El libro de la muriente

Rogelio Aguirre

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Caliche

Soy la misma de ayer,
cerrojo en mano, jaula de septiembre,
la misma de ayer, doctor,
la cartógrafa de la Catorce,
la heredera de esa costumbre de trazar
páginas con su muerte.
Son mis radiantes años en versos,
ramas tipificadas a orillas de una plaza,
Ley severa, doctor, Ley amada como Islandia,
su semblante roto alejado de mí.

Fantasiosa sombra oriental,
aunque el sol no parta esperanzada cierro mis ojos,
contemplo el horror de este mundo:
acuosas bolsas amontonadas en aceras
donde reunimos pimpinas,
donde cultivamos flores fétidas,
espesas como el hedor de otro vertedero.

Mocos y lágrimas hunden mis párpados
antes de que arribe la Monteja visionaria,
de que se me inflamen los ganglios
y ponerme la peluca no pueda.

Desconozco la hora de llegada,
me distraen sus palabras,
sus pétalos intactos,
sus falsas gotas escurridas,
los focos, las luces,
alumbrada semejante soy siempre
no sé cuándo naceré,
nada alcanza en este mundo.

Voy con mis cordones desamarrados,
la nariz ensangrentada, el asfalto,
católica caminata.
Adiós cautivo doctor,
por los siglos que pasaron pude reconocer
la calle Stalin, la calle Freud,
presurosa soy La Muriente,
recojo testimonios de madres,
de padres absortos.

Yo cruzo la calle Marx como una frontera,
sentenciada bala lagrimal, tuertos mis ojos,
arqueadas melodías estremecen el ritmo de mi zapateo.
Ahora no cabe más soledad,
los míos descansan
en la tierra que abandono,
sueñan marchitos
entre trago y diluvio.

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Todo vertido en el prado,
revueltas las pimpinas con el agua
sin manantiales para beber o calmar.
Así la comunión nos sirve,
el pasto nos bendice al atrofiarlo;
es esta la guaraña extremidad sanadora,
día y noche de motores;
todo revuelto en la fecha que se repite.
Detrás del cadáver la misma estrofa,
la vaca con su verdugo,
potrero negro, india soledad.
Y el caballo, manso como las matas
reanuda el paisaje:
la tierra agria con la siembra, vicioso círculo
vertido de bosta que deja al subir.
Es inútil quejarse,
desamparado con la pluma en la frente sé:
otra cosa podría recordar, nada,
revuelto el escritorio sin hojas que valgan,
me encierro en las normas, en los próximos poemas.
Algo puro debe existir entre tanto río hediondo,
no una caligrafía perfecta, trazos para empuñar blanda
una palabra entendida, un guante en el rostro.
El poema se pierde al caminar,
al impactar talones sobre la acera.

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Las Mil Quinientos

Adiós contigo, moneda, ojo de rapiña, cría sin morder.
Napoli nos estrangula, en el camellón altas naves germinan sus frutos de oro,
somos Las Mil Quinientos adornadas al bajar,
al girar la falsa caricia de la tinta.
Por la mesa grande ostentamos rojos bacanales,
como si de humo se tratara escondemos los rostros.
Todas hemos muerto, no tenemos nombre ni apellido,
nuestros hijos nos besan con papel y lápiz.
Somos novias del bovino y del pasto alto,
con garúa en los ojos, miel en las bocas;
poema del valle, extranjeras delineamos el sonido de los camiones
para andar en cuatro patas.
Esa es la señal.
Somos convocadas para la desdicha,
para rondar el gran tablón.

Napoli nos aplasta,
la tierra es extensa, capataces pesquisan nuestros escotes,
las manos doradas,
pensamientos tejidos.
Cruzamos pasajes con firmeza:
no hay mariposas, solo ron y porqueras;
surcamos de pasarela, las abiertas bocas
los padres de familia pronto cerrarán.
No hay gloria sin billete,
no descansa la mula en penuria.

Napoli, sus prados nos abruman,
sus cuentas bancarias cada lunes nos regocijan,
son números para las familias,
buena carne para los ganaderos,
platos llenos para mí.

