El lento hacer

Diego L. García

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Manchas hipersaturadas

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La poesía de Fernanda Laguna siempre me pareció desafiante, de un tenor que valoro realmente. Porque no muchos se atreven a moverse con esa libertad por fuera del control parental de la Literatura con mayúscula. El título de su poesía reunida, que editó Mansalva en 2012, es una joya teórica: Control o no control. La base de la bifurcación fundamental ante la hoja en blanco, ante eso que emerge en un tiempo pretextual y que pide espacio debiendo negociar con los prejuicios.

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Cito un fragmento de un poema hermosamente rebelde:

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También miro Misterios y milagros / y En Síntesis. / Canal 13, / el canal único que se ve / en mi televisión de 13 pulgadas. / No puedo ver escenas en interiores oscuros / porque el televisor está cuatro grados más oscuro / de lo que creo que es normal. / Manchas hipersaturadas, / boludeces que digo, / falta de inspiración. // Un televisor / mi vida, / mis días de no saber qué hacer. / Cuadrado con su antena rota. / Más cosas que decir por el hecho de desear escribir. / Sufro con la telenovela, / la televisión me pone triste. / Veo reflejada mi imagen en la pantalla y / luzco horrible.

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Claro que no son boludeces. Y que esas manchas revelan un momento social del país, de los jóvenes queconsumen lo que se puede. Con ello, justamente, con lo que se puede se reconstruye, se recicla, una imagen: la de una vida, “mis días de no saber qué hacer”. Es fuerte y suficiente el impacto de lo que se quiere presentar. El derecho al deseo de escribir, de sufrir, de esquivar un rato lo hipersaturado se hace tema. El Control diría que una/un poeta debería ponerse a leer a Hölderlin en vez de mirar las telenovelas; pero la escritura está ahí, cerca como no lo están otras cosas (la economía, las drogas, el futuro), para permitir que lo horrible sea parte de un nosotros. Ya no solo de quien desea (lo solo posible en soledad), sino del silencioso espejo comunitario que aguarda al otro lado de la página.

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Torre negra

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Hay poéticas que subterráneamente van conformando algo más que una serie de libros. Una cosmovisión particular, proyectos que requieren una lectura rizomática capaz de moverse dentro de un sistema de signos tan especial como artesanalmente construido. Tal es el caso de la poesía de Alberto Cisnero (La Matanza, Buenos Aires, 1975), de la que citaré una pequeña muestra para aproximarnos a estas ideas.

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El poema “torre negra” de Cisnero se publicó inicialmente en El límite de la materia (Ruinas Circulares, 2012) y luego pasó a La sustancia en infracción (sección devenida libro) en 2022. Dice así:

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nací (pasé a la distracción armada) / entre ezeiza y el golpe, digresiones / de otros; ya pagué con el horno plancitos / de raíz o de conversos, uno a uno / supe en vida su color sin metáforas; / ¿revolución social, ñeris, banderas? trip; / la margen de un río edicto y policíaco.

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La imaginación biográfica de Cisnero junto a su forma de compactar lo dicho encuentran en este texto un exponente perfecto de su proyecto escritural. Los setenta, la masacre de Ezeiza, el golpe militar y las variaciones posteriores del trip democrático hasta el presente se resumen en siete versos. En verdad el 22 procedimiento no es un resumen, sino una concentración de fuerzas que se pliegan y despliegan en la lectura. En la poesía de Cisnero el lector debe realizar un esfuerzo, salir de la comodidad que a veces lo anecdótico licúa en un trago artificioso.

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Por la margen de todos los ríos el poeta piensa y se corre. Expresa lo policíaco que tantas veces camuflan banderas de cualquier color. El edicto dice lo antipoético. Y contra ello las preguntas, la interpelación a los ñeris que todavía pueden salir de aquella y esta, de una misma, distracción armada.

