El cuarto jugador:

Un lector y cuatro claves

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Graciela Yáñez Vicentini

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La relación entre el poeta y el lector depende en gran parte de la casualidad,
y también, de la correspondencia entre sus más recónditas carencias.

Christiane Dimitriades
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El cuarto jugador

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Hubo una vez una época afortunada en mi país en que yo compraba muchos libros de poesía, sobre todo venezolana. Entraba en una librería, me iba directo a mi sección predilecta, empezaba a revisar libros al azar y, si abría una página y leía uno o dos poemas que me gustaban –de esos que uno siente que le hablan directamente a uno– y el precio era razonable –en aquella época solían serlo–, compraba el libro, sin necesidad de saber nada sobre su autor. Supongo que por eso tenía, desde hace unos cuantos años, Encuentros del poeta con el psicoanalista (1991) de Christiane Dimitriades en mi biblioteca de poesía venezolana. Me imagino que puedo haber abierto el libro en alguna página y haber leído, por ejemplo: «Olvidé las palabras / de tanto repetirlas / Ni siquiera el otoño me asombra / Cuando estoy frente al espejo / pienso: Aquella bien pudiera ser yo» (25), y listo: se realizó la correspondencia, el acto azaroso de identificación entre poeta y lector. Y después, a lo mejor, pasé la página (enfatizo el a lo mejor: esto es un ejercicio de reconstrucción, porque ciertamente no lo recuerdo así, con tanta precisión; pero igual puedo revivirlo, ¿para qué más es la literatura?), y leí, entonces: «Antes la tristeza se hundía en mi garganta / Ahora juega conmigo. Corriendo se acerca / me toca el hombro, me hace un guiño y se aleja // Cuando se aleja yo sigo triste» (26), y ya está, ¿para qué leer más?: libro necesitado, libro adquirido. Imagino que a Edda Armas, la coordinadora editorial de Dcir, le pudiera haber pasado algo similar con Christiane, si el azar hubiese dictado que leyera más bien la página siguiente de este segundo poemario suyo, Encuentros del poeta con el psicoanalista: «Tú eres la nube que pasa y regresa / Y siempre otras nubes» (27). Así, creo, se van armando las bibliotecas, van surgiendo los autores de cabecera de un lector, se pueden generar las necesidades para un editor: se empieza a tejer esa relación entre escritor y destinatario que desemboca, a veces, en amistades literarias, por pura magia de «correspondencias casuales» que convierten las «carencias» mutuas en diálogos enriquecedores, en poesía compartida, en la compañía que brinda –cuando se tiene suerte– ese puente inexplicable que establece la palabra.

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Nos dice Dimitriades, en su ars poetica que aparece en la solapa de Voz de fondo (2019), su tercer libro de poemas: «La escritura es un acto de disociación, de desdoblamiento perenne, en donde el “sí mismo” emigra a la página en blanco, a su silencio que espera en el vacío infinito. El poeta, el escritor, se deshace en las palabras, se vuelve añicos al nombrar las cosas, de las que sólo quedan vagas huellas, rastros. Es alguien que ya no está. Lo conocemos y existe únicamente en ese instante que va al encuentro del lector, quien, por su parte, siempre lo reconstruye, lo adiciona, lo transforma o lo anula a partir de su lectura». Para Christiane, por consiguiente, «El lector ideal, igual que el amante, no sólo / pretende tocar y penetrar un cuerpo, / desea pensarlo, recrearlo, pasar de la sexualidad / (léase textualidad) al erotismo» (19), implora en el texto «15» de El cuarto jugador. Así, la poeta trastoca sutilmente las nociones de autor y lector, las sacude para jugar con ellas y entrelazarlas, para sugerirnos –a ciertos lectores– que los lugares del que actúa y del que recibe la acción no son siempre un «binomio» en blanco y negro: que lo activo y lo pasivo pueden invertirse, intercambiar el turno según la partida, tal como sucede en un juego de cartas.