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Zebra

Había tigres tras las ventanas, tras las sombras
el calor guarnecía de negro a los trapos,
mordidas las patas, el muslo, el tatuaje con forma de corazón
resaltaba las páginas de este libro.
Había remojo, charco, ropa blanca,
ya no relucía el pintalabios, ya no ahondaba en el espejo
las rayas que le dejó el marido cuando trancó por dentro el habla.
Ya no alzaba la cuerda, no más flores, descansos, clorophila,
no más carreras, viento, saliva;
llegó la hora de surgir, de llevar el cuello entre los dientes,
de ceder la cuesta, de esperar:
verás venir la pimpina, el colmillo,
verás crecer la fuente,
verás alimento, verás plata y encerrada asfixiarás,
you’ll be like a blind person watching a silent movie, dice Simic,
sentado en la acera con otras bestias municipales
hablando de números y familia.
Los niños vivirán atados a la camioneta, con suerte a la gandola,
tus hijos tragarán octanos para acallar gastritis,
tú misma serás ciega, tú misma en oferta aceptarás un hogar,
ya sin fieras, sin pasos, sin olores,
blanca, negra,
impaciente bajo tierra.

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            El samán

La noche es quieta cuando me tocan las ramas,
las flores, el rocío bajo el gran árbol de la iglesia,
se me ofrece blanca, reunida cada hebra
como si fuese a parir.
La noche se acaba, tranquila como leña,
como ascuas en la sangrienta mañana.
La noche es esbelta como el hombre.
Sus botas son barro en la alfombra
y se acerca, erguido
cuando me creo frágil
y veo
oscuridad; mejor dicho
unos ojos bajo el samán podrido
me vigilan, me esperan, me angustian.
Soy la iglesia y un ojo morado,
soy mi marido pisando los adoquines
como si de hembras se tratara.
Soy las flores, las piedras, las matas secas del hogar,
la quebradiza pintura ensombrecida por un coloso,
hierro, óxido, un pálpito de sangre se parece a mí.
Sopla, caen los brazos del viejo árbol,
nada perdura, la iglesia será una escuela en ruinas,
la plaza será ebria, buhonera casa a donde voy a dormir.

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Conversación con líneas

Las estrellas cubiertas por ramas encienden los colores dispersos de las camionetas. Azul, Negro y Gris reposan sobre las bancas como sobras del basurero. Negro se levanta con el pie izquierdo, la manguera se traga al tanque, cobrizas las botellas guarda. Azul avanza la mano en el pajar, la magnífica flora de su hermana va en el paso de cebra inmaculada hundiendo pasajeros, dos piernas, dos quebradas secas implora la ciudad del río mientras bebe aguardiente, es amena la espera. Más allá del caucho arde la recta, la meta imaginada, tanque lleno y cilindro dentro. Turbia lengua de Gris, escupe como si no excretara con la soga, habría que cortarle las estrellas y aguantar. La línea es inmensa, infinita como el asfalto, a través de ella el ojo descubre los colores. Negro camina como si se hundiera en la próstata, dice Azul, como si escogiera su propia muerte. Cada elección es un deceso imaginario. Perdemos el tiempo.

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No hay sombra en el autobús. La espera es paupérrima, asientos deshilan olores de cerdo, no abren ventanas. Estoy sentado a la esquina de la miseria, a la izquierda el futuro embarrancado de piedra fronteriza, a la derecha semblantes amarillos hacen del viaje otra muerte. Los pasajeros corroen la música fúnebre por sonar, no sé de murientes desfachatadas, de padres ciegos neuróticos; los pasajeros hacemos de este día santificada mierda, compramos baratijas con desprecio. La gota cae perpetua. La lengua me es ajena como el paisaje. Transpiro con el don de las garrapatas, me limpio con la otra carne. Del día somos y a la casa nos vamos. No se confundan.