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Me interesa ese lugar de la poesía, esa trinchera siempre opuesta al control. Lo que hace Cisnero en su escritura, a lo largo de su vasta y singular obra, es una forma de intervención en el acontecimiento de los discursos. No se posiciona afuera, en la torre de marfil. Tampoco en una dialéctica visceral sin recursos; como dice en otro de sus poemas: “que yo implique la única sílaba / por la cual sacar el facón”. Si va a haber sangre, será por lo dicho.

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La deuda desde los márgenes exige una fuerza de choque para emerger a la escritura. La espiral del conurbano puede volverse muy burocrática. Pero desde la torre negra las credenciales no son más que papeles vacíos.

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Borges, imagista

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Siempre me atrajo Fervor de Buenos Aires, y hoy que se cumplen cien años de su publicación es una buena excusa para pensar algunas cuestiones. El mismo Borges advirtió que en ese libro se prefiguraban sus ideas esenciales, así como también la crítica supo abordarlo con la debida relevancia (véanse, sobre todo, los trabajos de Sebastián Hernaiz).

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El grabado de Norah Borges para la primera portada era perfecto. La mirada y la forma de esa mirada sobre el suburbio, en esos trazos cortados de la técnica, con sus sombras sencillas pero profundas, contenía mucho de lo que aquella primera escritura borgeana pretendía. Personalmente considero que en el poema inicial de Fervor las imágenes ya se conjugan, con procedimientos análogos a ese grabado, con la potencia plena para desplegarse a lo largo de los años, y con la belleza de un concepto que no necesita ser explicado. Ese poema es el tantas veces citado “Las calles”:

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Las calles de Buenos Aires / ya son mi entraña. / No las ávidas calles, / incómodas de turba y ajetreo, / sino las calles desganadas del barrio, / casi invisibles de habituales, / enternecidas de penumbra y de ocaso / y aquellas más afuera / ajenas de árboles piadosos / donde austeras casitas apenas se aventuran, / abrumadas por inmortales distancias, / a perderse en la honda visión 26 / de cielo y llanura. / Son para el solitario una promesa / porque millares de almas singulares las pueblan, / únicas ante Dios y en el tiempo / y sin duda preciosas. / Hacia el Oeste, el Norte y el Sur / se han desplegado –y son también la patria– las calles; / ojalá en los versos que trazo / estén esas banderas.

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Las entrañas, el interior. Una esquina que se funde hacia lo que deja de verse (en la obra de Norah). Y lo que va hacia el interior es por definición simple, despojado, en contraste con “las ávidas calles”. Al sujeto le interesa apropiarse no solo de un espacio del hábitat, que irradia a su vez una ideología particular, sino también de un tono, un estilo. Un estilo de escritura tanto como un estilo de mirar.

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Lo casi invisible, lo modesto. Pero también, en ello: enternecidas. Lo sensible de esta primera hora borgeana no desaparecerá luego, sino que se verá disimulado, como la noche disimula algunas expresiones de la ciudad. El suburbio y sus contornos, donde pervive algo del campo, algo del espacio fundacional y mítico: la imagen (casi podría decir que en toda su obra) es como la de las antiguas vasijas, siempre representativa de una edad dorada. Las almas, las imágenes, lo precioso confluyen en la idea de patria. No como expresión de nacionalismo sino por la necesidad de fundar la escritura en un territorio enraizado en otras historias (que se encargará luego de estudiar o imaginar, según la situación).

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Sobre el final aparece la cuestión del trazo. Los versos como líneas en el grabado. El acto de escritura a mano que se plasma en una escena para el futuro. Para las generaciones que no verán lo heroico del presente. El ánfora de esas calles contiene mucho más que el brebaje de un momento; contiene el deseo (el ojalá que utiliza tantas veces en su obra) de un lector que confirme la pertenencia de ambos a una idea.

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Tina Turner en Vietnam

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La poesía de Yusef Komunyakaa explora una mixtura que me ha parecido única desde que la descubrí hace unos años. Su historia, y la de su lengua poética, no es distinta que la de otros hijos de inmigrantes en los Estados Unidos. La absorción de elementos poco ortodoxos y la falta de prejuicios para romper aquello cristalizado por el habitus. De hecho, al cambiar su apellido de nacimiento, Brown, por el de su abuelo oriundo de Trinidad la vida de Yusef pasa a ser la vida de otras voces. Pero ¿quiénes son esos otros?

