El río y otros poemas

Jorge Aulicino

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1

El amigo dice todo está como era entonces
y solo él sabe cómo está, cómo era y cuál es el
entonces. El muelle industrial está callado y lo
golpean ligeramente las olas del río.
La arena está como el año en que Gauguin soñó
los amarillos. Las grúas no son las mismas,
tienen más revoluciones, son electrónicas,
robóticas. El amigo sigue hecho de sal y
de carne. Camina por el borde del agua y su
zapato pisa un charco de agua aceitosa. Barro
industrial, le digo. Se da vuelta. No sé si sonríe.
Ya está oscuro. Un animal alza el vuelo tras las grúas
y le hace fondo.

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6

Le mostré el río.
Tú no tienes corazón, no tienes corazón,
me decía en su lengua doméstica española,
que no es la nuestra. Por eso le agradezco
por eso le agradezco a Teresa, porque me señaló
un hecho decisivo: sin corazón no se puede mirar el río,
se pueden mirar las batallas del río,
que casi siempre gana, como con aquel puente en Santa Fe.
Teresa de Ávila miró la masa móvil de agua.
¿Te puedes imaginar dos grandes ríos que corren
paralelos ladeando provincias para formar esta bestia
que parece apacible?
Sólo se encrespa a veces y no es demasiado
grave. Me recuerda a mi gata, me dijo Teresa de Ávila,
y me narró la historia de aquel fraile
que podía ver a Dios sin mirar el universo.
Y que bajó por la ventana sin embargo de una celda
estrecha porque una cosa es la celda
y otra la prisión, y estaba preso,
mi pequeño fraile poético, y lleno de una única visión.
Pero aquí podéis mirar sin peligro el río felino
y cambiar el nombre a las cosas, dijo,
y ver que el nombre no hace falta, ni Pocitos ni La Boca
excepto como memoria de lo creado.
Delectatio terrestris es también extrahumana
y se trata de ver el en el nombre el Nombre que nomina
lo nominable y da memoria.
No es distracción saber a qué hora parte el buquebús
y qué color tienen a estas horas las piedras de Colonia.
Baja hasta el Tajo como lo hizo el fraile desde su ventana
y huye de la prisión de los días más amarillos,
en la costa te darán su libertad la arenera, el velero,
esa mancha violeta, la desvencijada silla del pescador,
dispuesto todo como al azar por la bestia calma.

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8

Cosas sobre el río, un birrete, el de Garibaldi.
Muertos del Paraguay, diminutas cañoneras
fantasma. Cuando en realidad el sonido de los
disparos debe haber sido amortiguado por la
amplitud del agua, hasta convertirse en el de un
yesquero, unas bengalas, ramas secas quebradas.
El azul y el rojo tiñeron los espejos de
los juncales y de las cañas, tejieron un agua
de finas hilaturas de colores extraños.
Los muertos fueron dejados a los grandes pájaros.
Ve cómo el río no es sino un dudoso titán
que sólo despierta en invierno, cuando se cree
sus malos sueños y se extiende para alcanzar
los árboles marrones y las casas. Mirá
el olor que trae de putrefacción, pero se
diría cansado, que luego deja en las casas
un reconocible aire cargado de humedad
y de tabaco. De las frazadas muy usadas se
diría viene este aire en las pobres casas de
ladrillo pelado, hierro oxidado las verjas.
Y, con todo, el limonero y sus soles amargos,
y esas breñas en los jardines, y esas flores que
no sabemos qué son, arremolinadas, escasas,
color del vino que queda en el fondo de los vasos,
como barro casi espeso, el barro rojizo
que el río amasa con disgusto, que tira
a empujones entre las islas, para que el agua lo
lleve al mar y se abran, lejos,
los ojos de los muertos.

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10

Como quien ha andado por las cloacas del mundo
y al salir ese olor se le mezcla al recuerdo del
perfume y al mórbido sudor de una extraviada
mujer, bajamos al río templado y fecundo.
Eran de las cosas nuevas y las descompuestas
los olores mientras el general miraba en
el agua la reciente estrategia. Una casaca
flotaba entre la totora y un chorlito iba
desconfiado hacia ella. Pero el general miraba
la humareda ya disipada de los cañones
y medía las bajas, los suministros, solo
mirando el agua, sin mirar el río, miraba
lo muerto y lo sobreviviente, era su balance
como el del río era lo ligeramente dado
a la costa, lo hundido contra lo que fluía.
Fuerzas de igual cuño, pero de distinta índole
el general y el río. Uno, hecho de la conquista
sobre la muerte; el otro, un natural callarse, sin
parar su movimiento en el que florece el
lapacho, en el que nada el pacú, en el que dan
su propio olor lo sumergido y lo que flota,
y las ciudades recibían sobre la cal de
sus ranchos y sus estaños aquellas luces que
según la hora el río filtraba en las piezas, sobre
las mantas, en las torvas pulperías, las bolsas,
el oscuro tabaco de armar sobre la mesa,
que debió ser de gusto más bien dulzón y áspero.