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Gris, Azul y Negro. Cada hogar es indiferente. Cruzo los ríos, los arbustos, las bestias. Cruzo los brazos y la mesa tiembla. Cruzo los puños. Tuertos techos polvo son, filo de palabra, voces de ninguna parte. Son penetración, medicamento y petróleo. Son máscaras, bisturís, actos legislativos. Son doctores, son poetas, son perras. Son manchas en el vientre, ardor en la próstata. Son letras, no poemas. Son reses, no personas.

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Cruzar el puente es dejar caer la bolsa, arrastrarla, verla resplandecer sobre techos alumbrados, reposar en los árboles secos, descomponerse en halos de negrura. Todo pasa por la bolsa, arroz, lenteja, hueso… Los colores germinan en su asoleada presencia, apilada en las esquinas, en las quebradas, en los charcos, en la casa del jerarca. Podría decir: soltar la bolsa es abolir extremos. Adiós soberanía. Cada bolsa trae prejuicio de legislación, cada costra es un hombro aplastado, el hierro. Cruzar es hacer de la bolsa un rito, aplaudir ciénagas y vertederos, hundir el tacto fóbico, orar con el vientre. Del pie nace la bolsa, su maculada silaba, su ilegal previsión, del pie muere la bolsa, de estar colgada, aplastar lo construido. Yo no sé si la bolsa me exige pisar el puente, o si él me obliga a romperla. Algo sabrán los expertos.

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Town

a Maryolga Aguirre

 

Sentarse a esperar, escaleras, sentarse a pasear los ojos en el balneario, eso hacíamos, eso resumía las rutinas en la plaza, sentarse a transcribir con calma hasta que iluminados no fuéramos, hasta que el bombillo estallara, no hubiese chispa, divino halo. Eso llenaba los bolsillos y las neveras, pero no los relatos magistrales, los pupitres acolchados de la última clase, no llenaba los espacios, los retratos parecían repetirse en círculos, horas críticas y llamadas. Así escuchábamos cada funeral, sentados sobre modelos contractuales, sobre fechas límite, leyendo cada párrafo en voz alta, como ahora hago.

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Este libro se venderá
pero no recibiré un bolívar,
por eso, dice mi madre, debo estudiar,
enfrentar la producción,
llenar otras páginas, otras palabras
otro lenguaje tampoco mío.
Por eso, dice mi madre, encorbatado
escribirás, no este libro, no los contratos,
las sentencias o actos administrativos,
un avión, un boleto o pata limpia.
Por eso recurre
a otras palabras que imagino acá,
artificio, profecía, basurero.
Por eso el libro, sinónimo
de pantalla, se escribe solo,
se descarga, se acicala,
trabaja por mí,
enciende las linternas,
la planta,
introduce hielo a la nevera,
me sirve los tragos,
me mantiene,
va a la universidad,
lee, copia, plagia,
traga gasolina,
me insulta,
toma las fotos,
va al tribunal,
interpone demandas,
miente en juicios,
ejerce el comercio,
es condenado,
reescribe el pacto de dos desgracias,
se dedica a transigir,
conciliar intereses opuestos;
por eso, fraccionado,
enemistado con la arbitrariedad del autor,
adolorido, sesgado recobra rencores,
abate la puerta familiar,
se incendia en la clínica,
se baña en el crimen doméstico,
las cerraduras, los meses,
la obsolescencia.

