El renacimiento americano

Apuntes sobre poesía Latinoamericana

Por Héctor Hernández Montecinos

Se trata de un viaje. Se trata de un viaje por una genealogía. Se trata del devenir de ese viaje y de la interrupción de esa genealogía. No. Se trata de un yo que se ahoga en sí mismo. Se trata de un nosotros que lo quiere salvar desde la impersonalidad. Se trata de un yo (g)noso-trizado. No. Se trata de tratar un lenguaje. Se trata de hablar hacia adentro. Se trata de desescribir lo que allí aparece.

Es más que el fin de los metarrelatos como se predijo en los ochenta. Es más que el fin de la historia como se predijo en los noventa. No es sólo la crisis ecológica, o de los paradigmas culturales o del propio capitalismo. Estamos en un momento en que nos enfrentamos a nuestra propia desaparición como especie. La catástrofe. No es la primera vez que sucede, pero sí la primera en que las causas las hemos originados nosotros mismos. La catástrofe a la que nos enfrentamos. Nuestra catástrofe. Tiene muchos rostros. La mayoría de ellos seductores y ergonométricos, con códigos de barras, banda ancha o pago en línea. Tiene que ver con que hemos entendido las ruinas como monumentos. Me refiero a las ruinas contemporáneas tanto tecnológicas como intelectuales y el (sobre)valor que le hemos asignado.

Vivimos rodeados de ruinas y nos encanta porque no las vemos (o no las queremos ver): ciudades devastadas por el capital, comunidades desoladas por el hambre y la tristeza, cataclismos ecológicos en nuestra propia casa y genocidios creativos en las escuelas y familias. Nunca el ser humano había tenido que lidiar con un enemigo tan poderoso como ocurre actualmente. Ese enemigo es la hipocresía. Nos importa la violencia social, el ultraje a los pobres e indígenas pero sólo si es en nuestro país y si de rebote en algún momento eso posiblemente nos va a afectar. Digo esto siendo absolutamente optimista. Las redes sociales están saturadas de beneficencia moral, de campañas humanitarias ridículas, de piedad con un solo click. ¿Qué es esto? La ruina de la ética y el triunfo absoluto del deseo.

Agujeros negros que jamás se llenan, nunca se satisfacen, siempre piden más. Así el capitalismo a través del deseo construye ruinas concupiscentes que no cesan de actualizarse, de exhibirse como novedad, de parecer útiles y no lo son. El deseo es la gran catástrofe íntima pues anula la objeción y la renuncia, abre líneas genealógicas que no conectan más que con sí mismas y suspende lo realmente necesario para instalar lo irrealmente placentero.

La epopeya de Gilgamesh trata sobre esto, pero dicho diez mil años antes. Es la épica de la necesidad. Un tirano que debe enfrentarse a su propio doble, a una réplica inversa, a su complemento es la excusa para la aparición de Enkidú, metáfora de la civilización y de algún modo un designio. Un mono semántico que mediante una prostituta sagrada accede a una humanidad, a una civilización y a una identidad. Esa hieródula no es otra que el lenguaje, la herramienta que al ser humano le ha dado la capacidad de iluminar la realidad, de ser parte de una transacción entre un adentro y un afuera, un yo y un mundo. Es la historia de la civilización, el poder y la palabra. Es nuestra propia historia.

Irak, tan desgraciadamente famosa hace un tiempo, es no sólo la cuna de la escritura sino de la civilización occidental. Entonces volvemos a pensar en la relación mancomunada entre escritura y civilización, pero aun más, preguntarnos si esta tensión es recíproca. Quiero decir que si acaso un colapso civilizatorio implicaría un desastre de las escrituras o viceversa. Esta es la pregunta que como lector del libro, de un libro, de todos los libros de la historia desde esas tablillas de barro hasta este dispositivo tecnológico en el que escribo es posible enunciar. Hemos creído que el origen de la civilización es la escritura. Lo hemos creído porque escribimos, nos servimos del lenguaje tal como él se sirve de nosotros en su devenir y su genealogía ¿Qué es una civilización sino las luces con las que se iluminó? Un hombre muere y con él su civilización que no es más que la historia de su escritura. Su historia como humanidad y su humanidad como la capacidad de llamar y llamarse. Palabras incendiado campos, versos iluminando cavernas, vocales alejando a las bestias y al frío. El lenguaje está vivo y nos antecede. Le pertenecemos a él. Es esa angustia a la que los antiguos tuvieron que enfrentarse luchando contra la eternidad. Esa fue su catástrofe. Fue y será.

