El despertar del abandono

Carolina Ruales

 

 

La poesía, itinerario a través de las pérdidas

El abandono, el desprendimiento y el despojo son asuntos fundamentales de la poesía de siempre. Temas que habitan la escritura como tópicos definitivos que definen el destino humano. Y, además, los tres temas tienen una relación estrecha con el paso del tiempo y sus inmensas lecciones de fugacidad. Eso lo sabe bien Carolina Ruales, quien de una forma muy honesta ha descifrado los signos y las claves de todas las pérdidas y adioses para convertirlos en materia para el asombro y la belleza. Y es que El despertar del abandono no es solamente un libro de poemas. Es un testimonio de una inocencia que se desploma ante una realidad descolorida y una historia adversa cuya memoria se quiebra y la poesía debe juntar sus múltiples fragmentos para recobrar instantes e imágenes, afectos y voces de cuyo extravío nos salva siempre la palabra escrita.

Tres partes dividen este libro. Tres puntos cardinales que marcan las rutas de una vida. Tres formas de mirar los mismos temas con la distancia necesaria para obtener la nitidez sobre los recuerdos. Nombre a la deriva es un puerto de partida hacia los naufragios fijos del trayecto. Allí se intuyen los laberintos inciertos sin camino de regreso. El despertar del abandono es la certeza de un presente inmóvil. Es el sueño quebrado ante la partida sin despedidas y Quietud de la memoria es la reflexión desde la serenidad de la madurez sobre todo aquello que perdura indeleble en la memoria y en cada una de las emociones.

La figura del padre es transversal a todo el libro. El padre héroe y el padre humano que parte un día de 1985 hacia alguna trinchera y nunca regresa. Es el padre que hace la revolución y a la vez envía cartas de amor o de dolor. Es el padre que quiere transformar el mundo y abrazar a su hija antes de dormir. Es la imagen que en vez de hacerse borrosa, con el paso de los años recobra todos sus colores y sentidos. De ahí lo testimonial de El despertar del abandono, porque el lector, al igual que su autora, nunca sabrán a ciencia cierta en cuál de tantas guerras cayó ese cuerpo y ese puñado de sueños intactos. A través de esa figura, Carolina Ruales establece un diálogo con gran parte de la tradición hispana que ha tenido en la figura del padre uno de los grandes pretextos para preguntarse por la búsqueda del origen y nuestra forma de estar en el mundo. Poetas como don Jorge Manrique y sus Coplas a la muerte de su padre, hasta autores como Pablo Neruda, Claribel Alegría, Vicente Gerbasi con Mi padre el inmigrante, Jorge Teillier con Retrato de mi padre militante comunista, Jaime Sabines con Algo sobre la muerte del mayor Sabines, entre otros, señalan registros y tonos con los cuales algunos de los poemas de este, podrían tener correspondencias y diálogos intemporales.

El despertar del abandono es un libro de grandes despedidas. Es, a mi parecer, un pacto de amor y lealtad con los recuerdos y una forma de estar entre los ausentes. Es la ratificación de que la poesía recupera algo del paraíso que se astilló allá lejos en la infancia y que lo reconstruye con precisión de relojero. No se trata de un libro con tema unitario, sino de una propuesta panorámica de varios temas que confluyen en la unidad de voz y de talante.

El fervor de Carolina oscila entre la sensibilidad, las emociones y su relación con el lenguaje. Ella sabe que es el lenguaje el instrumento para definir las emociones y también los horrores. Así, recibe una voz que viene de una región desconocida del alma y la hace suya y la transforma en una fuerza para expresar y traducir sus desconciertos y entusiasmos. Cada poema de este libro es una ventana desde donde se puede contemplar el mundo con atención e intensidad para interpretarlo y recrearlo. Es el autorretrato de alguien que ha heredado la exaltación y que con la mediación de la poesía, interviene y modifica el significado de todas las cosas. Hay un itinerario de la ruina donde la vida es un inventario de grietas, derrumbes, fisuras y caídas como si se tratara de un viejo edificio a punto de ser demolido. La poesía hace el conteo final de esos despojos.

