El Humanismo Adleriano

Teófilo Tortolero

 

Tal vez la divulgación y estima de que ha gozado la obra freudiana débase, entre otras razones, a la condición de pionero de Freud en la investigación de los procesos de la psique, y especialmente al develamiento de los contenidos sexuales, presentes en un buen número de trastornos síquicos. Freud, en expresión de Daniel Lagache 1, fue un neurólogo excepcional, dotado de una cultura científica y general de primer orden; pero a menudo se olvida que estuvieron vinculados a él dos investigadores notables: Jung y Adler, quienes elaboraron sus propias teorías luego de disensiones más o menos profundas con el Maestro. Adler, en especial, es quien ha de reparar con más énfasis en la formación de la conducta del individuo, en las relaciones esenciales de los seres y su situación familiar, social, afectiva, etc., descartando en sus reflexiones las complejidades del universo freudiano. Nuestra afirmación de que Alfred Adler es un gran desconocido resulta de apreciar cuánto se ignora de su vida y sobresalientes investigaciones, forjadas a partir del estudio de un hombre real, miembro de una sociedad determinada y, por lo mismo, condicionando, víctima de las tensiones interpersonales.

Adler, nacido en Viena en 1870, derivó paulatinamente de su especialidad, la oftalmología, hacia la psiquiatría, a la que se consagra en el año 1900. La lectura de «La interpretación de los sueños», obra escrita por Freud en 1902, lo inclina a relacionarse con este y formar parte de su asociación. Pero muy pronto advierte las divergencias entre su concepción y el freudismo; publica en 1907 «La inferioridad de los órganos», meritorio trabajo de afirmación de sus convicciones; y en 1911 abandona definitivamente al grupo psicoanalítico ortodoxo. Desde entonces, Adler proclamará su posición antidogmática, antiatomista, antiinstintivista, antipansexualista, ambientalista, ofreciéndonos sus principios en una obra que será, como expresa Jaime Bernstein2, el Manifiesto del adlerismo o el Manual de la Psicología del Individuo. Ese trabajo es el «Carácter Neurótico», escrito por Adler para exponer coherentemente su doctrina, obtener el doctorado y, por último, ingresar a la docencia universitaria; pero su tesis es rechazada bajo la acusación de psicologista y filosófica, siendo posible suponer también que en esta repulsa el jurado expresa su aversión a la inclinación socialista del autor.

La hondura de Adler reside en su aguda comprensión de las motivaciones humanas, al destacar los impulsos básicos presentes en cada uno de nosotros gracias a una visión exenta de artificios o complicados supuestos. Está presente todo el pensamiento de nuestro autor su ofrenda de libertad para el hombre que está escindido y no sabe cómo escapar de sus graves conflictos; pero esa libertad no se obtiene sino cuando el sujeto se decide a ser libre y comprende, por último, que debe asumir total, no fragmentariamente, su existencia, y que esa asunción significa, también, el reconocimiento del valor de la comunidad. Todo disturbio en la esfera afectiva tiene su origen, de acuerdo a Adler, en la exacerbación de la importancia personal, en el llevar la autoestima a un nivel donde el ser casi se cree deificado, trastornando esta opinión sobrevalorada las relaciones interpersonales. De acuerdo a la teoría del carácter adleriana cada individuo posee una manera de vivir, singularidades y hábitos que constituyen su personalidad total y que expresan, en suma, su «estilo de vida»; estableciendo que el carácter es una realidad que se forma precozmente, es finalista, unitaria, continua, social, peculiar y creadora. Ahora bien, nos interesa referirnos al objetivo de vida futuro, que tal vez pudiera asimilarse a la llamada «imagen idealizada» de que habla Karen Horney3. Este objetivo guía a la totalidad del pensamiento y conducta, y su instalación en el individuo es la respuesta a su necesidad de orientación, de referencia.

A partir de estas consideraciones y la constatación del llamado «sentimiento de inferioridad», que no es otra cosa que la sensación de la propia insignificancia frente al mundo: del objetivo de superioridad, que es el trazo afirmativo de la personalidad en vista de las poderosas resistencias que encuentra; y de un «sentimiento de comunidad» gracias al cual la vida social se realiza, la psicología del individuo explica los procesos psíquicos normales y anormales. Dicho esto, conviene que nos detengamos en la consideración «del sentimiento de comunidad». Dijimos que gracias a este es posible la continuidad de la sociedad, pues cada sujeto debe actuar de acuerdo a las exigencias del grupo social, pues cada sujeto debe actuar de acuerdo a las exigencias del grupo social, continente de su existencia. Pero ¿qué ocurre cuando el «sentimiento de inferioridad» crece desmesuradamente en virtud de factores negativos, y se exalta al máximo el afán de poder en la búsqueda del objetivo que habrá de restituir la perdida «seguridad»? En estos casos, nos responde la psicología del individuo, «el sentimiento de comunidad», seguramente de un tenor muy débil, es sacrificado, pues cuentan más para ese sujeto los fines que se ha propuesto alcanzar, generalmente asociales, irrealizables, rígidos, ficticios.

