Encuentro

Ana Enriqueta Terán

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A veces, sobre la sinceridad, siento que me quedo como si se me viera el hígado.

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Esto es una verdad total, si hubiese nacido en otra época o con una gran posición política, yo no me hubiera sentido con la grandeza con que me siento por el solo hecho de ser poeta. Nunca he pensado en títulos, en dinero. Soy poeta y es para mí lo más grande.

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Los poetas somos otra cosa. Los poetas no somos inteligentes me decía Ramón Palomares. Los poetas, sí, somos otra cosa.
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Y mi infancia, aquella niñez, fue una vida bella podría decir, extraordinaria. ¿Cuándo naciste tú? Entonces, recuerdo, yo decía el cuatro de mayo de mil novecientos dieciocho en Santa Elena una noche de tempestad. Siempre lo contestaba cuando chiquita porque lo oía de mi madre: «Ana Enriqueta nació en la Hacienda Santa Elena…». Hoy en día es el barrio Santa Elena de Valera, un barrio popular. Y aquella hacienda era de mi padre, una hacienda de caña. Recuerdo que en ese tiempo siendo una niña bajaba un escalón o lo subía y con ello sentía una felicidad enorme, una tremenda euforia y luego venía una gran tristeza. También recuerdo los domingos de una manera muy especial, los jardines, las enredaderas, los caballos atados a las ventanas, los sonidos que han desaparecido y los recuer­do con nostalgia, sonidos de mi familia, de mis tíos, hombres de a caballo, el sonar de las espuelas que reconocía cuando venía por el zaguán, no por sus pasos sino por la forma peculiar de cada una de ellas, cuando las escuchaba. Mi gente era gente hermosa, muy sana y muy profunda. Nada superficial, había sí unos más inteligentes que otros, pero con profundidad siempre, tanto para amar como para odiar. Nadie existe que recuerde frívolo, ni en mujeres ni en hombres.

Sin embargo, tengo recuerdos de figuras de hombres perdién­dose en la niebla, de espaldas, nunca de frente, siempre yéndose.

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Los niños en Trujillo tuvimos una infancia muy fina, diferente de cualquier niñez. Aquí hasta se llora distinto, con sentimiento y sin malacrianza. Algo común, una infancia de bocetos. Los juguetes entre nosotros son los mismos, hechos en la casa, de flores, de vege­tales. Mantenemos un friso de ancianas, presentes, solteronas, tías solteronas. Un friso bello de mujeres viejas, contando cuentos her­mosos.

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Nosotros los trujillanos tal vez tengamos muchas cosas en común —somos familias conversadoras y de mucho anecdotario- pero mi casa era especial. En ella se leían los poetas clásicos españo­les, el Siglo de Oro, el romancero. Todavía nos sabemos roman­ces españoles, canciones de cuna matizadas en Venezuela. A mí me decían siendo muy pequeña: «La reina mora/ que a veces canta/ que a veces llora». Y tantos, pero tantos romances en nuestra memoria. Luego serían mis lecturas, ya adolescente en Caracas, de Machado, Lorca. Era una muchacha de diecisiete, dieciocho años.

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En Trujillo lo que hay es una gran soledad, pero con una pasión en todo. Se habla del pasado. Mi hermano Luis Daniel recuerdo, sin embargo, que decía: «En Valera no se puede hablar sino de caña, de mujeres, de gallos y del calibre de los revólveres». Era un hombre excepcional, brillante.

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Yo soy lo que era mi casa. Soy lo que era mi gente. Mi madre nos leía El Quijote y mi padre le decía: «¡Pero si no entienden!», y contestaba mi madre: «Sí entienden y si no se les hace el gusto». Se leía la literatura romántica, a Rubén Darío que fue como el pan nuestro. Había una devoción por gente, poetas, como Alfredo Arvelo Enriqueta, su hermana, muy amiga de mis tías. Era la admiración, culto por las cosas del espíritu, el intelecto. Nunca faltó la literatura colombiana, tampoco los modernistas. Y yo crecí en ese caldo, el de mi bisabuelo D. Juan Manuel Carrasquero «el hombre de las letras trujillanas» según dijera Cecilio Acosta. Existía correspondencia de Martí, entre otros. Es increíble la cultura que tienen estos lugares. De D. Juan Manuel recuerdo sus cartas de amor, su finura, su calidad extraordinaria.

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Desde muy niña, no recuerdo, empiezo a escribir. Recuerdo sí que un día -Andrés Eloy Blanco vivía por entonces asilado en Vale­ra- me castigaron en el colegio, situada frente a la casa de los Blanco. Entonces me mandan a almorzar para allá, y estando yo en el co­medor el Dr. Blanco se queda con una caja de galletas donde yo guardaba todos mis borradores, mis cuadernos, y se pone a leer poesía mía, y luego llama a mi madre y le dice «comadre, tenemos un poeta, aquí tenemos un poeta». Esto demuestra que yo escribía desde muchísimo antes. Eran canciones de infancia que le gustaban mucho a Mariano Picón, quien luego se sintió desencantado cuando me puse a escribir otra poesía.

