El Dios que danza

C O N V E R S A C I O N E S 

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A r m a n d o  R o j a s  G u a r d i a  &  J u a n  L e b r u n

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Juan Lebrun: Dentro de la literatura universal y venezolana, la enfermedad recurre particularmente, con planteamientos estéticos específicos y con formas que, más allá de la vivencia en el cuerpo, trascienden hacia el lenguaje. Creo que podemos encontrar eso en Dostoyevski. Creo que podemos encontrar eso en la poesía de Salustio González Rincones.

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Armando Rojas Guardia: También, en ese poeta coreano de origen judío… Ahora se me olvida el nombre. Uno de los síntomas típicos de la diabetes es la dificultad de concentración. Se me olvidan cosas cuando converso. Hay un poeta falconiano de principios de siglo, buen poeta y aficionado al opio… opiónamo. Y él habla, en su poesía, en sus textos, de la enfermedad. Elías David Curiel se llama el poeta.

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JL: Y el opio que, bueno, es un narcótico tan…

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ARG: ¡Tremendo, tremendo!

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JL: … paralizador.

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ARG: Bueno, Nietszche llegó a consumir opio en determinados momentos de su vida para tratar de aliviar los tremendos dolores de cabeza que le sobrevenían.

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JL: Además, tiene… Le hemos dado esa utilidad de aliviar los dolores que uno siente.

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ARG: Y, ¿cómo se llama este escritor británico que escribió un libro que se llama Confesiones de un opionómano? No recuerdo. Es un escritor británico muy importante. Pero… Bueno, yo he reflexionado mucho últimamente, a raíz de mi dolencia física, en el dato antropológico que es la enfermedad. En primer lugar, la enfermedad me ha reconectado, de una manera inédita, con mi cuerpo. Jakob Böhme, el místico, hablaba de que la consciencia es angustia y tormento de la materia. Eso yo lo experimento todos los días, a través de la diabetes. La diabetes me vincula a la masa atávica del cuerpo, a la materia de la cual mi consciencia es apenas el producto livianísimo. A través de la enfermedad, paladeo la vulnerabilidad, la fragilidad y la labilidad de la condición humana, pero de una manera nueva, como nunca antes la había experimentado. Y he tratado de iluminarme, para mí y los demás (de ahí el post que escribí): ¿Cómo se explica la enfermedad y, en general, el sufrimiento y el mal, siendo Dios amor, siendo Dios esencialmente bueno y queriendo Dios, como afirmamos los cristianos, solo el bien del hombre? ¿Cómo conciliar un Dios connaturalmente amoroso con la presencia del sufrimiento? Sobre todo, el sufrimiento del inocente, que es un escándalo para la consciencia. Entonces…

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JL: Y del justo, a veces, el sufrimiento del justo.