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I. El «muerto»

El libro que hoy nos ocupa lleva por título El cuarto jugador (2020), y lo primero que leemos al comenzarlo es una explicación, quizás una advertencia, que reza así: «En el bridge hay cuatro jugadores, dos parejas. El cuarto jugador es el otro, no participa del carteo durante esa mano, está en silencio, sólo extiende sus barajas sobre la mesa para que su pareja, el declarante, las interprete y juegue también las que están dispuestas en el lugar del “muerto”» (3). Más adelante, en el texto «41» (ya llegando al final del libro), se nos dice que «Frente a mí está el “muerto”, es decir, el lector» (45). Con esto, nos queda claro el paralelismo entre la figura de este jugador de bridge silente, a quien se le llama el «muerto», y la figura del lector. Sin embargo, en el texto «19» –uno de mis favoritos– se nos ha confesado ya que: «Tengo un montón de picas y corazones, sin embargo, paso la mano. Te cedo el turno sólo por escuchar tu voz en medio de la inmensa sala. No importa si pongo en evidencia mi torpeza al descartar los naipes sobre la mesa. Supongo que yo no sabría qué hacer en medio de tantos triunfos» (23). Entonces, se me vuelve a hacer evidente el intercambio de roles entre el que juega y el que observa jugar, el que escribe y el que lee, en un juego de contemplación pasiva y activa –«híbrida región contemplativa», en palabras del narrador omnisciente de Christiane en su novela Sabath (1997: 54)– en que los papeles del que habla y el que calla, el que se mueve y el que sólo observa, se permutan, se confunden. Llegado a este punto, no podemos olvidar el peso que tiene en la obra de Dimitriades la figura del psicoanalista, presente tanto en su ya citado segundo poemario (allí, es el interlocutor del «poeta», alter ego que aparece en la segunda parte del libro bajo el nombre de «Claudia», y que dirige sus apuntes al analista), como en Sabath, su novela recién mencionada (esta vez, el psicoanalista es «Pablo», amigo de la protagonista, también de nombre «Claudia»); más aun si consideramos que Jacques Lacan equiparaba la figura del analista, precisamente, con la del «muerto» del juego de bridge, cuya función es ayudar a su pareja en el juego sin mover sus cartas, sólo poniéndolas sobre la mesa. Ahora bien, Lacan hacía énfasis en la función viva del psicoanalista, es decir, según su perspectiva, quien se analiza –el declarante en la partida de bridge, el escritor– estaría ante un «muerto» vivo, deseante, una presencia real que le presta sus cartas.

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Llama mi atención particularmente que el bridge se ha asomado ya en la novela de Christiane (publicada más de dos décadas antes que El cuarto jugador), como uno de los pasatiempos que practicaban los extranjeros que se reunían en el «círculo», una especie de club en Caracas al que la protagonista, Claudia, solía ir con su madre, Marie (17). Sin embargo, así como en Sabath se relata que Claudia se identificaba con y se sentía parte de la cultura que la había acogido, a diferencia del grupo foráneo que jugaba al bridge, mis conversaciones con Christiane han revelado más bien –fuera de la ficción– una marcada preferencia suya por las apuestas de los casinos –que también afloran en su novela– y una resistencia personal hacia el bridge, juego que practicaba principalmente su familia, luego su esposo, y que, de no ser por la influencia de este último, quizás ella nunca hubiera tanteado mucho, más allá de la contemplación que, desde afuera, ejerce una espectadora. Y este curioso gesto de ambas, Claudia y Christiane, se me hace una puesta en escena –un ensayo elemental, quizás– del papel mismísimo del «muerto»:

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Estudié a fondo
el arte de esquivar a los otros
ataque y defensa
vacías interpretaciones
oscuras     herméticas
Ningún saber sobre la existencia
Y siempre de regreso
a esta página anónima
que palpita    

(Voz de fondo, 52)

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II. El perdedor

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¿Quién puede decir que he perdido?
si no es menos naranja la naranja porque se pudre
si no es menos árbol el árbol porque se tuerce
(…)
Que nuestro privilegio, nuestra ganancia
es la costumbre y el viaje
es a lo que me refiero.