En el prólogo de Ramón Sarró a «El Sentido de la Vida»4 leemos: «el psicoterapeuta adleriano realiza una singular mayéutica socrática: lo que extrae del interior del neurótico es lo que con cierto énfasis llama «la verdad de la vida humana». Esto significa para Adler que «la verdadera grandeza del hombre está en la aceptación del destino humano, en su inexorable modestia y solidaridad; el que quiere ser más, corre el peligro de ser menos»; e igualmente: «Hay, en efecto, mucho de pedagogo en la actitud adleriana, pero por debajo de ella existe, tal como hemos dicho, una antropología metafísica de la libertad». La solidaridad es la más sobresaliente afirmación de la psicología del individuo y en ella alienta el poderoso humanismo de su autor. Si observamos la sociedad actual, presa de una desmesurada confrontación de fuerzas, ideologías, credos religiosos, ya reducido el hombre a la condición de mercancía o de homo consumens, debemos convenir en que el «sentimiento de comunidad» ha sido como extrañado de nosotros, o al menos debilitado en nuestra carrera estrepitosa hacia el poder; y que satisfacemos el anhelo de completud en la tendencia de objetos generalmente vanos o de costosos equipos bélicos, tan temibles como repugnantes.

Los estados modernos exhiben en sus días de histeria colectiva todo el instrumental de guerra que la soberbia demanda; mientras esto sucede y desfilan pesadamente hombres entrenados para destruir, portavoces de la insolencia irracional del llamado «poder», percibimos la caída vertiginosa del humanismo, sustituido por una sensación de fortaleza donde solo se palpa la pavorosa miseria y orfandad de los seres. Reparemos en Adler: «Si queremos comprender en qué dirección progresa la vida, no debemos apartarnos de este camino de la evolución, de este proceso de continua adaptación activa a las exigencias del mundo exterior. No debe olvidarse que se trata aquí de algo completamente primordial, inherente a la vida desde sus comienzos: de la superación, de la conservación del individuo, de la especie humana, y del establecimiento de una favorable relación entre el individuo y el mundo exterior… Ya en 1902 desarrollamos esta idea (véase Heilin und Bilden, «Curar y Educar») llamando la atención de todos sobre el hecho de que esta adaptación activa, esta «verdad», está en un continuo peligro de frustrarse, y que la decadencia y extinción de pueblos, familias, personas y especies, tanto animales como vegetales, se debe siempre al fracaso de dicha adaptación». «Lo único que puede liberarnos de permanecer esclavos en la cruz de una ficción falsa y nociva y de perseverar en tal ficticio esquema es la estrella que nos guía al bienestar común».

Nuestra sociedad está enferma debido a que sus objetivos de perfección son falsos, ya que las terribles privaciones a que son sometidos hombres y pueblos en nombre de ideologías y credos inhumanos, acaban por mutilar la fe de los seres en un mejor destino; se constata por doquier la desesperanza y frustración de una humanidad que ha perdido de vista el «sentimiento de comunidad».

Digamos, finalmente, que una de las mejores pruebas de la «verdad» adleriana, está en el hecho de que aún destacados autores psicoanalíticos han venido a coincidir, en sus estudios más personales y significativos, con términos esenciales de la psicología del individuo. Ello ocurre, como observa Ramón Sarró en el ya citado prólogo, en Karen Horney, Sullivan, Erich Fromm, ya que estos pensadores han dado una manifiesta preferencia a las relaciones humanas.

Nuestro breve trabajo no tiene otro objetivo que el de atraer al lector a «descubrir» la obra de un hombre que estudió la conducta del individuo en forma diferente a como se venía haciendo; y debe ser divulgado el que Adler, lejos de pretender «explicarnos» y someternos en los determinismos, convencidos apenas de ser espectadores de nuestros impulsos, nos probó incansablemente la posibilidad de libertad a través de la aceptación de nuestras limitaciones.

 

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Notas
1. Daniel Lagache. «El psicoanálisis» Editorial Paidós.
2. Jaime Bernstein. «Contexto y Texto» de «El Carácter Neurótico», en el volumen de Alfred Adler «El Carácter Neurótico». Editorial Paidós.
3. Karen Horney. «La Personalidad Neurótica de Nuestro Tiempo». Editorial Paidós. Véase de la misma autora «Nuestros Conflictos Interiores» y «El Autoanálisis».
4. Alfred Adler. «El Sentido de la Vida». Editorial Miracle.

 

 

El ensayo sobre El Humanismo Adleriano de Teófilo Tortolero se encuentra publicado en la revista de cultura de la Universidad de Carabobo Zona Torrida n°2/3 (1972):pp101-104.

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