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ARG: Por eso: el sufrimiento de Job. Y tratando de responder a esa pregunta, yo me he dicho a mí mismo que el mal, el sufrimiento, el dolor en el mundo son consecuencias de la finitud. Una finitud no sufriente es una contradicción y un absurdo, tan contradicción y absurdo como un hierro de madera o un círculo cuadrado, porque una creación perfecta sería otro dios, y Dios decidió crear la finitud, esa finitud imperfecta y sufriente para que ella fuera su interlocutora y el objeto de su amor. No… La creación no es un espejo en el cual Dios se mira y se auto-admira vanidosamente a sí mismo, sino que es otra entidad distinta al ser de Dios. Entonces, siguiendo este hilo reflexivo, me dije a mí mismo que la enfermedad implica la ausencia de Dios, el silencio de Dios. ¿Y cómo se explica el silencio y la ausencia de Dios? Me remonto a la mística judía del siglo XVI: el cabalista Isaac Luria, allá en la España del Renacimiento, postula que Dios, en el mismo momento de la creación, se retira, se contrae. El todo, que todo lo ocupaba, voluntariamente se contrae. Se ausenta de la creación para que la creación pueda emerger fuera de él. Este postulado, que Isaac Luria designó con el término hebreo Tzimtzum, se radicaliza en el cristianismo, porque esa ausencia de Dios, en el acto de la creación, se patentiza de una manera radical, tanto en la encarnación como en la pasión de Cristo. El segundo capítulo de la Carta a los filipenses dice que Cristo se vació literalmente de su divinidad para asumir carne de ciervo hasta la muerte y muerte de cruz. De modo que, también en la encarnación, se da ese vaciamiento de Dios. Dice Cintio Vitier, el gran poeta cubano, la materia de la realidad es el olvido de sí mismo de Dios. La materia de la realidad es Dios olvidado de sí mismo. Eso en la encarnación, y en la pasión, también se hace explícita la ausencia de Dios, porque, ¿Cómo se explica el silencio de Dios ante el destino injusto y cruel de Jesús? Bueno, ese silencio lo que revela es que Dios está a merced del hombre. No es Dios el llamado a evitar el dolor del hombre, sino es el hombre llamado a evitar el dolor de Dios en la historia del mundo. Tuve hambre y me diste de comer. Tuve sed y me diste de beber. Estaba desnudo y me vestiste. Estuve enfermo y en la cárcel y me fuiste a ver. Fui forastero y me atendiste. Cada vez que ustedes hicieron eso con uno de mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicieron. Eso dice el Evangelio de Mateo en el capítulo 25. De modo que el hombre es el llamado a evitar el dolor de Dios en la historia del mundo. Simone Weil por eso dice que la ausencia de Dios es la manifestación más excelsa del amor de Dios, porque Dios se retira de la creación para que nosotros podamos existir. Entonces, la enfermedad es una consecuencia de la finitud y expresa la mecánica existencial de lo que Simone Weil llama la necesidad. Y toda esta reflexión a lo que lo invita a uno, en primer lugar, es a rechazar toda superstición mágica, todo milagrerismo ingenuo. No hay que pedirle a Dios el milagro de que evite la enfermedad, porque Él no lo va a hacer. Respeta exquisitamente la mecánica y la dinámica de su creación. En segundo lugar, hay que rechazar la enfermedad y combatirla como aquello que degrada, entristece y atormenta al hombre. Eso es lo que se desprende de todos los episodios de curaciones de Jesús. Curaciones a los enfermos con lo que se encontraba. Y por eso, cito, en el post, ese fragmento maravilloso de Karl Bart, que es probablemente uno de los más grandes teólogos del mundo contemporáneo, un teólogo evangélico. A lo mejor, es el más grande teólogo del siglo XX. Y dice Bart: claudicar, capitular frente a la enfermedad no puede ser nunca una obediencia a Dios. Hay que decirle a la enfermedad, con y por Dios: no. Pero, en tercer lugar, cuando la enfermedad es inevitable y crónica como mi diabetes, hay que tratar de encontrarle un sentido existencialmente creador. Por eso, cito esa frase bellísima de Camus en los Cahiers: la enfermedad es un convento que tiene sus reglas, su ascesis, sus silencios y sus inspiraciones. Una manera de encontrarle sentido cuando la enfermedad es inevitable. Pero también me acordé, y con eso termina el post, de la lección suprema que nos aporta el libro de Job: Aún en medio de mi enfermedad, el sol no deja de brillar, los árboles continúan floreciendo, los pájaros siguen cantando, las estrellas titilan en el cielo… O sea, la belleza del mundo permanece intacta, aun en medio de mi lecho de enfermo. Esa belleza del mundo trasciende a la enfermedad, y, de alguna manera, la redime, porque el final del Libro de Job es ese: Job inquiere ¿por qué sufro yo siendo inocente? Y Dios, al final, en su respuesta, lo que hace es desplegar la majestuosidad del mundo, la belleza del mundo. Bueno, ese es el resumen de mi visión del asunto.

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JL: A mí me pareció incluso que profundizamos un poco más.

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ARG: Sí.

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JL: Bueno, que profundizaste. Me hizo recordar un poco a cómo una de las cosas que vio Siddhartha, antes de volverse Buda, fue precisamente la enfermedad, porque él era un príncipe…

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ARG: Así es.

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JL: En la India. Y una de las señales que el sino les había dicho a sus padres reyes, que debían evitar si querían que fuera rey y no el despierto, que es lo que significa Buda, era ver al enfermo. Entonces…

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ARG: Él en la calle, de pronto, vio a un enfermo, vio a un leproso. Y vio a un cadáver.

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JL: Y vio la muerte, sí.

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ARG: Y toda su obsesión era buscar las causas del sufrimiento. Y la segunda noble verdad postula que el sufrimiento tiene tres causas: la ignorancia, el deseo y el apego. Pero ¿la ignorancia no es, según el budismo, la ignorancia de verdades sublimes y trascendentales? ¡Es la ignorancia del mundo como el mundo es en la inmediatez cotidiana!

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JL: Esa es la ignorancia a la que se refiere el budismo.