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En el poema “Hanoi Hannah” ocurre algo particular (Trad. Juan José Vélez, Ed. Círculo de Poesía):

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¡Ray Charles! Su voz / nos llama desde la alta hierba, / y nosotros nos agachamos tras los sacos de arena. / “Hola, hermanos negros. Holaaa, / Georgia también está en mi mente”. / Las bengalas florecen sobre los árboles. / (…) Estamos en Vietnam. De pronto es la voz de Ray Charles que se asoma en medio de la jungla. Y sigue: “Es sábado por la noche en los Estados Unidos. / Imaginaos qué estarán haciendo vuestras mujeres. / Creo que voy a dejar que os lo cuente / Tina Turner, soldaditos nostálgicos.” / Los obuses corcovean como una manada / de caballos detrás de la alambrada. / “Sabéis que sois hombres muertos, / ¿verdad? Estáis muertos muertos / igual que King hoy en Memphis. / Muchachos, estáis rodeados / por la división del General Tran Do.” / Sus palabras hieren / como las balas de un francotirador. / “Hermanos negros ¿por quiénes estáis muriendo?”

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El medio de la guerra, Ray Charles y Tina Turner. ¿O en medio de Ray Charles y Tina Turner, la guerra? Porque no es lo mismo en absoluto. La vida que suena en las canciones es la vida ordenada y segura de un país cuyos fantasmas duermen siempre lejos. Los “soldaditos nostálgicos” son los que deben afrontar la muerte segura de lo pasado de moda. La resaca que no tiene lugar en otra parte. Lo pienso en términos discursivos, aunque ello haya implicado otro tipo de deudas históricas. Esa pregunta con que corta la cita (el poema sigue), es también posible hacerla cambiando “muriendo” por “escribiendo”. Komunyakaa lo supo y al regresar de Saigón comenzó su proyecto literario. Pero ¿es la voz de Tina Turner la que está hablando en nombre del general Tran Do? ¿Quién es quién en ese espacio infernal? ¿Será que ese mensaje de los Vietcong (más allá de quién lo diga) busca poner a los afroamericanos del lado de los asiáticos? Y en medio de esos interrogantes la mente bombardeada de los “soldaditos”, la conciencia de que las voces ya no cantan canciones en la radio. Al menos no las voces de las fosas, de los pantanos, de los niños en los campos bajo el Napalm.

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Yo

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Uno de los temas de discusión en el ámbito de la poesía contemporánea es la cuestión del yo. Y posiblemente podríamos extender este debate a la literatura en general y a otras formas del arte, pues en tiempos en que la exposición de la intimidad se ha vuelto moneda de cambio puede confundir, y no pocas veces, a quienes construyen una voz ficcional. Cuando escucho o leo cuestionamientos generalizadores de la relación de la literatura actual (tomemos para este caso la poesía) y el uso del yo como una constante de consecuentes trivialidades, me vienen a la mente algunas excepciones (y claro que hay muchas, muchas más): pienso en las poéticas de Tamara Kamenszain, una maestra de todo lo que se escribe con criterio hoy en día, y de Legna Rodríguez Iglesias, una poeta que ha pateado el tablero con cada nueva publicación. Es un vínculo subjetivo el que une a estos dos proyectos pero que, en cuanto a los planteos sobre el yo, comparten posturas contundentes para demostrar que no todo es lo mismo.

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De Kamenszain, El libro de los divanes es una de sus joyas. Editado en 2015 por Adriana Hidalgo, logra problematizar ciertos nudos de la escritura al mismo tiempo que revisita su historia (la emergencia de lo textual); y ese proceso de decir la historia con un posesivo es ya una primera marca en el terreno que dará lugar a la invención de un sí misma. Cito un poema que me permitirá aclarar el panorama:

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Yo a esta altura de mi vida / me siento obligada a ser clara / aunque nada ni nadie me lo pida. / En un poema de 1986 me puse oscura / para decir algo que ahora / diría de otra manera. / Transcribo parte de ese poema con el único fin / de poder usar de nuevo sin avergonzarme / la palabra sujeta: / «Se interna sigilosa la sujeta / en su revés, y una ficción fabrica / cuando se sueña». / Para mí lo urgente a esa edad era / graduarme de mí misma retener / como diploma de adulta mi nombre propio / en una celda impersonal. / Para eso tuve que recurrir a la tercera persona / como si en verdad los sueños de la otra / los pudiera descifrar Tamara.