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No tanto el paisaje, sino lo concreto, el entorno, mejor, que es decisivo en mi poesía, que me nutre, como si lo de afuera me hiciese aflorar lo de adentro. Tan es así que cuando estoy cerca del mar mi poesía se llena de lo que el mar significa y ahora, que estoy aquí, en Jajó, yo sin querer, hasta el clima como que me influye. Es ser trans­parente al entorno, sí, hecho de las cosas grandes, de las menudas. Soy una persona abierta a todo lo que me rodea, pues tengo los sentidos agudos: los oídos, el olfato, el tacto. Con el olfato soy un sabueso y con el tacto vivo todo el día, a la edad que tengo, acopian­do texturas en mi memoria, son los libros que toco, las telas, mi entero alrededor, todo lo que me rodea lo sigo con estos años como si fuera un niño que está haciendo su inventario. Quizá esto expli­que los cambios de casa, de lugares y es que cuando termino por conocer las cosas me aburren, quién sabe si será esto. Se que puedo tocar las cosas, sus texturas sentirlas, en mi memoria, aquella lámpa­ra, este radio. Tal vez sea bueno o malo o qué, pero es así.

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Puedo y tengo un gran rapport con los campesinos, con la gente pu­ra, pero no con esta clase pueblerina… y el mundo de los comer­ciantes, los millonarios, ese mundo me aterra. Nada encuentro, me fastidia, no por ser millonarios -que hay gente entre ellos diferen­te-, sino los millonarios per se, gente de dinero.

Ya no puedo hablar con el común de las personas, me vuelven áspera, impaciente.

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Creo en la sacralización de la poesía. Es posible que sea un poco demodé, pero debe haber algo sagrado en mí, en una parte. Así lo siento, por eso mantengo un ritual para escribir: me levanto, me arreglo, me maquillo, me siento frente al papel, -no de cualquier forma-, con tacones altos. Me quedo un rato pensando, me persigno y empiezo con un gran respeto.

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La poesía es mi tabla de salvación, como una válvula de seguri­dad. Por eso tengo que escribir. El poema comienza a darme vueltas, empiezo a reunir, hasta que escribo. Y otra cosa que me ocurre, no sé si le sucede a otros poetas, es que llego a ciertos límites, a ciertas zonas y en ese momento me da miedo pasar, pues me parece que de hacerlo me sucedería algo terrible. Ahí me quedo, no en el lado de allá, sino de acá. Nunca he querido atravesar esa línea. ¿Qué es eso? Sabes que estás imposibilitado de dar un paso más, hay un peligro, algo se arriesga.

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Hay hermetismo y también erotismo en mis poemas, pero esto último no es directo. Trato de incluir todos mis sentidos, por ejem­plo en el canto a las frutas de la Autobiografía.

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La vida me ha dado la respuesta de muchas cosas que he escrito. Como un don profético. Cuando me sucedía esto me asustaba mu­cho. No es esoterismo, pero la palabra tiene peligros inauditos.

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La experiencia mágica fue en Morrocoy cuando cantaron aque­llos cantos de la muerte, era un contrapunteo, entre un margariteño y un coriano y, empezaron cada uno a pelotearse a la muerte. Yo me decía el que pierde se muere y nos fuimos poniendo todos en una angustia tan grande que dije: «Esto se acabó». Corté el canto. Es la experiencia mágica más profunda que he tenido. Era interminable y los hombres estaban agotados, buscando temas, la salvación.

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Con la intensidad y el magnetismo de Andrés Eloy Blanco nunca he visto a alguien. Era impresionante, con una voz maravillosa, especialmente cuando recitaba poseía. Es extraño. Lo oía, y cuando llegaba a la casa y buscaba el poema, me decía «pero este no es el mismo poema». Es que no he conocido a más nadie, tantos grandes poetas, Alberti, otros, pero ninguno con la fuerza de Andrés Eloy. Un poeta que me salva. Resulta que tenía los clásicos, los poe­tas modernistas, los colombianos. Todos válidos y a quienes no les quito su valor, pero pudieron llevarme por otro camino. Fue cuando el Dr. Blanco da como un tajo y me entrega a José Juan Tablada, el mexicano, «Esto es lo que debes leer». En una carta que remite a mi madre escribe: «… deseo que lo lea bien Ana y se penetre bastante de la manera de hacer la imagen nueva, breve, rápida…».