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ARG: Porque, para el budismo, la mayoría de los seres humanos pernocta en una somnolencia gregaria y maquinal de la que hay que despertar. Esa somnolencia es precisamente la ignorancia a la que se refiere la segunda noble verdad. Yo tengo, de hecho, cierta pelea casada con el budismo desde hace años, porque cuando el budismo dice que una de las causas del sufrimiento es el deseo, que hay que liberarse del deseo. Yo me pregunto: Bueno, ¿Y cómo se hace con el deseo de no tener deseo? ¿Esa no es una contradicción?

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JL: Sí.

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ARG: Yo me asimilo más bien a la postura de Spinoza, para quien el deseo es el motor de la condición humana. El deseo es nuestra facultad, nuestra capacidad de gozar y de actuar. No es exactamente Eros, como lo postulaba Platón, porque Eros es carencia: la carencia que buscamos llenar a través del deseo entendido como Eros. Eros es, más bien, una fuerza dinámica que nos impulsa a orar y a gozar. Y siempre me ha impresionado eso que dice Spinoza de… El placer motivado, movido por el deseo implica un estado de perfección alto. El dolor, la tristeza implican un grado de perfección bajo. Bueno, poco a poco… Poco a poco iremos encontrándole un sentido a esta vaina, pero yo te confieso: este inquilino inoportuno e inesperado de mi cuerpo, que es la diabetes, me fastidia mucho. Nunca me imaginé que me sobrevendría esta enfermedad, a pesar de que mi papá era diabético. Tenía una diabetes senil, porque la padeció al final de su vida: los últimos veinte años de su vida. Ahora, también me percato de que la dieta para curar la enfermedad no es tan complicada como yo creía al principio. Tengo que suprimir toda dulzura gastronómica, reducir al mínimo los carbohidratos. Puedo comer incluso pan y pasta, en pequeñísimas cantidades, pero las puedo comer. Debo insistir en la ingesta de proteínas: carne, pollo, pescado, cochino, vegetales, frutas cítricas, menos el cambur, la uva y la piña. Todas las demás frutas las puedo comer. Entonces, no es tan complicado. Pero es incómodo encontrarse con los síntomas típicos: por ejemplo, la sed. A veces, de madrugada, me despierta la sed. Las ganas de orinar casi constantes. Aunque los últimos tres días, no he tenido tantas ganas de orinar. La visión borrosa. El médico me dijo que eso se me va a ir quitando poco a poco. Y bueno, me dio la buena noticia, ayer, de que mi diabetes es la que llaman tipo dos, que es la más benigna. No necesito insulina de manera permanente. El tratamiento se reduce a dos pastillas que tengo que tomar en el desayuno, en el almuerzo y en la cena. Tengo que caminar media hora todos los días. Eso es imprescindible: evitar el sedentarismo.

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JL: Estaba pensando en lo que decías al respecto del dolor y la tristeza como indicadores de perfección baja, y el deseo…

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ARG: Eso lo dice Spinoza.

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JL: El deseo y el placer como indicadores de perfección alto. Y me puse a pensar que evidentemente hay seres, seres humanos que andan en la vida del placer y del deseo, y en la capacidad de maravilla en el florecimiento, en el cielo azul, en el sol resplandeciente, en la luz que incluso a veces enceguece. Me preguntaba si…

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ARG: Pero fíjate: eso que dice Spinoza, ese elogio del placer, no invita a vivir para el placer, es decir, Spinoza es un racionalista: la norma existencial, para él, es una vida razonable. El placer tiene que ser un placer razonable. No es la entrega desaforada al placer. Si es un placer razonable, pues, es un placer mesurado, sometido a una cadencia rítmica, existencialmente rítmica.

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JL: Donde todo va a su tiempo.

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ARG: Así es. No es el frenesí, la vida concebida como esclavitud al mero placer.

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JL: Y él lo vivió así.

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ARG: Él lo vivió así, así es. Una cosa sorprendente: aquel hombre…

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JL: Que hacía cristales ópticos. No sé si, en esa época, se podían llamar lentes.

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ARG: Sí, sí, eran lentes. Y llevaba una vida muy modesta. ¡Muy, muy modesto!

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JL: Él rechazó una propuesta como profesor de filosofía.

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ARG: Así es. Y casi toda su obra más importante fue publicada póstumamente. Solo al final de su vida conoció el prestigio y la fama. Leibniz lo fue a visitar a La Haya, pero es asombrosa la modestia de la vida de Spinoza.