Incluso al día posterior de la peor de las guerras, o a las horas siguientes después de una catástrofe mayor, las primeras palabras que podrían escribirse serían poemas aunque las personas, o los sobrevivientes, no se estén dando cuenta de aquello, porque de algún modo los poemas han resultado ser la única escritura que puede decir con fatalidad y videncia que han sido los testigos a las calamidades, y los únicos que han podido dar cuenta de ellas, fuera del prepotente tiempo de las circunstancias.

Si la poesía nos narra el celebratorio estrépito del comienzo o el fin de civilizaciones, culturas, comunidades, personas es porque ella es un grado cero mismo de lo que otros no han podido decir, y ese otro siempre es la muerte que habla, y cuando digo muerte no pienso en un fin sino en un medio o una intermitencia entre lo que aparece y su desaparición. He allí lo que hoy en día nos puede mostrar la poesía, que vemos como el mundo se hace cada vez más honesto, y por ello más bestial y bárbaro. La muerte ha ganado su señorío y el poema sigue siendo un sueño, y por fortuna, todo sueño es más poderoso que la muerte.

El fin de la poesía deviene su propia autorreflexión y la búsqueda incesante de sus propias posibilidades, de allí que hablar de su término no sea más que una metáfora para nombrar sus laberínticas entradas y salidas. La muerte no es fin sino pura conversión, eso ya lo sabe el autor que no ha desaparecido jamás sino que sólo se ha desplazado de ser un nombre a una función dentro de la escritura. Ficción, ficción y ficción hasta el agotamiento, esa pareciera ser la coordenada mutante de lo que se está escribiendo ahora. La ficción hace aparecer una desaparición, y por tal toda obra es ficción en el sentido de que la escritura es el trazo de lo que no volverá a ser lo mismo. La ficción es más real que la vida porque no se queda ni un momento en paz. No camina, sino que vuela, no habla sino que susurra gritos que nadie escucha pero todos saben que existen, porque la poesía por tal ha triunfado, aún es la voz de los muertos, aún es un habla desconocida que el mercado no ha podido comprar, aún la lengua poética no es madre ni padre, a lo sumo hermana, hermana muerta de un niño que todavía no nace.

La muerte es cruel, la vida es cruel, el amor es cruel, el destino es cruel, la poesía es cruel, pero siempre es vida, que señala su finalidad, su acabamiento, pues la crueldad es un gesto extremo para volver a sí, a lo elemental, lo primero, lo humano.

La poesía siegue siendo uno de esos grandes secretos a voces, su inminente carácter entre subterráneo y arte mayor quizá sea una de las razones por lo cual el mercado no ha insistido en apropiarse de ella, por más que intente apaciguar estéticas y comprar silencios literarios incentivando al miedo de manera desesperada, o intentando poner un valor a lo que pueda ser la escritura, que sin más se seguirá moviendo entre el ocio, la desesperación y la rebeldía.

Cuando uno se remonta a literaturas de siglos perdidos en la historia, de las cuales sólo nos llegan fragmentos, avisos de existencias, ruinas lingüísticas, es cierto que se recrea el gesto de la escritura y la contingencia de su pulsión, pues no podemos olvidar que toda lectura es un constructo, pero no sólo estas, sino que también las que hacemos el día de hoy. Inventamos bellezas y fealdades como se inventan máquinas y palabras. Inventamos miedos y deseos como se inventan marcas y enfermedades. Sin embargo, el real misterio no se inventa: es.

La poesía aniquila el tiempo, no la historia sino que su devenir diacrónico, pues en efecto podemos inventar la lectura de los libros que leeremos el día de mañana y he allí un gesto de una real vanguardia o un ala radical, pues estas literaturas que para nosotros aún no existen son uno de los secretos que hacen que se siga escribiendo, independiente de bien o mal, e independiente de lo que estas palabras todavía puedan significar, pues como se suele afirmar, la mala poesía, de siglos y siglos, suele ser “linda”, sólo que tiene otro tiempo y otro espacio, uno en el cual el factor emoción-conmoción es primordial, tal como las típicas canciones o las películas lloronas.

