Epitaphs of the War

Trad. Víctor Manuel Pinto

 

 

A.R.M.A

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Yours is the Earth

Kipling

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/Batalla crítica

A partir de una mutación jónica del dialecto eólico, Homero significa rehén. Numerosos eruditos de la Cuestión Homérica aún persisten en que el célebre aedo formó parte de un grupo de esclavos, todos hijos de prisioneros de guerra, encargados de memorizar y cantar las heroicidades del ejército que derrotó al pueblo de sus padres. De acuerdo con tal hipótesis, los vencedores no solo liquidaban a las milicias, sino también al lenguaje, a la historia y a la cultura del país enemigo. Esta tesis (unitaria) genera polémica porque expone que la reproductibilidad y trascendencia de los cantos del Ciclo troyano, finalmente condensados por un hombre llamado Homero, se debió, en gran medida, a la imposición marcial; al formateo y la forzada reconfiguración de la memoria cultural de un prisionero para la reescritura épica de las empresas de sus captores, codificada en hexámetros dactílicos.

Estos rapsodas, cautivados por Ares, también forman parte del relato homérico defendido por los teóricos analistas; quienes afirman que Ilíada y Odisea son el resultado de un trabajo colectivo, sostenido a través de los siglos por un vasto linaje de cantores errantes y analfabetas. Según los analistas la palabra Homero solo es un rasgo identitario utilizado desde la antigüedad para aglutinar a toda una inmensa tradición poética. Por su parte, los unitarios alegan que sí, efectivamente la obra homérica ha sido sostenida por muchos, pero su origen se debe a un solo hombre: un esclavo, un soldado, un ciego que legó sus rapsodias a la posteridad por la vía del dictado rítmico. La beligerante controversia entre unitarios y analistas continúa. Sin embargo, son los postulados de los segundos los que actualmente prevalecen. Y es que la misma batalla crítica en torno al aedo, documentada en cuantiosas investigaciones sobre su origen, se ha convertido en la prueba de la lógica organización de la obra homérica desde mediados del siglo VII a.C hasta nuestros días.

En 1979, Gregory Nagy, catedrático de Harvard, añadió ingredientes concluyentes al caldo de la discusión entre ambos bandos de la crítica. Nagy, como en el pasado reportó Cicerón, coloca la llamada recensión pisistrática en el centro del debate, resaltando que el legado homérico no solamente es un trabajo colectivo, sino que, rozando tangencialmente la teoría del poeta cautivo, Ilíada y Odisea sobrevivieron al tiempo debido a una imposición del poder político. El helenista nos recuerda que fue el tirano Hiparco, protector de Simónides, Anacreonte y otros poetas griegos, el primero en introducir en Atenas los dispersos poemas homéricos, prescribiendo a los rapsodas de aquel tiempo la compilación y la copia de dicha poesía, así como su obligatoria interpretación durante las fiestas Panatenaicas. Aunque desconocemos las motivaciones de Hiparco para ordenar la redacción de aquella épica, sabemos bien que la búsqueda de filiación con la ética de dioses y guerreros ha sido manual y premisa de los poderosos para justificar sus posiciones de mando.

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La tecnología mental del artista nos proyecta el pasado a través de su obra. Alejandro, el magno de Macedonia, comprendía esto muy bien. Fueron los artistas y poetas los historiadores primigenios de Occidente. Por eso el segundo Aquiles se convierte desde niño en un fanático de los cantos homéricos; es un gran conocedor y protector del arte, especialmente el griego. Suyo será el verso español de más potencia silábica, el de la marcha épica. Es célebre la urbanidad con la que el joven rey dominó a la ciudad de Atenas, cuna de sus muchos héroes y maestros. Otros pueblos, los bárbaros, no contaron con la misma cortesía del macedonio y sus culturas fueron aplastadas por los cascos de Bucéfalo. Los sangrientos caminos allanados por las armas de Alejandro serán cauces para el flujo cultural del naciente mundo helénico, por lo que no es casualidad que sea en una de las ciudades del rey, en la Alejandría egipcia, donde los editores y directores del Museo alejandrino realizaron, siguiendo la copia de Hiparco, la primera fijación textual de los cantos homéricos; piedra angular de las obras maestras que estudiamos en la actualidad.

Con el declive del periodo helénico y el ascenso de una nueva hegemonía, los cantos bélicos de la Grecia arcaica comienzan a sobrevivir a través de las reescrituras, la traducción y las versiones. Envenenado en Persia a los 32 años, Alejandro deja tras de sí un sistema de autoridad que es suplantado por césares y legiones. Los trazos del mapa conquistado por el feroz macedonio son ahora las venas y arterias por donde fluye el vigor de la nueva potencia, erigida sobre la cosmovisión de los helenos. Siguiendo la metodología de Hiparco, en procura de establecer vínculos genealógicos entre Roma y los héroes antiguos, Augusto, primero de los emperadores romanos, acude al poeta Virgilio, quien dedicará el mismo tiempo que duró el sitio de Troya a su reescritura de Ilíada y Odisea. En los doce libros de su epopeya, Virgilio convierte al aguerrido troyano Eneas en el nuevo Odiseo grecolatino; simiente mítica de los ferales Rómulo y Remo.