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JL: Y lo que yo estaba pensando es si no se pueden entender la tristeza y el dolor a partir de oposición al placer y a la perfección. Si no se puede entender en ese sentido como algunos momentos necesarios en la vida humana, precisamente, para entender el placer.

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ARG: Así es. Así sea por contraste, pero Spinoza dice que la alegría rubrica, reafirma, ratifica, muestra adhesión a la realidad. Si la alegría es la intensificación misma de nuestro contacto con la realidad, la tristeza, en cambio, nos mutila, nos roba realidad, nos sustrae el contacto con la realidad, porque el contacto con la realidad produce connaturalmente alegría. Por eso es que a mí se me ocurrió pensar, leyendo a Spinoza, que no hay loco alegre.

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JL: Jajajajaja.

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ARG: Jajaja… Porque si entendemos la locura como una desvinculación con la realidad…

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JL: Sí.

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ARG: Pero Spinoza hace todo un elogio de la alegría. Eso fue lo último que conversé con Rafael Cadenas. En el Buscón nos encontramos, por una cosa que yo dije en una presentación de un libro, me dijo al final del evento: Armando, Spinoza elogiaba mucho la alegría. Y le dije: ¡claro!

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JL: Y es la alegría de la lucidez, la que surge del contacto con la realidad, no del aislamiento. La metáfora de la isla es una de las grandes ilusiones o mitificaciones románticas, me parece.

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ARG: El título de un libro de Thomas Merton es ese: los seres humanos, los hombres no son islas. Juan Dieguito, voy a tener que salir.

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JL: Sí, tranquilo… Bueno, igual me parece que las islas están completamente rodeadas de mar, y si eso no es realidad, entonces no sé qué es.

 

29/01/2020
En casa de Armando Rojas Guardia

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II

L a  M a g i a  y  e l  D e s e o

 

 

Juan Lebrun: La gematría opera con la asignación de un número a una letra. Cada letra del alfabeto hebreo tiene una asignación numérica, y esa asignación numérica tiene un valor espiritual, asignado por la lectura exegética de la Biblia por los cabalistas. Vi una clase de un rabino estadounidense acerca de ese tema. Hablaba de las distintas asignaciones numéricas y el valor espiritual de los números. En el Apocalipsis, por ejemplo, que parece haber sido escrito por Juan, se le asigna al Apocalipsis el número 666. Asimismo, el valor numérico del nombre de Dios parece ser 26, lo cual es un imposible en el hebreo, ya que todas las posibilidades vocálicas de introducir dentro del nombre YHVH no dan 26, sino otros números. La interpretación es que el nombre de Dios lo dio Dios de esa manera para hacer imposible la averiguación del ser humano, ya que si el ser humano podía averiguarlo, podía…

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Armando Rojas Guardia: Tener poder sobre Dios.

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JL: Exacto. Y me pareció muy interesante que el rabino decía que es una ciencia o un arte que no puede aplicarse al inglés o a ninguna de las lenguas modernas, porque estas tienen un carácter mucho más descriptivo e utilitario, a diferencia de las lenguas antiguas que, desde su nacimiento, venían mezcladas con las matemáticas, la divinidad y la cultura. Venía todo en uno, ¿no?, en las lenguas antiguas. Por lo tanto, explicaba el rabino que hacer gematría en la lengua inglesa es una pérdida de tiempo, lo cual no es ni en el hebreo ni en el griego ni en el fenicio. Y por allí, también ahondé un poco en la cuestión arquetípica de la astrología y del zodíaco… Me di cuenta de que Pessoa era un gran astrólogo.

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ARG: Sí, sí.

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JL: Que estudió sobre todo a Alan Leo, quien fue un astrólogo de fines del siglo XIX y comienzos del siglo XX. Publicó, entre otros libros, The progressed horoscope en 1906. Es un libro muy interesante en cuanto a la actualización de la astrología para la modernidad, ya que propone este arte no como un método de adivinación, presagio y futuro, sino como una forma de comprensión del ser. La astrología siempre ha estado dentro del mundo esotérico de occidente. No sé qué opinas tú de la astrología.