Si los cruces entre poesía e historia fueran lógicos alguna vez, todo lo que se ha escrito en Latinoamérica sería la mirada diacrónica de un universo diagonal, ya ni siquiera paralelo, pues tanto sus poéticas como sus presentes están dialogando más que nunca con un futuro oblicuo forjado hace siglos como la más catastrófica utopía humana en la cual la barbarie es el motor de la civilización. De hecho, ese es el panorama social en nuestro continente desde hace décadas, por no decir siglos, y quizá en ese transcurso de tiempo la precariedad se ha convertido en un aliciente y en una pregunta en y por el lenguaje que nos lleva a la duda más simple, pero a la vez más compleja sobre la inusitada existencia de tanta poesía escrita por jóvenes, la cual nace como un estallido, como esquirlas de una bomba que muchos aún no quieren ver, como la voz de una generación pre-guerra, y digo ‘pre’ sólo por convención, pues el campo de batalla lleva un buen tiempo a nivel global, y más en los propios países respectivos del continente, pero con distintos nombres y cuerpos.

Además, la tragicidad dramática de este escenario viene a anexarse a las astucias y marismas que el mercado tiene contemplado para la poesía, y no así para la novela o el ensayo que tienen más fáciles alianzas con los poderes de turno, pues si bien es cierto que las literaturas latinoamericanas son quizás las más interesantes y versátiles del mundo, la poesía ha sido uno de los más ensordecedores silencios vistos desde el hipercapitalismo neoliberal. Uno se cansa de oír que la poesía no vende, que la poesía nadie la lee, que la poesía es inútil, o que la poesía es sinónimo de un yo expresando sentimientos, y así un campo semántico de ridiculización y desecho, pero hoy día que somos testigos de cómo ese mundo, el mundo de ellos, se les cae a pedazos de entre las manos y los bolsillos, no nos queda más que comprobar que en esa batalla entre el mercado y la poesía, es ésta última la que está triunfando ahora.

Cada vez que las sociedades se miran a sí mismas como catástrofe, y a las otras como enemigas, es cuando su desbarajuste se convierte en una reiterativa palabra: crisis, y no saben qué hacer con ella. Todos sus presupuestos, sus objetivos a mediano plazo, sus intereses proyectados se convierten en dudas o ya meros fracasos que la literatura contempla con una ácida sonrisa silenciosa, y los ve caer, así como ya han caído imperios, dinastías, ejércitos, capitales, llenas de orgullo y soberbia. Es en ese punto que el trabajo poético vuelve a brillar, en la agonía desesperada de la publicidad, en la miseria de los medios de información, en la abulia ignorante de las masas. Es ahí cuando un poema puede decidir el mundo. Y el mundo se lee como un poema.

Una de las cosas envidiables de los libros es que pueden reencarnar antes de morirse, preguntándome a la vez cuándo un libro se muere. ¿Cuándo deja de ser leído por un lector anónimo? ¿Cuándo deja de ser leído por un lector pagado por una revista o un periódico? ¿Cuándo sus páginas se hacen parte del otoño? ¿Acaso un libro no es ya un cementerio donde la vida de los poemas es un recuerdo lejano? Tal vez sí, tal vez no. O quizá cuando un libro de poesía empieza a ser leído como una novela, o cuando una novela se lee como un ensayo. De ser así, la muerte sería la salud de la literatura, su pharmak, su desautorización, y desde esas ruinas o miembros o párrafos dispersos una nueva forma de leer podría ser la primera luz de esta larga noche del sentido.

Como si se tratase de una luminosa noche llena de cuerpos celestes, de hoyos negros, de galaxias y nuevas constelaciones, la poesía latinoamericana representa hoy en día una utopía hecha realidad, un sueño colectivo en medio del escenario de la crisis mundial de la especulación fascista del terror. Poetas, poéticas, obras, encuentros, ires y venires, diálogos intensos no dejan de sucederse preguntándose el porqué de este alucinante movimiento que tensiona y deslinda la nacionalidad rígida de los autores para pensarse como latinoamericanos, como una inmensa cartografía absolutamente heterogénea, múltiple, nómade, lúdica y lúcida.