Martha Kornblith
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El perdedor se lo lleva todo

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Sobre las apuestas y la atmósfera de los casinos versa el segundo libro de una poeta que considero fundamental dentro de nuestra tradición literaria. Desde que empecé a leer El cuarto jugador de Christiane Dimitriades, se vino a mi mente el poemario de Martha Kornblith, El perdedor se lo lleva todo (1997), no sólo por el enlace evidente entre poesía y juego, sino porque ambos plantean una reivindicación de la figura del perdedor, un cuestionamiento del sentido y el significado del triunfo dentro del juego, tal como esboza Dimitriades, por ejemplo, en el texto «19», que ya antes he citado completo: «Supongo que yo no sabría qué hacer en medio de tantos triunfos» (23); en el «41», citado parcialmente arriba: «Reúno un montón de bazas sobre la mesa sin ánimo de ganar algún trofeo» (45); o en el «43», que cierra el libro: «Dime, por qué hay tanta seriedad en tu rostro. Lanza de una buena vez cualquier baraja, da igual, es solamente un juego. La vida nunca es conforme a nuestras voluntades» (47).

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No me he detenido en los datos biográficos de la autora, pero puede resultar significativo tener presente que Christiane es venezolana, de origen griego y judío. Nacida en El Cairo, Egipto, se muda de patria a los tres años de edad. En Caracas, estudia y da clases de filosofía, con especial debilidad por Nietzsche, lo cual se evidencia en sus libros. En los últimos cinco años, ha acumulado una sucesión de pérdidas fundamentales que pasan por el deceso de su esposo, su madre y su padrastro. Sin embargo, ya desde Sabath –libro muy anterior a El cuarto jugador, casualmente publicado en el mismo año que el poemario de Kornblith– empieza a dibujarse este arte de la pérdida: «Siempre que tengas una cosa te la pueden quitar… Pero si la regalas, ya está. Es tuya para siempre» (31), dice una de las numerosas citas que la protagonista va reproduciendo como reflexiones a lo largo de la narración. Se me hace inevitable pensar entonces en otra poeta de nuestra tradición, Verónica Jaffé, quien –el mismo año en que aparecía Encuentros del poeta con el psicoanalista– tituló uno de sus poemarios esenciales, justamente, El arte de la pérdida (1991), a partir del poema «Un arte» («One Art», Geography III, de 1976) de Elizabeth Bishop. Dimitriades incorpora por completo el poema de Bishop, en traducción de Abrams e Igitur, en Voz de fondo, libro que atraviesa, entre otros, los temas de la enfermedad y la muerte. Y me voy a permitir aquí algo que he observado que también Christiane hace, justo en ese poemario (una de las afinidades que me han hecho sonreír, porque pensaba que menos gente practicaba el arte de lo que yo he decidido denominar «pospígrafe»: introducir una cita que cierre, en lugar de abrir, un texto).

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He perdido dos ciudades, las dos preciosas. Y, más vastos,
poseí algunos reinos, dos ríos, un continente.
Los echo de menos, pero no fue ningún desastre.
Incluso habiéndote perdido a ti (tu voz bromeando, un gesto
que amo) no habré mentido. Por supuesto,
no es difícil dominar el arte de perder, por más que a veces
pueda parecernos (¡escríbelo!) un desastre.

Elizabeth Bishop
«Un arte»

 

 

III. El viento

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Consumirse en la herida de otros seres
es destino de aquellos que no deben escribir
en verso.

Verónica Jaffé
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«Dolor de sangre ajena», El arte de la pérdida

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Este cuarto ¿poemario? de Christiane, según mi lectura personal y según lo conversado con ella misma, se me acerca más a un cuaderno de apuntes, un diario, o, como ella plantea en el texto que lo abre, una «misiva» o «correspondencia» –¿una carta?– donde se vuelve a poner de relieve la figura consciente del lector: «El destinatario de estas palabras me dispensará por no acatar el manual de las buenas costumbres propias de toda misiva. Es un alivio no tener que someterme a las reglas que la correspondencia exige. Son letras, inermes, frases que el oleaje dispersa cuando alcanza la desolada orilla» (5). Así, se siente en este libro –en el que encontramos algunos poemas en prosa rodeados más bien de anotaciones breves, incluso aforismos– un desenfado formal que resulta liberador sin dejar de ser elegante (su prosa es, como ha apuntado ya la poeta María Clara Salas, parte del comité editor de Dcir, «una prosa poética y filosófica impecable (…), sin ninguna estridencia»). Y, a medida que nos sumergimos en sus páginas, nos topamos con más reflexiones que apuntan en esa dirección: «Esta tarde escribo como quien lanza arena al viento porque el viento esparce esa minúscula materia y la incorpora en otras materias. Hay que saber deshacerse también del peso de las palabras» («5», 9), o: «Volver a la prosa como a la luz del día cuando perfila los contornos de los objetos y caracteres. Ella me trae a la superficie desde sombrías profundidades pobladas de fauna y flora voraces» («7», 11). Se percibe, además de la presencia del mar (recurrente en toda la obra de Dimitriades, quizás como símbolo de libertad y alivio: habría que explorarlo en otro ensayo), una suerte de sencillez y lucidez verbales que sirven para salpicarnos de la turbulencia que reposa en el fondo de sus aguas. Esta idea me lleva a recordar una cita que presenta Italo Calvino para hablar de la «Exactitud», en Seis propuestas para el próximo milenio: «Como dijo Hofmannsthal: “La profundidad hay que esconderla. ¿Dónde? En la superficie”» (85).