Será precisamente en Roma, en el siglo III a.C., donde un preso de guerra cambiará para siempre la cultura literaria del Imperio. Después de ser capturado en la ciudad griega de Tarento, el joven Andrónico es trasladado a la ciudad de las siete colinas para servir como esclavo doméstico. Su trabajo ahora consiste en educar a los hijos del amo, un aristócrata llamado Livio, en materias como el griego, la épica, la tragedia, la lírica y la comedia. Luego de años de cautiverio, Andrónico es liberado y toma el nombre de su viejo dueño, quien lo ha recomendado a los sabios por su notable talento. Lucios Livius Andronicus ahora recibe numerosas comisiones para traducir obras griegas de relevancia para la época. Pronto se convierte en una figura estelar del espectáculo de Roma. Sin embargo, su pase a la posteridad lo consigue con la primera traducción de Odisea al latín. Homero y su leyenda comienzan a respirar en la lengua culta del poder.

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/Homeridai & Guslari

En el principio, el fuego primitivo propició el desarrollo de la comunicación simbólica. Congregados en torno a la lumbre nocturna, los antiguos cantaron a los astros, los fenómenos naturales, la muerte y sus misterios. La instrumentación letal del fuego, equiparable con la instrumentación creativa del lenguaje, convirtió a estos elementos en armas duales e imprescindibles en las guerras entre los hombres, quienes se vieron seducidos por la gloria y la inmortalidad que los poetas otorgaban a los combatientes. Vivos o muertos la guerra era el pasaje a la perdurabilidad del linaje; la sangre. Desde tiempos de piedra, hierro y bronce, perpetuar los nombres y hazañas de los más bizarros ha sido la misión asumida por un contingente de rapsodas. Sus canciones no solo han servido como estímulo espiritual a sus naciones, sino también arsenal ideológico de sus líderes. Esta misión no siempre es ejercida de manera consciente, lo que convierte a los factores de la poesía en obreros manipulables, animados por los vapores de emociones bajas como la la ira. Si Homero realmente devino producto de un experimento militar, si en verdad fue una suerte de autómata programado para eternizar las glorias de sus captores, el padre de la literatura occidental, el clásico y universal, sería entonces el ancestro de los escribas serializados; cautivados por el dictado de la hegemonía de turno.

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Al margen del maniqueísmo entre analistas y unitarios, una tesis que más bien propuso el casamiento de sendas visiones fue el argumento de los ocultos homerídai: clan que tuvo como oficio la preservación de la obra homérica, desde una perspectiva ocultista y ritual. Si parte esencial del Ciclo troyano fue escrito bajo coacción, puede ser asumido como un acto de guerra, por lo tanto la universalidad estética inherente a sí es susceptible de ser cuestionada. Sin embargo, como tal puede servir para cifrar un mensaje distinto, una sobrecodificación donde el canto a la guerra encubra otro conflicto, aquel de las búsquedas místicas; despertar y educar otra sensibilidad que podría no ser la del vencedor. Radicados en Quíos, los homerídai se dedicaban a descifrar claves esotéricas y misterios órficos velados entre los cantos homéricos, preservándolos a través de una reproducción cuidadosa, especialmente delimitada por parámetros religiosos.

Este selecto grupo de griegos creía que un único aedo era el responsable de la composición de Ilíada y Odisea, y que dichos cantos —como el oficio del clan lo demostraba— habían comenzado a zurcirse, de generación en generación, alrededor del árbol genealógico de la poesía. Pero todo cambia si asumimos como estricta la traducción rudimentaria del término homeridai. La lectura etimológica del mismo derriba los trípodes del culto y nos despliega en los campos de batalla. Homeridai esencialmente significa los hijos de un rehén, aquellos potenciales traidores a quienes los generales griegos, ante la imposibilidad de usarlos como tropa, les impusieron la sinuosa memorización de miles de versos.

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Similares a los homeridai se ubican en la región de los Balcanes a los guslari, rapsodas épicos de la antigua Yugoslavia. Si para los hijos de Homero la religiosidad era un aspecto dominante en la interpretación y el resguardo de la obra homérica, para los guslari el espíritu combatiente y el exacerbado amor por la patria serán los fundamentos de su épica. Cuando Milman Parry llegó a los Balcanes en busca de los guslari, lo primero que le dijeron los poetas de Bosnia fue que se hiciera con un arma. Durante años la región ha sido ocupada y sometida por naciones extranjeras, por lo que el territorio en una zona de peligro. Abundan forajidos y facciones armadas que imponen sus propias leyes. Los serbios, por ejemplo, han conocido en carne viva lo que es una invasión, pero los guslari no cantan la canción del vencedor.