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El río

Yo soy Javier Heraud,
voy por las rocas planas,
voy sobre corrientes,
las domino y descanso en ellas
para añorar la primera vez
en que tuve un lápiz en mi mano.
Yo soy Javier Heraud,
respiro encima de las palabras
que se aprovechan de una hora negra,
de un semáforo oscuro;
maldito el paseo embiste humo contra mí,
voy en el paso de cebra y una loza
acicala mis sienes,
engorda el ave funeraria
y mis ojos dejan de ver.
Soy Javier Heraud
y los vocablos desgranan
un pasado irreverente,
una geografía donde amantes
reposan de la crueldad
y no hay más espalda
para sanar esta luz;
voy por las piedras móviles,
las grandes escalinatas
me separan en la capital,
me descargan la mirada baja
alma sin fin.
Soy Javier,
soy el río,
soy una sombra de poeta traducida,
soy cantos ajenos traslúcidos,
………….reconocibles,
soy una obra juvenil,
………………duradera,
soy Javier
y voy por la acera alta,
por la alta zona del motorizado vetusto,
soy extranjero en los túneles
y eco de miradas negras,
soy hijo de autopista,
de luz perpetua, zapatería
y pan podrido,
soy el asfalto,
soy Girondo,
soy una Chevrolet.
Soy Rogelio Heraud
atisbando la joroba
en una ciudad sin causa.
Soy la mano que levanta la pimpina,
la boca que chupa mangueras,
la lengua que escupe cobre
y ojos pichos del llano.
Soy una noche,
un vaso maligno,
una torre toda de mentira,
sobre mí desfilan los niños,
los padres observan con recelo
la pulcritud de cada paso perdido,
escaleras caídas,
pies en falso hacen de mí un nuevo día;
sobre mí las bicicletas,
promesas de hollín,
orejas sucias.
Soy el hombre que desafía su cobardía
y pierde,
quien jamás aplaude la mano dadivosa,
quien toca la esponja con furor.
No me confundan,
soy Javier,
Pablo,
Emira,
Wallace,
Plath,
Barroeta.
Una sombra de tinta.

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Silogismo

Pronto lo sabrás:
las copias certifican lo actuado.

Los folios, hojas sin redactar, expedientes,
moho is the new black.

Un tapabocas recibe al usuario,
un archivo lo enferma.
Premisa mayor, menor, conclusión,
las primeras clases en la facultad
bastan para no recibir pagos.

La norma tiene un fin, no un objeto,
no una mirada secreta entre las ramas,
no un hijo crepitando océanos,
no el moho que me espera en los juzgados,
sus cucarachas, sus señoras,
judicantes cuya única utilidad
es prestar la oreja,
rayar lo pactado,
tener por norte la verdad.

La norma como fin,
como presencia replicada en los poemas,
su estructura, supuesto, nexo, consecuencia;
la sistemática nos hace comprender, abatir,
llorar.

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Los paseos burocráticos

Cristales, mosaicos, paredes viejas, olor a muerto,
todo aparece en las fotografías,
la piel deshecha, dolores pélvicos,
bolígrafo en mano.
Los burocráticos paseos pierden horas útiles al contemplar la nueva balanza,
el nuevo ornato público armado de toga, títulos, libros tras su faceta pulcra,
eléctricas horas medidas a pulso, ahí reposan las pruebas,
los archivos estallan, túnel carpiano, tendinitis,
como si de hojas llenas se tratara,
como si solo bastara rebozar las páginas, mancharlas de República,
creerlas grandes por repetir gestos ajenos.
Soñar las pisadas de la academia no es un deseo,
los jardines clásicos, intocables, el gran cubículo del seminario;
hoy nuestra casa carece de luz,
las paredes son sombra,
los padres sudan, sus hijos gastan la vida en el paseo burocrático,
en llenar los folios, consignar las copias, calentar la incómoda silla
cuando no hay despacho,
colgarse en los cristales, mosaicos,
maderas viejas, hongos, vidas primitivas bajo techo.

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Memorándum 8819: José Barroeta

Debes comenzar,
si no te enseñaron, traza una línea entre tradición y horario:

…………6 a.m – Soltar el techo sucio,
opacar las hornillas, dejar hirviendo el agua que tragarás.
Debes promover la costumbre: maíz quemado,
hoja molida para ingerir, comer cada seis u doce horas,
rociar con gotas el miembro y las axilas, exprimir la médula,
apagar el ventilador, si es posible lavar las manos una vez al día,
abotonar la camisa arrugada, el pantalón que no pudiste lavar a oscuras,
guardar tu Ley,
olvidar los nombres de tus hijos.