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Y con esto no estoy queriendo decir que el libro se me haga simple, complaciente ni –mucho menos– superficial. Solemos confundir la maravilla de la sencillez con la facilidad; la precisión de la limpieza verbal con la ausencia de imagen y, por consecuencia directa, de poesía. Ya lo dijo Victoria de Stefano en su «Pórtico» al libro anterior de Christiane, Voz de fondo: «La poesía no sólo canta, la poesía narra, la poesía pone en escena, la poesía medita, reflexiona, de ese reflexionar por contraste y contraposición, que es otro recurso de dramatización, surge la poesía de rasgos aforísticos. En la medida en que el poeta reflexiona hace del silencio el punto de partida de una interlocución más concisa, nítida y contundente. La poesía de Christiane Dimitriades está muy alejada de cualquier tentación de hermetismo» (8). Esto último me parece que hay que destacarlo: El cuarto jugador es un libro claro –sin vericuetos ni aspavientos ni versos crípticos– que dibuja escenarios como: «Un viento ebrio perturba el movimiento de las olas. Es la pesadilla del mar. Escucho su lamento. Mañana volverá el sosiego y su rítmico vaivén» («11», 15), cuya fuerza está en el decir, precisamente, la imagen y el pensamiento, la idea y su sugerencia: en nombrar un mar cuya pesadilla nos quedamos sin saber, y sin embargo podemos intuir, en medio del temor que nos transmite siquiera imaginárnosla.

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IV. El olvido

Entre las nociones más poderosas de este libro que me halan los pies hacia lo profundo está la que yo tildaría del olvido como ganancia. Otra vez se nos ofrece algo que normalmente es percibido como pérdida; se le da un giro y se presenta su contraparte, para hacernos ver, en la posibilidad de olvidar, la de continuar viviendo, gracias a la opción redentora de retener sólo aquello que debería sobrevivir en nuestra memoria: «El mundo desconfía del olvido, lo considera una falta, una privación, algo que no ha alcanzado su plenitud, por ello se ha dado a la tarea de crear máquinas, para que toda escritura, todo rastro, queden indeleblemente inscritos en su registro. No comprende la importancia del olvido, su deslealtad, su desmemoria frente a los episodios más dolorosos, su involuntaria omisión que, en su insondable faena, mina, extrae, filtra, sedimenta y sólo conserva los metales más preciosos de nuestra existencia» («25», 29).

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Noto que emerge aquí también la imagen de la máquina, una imagen que he visto antes: en la novela de Dimitriades. Parece tratarse de una máquina que pretende registrarlo todo y luchar contra el olvido, pero a la vez podría ser una máquina que sirve para seleccionar, reconstruir, editar… como algo propio del cine –proceso que se plantea más de una vez en Sabath–, como algo propio de la escritura o algo que sería posible –se me ocurre– a través de una máquina de coser. Porque, al final, de lo que se trata es de elegir, hilvanar, refigurar la vida a través de los fragmentos de la memoria. Y así como el olvido es fundamental en ese proceso de selección, también lo es la muerte, recurrente en la obra de Christiane. Dice el narrador de Sabath: «Tenía razón Pasolini cuando decía que era absolutamente necesario morir, porque mientras estamos vivos carecemos de sentido. La misma operación de selección y unión que hace el cine, la realiza la muerte sobre los materiales deshechos de nuestras vidas otorgándoles algún sentido» (54). Ya antes se nos ha traído la referencia del cine, así como de la literatura, por medio de una mención de la novela breve de Bioy Casares que plantea el congelamiento de la felicidad por medio de una máquina que repite al infinito la misma imagen: «Sólo la técnica del montaje permite unificar los eslabones perdidos, únicamente la ficción es capaz de ofrecer una visión integral de los tiempos fragmentados no reencontrados. Como en La invención de Morel, el alma de Nadine debía pasar a la imagen para convertirse en visión imperecedera. La máquina que reuniría estas presencias desintegradas era su mano mediante la escritura» (Sabath, 10).