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Los sueños de la otra son el camino en reversa para encontrar la primera palabra: Yo. Pero lejos está este planteo de volverse un yo anecdótico, que lidia con los discursos del funcionamiento social. Se trata de un yo historizante, ocupado en recuperar el derecho a la claridad. La sujeta comprende que la oscuridad por sí sola es una máscara que ya no tiene sentido llevar.

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De Legna Rodríguez Iglesias tomaré un poema titulado “El hijo y el hada”, perteneciente a Mi pareja calva y yo vamos a tener un hijo, libro publicado Ed. Liliputienses en 2019:

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La librería donde trabajo es venezolana. / Los dueños de la librería son venezolanos. / La sección de libros venezolanos está a la derecha. / Los clientes venezolanos compran libros venezolanos / De fotos venezolanas y comida venezolana / Y biografías venezolanas de venezolanos insignes. // Casi todos los días me compro un libro y cuando llego a / casa leo en voz alta / A ver si mi acento sigue siendo el mismo / O ya cambió. // De donde vengo le decimos “plásticas” sobre todo a las artes. // En tiempo de lluvias caen goteras / Y debo poner el “plástico” para proteger los libros. // Los chinos han inventado cierto tipo de arroz “plástico y / de lechuga “plástica”. / He visto los videos en YouTube. / Eso no es arte. // Si mi embrión crece, se desarrolla y nace / Soy capaz de eliminar todo el “plástico” del mundo.

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El yo lee en voz alta para ver si su acento ha cambiado. Es alguien que lidia en su trabajo con la idea de nacionalidad y lo hace a través de los libros. Es decir, comercia la lengua que preserva una identidad. El yo es plástico. No depende de un ritual, aunque elige cuidar de ese hábito. Es interesante la ambigüedad que se genera desde el plástico: protege los libros pero a la vez contamina, entonces así como acompaña el cuidado de una tradición es capaz de abandonar parte de ella en el yo anterior. Lo interesante es que no hay un yo todopoderoso ni un show de enunciaciones del ego; no, diría que más bien todo lo contrario: el yo inicial ocupa un lugar sin alternativas, un no-lugar.

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Luego, sobre el final, es el yo futuro el que se transforma en superheroína a partir de la aparición en escena de un hijo. No leo esa expresión como gesto de exageración (“Soy capaz de eliminar todo el “plástico” del mundo”), sino como una verdadera y seria transformación en pos de lo posible. Ese yo último es la sujeta, en cuanto es la reversión de lo que antes no podía ser dicho.

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Sea cual sea el punto de quiebre, la maternidad o el doblez de una sesión de terapia, el yo conquista un lugar de poder y complejidad. Lejos del recurso simplista, estas exploraciones en la versatilidad del sujeto vienen a anunciarnos que la hora de pulverizarse los ojos ha llegado.

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Diego L. García.
  Berazategui, Buenos Aires, 1983. Es Profesor en Letras, egresado de la UNLP. Escribe poesía y crítica. Entre sus últimas publicaciones se encuentran: Esa trampa de ver (Añosluz editora, 2016), Una voz hervida (con ilustraciones de Ivankán, Jámpster ediciones, 2017) y Una cuestión de diseño (Barnacle, 2018). Colabora en las revistas Jámpster, Transtierros y Alto guiso, entre otras. Los textos que presentamos forman parte del libro El lento hacer. Ensayos sobre imagen y escritura (Casa vacía, 2023).

La imagen que ilustra esta publicación es el detalle de una obra realizada por el artista venezolano José Manuel Ávila

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