…………8 a.m. – No descuides el minutero,
la muñeca adornada te indicará si hoy abres o no la puerta.
Tienes suerte, no es tuyo el destino de la llave,
no importan los avisos o textos intimidantes,
te saldrá la cara familiar en los cubículos, al asecho te esperarán los largos rostros
y los tigres administrativos.
1 p.m. – Podrás con suerte surcar los pasillos,
almorzar sin ser visto, hurtar la taza ajena.
Podrás, si la vida te ha dotado de ello,
cerrar los ojos hasta la hora de salida, discutir por mensajería instantánea
mientras tus hijos son libres de escuela y pierden el tiempo sin ti.

…………5:30 p.m. – La ventana negra del autobús,
el humo irremediable, hora de saltar o abrir la boca.
Es tu oportunidad de repetir la geografía, montañas o concreto
sobre tus falanges, mirar los árboles: jabillo y adoquín quebrado.
Las diminutas aceras te recordarán un hogar, si queda tiempo
detenerse entre oleadas, fijar la vista.

…………7:45 p.m. – Y llegarás,
no podrás enfermarte, reír, llorar o hacer sin deseo el amor.
Te esperan los niños, el baño sucio, tu perro, su paseo nocturno,
las piernas te duelen, los brazos te saben a oficina.
No puedes sino pensar la hoja diaria, mañana tarde llegas
y te rindes a la presencia del inspector.
No puedes comer con calma o conversar,
la urna se abre en ventanas si piensas en la maestría.
No vale otra palabra, apodo, profesión:
cuentas lapsos, reproduces actas
como la masturbación diaria, la trampa dilatoria del proceso.

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La Muriente se esconde en el edificio nacional,
en las latas que lo adornan, en los rincones,
en los enchufes incinerados, en los expedientes barridos,
en las hojas sin autor;
se esconde en las sentencias, los escritos,
los falsos testimonios, en Gerson,
en el alcaloide, en la mirada negra del jurista;
se esconde para no impartir la mano que más falla,
confundida presa de verborrea, aislada los tacones rotos
del basurero, perdida, pérfida en las palabras y las fiestas,
vestida de toga, acicalada cabellera, brillante pasado
en la Universidad Católica del Táchira, futuro de lodazal,
confundida se sienta a rayar la palabra,
a escupir escritorios, absolver regicidas.
La mano entorpece el tintero rojo que riegas al firmar,
ves tras el zinc agujeros, muros disgregados
ángeles de barro llorando plástico,
chupando raíces mohosas, verde y bondad,
esta urbe oscurece como fosa ilíaca
Ella esconde la mano envuelta en látex,
disimula los tacones torcidos,
encubre la cara repintada,
se escurre entre las páginas del juzgado, la telaraña tiene compañía,
desarticula el trono, desmiembra la mandíbula,
inyecta deslealtades, deja la M mayúscula
como signo de orfandad.

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Discurso previo a dictar sentencia

por Olga Orozco

 

Yo, La Muriente, por mi paciencia sé que hemos perdido el tiempo.
Amé las hojas, sus cobardes palabras suprimieron todo intento de fe,
amé el ocio inherente a las oficinas donde habitan salvajes animales,
plantas resecas, la sombra de un bombillo negro,
el colorido temblor de las carnes y esta lengua que demacra.
Tu historia está entre mis manos y hoy he olvidado lavarlas,
está entre uñas de judicantes, otros que han copiado el expediente,
de su estadía la mera imitación, un sillón bordado, un Cézanne
y semblantes rituales de testigos de profesión,
lo demás no merece estampa, seguro quieres terminar,
labrar tu desdicha en las paredes mientras Calamandrei adorna
las palabras de tu sentencia.
Culminemos el proceso, sembremos un rostro libre y unos dedos sucios,
me ves así, empolvada, aparecida, imputada como un espejo.
No. Nadie tendrá el desdén de amedrentar o hacer milagros de favores.
Esta muerte es eventual, cumple con los trámites requeridos, lenta.
No pudiera perder tan rápido, debo suscribir las palabras amontonadas,
debo soportar calor y cuerda, horas tras el reclinatorio,
perder paciencia tras estrados.
Eres mi objeto. Mi hecho. Mi copia de declaración.
Ahora te condeno:

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FRAGMENTOS DE LA DECISIÓN N°04-14819

La República Bolivariana de Venezuela
En su nombre

LA MURIENTE

EXP N° 04-14819

 

Él entró pisando huesos hoy primero de abril del año dos mil diecinueve (2019) a 1:30 P.M. Hoy con pimpinas en cada mano asistido de mangueras interpone un sueño. Hoy recibimos las palabras manchadas, fijadas como un rostro en la mano homicida. Hoy se abren las ventanas abatidas de lagañas, fumigan las termitas y sus larvas no dejan de aparecer, la luz se impone y huye en agujeros. Hoy interrumpen mi almuerzo.

Hoy actúa la podrida majestad.

En su nombre, en el título de los papeles, en la sangría de las ediciones, en la molestia de los autores. Por arte de barbarie, en nombre de la tierra que no culmina pronuncio palabras destiladas. Él ingresó a este despacho hediondo a miche. El secretario se durmió. La alguacil remojó las llaves. Yo recogí al pobre ángel excitado con la boca hecha gárgaras, cubierto de polvo negruzco, olor a incendio. Yo pienso la vida, soy reclamada por la contemplación, miro desconsolada el contorno de las cosas copulando con el caos

(…)

Ellos comenzaron. Los gatillos afilados, la chispa se desprendió ancha como el sol, la lengua del imputado hundida para siempre en ceniza, incluso podrías llamarlo escalofrío, trayectoria interorgánica. La noche fue estremecimiento, culpa, griterío; menor satisfacción: unos intentaron huir sin lograrlo, les falta el idioma, ellos también murieron incomunicados. El lenguaje les falla, no conocen las palabras o no tienen el coraje para apretarlas. La vida es dulce, dijeron, el lenguaje divorciado de sus cabezas, las hojas a punto de quemarse, una mano se las lleva, una voz las repite sin cesar:

 

Carrión, Piva, Williams, estaban los tres quemados: Carrión por la esquina del antro, Piva en la autopista de São Paulo, Williams por el mundo del idioma ultrajado. Williams, Piva, Carrión, estaban los tres manchados: Williams por el matrimonio, Piva por el acta del juzgado, Carrión por el mundo del barroco y los ojos cercenados. Carrión, Piva, Williams, fueron los tres en mis manos polvo de laboratorio, tres osamentas ennegrecidas, tres sombras sin autopsia, tres paredes de ceniza y gritos de niños asustados. Uno y uno y uno, estaban los tres desintegrados, con las moscas del intestino, con la licuefacción cadavérica, con la tinta del médico, por los borrachos asustados del cuatro de abril. Tres y dos y uno, los vi perderse en el portón cargados de gasolina, los vi cantando y esnifando por un millón de pesos, por la noche que enseñaba chispas de tabaco, por el ardor repleto de llagas, por mi alegría al tomar un vaso de agua, por mi pecho turbado de quemaduras, por el fin desierto. Carrión, Piva, Williams, puede el proyectil palpitar en la sangre del ángel, él puede soñar los ojos de revólver, el rojo, la noche perpetua, el calor; él puede, como nosotros, tomar voces ajenas, simularlas propias; él puede mentir, sacar hilo de su lengua, billetes del bolsillo; él pudo tasar los tres huesos, los minutos, la hipocresía. Son tres muertos identificados, son tres losas sucias en el camposanto, son tres barriles, informes, autopsias, piezas de procedimiento.

 

Fijado el litigio, llamados los testigos, horas muertas y mentiras. Escuchamos la loza pura, la casa roja, el puente derruido; derramamos lástima, procedemos.

:

ii
Competencia

Yo no soy lectora de nada, soy un Proceso, unos folios marcados como camionetas, un edificio sin ladrillos, la consecuencia de un acto anterior precluido, la inquisición de paternidad, la herencia adquirida, el inventario. He aprendido a señalar las espaldas adecuadas, a reinar esta oficina como Luis XIV, hacer de mi voluntad cosa juzgada, íntima convicción convertida en grilletes, en dinero, en ruegos, amenazas. Yo no soy dueña de la hoja ni me arrastro para mancharla, todo sucede por casualidad, la escritura sucede, no importa su procedencia. Trazamos símbolos y nos creemos agua, repetimos letras y somos el Niágara. Yo no soy lectora, solo unas actas justifican mi presencia.