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La máquina es, entonces, lo que permite registrar y recordar, pero también borrar; así como la escritura es trazo y tachadura, lápiz pero también borrador, y así como la mano que escribe también puede tejer y destejer: «Sé que entre tú y yo la palabra es un fracaso, un intento fallido porque tú esperas que ella te dé una pista para analizar, para mí, en cambio, constituye un retazo en el ropaje descosido. Utilizo hilos de colores, puntos en zigzag. Es un eterno remendar y cubrir. Si escribo es para olvidar. ¿Por qué quieres condenarme a la memoria? Déjame la arbitrariedad de la elección (…)» (Encuentros del poeta con el psicoanalista, «5», 48). Ese «eterno remendar y cubrir» ha aparecido ya en el primer poemario de Christiane, titulado no casualmente Del eterno retorno (1987), en el poema XXII: «Me parezco a una costurera / obstinada en remendar / una tela imposible» (51). Y, ciertamente como un eterno retorno, la misma imagen regresa en El cuarto jugador, en el texto «4»: «La mujer se inclina, cose, intenta reunir los retazos de un maltrecho tejido. Persevera en su intento» (8). Ante esta mujer que cose –que escribe– no nos queda del todo claro si pretende rezurcir la memoria, o destejerla… o, quizás, ambos procesos sean los extremos que se tocan en una misma sucesión humana de la (des)memoria.

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Y el hilo de este tejido que remienda me hace retomar la figura del lector, la presencia del «muerto» o del otro, a quien parece cedérsele el mando en el texto «35» de El cuarto jugador: «Cuando el cansancio agobia y el cuerpo desobedece, una voz guía mi mano y reescribe en el lugar de cada paso en falso cumplido» (39). Esa voz, que reaparece, que es medular en sus poemarios anteriores (en «Monodia», por ejemplo, de Encuentros del poeta con el psicoanalista, y claramente en Voz de fondo), en éste a veces puede ser la voz del otro, el deseo de ser otro, o la voz que es preciso callar, pues no se sabe si es propia o ajena: «Silenciar esta voz que impertinente regresa, quebrarla. No sé si es la mía o la de aquella ninfa de los bosques forzada a repetir las últimas palabras que escuchaba» («9», 13).

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De cualquier forma, es el silencio, la substracción de la voz (por algo se habla de voz de fondo), la ausencia, el olvido, la muerte o el «muerto», lo que va a cobrar relieve en esta poética de la pérdida a la inversa, en que la ganancia estriba en dejar pasar el turno, en conceder el triunfo al otro; en que ceder el espacio a la nada es lo que creará la resonancia: «Poco importa la acción, importa este vacío que dejamos a cada paso, titubeante y sin respuesta ante el desenlace. Son estos silencios tendidos sobre la nada los que incitan a nuestra voz a volverse habla, a escribirse en el limitado trecho que nos confiere la incertidumbre» («28», 32). Porque, en esta poética del vacío: «Uno se va haciendo en la quietud de las noches. La vida a contraluz: retablos en cadena con los matices del olvido» («36», 40). Y en la vida a contraluz del escritor, del poeta, es siempre el lector –«ni siquiera el amor»– el que vendrá a redimirlo ante la posibilidad de la desaparición total: «La existencia del poeta será engullida por el olvido. Ningún libro, ni siquiera el amor resistirá su embate. Quizás algún desconocido pronuncie sus palabras y les devuelva por un instante la voz» («22», 26).

