El cuarto jugador

Christiane Dimitriades

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Cuando nos encaprichamos con causas perdidas
llegamos a pensar que todas lo son, y no nos
equivocamos completamente.

Emil Cioran

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Imposible no jugar cuando se tienen todas
las cartas en la mano: lo único que podía
yo hacer era dejar plasarl mil turno, pero
también esol es jugar.

Marguerite Yourcenar

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Pienso en los nómadas del desierto cuyos pasos
no buscan perpetuar una línea, un trayecto.
No hay biografía en su andar. Su paso, efímero,
ligero, se despliega sobre vastos horizontes siempre
cambiantes, como sus blancos espectros bañados
de luz, visiones carentes de espesor y de pasado,
a medio camino entre la existencia y la muerte. Son
hermanos de ese otro hijo del viento, condenado
por los dioses a repetir infinitamente la misma ruta.
Su marcha, sin propósito, es la respuesta de quienes
se saben de antemano decepcionados del amor.

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Esta tarde escribo como quien lanza arena
al viento porque el viento esparce esa minúscula
materia y la incorpora en otras materias.

Hay que saber deshacerse también del peso de
las palabras.

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Por primera vez quise estar sobre un escenario,
ensayar otra existencia, sentir de otra manera, aun
como el más insignificante de todos los personajes,
desembarazarme de mí misma durante el breve
lapso de dos horas.

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El más cruel de todos los titanes se empeña
en grabar su imborrable tatuaje. No hay ruta de
escape para esta mujer que sólo pretende ser
fiel a su sombra.

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En el umbral de la senectud un hombre (le teme
tanto a los años) se asoma al pozo de su infancia.

Es el hijo indeseado de una mujer que apenas le
dijo adiós. Desamparado, envuelto en su profunda
tristeza, cada afecto será sentido como otro
acto de deserción.

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En el bridge, esa hipotética figura del «muerto»
lleva tu nombre, y aunque su silencio invada
la habitación, siempre seguirá jugando nuestra
partida hasta el final.

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El cuarto jugador no habla, es el otro, mi par.
Siempre del lado opuesto de un puente tendido
entre los dos, lee, escruta el destino de mi mano
y de las líneas ocultas en su interior, trazadas
por la impericia de algún dios.

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Tengo un montón de picas y de corazones, sin
embargo, paso la mano. Te cedo el turno sólo por
escuchar tu voz en medio de la inmensa sala.
No importa si pongo en evidencia mi torpeza al
descartar los naipes sobre la mesa. Supongo que yo
no sabría qué hacer en medio de tantos triunfos.

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Hablábamos de cualquier cosa sin coherencia
ni fundamento, sin exclamaciones, sin lirismo.

Entonces reíamos a expensas de la muerte.

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El mundo desconfía del olvido, lo considera una
falta, una privación, algo que no ha alcanzado
su plenitud, por ello se ha dado a la tarea de crear
máquinas, para que toda escritura, todo rastro,
queden indeleblemente inscritos en su registro.

No comprende la importancia del olvido,
su deslealtad, su desmemoria frente a los episodios
más dolorosos, su involuntaria omisión que, en
su insondable faena, mina, extrae, filtra, sedimenta
y sólo conserva los metales más preciosos de
nuestra existencia.

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En su entrañable aislamiento, Nietzsche escribió
estos versos que algunas veces recuerdo antes
de conciliar el sueño: …llamarme a mí mismo desde
lejos /ser mi propio seductor tratando
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Entre cuatro paredes, dentro de este cuerpo
también confinado, me descubro como esas toscas
muñecas rusas que encajan una dentro de la otra,
atrapadas en su interior.

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Ha sido un malentendido –te dije–. (Reflexioné
sobre el significado de esta palabra compuesta
por el «mal», esa suerte de no ser para los estoicos,
especie de contrahechura equivalente a la nada
y, de otra parte, por «el entendimiento» referido
a su desatino, a su desvío por la senda incierta
de la sinrazón). Sí, ha sido un malentendido entre
dos puntos de vista en discordia pronunciado
durante nuestra parca despedida.

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Por alguna misteriosa razón hay aves que se arrojan
al agua en picada para morir. Este impulso hacia
la muerte es afín al de quienes juegan contra
sí mismos. Su obsesión no reside en el placer del
juego o en la ganancia que puedan obtener, sino
en su desesperada entrega al azar, en su satisfacción
por las fichas que caen, una a una, sobre el tapete
verde de la mesa encubriendo una pérdida
ancestral.

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Dime, por qué hay tanta seriedad en tu rostro.

Lanza de una buena vez cualquier baraja, da igual,
es solamente un juego. La vida nunca es conforme
a nuestras voluntades.

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Christiane Dimitriades, venezolana de origen griego, nacida en el Cairo, Egipto, en 1953. Llega a Venezuela a los tres años de edad, a raíz de la guerra del Sinaí. Es licenciada en Filosofía por la Universidad Central de Venezuela.  Profesora de Estética en la Escuela de Artes, de la misma Universidad, de la que fue directora entre 1993 y 1996. Ha publicado poesía y ensayos sobre arte y filosofía en periodícos y revistas especializadas del país, y escrito textos para catálogos y libros de artistas nacionales. Es autora de la novela Sabath (Grijalbo, Caracas, 1997), y de los libros de poesía: Del eterno retorno (La draga y el dragón, Caracas, 1987), Encuentros del poeta con el psicoanalista (Fundarte, Caracas, 1991), y Voz de fondo (Oscar Todtmann Editores, Caracas, 2019), que reúne tres libros escritos entre 2003 y 2019: Todos los bordes, hablo una lengua y Voz de fondo. Escribió El cuarto jujador en Caracas, ciudad donde reside, entre el 28 de enero y el 17 de julio de 2020.

La obra que ilustra esta publicación  fue realizada por la artista venezolana Annella Armas

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