El poeta polaco Czeslaw Milosz nos recordaba en Una vida feliz que «Era amargo decir adiós a la tierra renovada. / Estaba suspicaz y avergonzado de su duda». Carolina podría responder que «Las ruinas anticipan / la única verdad / del polvo que seremos / al que nos resistimos / a través de la palabra».

Así, desde el abandono o la ruina, este libro rememora que las emociones comienzan en el corazón y luego se trasladan a la memoria. En ese recorrido el poeta sabe que en las despedidas siempre será importante nombrar el adiós, de lo contrario, quedará algo inconcluso, a la deriva, lleno de miedo y de culpas. Si esa despedida quedó aplazada, entonces este libro será un gesto de perdón y de rescate para poner en su sitio todo aquello que empieza a olvidarse.

Federico Díaz Granados

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Hija rota, soy tu padre

Mis palabras retoñan en el cáliz de tu boca.

Visito tus espinas cada vez que miras revolotear las aves del centro de
Buenaventura.

Te asombras de las plantas que crecen a lo largo de sus edificios.

Sales del trabajo y vas frente al mar, a pensar en ese amor que no se queda.

Ves una familia completa y piensas en mí, tu padre sin materia, en tu madre
que extrañas pese a tener su aliento tan cerca.

Hoy escribes palabras dictadas desde la espesura de mi camino ahuecado,
las que alcanzas a agarrar en el aire de tu cuarto huérfano. Las demás se
escaparon con los años, las escribes para que tu largo dolor, quepa dentro de
mi nombre.

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¿Para qué hallar mi cuerpo?

¿Para qué hallar mi cuerpo si hay tan poca historia en común?

Qué no diera por traer recuerdos a tus ojos.

El día que me nombraste papá por primera vez.

El primer par de zapatos fabricado con mis manos, para tus pies que ahora
van sin rumbo, rotos.

La noche que tenías fiebre y sentí miedo con tu llanto, no podía llevarte al
hospital. Acaricié tu cabecita toda la noche. Paño húmedo, canción de cuna,
dormidos.

La tarde que esperabas junto a tu madre, barriga vacía. Un amigo moría de
hambre y debí socorrerlo. La cena no fue lo prometido, reímos y eras feliz,
comías con gusto la sencillez de las pequeñas cosas.

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Te escucho enhebrar palabras con puntadas perfectas

Modista de tristezas, alta costura de las heridas.

La distancia va cerrándose con la lentitud de los mejores bordados sin
futuro.

Desearía entender tu cuerpo, abrazarlo y decirle: hola, traje aguja e hilo para
remendarnos.

Intimida, no sabría qué tono de voz, qué marea de historias llevar a tus
manos.

Mi mejor lenguaje es la caricia y el silencio, atenta y precipitada al detalle
de tus formas, tus sílabas.

Me consuelo con el momento en que pronuncias mi nombre, para vivir por
un segundo, en la atareada soledad de tu existencia.

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Sueñas que visito tu recuerdo

¿Debería pasear en otras almas?

Atravieso una y otra vez las calles de tu nostalgia.

Me confundo en tu irrealidad.

Respiro bocanadas que extiendes ante el mundo indiferente.

Finges ser impasible ante tu pesadumbre.

No te engañes, llevas mi sangre.

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La historia de tu inocencia

La historia de tu inocencia sería otra de haber sostenido tu mano.

Penaré hasta el final de los recuerdos por confiar en quien dijo ser amigo.

Nunca le has dicho padre, eso reconforta.

Mi oportunidad de regresar para cuidarte, en cuerpo o en alma, no la
encuentro.

La vida esconde lo querido.

A veces, para siempre.

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Abre la puerta, esperaba

Saca mi lamento de aquí, el olvido es ocioso y solitario.

Nómbrame para no desfigurarme.

Arde no tener un rostro vivo en el recuerdo de los amados.

¡Mírame!

Estoy en todas partes, no permitas que este, tu padre, desaparezca.

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En los titulares de todos los días

Cuando sea el momento, iré por tu rostro.

Estoy en el vientre de tu madre, en tu primer apellido, en cada gota de tu
sangre, en los titulares de todos los días.

Marcharemos a un lugar donde el recuerdo será pan recién horneado y todas
tus ficciones a mi lado se harán realidad.