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ARG: A mí me conmueve mucho, como postulado, que la astrología implique ña vida humana entrelazada con el cosmos, es decir, hay una relación orgánica entre nuestra existencia y la vida cósmica. Eso me parece maravilloso. Y siempre me ha parecido estupendo ese dictum astrológico: los astros inclinan pero no obligan. En la tradición hebrea, en la tradición judía hay una gran reserva frente a la adivinación, porque, para la antigüedad judía, todo intento de pronosticar el futuro atenta contra la libertad de Dios, que es omnímoda y total. Los reyes magos, los llamados reyes magos, en realidad no eran reyes. Eso no lo dice el Evangelio de Mateo, que es quien menciona a los magos. El Evangelio lo que dice es que los tres (Melchor, Gaspar y Baltazar) eran magos. Y es casi escandaloso que el Evangelio pondere la presencia de los magos ante el nacimiento de Jesús, porque el oficio de los magos estaba penado en Israel prácticamente con la pena de muerte. Eso lo dice José Ignacio González Faus, que es un teólogo catalán que me fascina. Entonces, él dice que lo de “reyes” es un invento. Ignacio Murga me comentaba el otro día que parece que empezaron a llamarlos reyes en el siglo XVI o XVII. El Evangelio no dice que eran reyes, dice que eran magos. Y eran astrólogos. Por eso es que se fijaron, dice el Evangelio, en una estrella. Pero ese oficio de los magos del Evangelio estaba castigado con la muerte en Israel. Bueno, pues, yo tengo dos grandes amigos astrólogos: José Bernardo Gómez Valery, quien es excompañero mío jesuita. Él salió de la compañía hace muchos años y se graduó de filosofía en la UCAB y de Historia en el Pedagógico, y es un astrólogo muy reputado. Incluso a él, cuando el segundo gobierno de Caldera, lo pusieron preso, porque dio unas declaraciones, como astrólogo, diciendo que Caldera iba a desaparecer de la figuración pública. Y muchos interpretaron esa declaración como si José Bernardo Gómez dijera que Caldera se iba a morir. Entonces, la policía política del momento lo puso preso. Y pasó creo que un día o día y medio en la cárcel. Y yo no he vuelto a ver a José Bernardo, pero él me hizo la carta astral. Por ahí, yo tenía la grabación de la conversación que tuve con él cuando hizo mi carta y la descifró. Y también tengo mucha amistad con Silvia Cova, quien fue esposa de José Bernardo. Ella se divorció hace años de José Bernardo. Tuvo tres o cuatro hijos con él. Y ahora Silvia está en Madrid viviendo, y es una gran astróloga. Es terapeuta jungiana. ¡Extraordinaria terapeuta! Y una gran astróloga. También me leí la carta astral con ella. Es una lástima que haya perdido la grabación de la conversación que tuve con ella cuando me leyó la carta astral.

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JL: ¿Eran semejantes las dos cartas?

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ARG: Sí, se parecían.

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JL: ¿Y cómo eran, Armando?

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ARG: ¿Las cartas?

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JL: Sí.

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ARG: Yo recuerdo muy vagamente. No me impactaron demasiado porque si no, las recordaría con nitidez. Recuerdo que señalaban que el año 1956 fue un año clave en mi vida. Eso es cierto, porque, en el año 56’, entré a estudiar al Colegio San Ignacio. Y eso cambió mi vida para siempre.

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JL: Fue cuando entraste en contacto con los jesuitas por primera vez.

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ARG: Así es. También recuerdo que me dijeron, los dos, que mi sexualidad tiene mucho que ver con Urano, es decir…

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JL: Imagínate: el planeta de la revolución.

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ARG: … Y además, con la bajada al Hades. O sea que, para mí, la sexualidad, de alguna manera, es una experiencia de muerte. De muerte como transformación interior.

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JL: Claro. ¿De muerte y renacimiento podría decirse?

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ARG: Sí.

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JL: Ya que sacaste el tema, ¿qué implica, en un nivel místico, la sexualidad para ti, tu sexualidad?

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ARG: Eso es un caballito de batalla para mí, porque yo no encuentro, no he encontrado hasta ahora, la manera de integrar la sexualidad a mi espiritualidad. La sexualidad, en mi vida, es una comarca autónoma, regida por su propia dinámica, y me es muy difícil integrarla a mi vida espiritual, es decir, no encuentro la manera de vivir la sexualidad con un talante evangélico. Yo creo, hablando teológica y cristianamente, que la sexualidad nos la ha entregado Dios obsequiosamente como un espacio de comunión con el otro. Es un espacio privilegiado de contacto con la alteridad personal, con el otro. Pero, en mi caso, siempre estoy a medio camino, porque, por ejemplo, yo aprendí, leyendo a Séneca, la importancia de la libertad interior. Una manera de lo que los antiguos llamaban el cuidado de sí es no esclavizarse a nada ni a nadie, empezando por no esclavizarse a ninguna de las pulsiones e inclinaciones personales. El cigarrillo es una esclavitud.