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Siempre he sido fiel a mi idioma y a la poesía castellana. Creo que poca gente se ha sentido en su lengua como me he sentido yo. No tengo ninguna nostalgia por otro idioma. No sé si es bueno o malo pero es así. El castellano de mi familia se convirtió en una lengua del clan. El clan familiar y en él estoy circunscripta.

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La métrica que para otros puede ser prisión en mí ha sido liber­tad, alegría y sustentación. Un gran apoyo. Es quizá lo que para el pintor la tela, los colores y los pinceles signifiquen. Y no es un facilismo, pues es casi siempre algo que tienes que vencer, un reto. Además es un triunfo aparejado al contenido del poema. Me siento con las formas clásicas como caminando sobre un terreno firme, segura. Una ayuda a la creación como la tangente, ayuda a lo inespe­rado, lo absurdo. De pronto ella retoma el poema, me dirige o me saca. Sin embargo, escribo también en verso libre, la mitad de mi obra, pero sé cómo mantenerme separada: nunca los versos libres se contaminan con la métrica, no hay asonancias que son terribles, ni endecasílabos, ni alejandrinos ni octasílabos. Son otra cosa. Deben estar muy separados, cada cosa en su lugar. Ni lo contrario.

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Me interesaron los poetas franceses y quizá no se sientan en mi es­critura, pues su llegada es cuando ya tengo mi camino. Fue un des­cubrimiento encontrarme con Rimbaud, Lautréamont. Cuando leí Perse en Morrocoy después de escribir un libro, un canto al mar, me quedé aterrada. Una cosa espantosa, pareciera que hubiese hecho con él una imitación y rompí todo. También fueron los alemanes, Hölderlin, Novalis… Todos, con el placer de la lectura, no en bús­queda de influencias.

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Estoy cercana a los poetas venezolanos. Todavía me emocionan muchísimo Lazo Martí, de una manera legítima y honda, Andrés Bello con su «Zona Tórrida», Pérez Bonalde, Planchart, Andrés Eloy Blanco, José Antonio Ramos Sucre, aunque no estoy en su línea, Enriqueta Arvelo L. No los niego y siento que mantengo esla­bones con ellos.

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En la poesía venezolana existen pocas individualidades de gran poesía, pero una poesía sí global, grande. Quizá en Chile, Argentina, Uruguay haya poetas importantes pero sin la calidad que nosotros tenemos como conjunto. Aunque podría ser un problema de difu­sión. Quiero decir que no poseemos figuras señeras.

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No me disgusta la poesía joven que se está escribiendo en la actua­lidad en Venezuela. Se está haciendo bien, técnicamente muy bien, no se le encuentran fallas, aunque noto como una especie de uniformidad que se encuentra en un gran poema de gran calidad que pudiese ser firmado por muchos. La mujer ha irrumpido en el medio y lo logra con altura, pero afincada hacia adentro sin que el entorno incida en el poema. Una poesía intimista, bastante, y una intimidad a veces muy tonta.

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A Rubén Darío estos días lo estaba releyendo y pensé: «A los poe­tas jóvenes les hace falta unas góticas de Rubén». Hay que leerlo otra vez.

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Me agrada encontrarme en versos hechos por otros poetas. Me digo: «Aquí estoy yo, aquí me veo», pero no he hecho escuela. Pien­so que haya una influencia no directa, inconfesa. Algunos poetas jóvenes en contacto con mi poesía, han tenido un vuelco, hacia una poesía más tierna, como tácito el asunto, y nunca tocamos el tema.

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Escribo casi todos los días, ahora lo hago por la mañana, todos los días. Estoy escribiendo una Autobiografía en tercetos que empeza­ra como una cosa pequeña y ya va de largo. Es toda una especie de in­ventario de lo que he visto, amé con mis cinco sentidos, lleno de nos­talgia. Que sea como vi las cosas y teniendo ya muy presente la muerte, teniendo muy presente que no voy a estar y que esa visión y esa versión es mía, lo que va a quedar de mí.

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Vuelvo a Trujillo como a un retorno. Vine, quise capturar todas las imágenes de mi infancia, aquel mundo que había vivido y en rea­lidad lo hice porque mi libro Casa de Pasos, el último, escrito aquí en Jajó es eso, un volver. Salí de acá a los catorce años, viajé mucho. Sobre todo viví cerca del mar: Puerto Cabello, Morrocoy, Margarita. Ahora me hace falta el mar.

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La entrevista (Encuentro) fue realizada en el mes de septiembre de 1989 en Jajó, Edo. Trujillo, Venezuela. Las preguntas fueron discutidas y preparadas por Reynaldo Pérez So, Adhely Rivero y Pedro Velásquez Aparicio. Y está publicada en el número 79 de nuestra edición impresa.

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