Emily Dickinson y Canarias

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Por Ana María Fagundo

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En principio puede parecer extraño asociar a Emily Dickinson con las islas Canarias. La poetisa de Amherst vivió desde los treinta años recluida en la casa de sus padres sin salir más allá del jardín. En toda su vida solo hizo un par de viajes a Bastan ya algún que otro pueblecito de los alrededores. Cuando su hermano Austin se casó con Sue Gilbert, íntima amiga de Emily, construyó una casa junto a la de sus padres. La poetisa visitaba a su hermano y cuñada pero, con el tiempo, también esas visitas se fueron espaciando. Se puede, por tanto, decir que Emily Dickinson vivió encerrada por propio gusto en la casa paterna más de veinte años y que de allí salió el día de su muerte (1) . Y, sin embargo, Emily Dickinson fue una gran viajera:

 

No hay fragata mejor que un libro
para llevamos por el mundo;
ni hay mejores corceles que una página
de inspirada (2) poesía.
Este viaje puede hacerlo hasta el más pobre
sin temor al costo.
Qué parca es la carroza
que lleva el alma humana.

 

There is no Frigate like a Book
To take us lands away
Nor any Coursers like a page
Of preancing Poetry-
This Travel may the poorest take
Without offence of Toll-
How frugal is the Human Soul

(3)

Emily Dickinson mantenía el contacto con el mundo exterior a través de la lectura de los muchos libros que existían en la biblioteca de su padre y los que este le compraba a pesar de que temía que afectaran negativamente (4). Es a través de los libros como Emily Dickinson visitaba todos aquellos lugares que la atraían. Los libros y las cartas (5) fueron los medios de mantenerse en contacto con el mundo que vivió.

El vehículo de los libros no solamente le servía para viajar sino para conocer personajes históricos, legendarios o literarios. Estos seres aparecen en sus versos con la familiaridad de quienes habían compartido con la poetisa horas de amigable lectura. Estos seres son para Emily tan reales como su propio jardín o su recetario de cocina. En un largo poema hace referencia a estas presencias:

 

Cuando Platón era una realidad
Cuando Sófocles era un hombre.
Cuando Safo vivía
y Beatriz se ponía
La túnica que Dante deificó.

 

When Plato was a Certainy-
When Sophocles -a Man-
When Sappho- was a living Girl
And Beatrice wore
The Gown that Dante- deified
(Johnson 371).

 

 Los personajes de la historia y de la literatura que aparecen con relativa frecuencia citados en sus versos dan la impresión de formar parte de ese mundo intenso y privadísimo que conforma la mejor poesía de la Dickinson.

La poetisa de Amherst tiene especial predilección, a la hora de mencionar metafóricamente nombres, por los grandes descubridores, exploradores o dirigentes políticos. Colón, Pizarro y Napoleón son figuras que cita en diversos poemas siempre como sinónimos de valor. La alusión genérica a «Zar» y «rey» también aparece como una metáfora de una valía superior y de entereza espiritual.

Quizás las referencias más variadas las haga Emily a lugares geográficos conocidos mundialmente. Esta mención es siempre metafórica y le da a los poemas un cierto sesgo cosmopolita dentro de esa intimidad que caracteriza su poesía.

Los Alpes, por ejemplo, aparecen repetidas veces corno metáfora de fuerza espiritual. El Potosí es sinónimo de valía. A la riqueza del alma se alude refiriéndose a la India Oriental. El Himalaya y el Peñón de Gibraltar son sendas metáforas de la fuerza inexpugnable del espíritu. Los Apeninos, sin embargo, se utilizan una vez como barrera que impide la visión del Más Allá. La mariposa de las pampas del Brasil es símbolo de presencia única y exclusiva. Volcanes corno el Etna y el Vesuvio son como metáforas de la fuerza interior que el ser humano puede poseer. Entre los mares, el Mediterráneo simboliza la esperanza y el Báltico es una muralla cuya inaccesibilidad se puede conquistar con entereza de espíritu. La ciudad de Atenas es símbolo de juventud y esperanza (6).

Entre los accidentes geográficos que más atraen a Dickinson están los volcanes. El nombre genérico «volcán» aparece en varios poemas como sinónimo de silenciosa fortaleza. La referencia a pico, montaña o volcán es siempre metáfora de fuerza interior, de resistencia y de grandeza de espíritu. Varias veces menciona en su poesía diversas montañas de Europa, Asia y América y en una ocasión escribe un hermoso poema sobre un conocido volcán: el pico del Teide en las Islas Canarias (7). No hay en la lírica dickinsoniana ningún otro poema dedicado exclusivamente a cantar la grandeza de un lugar geográfico determinado. Este poema al Teide es, por tanto, singular entre la poesía de Emily quien, por otra parte, cantó con gran acierto las bellezas de la naturaleza (árboles, pájaros, flores, estaciones del año, acontecer del tiempo en el paisaje).