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JL: Sin duda.

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ARG: Mientras yo no deje de fumar, seré permanente esclavo de ese vicio. Y hay otra segunda esclavitud: yo no tengo pareja, pero acudo, con mucha frecuencia, a la masturbación. Me parece que, hasta cierto punto, la masturbación, en mi caso, actúa a la manera de una esclavitud. Entonces, no encuentro la manera adecuada de vivir la sexualidad integrada a mi espiritualidad.

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JL: ¿Y el amor no es una solución posible?

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ARG: Por supuesto que… No es que es una solución. El amor es la solución, porque la sexualidad debería ser, cristianamente hablando, expresión de la opción por el amor. Eso se dice fácil teóricamente, pero a la hora de la verdad, frente a la pulsión sexual, ¿Cómo hacer para poner esa pulsión al servicio del amor? ¿Sobre todo, si no tienes pareja?

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JL: Claro, sin un destino al cual ese amor pueda posarse.

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ARG: ¡Y expresarse! Hace unos meses, me relacioné, en plan de pareja, con un amigo mío. Me hice amigo de él a través de Internet. Y nos empezamos a ver. Y fue, durante unas cuantas semanas, mi pareja, pero pronto me di cuenta de que él me despertaba mucha reserva. Personalmente, había… A pesar de que me atraía enormemente en lo físico, psíquicamente me producía rechazo. Y hablando con Ana María, me dijo Armando, debes atender a esa repugnancia, a ese rechazo. Tienes que hacerle caso. Era una cosa intuitiva ese rechazo. Entonces, la relación terminó. Terminó de una manera muy abrupta. Esa fue mi última experiencia en la relación de pareja. Yo he tenido tres parejas en mi vida (cuatro, si contabilizo esta última). Con Adán, el primero, tuve como un año. Con Juan Carlos Ledezma, tuve cuatro años. Con Roberto Di Secta, tuve doce años. Y ahora, con Gibelio, tuve unas cuantas semanas. Yo recuerdo que, hablando con Patricia Van Dalen, la artista, yo le comenté que con Juan Carlos había tenido cuatro años de relación. Y me dijo: ¡Armando, cuatro años es un matrimonio! Y le dije: Con Roberto, yo tuve doce años de relación de pareja.

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JL: Patricia es, desde hace años, amiga de mi mamá. Tan amiga, que, cuando yo nací, llevó una obra suya de regalo para la sala de parto. Esa obra sigue colgada en mi cuarto.

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ARG: ¡Ah, qué maravilla! Ella tiene una hija que yo quiero mucho. Raquel, quien fue compañera de Adalber.

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JL: Fueron novios.

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ARG: Fueron compañeros. Vivieron juntos en Nueva York durante dos o tres años. La relación terminó, pero yo la conocí siendo compañera de Adalber. Acabo de publicar en Facebook un poema de Hacia la noche viva que me gusta mucho y se llama Bautismo de nada. Y lo pongo, en el post, a dialogar con un texto de Simone Weil. Pásame la tabla y los lentes:

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BAUTISMO DE NADA

Horizonte compacto, los objetos
me cercan a pérdida de vista.
Cuesta remontar esa frontera
totalmente imantada.
¿Dónde está la grieta, la abertura
imprevista y fugaz como una herida
por donde salir dolientes pero libres
hacia la vastedad insólita?

 

Curvado hacia mí mismo, autohechizándome,
o encantado por los ojos de Medusa
que levanta el muro de las cosa
(las cosas soberbias y tenaces
en su imposible pátina de paz)

no puedo vivir ritmos, movimientos
y danzas de otras densidades
filtradas de repente en esta luz
dormida del crepúsculo
que arrodilla a la tierra y la desmaya
dejándola porosa, libre al fin

para la materna oscuridad, de la que pido
un poco de su atmósfera ligera,
la liviandad precisa de la nada,
la que borra mi nombre y me bautiza
en los labios de Dios, el innombrable.

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«En todo, por encima del objeto particular, cualquiera que éste sea, querer vaciarse, querer el vacío. Porque es un vacío para nosotros ese bien que no podemos representarnos ni definir. Pero se trata de un vacío más pleno que todas las plenitudes. Esa nada no es irreal. Todo lo que existe, comparado con ella, es irreal» (Simone Weil).