Latinoamérica es testigo y protagonista de un nuevo campo minado en lo que se refiere a discursos poéticos que ponen en escena con su radicalidad nuevas sensibilidades que dan cuenta de las silenciosas catástrofes que castigan los cuerpos desnaturalizados, los territorios nómades y los discursos que hacen de sus propias contingencias una ética creativa y libertaria. El siglo 20 fue para los poetas latinoamericanos un siglo de oro anómalo donde ciertas escrituras pusieron en jaque no sólo los paradigmas del género lírico sino que las pautas de lo que sería la ampliación del campo literario.

Me lo he preguntado yo y se lo han preguntado muchos, y no podemos responder, pero la cantidad y calidad de las obras que se están haciendo en nuestro continente, como diría Vallejo, está respondiendo a preguntas que aún ni siquiera se han formulado y he allí una luz, una negra luz que hace de esta noche global, una esperanza de que existe un día de mañana, que incluso es mejor que este.

Estas escrituras hacen delirar al lenguaje, estrujan su comunicabilidad y proponen las posibilidades de su exterminio, quiero decir que, sólo desde el lenguaje es posible su desastre trágico, lo cual también significaría su momento de mayor lucidez. También crean una nueva comunidad dentro del imperio lingüístico del idioma, inventan nuevas civilidades gramaticales, descubren nuevas ciudadanías léxicas, en efecto, constituir estas comunidades quiere decir a la vez abrir el lenguaje a su propio nomadismo, su fuga y su trashumancia.

La mayoría de estas escrituras están pensadas como obras, no como conjuntos de poemas ni de libros. Son obras como propuestas, y desde allí aparece su radicalidad, pues rompen la linealidad del progreso, tienen un carácter insular, se ponen en tensión ellas mismas y al circuito de su aparición. Estas escrituras aceleran los procesos de cambio en los sistemas donde emergen, alteran el estado «natural» de la poesía, atribulan la quietud del canon conservador. De allí que se pueda asegurar que estas nuevas formas de radicalidad invalidan al resto de las obras, las dejan en vergüenza, ridiculizan al guante conservador, se burlan del miedo.

Ciertamente cada vez que hablo de poesía latinoamericana mis certezas desaparecen y mis intuiciones celebran. Intuiciones que deambulan por el continente junto conmigo y a la vez por corpus, extraños, anómalos, difíciles, totales y escépticos. Algunos pensarán quizá que es muy pronto para hacer nuevas cartografías; para otros puede que sea demasiado tarde. No obstante, me he visto en la encrucijada de ser un testigo vivencial a lo largo de más de una década de una producción poética más bien insólita y que casi ninguno de los lectores profesionales esperaba con un síntoma de posibilidad más allá de la trampa de la ruptura y la tradición.

Nuestro continente nuevamente vuelve a mirarse a sí mismo como un motor neurálgico de la cuestión poética, no desde una vanidad canónica ni de una soberbia academicista, sino que del propio quiebre y la celebración del fragmento que algunos llamamos ruina, porque justamente si algo podemos apreciar es el aura de esas ruinas en esta catástrofe global. No sólo se habla de literatura, sino que de ecologías humanas, accesos al bienestar civil y social, igualdad de derechos, etc, pues desde estas ruinas es de donde nace el contexto, la pregunta y la contingencia por el valor de la poesía en el actual sistema mundial, y más en específico, en nuestros países latinoamericanos. Estos intersticios en los discursos hallan su correspondencia en las fracturas de los cuerpos y los límites de los territorios que conforman a las subjetividades. Y es desde este triple anclaje, discursos, cuerpos y territorios, que tal vez se llegue a una respuesta mucho más profunda de una pregunta que aún no se ha inventado, y esa pregunta no puede sino venir desde la propia poesía, que a la vez es contraseña y realización.