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ii

A ñ a d i d u r a

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Lovecraft: En las montañas de la locura

La venenosa densidad del tiempo respira
en tus imaginadas tumbas de hielo
y podredumbre helada. Acá se mira
por una ventana o se camina
y es siempre ahora.
Llega la canción tensa del tiempo
cuando vibra algo en él,
y alza sombras y palabras
que habían rodado como piedras
y exudaron moho, sarro, orina, baba.
El horror se cargó de voces
que son la voz del tiempo,
las oímos a veces de noche cuando entran
de pronto desde el tardío verano dos grandes mosquitos
atontados, sus patas de plumas, los ojos de lava.

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Visión con poema: En una estación del metro

 La aparición de estos rostros en la multitud;
Pétalos en una rama oscura y húmeda.*
……………………………………………….Ezra Pound

 

Un pie con zapato se destaca
por su propia liviandad entre
los que bajan, rápidos.
La punta del zapato se dobla hacia arriba
como el escarpín de un arlecchino,
y parece apenas tocar los escalones.
El borde de un jean roza el borde del zapato
y el pie, el zapato, el tobillo son
definitivamente
de mujer. No
quisiste saber más.

 

* Trad. Marcelo Covián

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Selfies vistas en la madrugada

Las caras de la gente se deforman, atrapadas
por una cámara de vacío donde no hay ojos.
Hay el fantasma de una posteridad que no llegó jamás,
de otros seres, de otros universos
que no las saben mirar.
O las mira una conciencia intacta
que no aprendió a decirse este es uno, este es otro;
esta es la cara de una mujer, de un hombre,
el gesto, una sonrisa de hada, congelada
justo en el momento de callar,
o de una angustia decolorada, barrida
por un simún de historias.
Se fueron de sí, dejaron de escribir la historia.
Se fueron, estuvieron, y
son como campanarios sin campanas,
packaging que rueda bajo la lluvia.

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Descomposición y mercado (elegía)

El proceso es horrible solo mirado de cerca,
como aquel caballo en descomposición que el mar
tiró a la playa cuando el éxtasis te visitaba.
No olía, comido por la sal.
El siglo no huele y está podrido,
murió temprano (hay siglos que duran setenta años —Hobsbawm—
y otros que duran diez).
Las películas de zombis invaden las pantallas de occidente,
y en oriente fabrican millones de pantallas
pero no piensan en comer cerebros
sino en crear software
o en sentarse tras un mostrador de metal
con un celular en la mano derecha
mientras la izquierda pasa paquetes
delante del lector de código de barras.

No huele a limpieza ni, de hecho, está limpio el lugar;
se huele en cambio una prolijidad interna
como la de alguien que no está en este mundo.

En el alero colgaban gotas de gordo rocío
cuando Tu Fu desvelado vio sobre la Luna
la sombra de la espada.

Esa sombra es la silueta abismal
que ocupa el centro de este escenario en que
los enseres son transitorios
y no molesta al pensamiento la grasa
en los circuitos del aire acondicionado.

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Jorge Aulicino.  Buenos Aires, Argentina, 1949. Poeta y periodista. En 2015 recibió el Premio Nacional de Poesía.  Estación Finlandia, su obra reunida, incluye dieciséis libros publicados hasta 2011, entre ellos La línea del coyote, Las vegas, La nada y Cierta dureza en la sintaxis.Fuera de esa recopilación, publicó Libro del engaño y del desengaño (2011), El camino imperial (2012), El Cairo (2015), Corredores en el parque (2016) y Mar de Chukotka (2018).  Tradujo, entre otros, a Dante Alighieri, Pier Paolo Pasolini, Cesare Pavese, Franco Fortini, Antonella Anedda y Biancamaria Frabotta.

La selección de los textos del libro  El río y otros poemas (Barnacle, 2019). El cual fue remitido a nuestra redacción por parte de la editorial Barnacle (Argentina). 
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