 

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JL: ¿Tú llamarías este poema una experiencia de vacío?

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ARG: De búsqueda del vacío. Más que del vacío, de búsqueda del vacío.

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JL: Sí.

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ARG: Aunque Simone Weil dice que el vacío no hay que buscarlo. Hay aceptarlo y asumirlo, cuando el vacío adviene.

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JL: ¿Qué es el vacío?

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ARG: Simone Weil dice que todo pecado es un intento de colmar el vacío. Y colmamos, de una manera equivocada… Colmar el vacío con la imaginación. La imaginación es la gran colmadora, artificiosa y falsa del vacío. El vacío es la experiencia… Es muy difícil definirlo. Es una cosa que todos sentimos, todos experimentamos. Y Simone Weil dice que todo pecado es un intento de colmar el vacío. Y la manera de colmarlo falsa, artificiosa es con la imaginación, es decir, ¿Por qué rechazamos el vacío? Porque en el vacío se cuela Dios, y la carne tiene miedo de Dios, ¡pavor a Dios! Porque experimentar a Dios es experimentar la muerte. Y a la carne le horroriza esa experiencia de muerte. En el libro del Éxodo, hay un versículo donde Dios le dice a Moisés: El hombre no puede verme sin morir. Entonces, la carne le tiene pavor a Dios. Le tiene pavor al vacío porque en el vacío se cuela la presencia de Dios. Cada vez que sentimos la inclinación del mal, buscamos colmar el vacío a través de la imaginación. Por ejemplo, te pongo este caso concretísimo: ayer, sentía mucha necesidad de desahogarme masturbatoriamente, porque el deseo sexual me estaba apremiando. No masturbarme ayer era una manera de contar, de una manera oblativa, generosa, entregada al amor hacia Dios. Es decir, rechazar la cosificación, la instrumentalización, la objetualización de la imagen mental del cuerpo del otro. Al rechazar esa manera de objetualizar, cosificar e instrumentalizar imaginativamente la imagen mental del cuerpo del otro, yo optaba por el amor de alguna manera. Entonces, ayer, durante toda la tarde, fue una lucha sorda contra esa tentación, y me acordé de lo que dice Simone Weil: Yo estaba buscando llenar un vacío, el vacío. Eso, para ponerte un ejemplo de lo que postula Simone Weil.

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JL: Podríamos decir que el acto sexual, y sobre todo el masturbatorio donde la imaginación toma un rol principal, es una forma de evadir ese vacío…

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ARG: Así es. De colmarlo. Una manera falsa de colmar el vacío. Todo se reduce a aceptar el vacío.

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JL: Y es una forma también de temor a Dios.

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ARG: Así es. No. Si uno colma el vacío de manera falsa, artificiosa, renuncia al contacto con Dios.

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JL: Por lo tanto, al temor y al amor.

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ARG: Así es.

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JL: ¿En el Cántico espiritual hay imaginación?

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ARG: Claro que sí, pero una imaginación puesta al servicio del amor y del contacto con Dios. El Cántico Espiritual, como el mismo Cantar de los Cantares, es una celebración nupcial de la comunión con el otro. Cuando yo quiero devolverme el sentido cristiano de la sexualidad, leo el Cántico Espiritual. Tengo la grabación de la versión musical de Amancio Prada. ¿Tú la has escuchado?

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JL: Sí.

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ARG: ¡Bellísima, pero bellísima! Primero, la voz de Amancio Prada es de una dulzura… Y él compuso esta versión musicalizada del Cántico con guitarra, violoncelo y violín. Amancio Prada es un cantautor gallego que no puedo escuchar sin soltar las lágrimas.

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JL: Si ya el Cántico Espiritual es bellísimo, con un cantautor de este talante, es muy conmovedor. ¿Y en la magia?

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ARG: ¿Qué?

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JL: ¿Está Dios?

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ARG: No. La magia es exactamente el polo opuesto a la experiencia religiosa. La experiencia religiosa es entrega. La magia es poder. Es la búsqueda del poder. Tratar de instrumentalizar la materia para empoderarse. La experiencia religiosa es todo lo contrario: es oblación, entrega. La tentación a la que sucumbieron Adán y Eva fue justamente la tentación de la magia. Lo que dice la serpiente, lo que le dice la serpiente a Eva: Si ustedes prueban este fruto, serán como dioses. Entonces ellos quisieron optar por la imposible omnipotencia. Quisieron darle la espalda a la condición humana y optar por ser algo infinitamente distante de la condición humana, que es la omnipotencia divina. Optaron por la magia. Optaron por el poder, la tentación del poder.