 El poema a «Tenerife», como denomina Emi1y al Teide, tiene dos I’m kneeling-still versiones que datan de 1893. La primera de ellas es menos acertada en el retrato que la segunda. En la edición de Johnson (8) se da como definitivo la segunda. Veamos ambas versiones:

 

(Primera versión)

Ah, Teneriffe- Receding Mountain-
Purples of Ages halt for you-
Sunsei reviews Her Sapphire Regiments-
Day-drops You His Red Adieu-
Still clad in your Mail of Ices-
Eye of Granite- and Ear of Steel-
Passive alike- to Pomp- and Parting-
Ah, Teneriffe- We’re pleading still-

(Johnson 666)

 

Oh, Teide, montaña que se aleja,
los violetas de los siglos hacen un alto ante ti;
el ocaso revisa su regimiento de zafiros,
el día deja caer su rojo adiós ante ti.
envuelto en tu malla de hielo,
ojo de granito y oreja de acero,
pasivo ante la pompa y la partida.
Oh, Teide, estamos todavía rogándote.

 

(Segunda versión)

Ah, Teneriffe!
Retreating Mountain!
Purples of Ages- pause for you-

Sunset- reviews her Sapphire Regiment-
Day- drops you her Red Adieu!
Shill- Clad in your Mail of ices-
Thigh of Granite- and thew- of Steel-
Heedless- alike-of pomp-or parting
Ah, Teneriffe!
I’m kneeling-still-

¡Oh, Teide!
¡montaña esfumándose!
Los violetas de los siglos
se posan ante ti.
El ocaso revisa
su regimiento de zafiros;
¡su roja despedida para ti!
Para ti, malla de hielo,
muslo de granito, tendón de acero,
indiferente a la pompa y a la partida.
¡Oh, teide,
ante ti estoy inmóvil, de rodillas!

 

Las diferencias entre las dos versiones, aunque no son sustanciales, sí que evidencian el cuidado que Emily pone siempre en elaborar el poema. Además, la segunda versión es más precisa y más dramática al pintar un cuadro del Teide que se ajusta a la impresión de fuerza que posee ese paisaje. También el uso de la exclamación y del verso corto en la segunda versión crea una visión mucho más dinámica del cuadro que la poetisa pinta con admiración. La utilización del verbo «retreat» en lugar de «recede» en la segunda versión añade un matiz de misterio a la contemplación del inmenso guerrero de roca, puesto que no intenta simplemente alejarse, sino que hay en esa actitud un deseo de esconderse. Sin duda la opción del verbo «retreat» subraya esa cualidad humana que se le da al paisaje del Teide. Este es un colosal luchador que ha visto impertérrito el paso del tiempo. La gigantesca montaña se aleja como recogiéndose en sí misma mientras que «los violetas de los siglos» se detienen atónitos y reverentes ante este portentoso despliegue de hermosura y fuerza. En la primera versión los «violetas de los siglos» se paran sorprendidos pero no reverentes ante el espectáculo. En la primera versión el día que «deja caer su rojo adiós» es femenino y en la segunda masculino. Esto no es extraño porque ese tipo de ambivalencia con respecto al género se da en la poesía dickinsoniana (9). La personificación del Teide en la segunda versión es mucho más vigorosa. Emily personifica a la montaña como un aguerrido luchador «malla de hielo, muslo de granito y tendón de acero.» En la primera versión, en cambio, se habla del mismo guerrero pero con «ojo de granito y oreja de acero» dándole una humanización más espiritual que física. Igualmente en la segunda versión se crea una impresión mucho más poderosa al hablar del pico del Teide como «indiferente a la pompa y a la partida» y no «pasivo ante la pompa y la partida». Asimismo, se deduce en la segunda versión una actitud displicente del poderoso volcán que sigue anclado en sí mismo indiferente al paso del tiempo. En la primera versión la actitud es de simple pasividad. Por último, en la segunda versión los versos finales vuelven a ser admirativos y reverentes y esta actitud culmina en el último con la postración de rodillas de la poetisa que así contempla al gigante que ha visto pasar el incontable reloj de las horas. En la primera versión el «yo» es un «nosotros» suplicante y quizás abatido. Esta finura de matices que Emily Dickinson consigue de una a otra versión subraya su delicada sensibilidad y su artesanía poética.

