El llamado de los muertos

Muestra poética

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Hay un pretendido linaje que baja tumultuoso y sedimenta de manera inconsciente y hay un delicado equilibrio —casi una pulsión— entre poesía y narración. Al principio, en la adolescencia en ebullición están Rimbaud y Lautréamont. Y Verlaine, Mallarmé compensando tanto supuesto desorden. Coleridge, Wordsworth antes, Poe, el simbolismo belga. Y, Paul Valéry mediante, el puente hacia Eliot, Pound y W.C. Williams que a su vez conducen, sin quererlo tal vez, a Kerouac, Ginsberg y, algo más allá, a Bukowski.

Son sedimentos diría previsibles de eras geológicas no exentas de catástrofes inesperadas y que no guardan necesariamente un orden cronológico.  Entre aquella juventud que se prometía heroica y esta primera madurez de desengaños, se perfila la silueta del poeta de las manos rotas, que él mismo se encargó de destrozar a martillazos sobre la mesa de trabajo y que un día buscó curar partiendo a los Mares del Sur siguiendo el llamado de sus grandes muertos. «Comprender el viaje es revelar/se al menos una capa, quizá la más densa de la realidad; permite también conocer el carácter del viajero, adherir y separarse de sus compañeros de ruta y por último, recorrer el sendero que va del hombre a su deseo más profundo y oculto de trascender. Es la mejor escuela de modestia porque el viaje confronta al viajero con sus propios límites y le evidencia la hojarasca absoluta de todos los prejuicios», dijo Luisa Futoransky, querida amiga, gran poeta y referente, al hablar en su prólogo para Canciones de los Mares del Sur de nuestra visión compartida sobre la literatura. El viaje, que nunca termina, incluye el regreso a Itaca y la mano amiga abierta y generosa de Buenos Aires Poetry, con Juan Arabia y Camila Evia.

                                                                                             Mariano Rolandro Aandrade

 

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East Village

Los perros en la nieve,
las calles en coma,
el chofer que vacila
en el semáforo en verde
de la seis y la A.

La mañana rígida
por el mordisco del cielo.
Tus botas hieren
la presunta castidad
del invierno en Alphabet City.

Y las ventanas indiferentes,
nacidas ciegas
en rostros de ladrillos rojos.
Los árboles reclinados
que se niegan a hablarte.

¿Alguien ha visto a Thomas?
¿Alguien ha visitado
la tumba de Melville?
¿Y nosotros?
¿Nos recuerda aún la ciudad?

Intuyo que fuimos
aquellos perros en la nieve,
jugando ignorantes
con el último invierno
que nos ofreció el East Village.

Inédito

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Wilcock

 

Los días son atrevidos
y quieren olvidar tu nombre,
………………………..Wilcock.

Desde las cuevas de Matera
hasta las tumbas de Roma,

lo elevé cien veces al verano
para traerte desde la muerte.

En veladas iglesias rupestres,
frente a frescos y precipicios.

En el polvo por el que marchaste
vestido de Caifás con Pasolini.

 

En Roma, el Young English Poet
brillaba al sol y en las sombras,
………………………………Shelley.

Forcé las puertas para visitarse.
Tuve que deletrear tu nombre.

Y volví a ver a Pier Paolo de pie
frente a la tumba de Gramsci.

No se detuvo ante la tuya.
Lo habían matado tres años antes.

Solo yo llego desde aquella tierra
que abandonaste una y otra vez.

Los días son atrevidos
y quieren olvidarte, Wilcock.

Puede que triunfen.

Inédito

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El poeta de las manos rotas

i

Desperté una noche
tras veinte años
y entendí el dolor.
Mis manos yacían
destrozadas
a golpe de martillo
sobre la mesa de trabajo.

Primero lloré,
siguió el silencio.
¿Qué hacía yo
con las manos así,
añicos y poco más?
¿Quién se había
ensañado en mi sueño?

Ya nunca más
crearé versos, me dije.
Se acabó.
Tu suerte al fin
es la de tantos hombres
abatidos
a mitad del camino.

Miraba mis manos
y callaba.
Callaba y miraba.
Desahuciado,
recordé al músico
que perdió sus dientes
y huyó para renacer.

Temblé, la sangre
caliente sobre la mesa.
¿Y yo,
adónde podría ir?
¿Adónde curaría
estos dedos
y esta garganta?

 

ii

A los Mares del Sur,
escuché decir a Rimbaud
desde Java.
A los Mares del Sur,
susurró Conrad en el Otago,
enterrado en Tasmania.

¡Sí, a los Mares del Sur!,
gritó solitario Melville
en Nuku Hiva.

¡Eso, a los Mares del Sur!,
clamaron Stevenson en Vailima
y London en Viti Levu.

 

iii

Cesó el llanto.
Recogí mis restos,
me levanté y partí,
feliz en la negrura.
Quienes me veían sonreían
y murmuraban:
«Ahí va,
déjenlo solo.
Es el poeta
de las manos rotas».