Holbein16

No es extraño que este continente sea el que más poetas haya visto pasar desde el siglo recién pasado hasta ahora, pero sí lo es la profunda radicalidad en muchas de sus propuestas y el intransigente delirio de las operaciones textuales de dichas obras. Varias serían las causas posibles para explicar tal grado de experimentalidad, pero éstas mismas serían nuevas preguntas, porque a pesar de poder dar luces sobre el fenómeno generarían más interesantes tensiones que nos ayudaría a deslindar las nociones de tradición y centro, nacional y extranjero, institucional y marginal.

Mucho alegan los conservadores de la literatura con respecto a la intromisión insaciable de la teoría como suplemento, como herramienta de lectura, como procedimiento de desmontaje del eje sujeto/verdad. El abrupto teórico removió a los estudios literarios de su falsa modestia, de tanteo y prueba, y lo puso entre el estilete y la página en blanco. Una interrupción, un quiebre, una fuga. Una posibilidad de volver una y otra vez al lugar del crimen.

Cuando todo el terminolecto sobre los devenires del deseo parecía ya arrinconado desde las frías academias emparentándolo con el amor, la philia, el ágape, el eros, la transferencia, es que nuevas formas de inscribir lo erótico se han abierto paso en la poesía latinoamericana actual, por ejemplo como el caso de la exuberancia de Marosa di Giorgio, o el labial de Perlongher.

En el erotismo cada palabra es un hecho, un acto, un gesto, una mirada que huye o va hacia el deseo. Es pura intermitencia, es un ir y devenir. No permite que algo sea nombrado, que no cobre existencia, pues la atracción gravitacional que hay entre el cuerpo y la palabra es la del placer, placer del texto, textualidad del placer, orgía entre escritor y lector, voyerismo en papel. Es decir, que en el gran desenfreno que se produce entre la mano y la página, entre los dedos y el teclado, no existe otra posibilidad que el deseo y la repulsión de ese deseo, que es una forma más profunda y por qué no decir, más neurótica de desear.

Los poemas no tienen por qué dar placer o goce sensorial, de hecho los poemas no están obligados a nada, y esa autonomía con respecto a las emocionalidades de turno, tanto de autor como lector, enriquece la distancia, la zona muda que hay entre la ficción y la vida misma. El silencio con respecto a sus propias emociones, hace que el poema tenga un carácter catatónico, como si no tuviera vida propia, pues se la roban quienes lo leen, y luego que el libro se cierra su libertad se hace infinita nuevamente y la ficción de su existencia lo convierte en literatura, porque solamente un libro cerrado o no leído es literatura.

Hay allí un anhelo, un sueño, una idea vana de abarcar una parcela de mundo, una zona autónoma que no escape de la palabra, de la mano que reúne y nomina. Así el libro es una colección de espectros, de monstruos, de injertos, de abortos, de cadáveres, es decir, de lenguaje, atrapado en la tumba blanca que es la página y el desierto seco que es el papel. Más allá de las textualidades, cada libro es una reunión de acontecimientos, y cada acontecimiento a su vez de otros acontecimientos, y así fractalmente hasta llegar al grado cero que no es más que el antecedente del 1, es decir de la totalidad al vacío y del vacío a la totalidad.

La importancia tan temprana de autores como Carlos Oquendo de Amat y César Vallejo del Perú, Pablo de Rokha y Vicente Huidobro de Chile, Oliverio Girondo de Argentina y varios más constituyen un humus de lo que serían escrituras que enrevesan el lenguaje a modo de un contraidioma, o una lengua dentro de la lengua como señalaría Deleuze. Luego, un momento siguiente se conforma con una sucesión de autores que radicalizan aun más la potencia de la palabra escrita y trabajan la materialidad de los soportes como un texto que se pregunta por las condiciones de posibilidad de una obra, pienso en autores como Néstor Perlongher y los hermanos Lamborghini de Argentina, Raúl Zurita, Juan Luis Martínez o Diamela Eltit de Chile, Enrique Verástegui, Rodolfo Hinostroza o Maurizio Medo del Perú, de Brasil Haroldo de Campos, Decio Pignatari, Roberto Echavarren en Uruguay y muchos autores más. A lo que quiero llegar es que en el siglo 20 latinoamericano se han venido continuando oleadas de escrituras extremas, mixturas en las semantizaciones y nuevas fracturas/pliegues internos en las sintaxis de un idioma construido desde la errata de una lengua madre.