:

iii
Consideraciones para decidir

Yo agarro la suerte y la muerte, así, por la palabra, por la maquinaria ruidosa de la palabra, las hago justicia sin tiempo (Pablo de Rokha, p. 7, U). Yo desdoblo el archivo, las viejas horas consumidas en polvo, el verde, manchas sobre amarillo, transformo la realidad con un teclado, con una hora negra, con el sueño nacional: cruzar puentes blancos de otra hechicería, hijos europeos, paraguayos, surcar mares del calendario, pintar lienzos la pared acartonada, el bombillo íntegro. Yo agarro la suerte para desahuciarla, tirarle las maletas, fijar los carteles de cada día, el pan. Los hilos del pan remueven la parte motiva de la sentencia, retumba la hoja del árbitro, atentos ojos aceleran vicisitudes cuando el quid del litigio es un acordeón, cuerpos comprimidos, un círculo de luz, las manos ocupadas, los labios húmedos: así comenzó, creció la suerte de la llama el cuatro de marzo, hechos comprobados por pericias y testimonios, por ojos y palabras tartamudas. Yo agarro la muerte, la hago examinar, la hago retorcer en líneas, experticias médicas, frases vacías, agarro la muerte ajena sin comprender, sin saber cuál mano atraviesa el espacio, las fauces, los abiertos órganos del cadáver.

 

(…)

iv
Decisión

En su nombre, como una alfombra, como un miliciano. En su nombre cobrizo de frontera doy fin a la incidencia, se borran los muertos, se borran las páginas, se tachan los nombres, el expediente será resguardado en el archivo. Yo la Muriente en nombre de la República y por autoridad de la Ley, de su enmarañada presencia de leviatán enfermo, drogado, sumido en el charco, sin hijos. En su nombre muero, nazco, escribo. En su insolada presencia difamo, me lleno los bolsillos, me opero. En su nombre de plaza llena la piedra reboza los jardines, en su nombre unos ángeles exigen auxilio.

Toma entonces, mi respuesta:

ÚNICA: Se declara INADMISIBLE la denuncia interpuesta por el ciudadano Ángel Contramaestre
asistido por el abogado Óscar Rogelio Aguirre Márquez contra la Urbanización El Araguaney, por falta
de cualidad.

En consecuencia:

SE ORDENA a la Alcaldía del Municipio García de Hevia que palabras no hurten la corteza del fuego,
que no siembren la desdicha del gasoil fogoso.
SE ORDENA la sombra patronímica del expediente, la raya fúnebre, la pérdida.
Notifíquese a las partes de la presente decisión. Publíquese y regístrese.

Dada, firmada y sellada en la Sala de Despacho de La Muriente, Edificio Nacional del Estado Táchira, en San Cristóbal, a los cuatro (04) días del mes de abril de dos mil diecinueve (2019), sin independencia ni federación.

La Juez

M

La Muriente de San Cárcel

                                                                                                            El Secretario

Exp.- 04-14819
LMDSC/

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Rogelio Aguirre. San Cristóbal, 1997. Abogado egresado de la Universidad Católica del Táchira. Es autor de La Catorce (2020, La Casa Andrógina) y El libro de la Muriente (2020, LP5 Editora), así como de algunos textos publicados en las revistas Arquitrave, Insilio, POESIA y LP5. Fue ganador del I Certamen de Literatura Regional «Iniciantes del Camino» y del II Concurso de poesía joven Hugo Fernández Oviol, además de haber sido finalista en el II Concurso Nacional de poesía joven Rafael Cadenas. Reside en Las Mesas, Estado Táchira.

La obra que ilustra este post fue realizada por la artista venezonala Mariana Zambrano
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