Así son los poemas de El cielo entre cenizas, del poeta venezolano Santos López: un roer de cenizas la palabra, un desenterrar la vida «para verse uno mismo al descubierto»; un canto que ritma en lo animado con cadencia a la vez mítica y legendaria.

Hace días que buscaba acercarme a este libro que Santos me obsequió en mi pasada visita a Caracas donde asistí a la Semana Internacional de la Poesía. Ahora contemplo el libro tras la lectura y parece una revelación de cuarzo cristalino. Una oportunidad para respirar, en la espiritualidad de los elementos. Erupción milenaria, constante, de selva, agua, piedras, fuego y almas que danzan y veneran a dioses y antepasados.

Santos López (Anzoátegui, 1955) es el más importante poeta de su generación. Sus poemas han sido traducidos al inglés, alemán, chino e italiano. Ha recibido el premio de literatura de la Universidad Central de Venezuela 1979 y el Premio Municipal de Poesía de Caracas 1986 y 2001. Aparte de este libro, tiene publicados: Otras costumbres (1980), El libro de la tribu (1993) y Los buscadores de agua (2000). Es fundador y actual director de la Casa de la Poesía Pérez Bonalde de Caracas.

El cielo entre cenizas (Monte Ávila Editores) es un libro de plenitud y vacío, de manifestación y ocultación de la verdad, a través de la ruta simbólica, he ahí su prodigio. En estos poemas la palabra es la morada del ser, el ser que nunca se revela, que nunca nos dice todo lo que tiene que decir, por eso el poeta comienza diciendo: «Este poema ha sido tachado rigurosamente palabra por palabra porque cada una de ellas siempre dijo a medias lo que tenía que decir».

El de Santos, es pues, un libro de la imposibilidad vacía de las palabras para nombrar lo otro. Vivimos en un mundo real literalmente «lleno» de substancia, de objetos, de seres. Nuestra experiencia es primordialmente sensible: vemos, tocamos, oímos, degustamos, olemos. Manejamos cotidianamente entidades concretas, pero guardamos de ellas apenas dos cosas: una imagen más o menos «afectivizada» y un nombre que no nos sirve, como escribe Santos López, «para nombrar el ojo oscuro donde estoy».

Así, frente a la imposibilidad para ser rigurosos y acceder a aquello que percibimos, el poeta usa las palabras pero sabe que no son suficientes; está seguro de que la realidad total de lo que quiere decir estará siempre radicalmente negada. Es así que para nombrar aquello que se nos escapa, «la experiencia ha sido sustituida por lo simbólico» craquelando esa antigua homeostasis símbolo-experiencia, código-incodificable que daba origen al impulso del continuum creativo. Tal como lo señala un texto de Héctor Fernández Piña. Así, el poeta irrumpe en el ámbito de lo mítico y de lo simbólico, crea un lenguaje que se ajusta a ese inconsciente donde se sostiene lo real, porque la versión completa que cada uno tiene del mundo real es imaginaria: «Montado en una mata estoy recordándome la vida».

Y es aquí donde los poemas de Santos López reclaman densidad, evocan desde los objetos las palabras, por eso escribe: 

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Hoy día los objetos evocan a las palabras,
Hoy día toda experiencia es vertical y la realidad es alindada.
Así no podríamos atrapar a la muerte, porque su duración es el silencio.
Hoy día el símbolo es una quemadura, y no hay fuego.
Vivimos ahogados.
La locura se instala en nuestros pulmones, y no hay oxígeno.
Sufrimos una espiral de coagulación.
Hoy día lo único imperecedero,
La única fe acompañante
Es una llama negra oculta en el verbo.

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Los poemas de Santos López son como los árboles a los que reiteradamente hace referencia: encarnan ante todo el misterio ancestral de la búsqueda trascendental del hombre: nacen de una semilla a veces minúscula que contiene una potencialidad indescriptible y desde la oscuridad de la densidad telúrica avanzan y se elevan grácilmente hacia la luz. Este proceso sería equivalente al destino inexorable de cada ser humano, crecer desde la densidad de la materia a la elevación del espíritu.

«Mi árbol está fijo en el cielo/ Sus raíces profundas no tienen sombra». «Mi bosque hoy/ No es lecho de árboles./ Sólo tiene piedras,/ Azarosos vocablos,/ Y abismos». Entre el hombre y el árbol se han establecido muchas analogías: la verticalidad de ambos, las raíces que son las piernas y los brazos que son las ramas. Nuestros pulmones también son como un árbol invertido. La magia del árbol ante todo nos sugiere una reflexión: ¿cuál es nuestra capacidad de elevación y de enraizamiento, es decir, de estar presentes en lo que existe?

Charles Hirsch, en su obra El Árbol, habla de éste como el alter ego, el otro yo:

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Ser como un árbol, ser fuerte como un roble, estar en la copa o en la raíz, abrazar su tronco, sus raíces, sus hojas, equivale a abrazar nuestro cuerpo, nuestra energía vertical, nuestros pensamientos como innumerables hojas, nuestro destino soldado en una sola vida y no obstante divergente en mil ramas (…). Si el árbol es mi reflejo se parece a mí en su más extensa diversidad. Sus nudos son los míos, es decir, los compromisos y los deseos que me unen literalmente a este planeta: como si uno de mis destinos fuese el de llegar a comprender lo que hay de extraño y de inexplicable en mi enraizamiento.