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JL: Eso se evidencia en el Fausto también.

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ARG: Así es.

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JL: El poder del Fausto es ese poder.

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ARG: Es la búsqueda afanosa del poder.

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JL: Sí. ¿Y la magia zodiacal entraría dentro de esta búsqueda del poder?

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ARG: En general, en toda magia está la búsqueda del poder. Pero hay aspectos de la magia que son más benignos que otros. La magia de los magos evangélicos: de Melchor, Gaspar y Baltazar es una magia relativamente benigna. Pero… 

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JL: En cambio, la magia diabólica es maligna.

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ARG: La magia negra, pues.

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JL: ¿El ser humano busca poder por soberbia nada más?

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ARG: Tiende a confundir a Dios con el poder. Dios es exactamente lo opuesto al poder: el Dios cristiano, el Dios de Jesús. ¿La encarnación qué es? La revelación del Dios débil, del Dios vulnerable…

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JL: Finito, de carne.

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ARG: Lo que Pablo llama la locura de Dios. El Dios crucificado, el dios vulnerable.

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JL: Además, sufriente. Yo pensaba el otro día que el sufrimiento es inconcebible sin la bondad.

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ARG: No, estás equivocado. Hay gente que sufre con resentimiento y sufre victimizándose y sufre maldiciendo.

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JL: Sí, por ejemplo, Hitler es un caso de ese sufrimiento resentido. No de victimizarse, pero sin duda Hitler poseía un sufrimiento desde la impotencia, la búsqueda del poder, la soberbia, el racismo, entre otras cosas.

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ARG: Porque el que sufre tiene la suprema tentación de hacer sufrir al otro. No resiste sufrir solo, sino busca contagiar, contaminar con su sufrimiento al otro. Esa es una tentación del que sufre.

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JL: Que es muy diferente al sufrimiento de Cristo que buscaba liberar y buscaba hacer amar. Creo que solo me enfocaba, cuando pensaba en eso, en el ejemplo de Cristo, y no tomé en cuenta los demás.

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ARG: Cristo hizo del sufrimiento… Cristo no buscó nunca el sufrimiento. Cuando la dinámica de la realidad se lo impuso, lo aceptó y lo asumió como afirmación del amor, es decir, de la vida. Él nunca buscó el sufrimiento por el sufrimiento. Vino Juan el Bautista, que no comía ni bebía, y dijeron: Está endemoniado. Vengo yo, que como y bebo, y dicen: Miren al comilón y al borracho, amigo de pecadores y descreídos. Una vez le preguntaron ¿Por qué tus discípulos no ayunan? Y dijo: No pueden ayunar porque el novio está con ellos. Se veía a sí mismo como el novio anfitrión de un banquete de bodas. La vida de Cristo fue festiva, celebratoria.

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JL: La mayor parte, sí. Toda su juventud.

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ARG: No solo su juventud. Durante los tres años de actividad pública. Hay una secuencia en La última tentación de Cristo, esa película de Scorsese, en la que el director presenta a Cristo bailando en una fiesta. Y yo siempre me quedé pensando: Esto tuvo que ser un dato histórico. Cristo seguramente bailó, no una, sino muchas veces.

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JL: Claro, es que pensando en la figura de Cristo, que es Dios, es imposible que él no celebrara.

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ARG: Pero esa no es la imagen que se nos ha presentado de Cristo.

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JL: Yo creo que es por la Contrarreforma, porque precisamente el momento de colonización de América Latina fue el de la Contrarreforma, y toda la evangelización de la Contrarreforma ponía a un Cristo sufriente.

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ARG: Así es. Eso, en los versos de Antonio Machado: Yo no quiero creer ni creo en el Cristo en el madero, sino el que anduvo en el mar, el que caminó sobre el mar. Porque hemos tenido la obsesión del Cristo doliente. Pero eso es una tergiversación de la verdad histórica. Bueno, lo dejamos hasta aquí Juancito.

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29/01/2020

 

 
 
Las conversaciones con el poeta Armando Rojas Guardia fueron grabadas, transcritas y remitidas a nuestra redacción por el poeta y traductor venezolano Juan Lebrun. «El Dios que danza», la primera de ellas, permanecía inédita. 
La imagen que ilustra este post fue realizada por el artista venezolano Diego Abreu

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