Quizá la gran metáfora de la poesía sea la del viaje, salir de un lugar y no saber donde ir, o tal vez ni saber que se ha partido ni mucho menos donde y cuando se llegará a algo. La propia historia de la literatura ha sido ese viaje, esa travesía sobre la página en blanco que es el mundo. Todos los héroes, tanto míticos como anónimos, han tenido que salir, fugarse, irse, escapar de un territorio, que es lo mismo que un cuerpo y un discurso. El poema hoy más que nunca realiza esa fuga, de hecho, es esa fuga. No se encasilla, deambula, vagabundea, callejea, recorre los libros, las calles, lo cuerpos y no descansa porque nunca volverá desde donde partió. El poema no quiere regresar a Ítaca, porque en su naufragio es que se hace poema, es decir, cuando está perdido y cualquier dirección le es oportuna y fatal. El viaje del lápiz sobre el papel es la misma travesía de cuarenta años por un desierto, o tras la flor de la inmortalidad, o por las riberas del Indo. El poeta no sabe hacia donde ha partido pero zarpó, y esa es su radicalidad ahora, que no hay ni un mapa que seguir, pero aun así se ha comenzado un recorrido, sin duda trágico y esplendoroso.

Vienen desde distintas tradiciones y lecturas, casi no se conocen, están en los márgenes de los núcleos de irradiación neoliberal, sin embargo, y sin proponérselo, están inventando un horizonte donde podrían aparecer aún nuevas propuestas, y justamente ese es su triunfo, la invención de un nuevo lector para estas escrituras. Profundamente solitarios, alejados de los brillos de los mercados editoriales y de las famas de papel en vida, estos poetas trabajan el lenguaje poético tanto como deconstrucción del idioma y (des)traducción visual y fónica. El idioma ya no sólo sirve para nombrar sino que también para verse y oírse. Las letras se convierten en objetos que producen ruido al arrastrarse sobre el papel y la escritura de sí misma en exterioridad y materia.

Estos poetas se vislumbran como anómalos en sus tradiciones respectivas, y por tal se ha intentado un silenciamiento desde las academias y las posiciones más rígidas de los establishments locales, sin embargo estos contextos nómades y aciagos han resultado ser el escenario de una guerra simbólica que la poesía como género en extinción ha podido vislumbrar como un momento singular en la materialidad misma de las escrituras de hoy.

Quizá sean todos los fracasos de nuestras historias latinoamericanas, las hambres, las dictaduras de izquierda o derecha, la ignorancia, el Estado, la televisión, la pésima distribución de las riquezas, las fobias sin excepción, la delincuencia, todo esto sumado, multiplicado, restado y dividido lo que ha dado un contexto catastrófico en las sociedades civiles para que en tan distintos países estén apareciendo poetas jóvenes con obras tan radicales, duras, sucias, terribles, conmovedoras, poderosas, honestas, arriesgadas, sinceras y sobretodo escritas sin el menor miedo.

Los jóvenes poetas se han tomado la palabra, y muy en serio. Sus escrituras deambulan por distintos países como ráfagas de honestidad, elocuencia y fuerza; un nuevo aire sopla y remece los viejos cánones, los pergaminos de honor y el polvo de las bibliotecas. Latinoamérica es el portaviones de hordas de poetas que vuelan, cruzan el cielo, se estrellan o simplemente se pierden para nunca más volver. Porque, de algún, y de todos los modos, la poesía siempre ha sido un viaje hacia lo que no se conoce, ya sea desde la página en blanco que es ese desierto infinito hasta las profundidades de la tinta que es el mismo océano y sus bestias en lo más profundo, o ese bosque lleno de hermosos árboles que es el libro mismo. La geografía pareciera ser una biografía para el poeta que se atreve a emprender el camino sabiendo que jamás se sale ni se llega a ningún lugar.