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«En silencio elijo morir en un bosque», dice el poeta a la vez que renace luego del rito de iniciación en el bosque profundo.

Si juntamos todos los elementos que conforman El cielo entre cenizas, agua, fuego, bosque, piedras, muerte, tenemos un gran libro de magia e iniciación, de muerte y resurrección. En estos poemas, Santos López canta a la muerte asociada al bosque, a las piedras, al agua, al fuego como el principio renovador por excelencia. Juntos todos estos elementos representan la regeneración de la persona o de sus valores y hacia allá se encamina todo el libro; el poema «Enseñanza del descabezado» es la consumación de este viaje iniciático, que comienza con otro excelente poema: «Mi padre entre cayenas», el cual cito aquí: «El lazo puro con los muertos como un círculo enorme que nos alza ―que no el olvido en la noche de Aquiles―, es el vínculo impecable que tienen las palabras para mantenerse juntas».

Ya dijimos que en estos poemas los árboles simbolizan evolución espiritual, a diferencia de las plantas que sólo alcanzan a representar la evolución en el plano material, porque están a nuestro alcance y a ras de suelo; mientras que las piedras simbolizan fuerza y resistencia, frialdad y distanciamiento emocional. Cito un fragmento del poema «Contemplación»: «Esta noche he sacado mi estera a la luz de la luna/ Y sobre una piedra me acuesto a ver el cielo…» y del poema «Piedra negra», otro fragmento: «He recogido una pequeña piedra negra en la esquina de mi casa, el cuerpo de un hombre atropellado en la madrugada; un Cristo que mendigaba a los nocturnos, a los adormecidos perros, a los trasnochados y a los moribundos»… Así pues, la escritura se ajusta a la definición del símbolo.

Ahora le toca al agua: El cielo entre cenizas está ahíto de humedad onírica, y es que el poeta no oculta la ruta simbólica de los elementos, por el contrario, se esfuerza en hacerla evidente, porque la realidad del poema no es lo que está escrito, sino lo que oculta, ya lo dijimos antes. Cito un fragmento del poema «Cabeza fría»: «Pero está escrito: cuando uno sale del agua, aquí en la tierra, en la tiniebla del hacedor, nuestra cabeza es el oráculo que habla»… Y este otro: «los viajeros de la muerte cruzan los umbrales a través del agua hasta un lugar cercano al sol»… O este otro: «Cada uno de nosotros es lavado por la lluvia»… Y es así porque el agua es el principio fecundador y cualquier imagen onírica relacionada con ella se suele referir a las emociones, los deseos, la emotividad y la sensibilidad. Una lluvia fina alude a la fecundación, a la realización del uno, a la regeneración.

En fin, podríamos seguir en un viaje maravilloso de la significación de El cielo entre cenizas, porque tal es la maravilla sobre cuya base toma múltiples formas el ámbito de lo más primordial, de lo más valioso: el ámbito de lo sagrado, decían los antiguos. Ahí radica la fuente en la que beben estos poemas, ahí estriba el aliento al que responden tanto los dioses como los poetas, tanto lo divino como lo hermoso.

Pero nosotros sólo somos humanos que estamos, sin embargo, poseídos por las palabras que ante nosotros aparecen y que ninguno de nosotros ha creado ni creará jamás.

Sin embargo, los poemas de Santos López nos impulsan a percibir la Naturaleza dentro del propio aliento, la Naturaleza replegada en la intimidad de las retinas y dentro de la dureza de los huesos. El cielo entre cenizas es un momento de recuerdo de lo sagrado, de lo mítico y de lo mágico; es la profesión de fe del solitario escritor.

 

 

 

 

 

 

La reseña al libro de Santos López Otras costumbres (Universidad Central de Venezuela, 1980), escrita por Héctor Loaiza, fue publicada en el suplemento Culturales del diario El Universal, el lunes 6 de abril de 1981.
El texto de Octavio Armand es el prólogo a La Barata, libro de Santos López publicado por Exlibris, en 2013.
La reseña del poeta, cuentista y crítico español José Luis Morante al libro Del fluir fue tomada de sus blog Puentes de papél.  Morante es nativo de El Bohodón, Ávila, 1956.
Este ensayo sobre El cielo entre cenizas (Monte Ávila Editores Latinoamericana, 2004) de Santos López fue entregado por su autor, el mexicano Jeremías Marquines, al poeta López, para ser publicado en Venezuela. Sin embargo, no había aparecido en ningún medio sino hasta ahora. El poeta Santos López lo concedió al compilador de este especial, Alejandro Sebastiani V., para su publicación exclusiva en POESIA.
La imagen que ilustra este post es un detalle de la obra The Wind is a Sort of del artista estadounidense Michael Nauert

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