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El entierro de Stevenson

De pie ante tu tumba blanca,
veo el océano que te trajo
y la jungla que te amparó,
las montañas que quizás
te llevaron a Escocia.

Veo a los jefes samoanos
recibir la noticia
«Ha muerto Tusitala»,
que partió de la casa en Vailima
una noche de diciembre.

De pie ante tu tumba blanca,
comprendo tus dos deseos:
llevar las botas puestas
y ser enterrado
en lo alto del monte Vaea.

Pocos son los papalagi
que han merecido lágrimas
en estas islas y mares
saqueados sin descanso
por las plagas de Occidente.

De pie ante tu tumba blanca,
gran Tusitala del norte,
veo las antorchas y escucho
los brazos de doscientos
surcando la tierra cuesta arriba.

El resto de Samoa se pregunta
«qué desgracia nos ha caído»,
y en la morada de Vailima
alguien prepara tu mortaja
y viste tus pies desnudos.

Llega la temida mañana ya,
tus anfitriones te acompañan
y los más fuertes cargan
el ataúd a lo alto de Vaea,
la cima de la tumba blanca.

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La mañana

Y llegará una mañana
en que nuestros rostros
serán puertas al pasado.

En el despertar distante
flotará la pesadumbre
de lo que ya no somos.

Te preguntarás por qué
los gallos aturden al día
y la vigilia se precipita,
cuando antes
la mañana era un tenue
desliz de tus sueños.

Por qué estoy de regreso
si prometí irme lejos.
Por qué
mis pupilas ya no tienen
el azote de los años por venir.

Llegará una mañana,
y no será como las otras.
Nosotros tampoco.

De Canciones de los Mares del Sur, 2018

 

 

 

 

Tres pesadillas

Se pierde el sueño.
Los ojos ya no se cierran.
Nunca se cierran.
Jamás.

Escucho mi voz como una vieja melodía.
Está adentro.
Pero parece afuera.
Ya no se habla.
Nunca.
Jamás.

Me vedan los perfumes envenenados.
No saboreo los vinos negros del sábado.
Ni siquiera sueño.
Sólo tengo permitidas tres pesadillas de aquí a la eternidad.

En este barco, en este mar, avanzo sin rumbo.
Desconozco mi ubicación.
Desconozco el correr de los días.
Ignoro las estrellas y los soles, las lunas.
No existen instrumentos ni cartas.
No existen días.
Quizás navegue en círculos sin saberlo.
Sólo tengo en mi haber tres pesadillas.
Es todo.

Puedo ver.
Mis ojos no se cierran.
Me han dicho que es una gracia.
Estoy condenado a esta dádiva.
«Otros no tienen nada»,
me dijeron al abrirlos para siempre.
De aquí a la eternidad.

Navego con las tres pesadillas.
Hasta que pierda la paciencia y las malgaste.
Después sólo me quedará navegar
y recoger lo que la vigilia me quita.

No más perfumes envenenados.
No más vinos negros.
No más estrellas ni soles.
Ni lunas.
Es una gracia.
Una dádiva.
Debo sentirme afortunado.
Al menos conservo las tres pesadillas.

De Cómo se inicia la caza & otros poemas, 2016

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Para pasar a la historia (extractos)

Uno puede llamarse Mehmet, Jean, Franz.
O bien Ernesto. O Marcos. O Augusto.
A uno le pueden gritar «José»
en una calle de Asunción.
O quemarle los ojos
con veneno de exilios.
También pueden decirle,
y esto muy formalmente,
míster, sir, monsieur o señor.

Uno puede ser turco.
O serbiobosnio.
Incluso le pueden gritar «garufa»
en un bar de Montserrat.
O bien acusarlo,
con o sin fundamento, qué más da,
de nazi, stalinista,
republicano, peronista o
capitalista acaso.

Existen demasiados modos de pasar a la historia.

Mehmet dijo:
«Estaba desesperado,
sin familia, sin nada.
Me pareció que disparando contra ese hombre,
también yo,
el mas miserable,
podía dejar una huella en el mundo».
Y agregó:
«Antes yo era Caín y él Abel;
pero ahora estamos ligados como siameses».

Mehmet no pudo con el viejo santo de Cracovia.

José tuvo dos vidas,
y en cierta forma no estuvo mal.
Si antes lo llamaban Joseph,
y jugaba con chicos y mujeres
entre lentes y bombas,
más tarde un general
lo puso bajo su uniforme y sus botas.
Ante una pregunta indiscreta,
su dueño respondió:
«Aquí no vive ningún ciudadano
con ese nombre. Aquí,
solo hay un hombre
que se llama José».

El anciano, un ángel, tuvo unos años finales muy agradables.

Existen mil modos de pasar a la historia.

Uno puede cometer un buen crimen.
O escribir un libro admirable.
O quebrar tumbas, noches.
También puede, si quiere,
inventar una religión.
O derrocar un imperio, o,
lo que es más sencillo,
un gobierno.
Verdaderamente existen demasiados
modos de pasar a la historia.
No importa el nombre de uno, ni la condición.
Solo es cuestión de proponérselo.
Y estar de buen humor.