No cabe duda de que la versión más lograda es la segunda y así lo debió de entender Emily Dickinson al pasarla a limpio y firmarla para enviársela a su atenta lectora, su cuñada y amiga Sue Gilbert. En esta segunda versión, la poetisa se acerca más a lo que la realidad de la contemplación produciría en un visitante sensible. La majestuosidad y fuerza del volcán se impone sobre el contemplador. La poetisa no imagina la geografía ricamente variada de las islas que conforman y acompañan al Teide pero, en cambio, sí logra plasmar con vigorosa pincelada el accidente geográfico más característico de estas islas. Emily ha logrado penetrar sin haberlo visto -¡milagro del arte!- en esa plegaria de piedra que se yergue ilusoriamente entre dos azules, el mar y el del cielo. Esa piedra que Emily imagina cubierta de nieve recibe de la poetisa de Amherst un admirativo homenaje. Y la admiración se manifiesta, en primer lugar, ante la mole del inmenso pico que parece esfumarse tras la gasa con que las brumas cubren su falda. Por otra parte, el glorioso volcán parece un noble guerrero ante cuyo porte sobrecogedor el sol rinde la pleitesía de su regimiento de zafiros. Esta personificación del paisaje del Teide (el volcán como un poderoso guerrero y el sol como valeroso general de un regimiento de zafiros) es particularmente acertada porque, por medio de ella, Emily consigue llegar a la dimensión más profunda de su visión de la naturaleza. Este paisaje ha visto fluir incontables siglos, repetidas puestas de sol en cromático despliegue de numerosas y sucesivas despedidas, y se yergue indiferente en su muda majestad. La naturaleza es, en definitiva, ajena a la problemática existencial del hombre.

Emily es en este poema, como en tantos otros suyos, penosamente consciente de la ironía de la naturaleza. A pesar de la belleza y de la fuerza que un paisaje puede tener, la realidad es que está ajeno al devenir interior del ser humano, a sus alegrías, a sus aspiraciones y a sus miedos (10).

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Notas
(1) Para un estudio de Emily Dickinson en castellano y una extensa bibliografía, véase mi libro Vida y obra de Emily Dickinson. Madrid: Editorial Alfaguara, 1974.
(2) La traducción de la palabra inglesa «prancing» que literalmente significa «cabriola» y que, por tanto, alude al movimiento del caballo que se menciona en el verso anterior, me he permitido traducirla con el vocablo «inspirada».
(3) Todos los poemas citados vienen de la edición de los poemas de Emily Dickinson hecha por Thomas F. Johnson, The poems of Emily Dickinson. Cambridge: The Belhknap Press, Harvard University Press, 1955. De aquí en adelante los poemas se citarán por el número que tienen en la edición de Johnson. El que reproduzco en la cita tiene el número 1263.
(4) En una carta de Emily Dickinson al coronel Higginson dice que su padre le compra todos los libros que ella quiere pero le ruega que no los lea porque «falsean el entendimiento». Véase la edici6n de Jhonson de las cartas de Emily Dickinson, Letters of Emily Dickinson. Cambridge: The Belknap Press, Harvard University Press 1958, carta núm. 261.
(5) Los poemas de Emily son, en cierta manera, cartas para comunicarse con el mundo. Ella misma lo dirá de la siguiente manera en un poema: «Esta es mi carta al mundo que nunca me escribió a mí». (poema núm. 441).
(6) Véanse los siguientes poemas en la edición de Johnson: 48, 59, 73, 80, 119, 124, 137, 159, 199, 202, 235,285,300, 373,375,395,452,481,498,534,541,555,602,628,841,914, 1.046, 1.146, 1.174, 1.237, 1.502, 1.628, 1.642, 1.677, 1.754, 1.768.
(7) Véase mi trabajo «Un poema de Emily Dickinson al Teide» en el suplemento «Letras de Canarias» del periódico El Día (agosto, 1972): 10.
(8) Véase la edición de Jhonson ya citada, tomo II: 512-513.
(9) Véase por ejemplo el poema núm. 494 en la edición de Johnson citada antes.
(10) Sobre el Teide hay una primera referencia en el poema núm. 300 de la edición de Johnson.

El ensayo sobre Emily Dickinson y Canarias de la poeta y catedrática Ana María Fagundo fue tomado de la versión impresa de Poesía n.º 127

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