Es en este escenario que las más nuevas generaciones de poetas en todo el continente no han podido recular a esta luminosa estela de autorías colectivas, anónimas y sumamente iluminadoras, de las cuales heredamos una desesperación que en las actuales circunstancias se nos hace tan personal e íntima que los viejos cuestionamientos políticos, sociales, culturales se nos vienen encima de otro modo pero como siempre lo estuvieron. Las novísimas escenas de poetas tanto en Chile, México, Perú, Uruguay, Ecuador, Guatemala, entre otros están viendo aparecer obras con una descomunal fuerza, coraje, honestidad y una belleza tan sinuosa que bordea los ribetes de una tragedia comunitaria. Ni los aparatos materiales o simbólicos de represión, ni los exilios de los poderes hegemónicos de turno, ni la apatía de los medios de comunicación, ni la ciega prepotencia de las editoriales, ni la falta de lectores civiles harán que este fenómeno se detenga porque hay algo detrás de ellos que los mueve con la más hermosa de las fuerzas que es la fraternidad como la experiencia de rebeldía más acuciosa en este contexto mundial de una guerra hemisférica aún no declarada, la cultura moral de la culpa, la devastación económica más desoladora entre muchas más angustias sociales que tenemos como escenario de guerra.

Si no es sabido, se intuye, que la poesía cambia de casa como quien cambia de ojos, y su cuerpo íntimo es el reguero de una historia colectiva que se ha visto enfrentada a todos los fascismos posibles y, no obstante, de cada uno de ellos ha salido victoriosa y triunfal.

Este misterio provoca una fascinación inconmensurable, y no así la belleza que es una trampa fácil, en efecto, lo bello no tiene que ver con los poemas más que el color de la tinta o el tipo de papel, pues la muerte es más bella que la vida porque no la vemos, es sólo un medio y justamente ahí radica la fascinación de tantos siglos de escritura sobre ella, ya que cuando es entendida como finalidad es el grado cero de sí: Nada. La poesía sabe que no lo es. El misterio es encantador.

Por eso quizá la poesía siga siendo el bastión de una rebeldía horadada y biopolítica. Desde su triple anclaje es que su ética se convierte incluso en una reserva moral tanto para las otras artes como para el campo cultural en sí mismo. Esto no es una apología obturada a la poesía sino que una demarcación del carácter subversivo que a veces los y las poetas tienden a olvidar o negar tanto por cobardía o comodidad.

¿De qué trata un libro de poesía? le preguntan. ¿Qué trata? Tratados, tratamientos, estratos, trizar. ¿Cuáles son los límites del lector burgués? le preguntan. ¿Dónde quedo yo? Entender, interpretar, hallar una verdad: Capitalizar un valor.

Tratar es simulación. Intentar develar el fracaso de la representación de la materia. Energía del lenguaje, neuma-newen, agujeros blancos cuadriculados y manchados con tinta.

La música, las nuevas tecnologías del cuerpo, los cruces lingüísticos entre las jergas urbanas y las hablas prehispánicas, los nuevos formatos imaginarios del poema, la hibridez de los géneros (líricos y sexuales), los desplazamientos y traslapes paródicos de imaginarios canónicos son algunas de las características de esta nueva poesía latinoamericana que se escribe hoy en día.

El lenguaje es un lugar que habitamos, y que nos habita, de allí que el traductor sea un trashumante, un nómade que cruza las líneas imaginarias del sentido y la traición. Un buen traductor no acarrea de lengua a lengua, sino de lenguaje a lenguaje.

Tratar es traslación. Un planeta en busca del padre muerto edípico, que no deja de acomodarse las placas dentales, que quiere decir tierra con la boca llena de tierra, que quiere decir océano ahogándose en él.

Las colecciones sólo por ser colecciones, de lo que sean, tienen algo de mapa, de cartografía, una fuerza incompleta de movimiento que se detiene en la materialidad de esa compilación, totalitaria en potencia y colectiva como unidad. Recopilaciones de objetos, de palabras, de hechos, de imágenes se superponen como fotogramas de lo que podemos asociar como contemporáneo, entendiendo esto como la sensación de lo actual que quizá pase por ese conjunto de colecciones de las cuales somos parte o no. Digo esto pensando en lo coetáneo que pueden ser por ejemplo Borges y Perec, como acumuladores de materias literarias bajo el telescopio y el microscopio respectivamente de la ficción.