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Luego de leer estas palabras sobre El cuarto jugador y de presenciar el recital que, inmediatamente después de mi presentación, ha hecho Christiane de su libro, me replanteo mis intuiciones, mis «hallazgos», mi mirada, y pienso nuevamente en las nociones de pérdida y ganancia: cómo nuestras aproximaciones a un texto se van enriqueciendo con el tiempo, con las adiciones que un autor va haciendo a su obra, y, a su vez, las que un lector va haciendo a su tejido psíquico al incorporar nuevos referentes, nuevos universos, literarios o no. A veces, basta con el cambio de ánimo, con el tono dado a una lectura en un preciso momento, con la luz que brinda un escenario (la soledad de la casa, el aire acogedor de una librería), o con la confluencia de todo esto en un instante de escucha. Al oír leer a Christiane, vuelvo a palpar su libro y me queda flotando, en el aire, la belleza –triste, sutil– de un poema en prosa que condensa todo lo que he intentado decir:

Por alguna misteriosa razón hay aves que se arrojan al agua en picada para morir. Este impulso hacia la muerte es afín al de quienes juegan contra sí mismos. Su obsesión no reside en el placer del juego o en la ganancia que puedan obtener, sino en su desesperada entrega al azar, en su fascinación por las fichas que caen, una a una, sobre el tapete verde de la mesa encubriendo una pérdida ancestral («42», 46).

 

 

Textos consultados:
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De la autora
Dimitriades, Christiane (1987). Del eterno retorno. Caracas: La Draga y el Dragón.
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―(1991). Encuentros del poeta con el psicoanalista. Caracas: Fundarte / Alcaldía de Caracas.
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―(1997). Sabath . Caracas: Grijalbo.
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―(2019). Voz de fondo . Caracas: Oscar Todtmann Editores.
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―(2020). El cuarto jugador . Caracas-París: Dcir Ediciones.
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De otros autores
Calvino, Italo (2001). Seis propuestas para el próximo milenio. Madrid: Ediciones Siruela.
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Jaffé, Verónica (1991). El arte de la pérdida. Caracas: Ediciones Angria.
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Kornblith, Martha (1997). El perdedor se lo lleva todo. Caracas: Fondo Editorial Pequeña Venecia.

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Graciela Yáñez Vicentini. Escritora, promotora cultural, editora, traductora, librera. Su heterónimo Egarim Mirage firma los poemarios Íntimo, el espejo (Oscar Todtmann Editores, 2015) y Espejeos al espejo (El Pez Soluble, 2006; 2007). Sus textos aparecen en publicaciones de Venezuela, México, España, EE.UU., Argentina y Chile, incluyendo compilaciones como 102 Poetas Jamming; Cien mujeres contra la violencia de género; Nuevo país de las letras; Dispara usted o disparo yo. Antología de microrrelatos policiales; El dulce ron que las embriaga. Poetas actuales de Canarias y Venezuela; «Lectura de la diáspora» (muestra bilingüe de poesía venezolana) de Latin American Literature TodayLALT, de la Universidad de Oklahoma; entre otras. Ha sido ganadora del concurso literario de Cuentos por los Derechos Humanos (Provea, 2021) por Una vida incontaminada, de próxima aparición con El Taller Blanco Ediciones (Colombia); mención del Concurso Anual Transgenérico (Fundación para la Cultura Urbana, 2017) por su libro de prosas híbridas Del último regreso. Dispersiones sobre el desarraigo (inédito); finalista del Concurso Minificciones Mosaico (Embajada Argentina/FILUC, 2017); 2° lugar de poesía (Ateneo de Caracas, 1997); entre otros reconocimientos. Es coeditora de la Obra completa de Eugenio Montejo (Pre-Textos, España, 2021); desde 2018, coeditora y correctora de la serie «Los rostros del futuro» (Banesco/Artesano Group); desde 2016, gerente cultural y correctora de Ediciones «Letra Muerta» y coorganizadora del Jamming Poético.

Estas palabras de presentación del libro El cuarto jugador de Christiane Dimitriades fueron leídas el 19 de junio de 2021,
en la librería Kalathos del Centro de Arte Los Galpones, en Caracas, Venezuela.
La obra que ilustra este post fue realizada por la artista venezolana Anahís Monges.

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