El reino de los peces

Diego Brando

 

2

Mi soledad es un pez corcoveante
antes de caer sobre la barca,
y los pescadores la cordura, el mundo,
la cápsula que entra por la garganta
y que contrae el cuerpo,
lo que lo estremece a latigazos
como a una gota de agua,
o como a un cencerro a la hora de la comida,
de la fiesta que termina tarde
en un espacio vacío,
en el río sin más agua que un hilo
que pende de otro hilo,
una clepsidra lanzada a la otra orilla
como a un ser balbuceante.
Y caer de todas formas,
sobre agua o barro, o barca
que se mece en las tinieblas,
en el reino de los peces
que no saben nada del río.

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3

Hubo promesas de fin del mundo,
pero ahora lo que existe es el silencio
y un aire que gira como un huracán
ante la idea de una posible ofrenda.
¿Ofrenda? Sacrificio, inmolación,
la pérdida de las extremidades
con que construíamos castillos de arena,
endebles como tierra y agua
en pleno abatirse contra el fuego.
¿Llegaste a ver el ocaso?
¿Su tono azul en tus ojos de insecto?
De esa manera va a girar la noche,
como si nuestras familias afuera
bailaran en un ritual de despedida;
lo prometido, aseguran, se aproxima
aunque de lejos solo se vea
un estallido o una tormenta de nieve.

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5

Sin reposo la madrugada se disuelve
en mis oídos, y las uvas son devoradas
por el viento. ¿Iré luego sobre mi cuerpo
a pleno nado por los ríos hasta escuchar
el estallido de las aguas? Tiempo atrás
pretendí alcanzar la melodía que sonara
en los campos como una canción de cuna,
pero el astro se sobrepuso, no sobre
mis espaldas, sino sobre su sombra;
y comprendí que no habría más que confusión,
un alarde de chimangos en pleno posarse
sobre los cables y el ganado, aquello que
tarde o temprano descendería hasta situarse
en la  oscuridad de los estanques repletos de agua.
La lejanía de mis antepasados me exaspera
y el presente es la entrega de un animal herido,
restos sobre el que vuelan las moscas.

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9

En el fondo de la segunda mitad de mi vida
solo hay basura acumulada,
tropeles de caballos que huyen hacia el desierto.
No recuerdo ahora cómo era antes,
todo aquello quedó lejos
como la sombra de nuestros ancestros
bajo el limonero.
Si hago un esfuerzo solo sé
que algo desapareció y que lo lloramos,
y que lo que comenzó a acumularse
cedió ante la nieve.
Agua podrida de la que sin embargo bebo.

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15

A cada acto de amor
le sigue
otro de arrepentimiento.
Una duda puede ser el estrépito
de los barcos allá a lo lejos, donde
las orcas se elevan como perlas
en el costado inanimado del mundo.
Pero aquí, lo que existe, son estas hojas dispersas,
un fuego, cenizas y un corazón sostenido
por maderos que al agua descienden.
Una elección en el límite de la bondad,
monstruos en el camino de los peces.

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22

Dormir es un engaño.
Uno se despierta con la boca llena de moscas.
Y luego lleva un tiempo recuperarse,
respirar como se debe o darse al llanto.
Desde que recuerdo, no hubo noche que no doliera,
madrugada que no sintiera bestias sobre mi cabeza.
Pero la necesidad de descansar, el sigilo nocturno
de las aves que pueblan la ciudad y el campo
a veces, pueden más. Y uno duerme como un condenado.
Y sueña. Sueña para que el trauma permanezca vivo
como esas bolsas de plástico iluminadas en el fondo del mar.
Es que se han visto demasiadas cosas y se ha conocido la locura.
La misma que conocieron nuestros padres, nuestros más íntimos
parientes. Recluidos todos en el hospicio de la sangre.
Si aún pudieran escucharme, les pediría la calma
posterior a la tormenta, y un vaso de agua en la noche.

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35

No puedo discernir la luz del sonido del tren, todo se parece
en su intensidad, vapor, bestias, gritos de fondo. Lo creado parte
de la unidad para luego separarse, cumplir sus ritos, asimilarse
al caos. Cada madrugada lo impasible aumenta como el oro, se pule
y se destaca bajo el viento, las ranas cantan antes de ser cazadas
y los animales se pudren al sol el día siguiente. Aún así nosotros
buscamos la calma, la exhalación que no conduzca a la tierra, sino
al aire, aunque sea el humo de la basura lo que se encienda,
un fuego lento que nos consume. Vuelan los pájaros a lo lejos
como una bendición, el carácter transitorio de la belleza.

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41

Frente al paisaje de piedras y pastos mal crecidos que fue
el día anterior al reposo de los grillos que percuten sus patas
entre mis oídos, ha pasado la totalidad del agua. Quien quiera
arrojar la caña sobre el lago de los peces, o alcanzarme un fruto,
multiplicará las voces entre las fieras del silencio. Será el nuevo
comienzo, la celebración. Late ya mi pecho, como una bomba.

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Diego Brando. Leones, Pcia. de Córdoba, 1987. Poeta y docente argentino. Realizó estudios terciarios en el ISFD Mariano Moreno de Bell Ville en donde se recibió de Profesor en Lengua y Literatura. A fines de 2016 publicó Frontera por Editorial Vilnius, así como Todo lo que se hunde en 2018, por la misma casa editorial. Ha publicado textos en Jámpster, Op.cit, entre otras revistas. Los textos que componen esta entrada pertenecen a su libro más reciente, El reino de los peces (Barnacle, 2021).

La obra que ilustra este post fue realizada por el artista venezolano Christian Vinck

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