Si Augusto,
el bombardero de La Moneda,
dice: «Reconozco a Fidel
como un valiente»,
uno sabe, con bastante certeza,
qué es lo que se requiere.
«No es que lo admire,
pero no cualquiera
puede ser valiente».
Palabra de militar.

Al verlo llegar a su tierra, Augusto huyó de Santiago.

Karol gustaba del tango,
el vals y la polka.
«Tenía numerosas camaradas
de clase en la escuela
y no faltaban ocasiones
para conocer muchachos y muchachas»,
se le escuchó confesar a un amigo.
«En aquella época
estaba apasionado por la literatura».
Ginka y Halina,
jóvenes y bellas,
deberían haberlo sabido.

Todo su amor no valía el reino del señor.

Existen demasiados modos, miles,
para pasar a la historia.
Se requiere buen humor.
También algo de abnegación,
y un poco de sacrificio.
En cierta medida,
uno debe ser terco.
Y resistir tentaciones.
Cualquiera puede quedar
descostillado en la zanja.
Cualquiera puede recorrer los caminos.
Las botas se gastan,
la cara se llena de polvo.
Pero al final,
no importa el nombre ni la condición.
Apenas cuentan las ganas.

Guennadi llora:
«Nadie
ha dirigido el país desde el hospital».
Pero su enemigo lo hace.
Y sigue:
«Cuando el gobierno están en manos
de diplomados de segunda,
ladrones y borrachos,
los académicos se suicidan».
Lágrimas frente al mausoleo de Lenin.
«Los de arriba
no pueden hacer nada,
y los de abajo
no quieren hacerlo».

Guennadi debería leer con más frecuencia a su héroe.

Había un país balcánico,
donde Goran, Franjo y Braminir
reían y bebían y decían
«venga un trago, hermano».
Gentes alegres y hostiles,
en la palma del tirano.
Sarajevo, Banja Luka,
guerras, tribunales.
«Perseguir y matar sistemáticamente»,
una de las frases más oídas.

La otra: «La sangre derramada en la lucha fratricida».

Para pasar a la historia:
fortuna y buen humor.
Suficiente.
Una palabra o un dios.
Mehmet, Boris, Salvador.
Qué importa el nombre.
O la condición.
O las primeras tropelías.
Vale la confianza.
Y la abnegación.
Verdadera intensidad.
Desesperación.
Arrebato de júbilo y ansias.

De la antología Buenos Aires no duerme, 1998

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i

29 de agosto de 1870

 

Debo confesar la alegría: el exilio ha terminado. Adiós condenados, adiós. Ya no me causarán más náuseas. He resistido demasiado tiempo las rejas de mi propia tierra (intrascendente, tímida, aislada de todo interés), y es por eso sí, creedme, sólo por eso, que ahora estoy aquí.

No tengo un centavo, es cierto. No tengo adónde ir, también es cierto. La única certeza es mi destino: llegaré a París en unas horas. Y allí veré cómo se escriben los días. Con o sin dinero, con o sin techo. Siempre, en la inmensidad, se esconde una mano amiga.

¡Qué lejos han quedado las Ardenas! ¡Qué lejos Charleville! Me invade una nostalgia extraña, áspera pero sincera. Mi madre jamás comprendería de qué se trata. No, ella debe permanecer en silencio. Ojos potentes, mirada infame. Veo esos ojos cada vez que me asomo por la ventanilla del tren. Del tren que me lleva a París, a mi nueva vida… mi verdadera vida.

 

De Los viajes de Rimbaud, 1996

 

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Mariano Rolando Andrade. Buenos Aires, Argentina, 1973. Escritor, poeta, traductor y periodista, es miembro del comité editorial de Buenos Aires Poetry. Publicó la novela Los viajes de Rimbaud (Editorial Vinciguerra, 1996), fue seleccionado en la antología de poesía Buenos Aires no duerme (Eudeba, 1998) y ganó el Premio Juan Rulfo de Radio Francia Internacional (RFI) a mejor cuento en lengua francesa (2001). En 2004 participó en el libro 20 años sin Cortázar publicado por la Revista Caleta en colaboración con la Universidad de Cadiz, España. En 2017 coeditó junto con el poeta, traductor y crítico literario Juan Arabia la antología bilingüe Poesía Beat (Buenos Aires Poetry, 2017) y fue uno de los invitados del XII Festival Internacional de Poesía de Buenos Aires. Acaba de publicar el poemario Canciones de los Mares del Sur (Buenos Aires Poetry, 2018). Trabajó en diversos medios en Argentina y se ha desempeñado como corresponsal y editor de la Agence France-Presse (AFP) en París, Bruselas y Nueva York. Obtuvo becas de la Fondation Journalistes en Europe (JE) con sede en París, la Scuola Superiore Sant’Anna de Pisa (Italia) y el European Journalism Centre (EJC) de Bruselas.

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