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Caminar es lo que tu dolor precisa

Acompañarás tus pasos con el canturreo de mi voz.

Podrás soportarlo, tu cabello es lo más hermoso que he tocado.

Deja que crezca de nuevo.

Sueña que te hago una trenza y la deshago, eternamente.

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El arrepentimiento es mi única casa

Deberías odiarme

¿Por qué te empeñas en mí?

Mis ojos fueron atravesados, una ideología los dejó ciegos.

Me creí del bando correcto, tal bando no existe.

Solté tus manos.

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Puedo verme en las fotografías a blanco y negro

Mi nieto captura edificios mohosos con su lente.

Observa bien, soy ese liquen sin orden por las paredes.

Cada que le hablas de mí, siento su corazón zumbarme dentro.

En las noches le rumoro que existo en él.

Muéstrale el horror que habita, no querrá repetirlo.

Enséñale que el amor sigue siendo una fuerza contra la muerte.

Se parece a mí.

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Su mirada será tu espejo

Eso de confiar en las personas, quizá te lo heredé.

Conozco tu mirada antes y después de las decepciones.

El odio no cabe en tu lengua.

Aún sueñas con el amor de un hombre. Lo encontrarás y parecerá como si
siempre se hubiesen pertenecido.

Será un hombre que contempló de frente la violencia y perdió el miedo,
conservó su humanidad.

Su mirada será tu espejo, te enseñará del perdón escondido en cada palabra.

Sabrá proteger la belleza de lo frágil, cuidar lo que otros, solo supimos
romper.

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Busca la verdad, aunque no consuele

Nada sabe tan bien como el helado del parque.

Somos demasiados y a veces no puedo verte.

Escucha, me ahogo en esta oscuridad.

Usurparon mi destino y el de miles, no sé dónde decirte que indagues.

Pudo ser 1985
Palacio de Justicia
Masacre de Tacueyó
Tiro de gracia
Volcán que escupió mi cara

Inicia dentro, es la búsqueda más urgente.

Descubre en tu dolor, en esa voz que ignoras, aparecerá mi caricia.

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El despertar del abandono

 

Quizá lo indecible es decir:
no tienes padre.
Solo un progenitor
que perdió de vista tu capul.

Quizá lo indecible es decir:
lo tienes, porque así se te antoja.

Prefieres su figura de piedra
atada a tu pecho.

Cada una de estas líneas
es una mentira necesaria.

Te aferras a ellas
tus músculos dicen la verdad
como el dolor del silencio.

Te empeñas en soportarlo
ignoras la daga que te partió
desde ese año maldito
cuando no escribías su presencia.

Caminas con ella atravesada en tu frente.

Ignoras
muchacha rota
tu descomunal resistencia
al despertar del abandono.

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C.

Carolina Ruales. Cali, Colombia, 1982. Profesional en Estudios Políticos de la Universidad del Valle, trabaja con comunidades en temas relacionados con derechos humanos y construcción de paz, actividad que combina con la escritura. Hizo parte del taller RELATA 2018 en Cali con José Zuleta. En el 2019, en Buenaventura, hizo parte del taller Voces en el Estero con Eugenio Gómez Borrero, en donde germinaron algunas ideas y poemas de este libro. Algunas de sus publicaciones en coautoría y antologías: Trébol de cuatro hojas (2014); Amores urbanos (Mango Biche Ediciones, 2015); Paisaje inacabado. Antología de poesía colombiana reciente (La Pájara Pinta, 2020); Aislados. Dosis de poesía para tiempos inciertos (Dendro Ediciones, 2020); Desde la luz preguntan por nosotros. Panorama de poesía colombiana contemporánea (Fundación Pablo Neruda, 2021). Su primer poemario individual se titula Lírica 75 mg (Colección Cantarrana de Poesía de la UCEVA, 2018). Ocupó el tercer puesto en el concurso de poesía inédita de Cali, 2017. Fue primer puesto en el Concurso Autores Vallecaucanos, Premio Jorge Isaacs 2020, en la modalidad de poesía, con el poemario El despertar del abandono.

La obra que ilustra este post fue realizada por la artista venezolana Sofía Saavedra

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