Todas las palabras son las mismas y que la historia de las palabras, de algún modo, es la historia de la poesía vista desde el más allá de los sentidos y de los significados.

Asimismo, si todos los libros sagrados son uno solo, este libro es uno junto a otras obras que se están escribiendo en Latinoamérica, o que se han escrito ya. Es la anulación del tiempo y el espacio de la idea del libro. Quizá es el libro de la poesía latinoamericana muerta que después de Auschwitz y los totalitarismos estaba destinada a morir o exiliarse, pero ninguna de las dos se cumplió, o del algún modo sí, pero fue un viaje hacia lo más profundo de su diagrama, donde el lenguaje es a lo más un susurro y no existe la gravedad semántica. En esta era que es el triunfo de la ruina, la poesía que es la ruina de la ruina, vuelve a iluminar desde los resquicios más castigados por la sociedad capitalista y neoliberal, es decir, desde una visión de un futuro.

Una declaración de principios en tiempos de guerra, cuando la batalla final es entre la vida y el poema, lucha a muerte en la cual el autor desaparece y sólo queda trazos de ese cadáver simbólico en la página en blanco. Asimismo, la historia se transfigura también en esa escena de una guerra donde todo muere, pues esa es la economía de la crueldad, la que propone dejarse morir o arremeter hasta lo más profundo de la vida, sin tapujos, ni miedos.

La vida, una vida de un ser humano que en la poesía, la escritura halla un medio donde no volcar sus sentimientos, sino que un lugar donde justamente ponerlos a prueba, enfrentarlos no como contemplación sino como una intervención, un viaje hacia lo más hondo de una conciencia, literaria por cierto, pero también en una genealogía y en su propio devenir.

La poesía es acá una resurrección, un nuevo cielo y una nueva tierra, y no pasa por gestos fundacionales ni etarios sino que en algo más profundo y conmovedor: la posibilidad de ser una nueva persona en el espacio que la poesía abre entre la realidad y la utopía. La potencia, la belleza y el brillo de estos poemas es un aliciente para querer seguir leyendo el resto de esta obra que no se trata de poesía joven sino que pone en alto la juventud de la poesía, esa que no teme a ver, pensar y sentir cada cosa como si fuera la primera vez, en su fulgor y también su violencia.

Las lenguas muertas que son cada uno de los libros que están ahí para que uno de nosotros sea el primer equilibrista en caer al cielo, pues en la tierra solo hay sangre y humo.

Un libro que agoniza ya desde el hecho de ser parte de un algo mayor que lo llama desde un más allá, desde el infinito de la no existencia, es decir, es el sentido más profundo de la muerte: el desprendimiento de todo lo que constituye como tal.

Se bajan las cortinas, se apagan las luces, los personajes nos sacamos el maquillaje, nos desvestimos y aparecemos como cadáveres ante la página en blanco del poema y de nuestra propia vida, y quizá ese sea el gesto más radical: la posibilidad de ver la construcción de un personaje como lo es el lector, pero quizá más allá ver como se desnuda una vida, y lo que esa vida creía de su propia vida, lo cual es fundamental para el mañana que empieza hoy, ahora mismo, ya.

Prevoste

Héctor Hernández Montecinos. Chile, 1979. Licenciado en Letras Hispánicas en la Universidad Católica de Chile y Doctor en Filosofía mención Estética y Teoría del Arte. Actualmente cursa otro doctorado en Literatura en la Universidad Católica de Chile. De su proyecto total en tres partes, Arquitectura de la Mentalidad, que supera las dos mil páginas, dos ya han sido publicadas, La Divina Revelación (2011) y Debajo de la Lengua (Santiago: Cuarto Propio, 2° ed. 2014). Ha sido merecedor de varias distinciones, entre las que destacan el Premio Mustakis a Jóvenes Talentos y el Premio Pablo Neruda. Es el compilador de 4M3R1C4: Novísima poesía latinoamericana (2010) y Halo: 19 poetas nacidos en los 90 (2014). Ha aparecido recientemente en El Canon Abierto. Última poesía en español (2015) como uno de los 40 poetas más relevantes de la lengua española nacidos después de 1970.

Contenido relacionado

Archivo

introduzca su búsqueda