La orgullosa épica balcánica lleva a Parry y al juvenil Albert Lord (quien será maestro de Nagy) a realizar experimentos auditivos con los poetas populares de Bosnia, Herzegovina y Montenegro, donde buscan similitudes entre la estructura oral de la épica griega y la cantada con la cuerda del guslar. Parry, estudioso de los epítetos adosados a los aqueos por Homero, descubre con sus grabaciones que los rapsodas de los Balcanes, al igual que los helenos, se valen de ciertas apoyaturas rítmicas como recursos mnemotécnicos para los andamiajes narrativos de sus epopeyas, a menudo prolongadas por horas, matizadas con alcoholes, bailes y llantos.

Los epítetos conferidos por el valor, la belleza y la furia asesina son la barrica que conserva la sangre de la épica. Cada hombre, cada zurcidor, imprime sus propios acentos y cadencias a los cantos inspirados por la guerra de Troya. Homero no es un individuo. Un colectivo anónimo ha sido el mecanismo básico de la colosal épica antigua. Esto es lo que concluye el filólogo Friedrich A. Wolf en el fragor del romanticismo. Impulsado por el espíritu de su tiempo (c. 1795), el germano toca el clarín que abre la batalla de la Cuestión Homérica, casus belli entre los bandos unitarios y analistas. Wolf establece, como lo hicieran los bibliotecarios alejandrinos, que el manuscrito de los escribas de Hiparco es, en definitiva, la piedra angular de un templo llamado Homero. La voz poética zurcida a otra voz es lo que ha servido como filamento para el tejido de la épica desde la antigüedad. Esta será la tesis de la tradición oral expuesta por Parry, Lord, Gregory Nagy y otros helenistas.

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3 de diciembre de 1935. Los Ángeles. El seco fogonazo de un disparo ilumina una de las ventanas del Palms. Junto a la maleta revuelta, sobre la alfombra enrojecida, yace el cuerpo de 32 años que los detectives identifican como Milman Parry, natural de Oakland. El arma, adquirida en Bosnia, entró al país en la valija del occiso. Mientras la nerviosa Marian Thanhouser, esposa del académico, es interrogada por la policía, Albert Lord, el fiel asistente, rescata las cintas y cuadernos del maestro y los conserva bajo su custodia por varios años. Las investigaciones del melancólico Parry, cuyas credenciales habían sido rechazadas por Harvard, engrosarán la militancia de la Composición oral-formulaica, noción que revolucionará para siempre los estudios de la épica.

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/Kosovo

El 15 de junio de 1389, la épica de los guslari cambia para siempre. El otomano Murad I, el sultán divino, se enfrenta a una seguidilla de derrotas que lo llevan a marchar hacia Kosovo como estrategia salvadora de su imperio. Las fuerzas de Serbia, lideradas por el príncipe Lazar Hrebeljanović, tratarán de impedir el avance turco con el costo de su sangre. Durante días los buitres negros devoran miles de cuerpos en el campo de los mirlos. Finalmente, los turcos enarbolan sus pendones en la cima de una montaña de occisos. Comienza la ocupación musulmana de la región y con esto la revolución de la poesía local, que comienza a responder a la invasión exaltando a los héroes balcánicos que destacaron en la batalla. Los laureles de Kosovo son para el sultán Murad, pero este, al final de la pelea, es asesinado por un serbio que logra infiltrarse en su tienda. Al menos esa es una de las versiones que comienzan a circular en la épica de los guslari, quienes dedican sus cantos al estandarte bélico de su lenguaje y su historia, bienes esenciales de su nación.

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La guerra y la ocupación dejan cicatrices en la psique de varios poetas balcánicos, quienes embellecen sus derrotas con en el alcohol del nacionalismo. En 2008, cuando en líder serbiobosnio Radovan Karadžić fue capturado y puesto a la orden de La Haya, Slavoj Žižek escribió en un diario español sobre la patriotería que gobierna desde hace años al espíritu de la poesía de los Balcanes. Radovan Karadžić es psiquiatra y poeta, por lo que Žižek destaca la faceta literaria de Karadžić, al margen de su calidad, mediante la acepción psicopatológica del término complejo. El esloveno acusa a las generaciones poéticas de Serbia, especialmente a las correspondientes a los 60 y 70, de ser responsables de henchir el orgullo, el odio y la xenofobia en la antigua Yugoslavia; sentimientos y valores distorsionados que el filósofo encuentra en la poética de Karadžić, por quien los Estados Unidos solicitaban una millonaria recompensa.

Žižek también acusa a los poetas serbios de invocar al superego, fuerza que posee a las masas empujándolas a la anarquía y la autodestrucción. Dice que la poesía de Karadžić canta a la orgía, la guerra y sus crímenes atroces. Aunque es considerado como un héroe en su tierra, el poeta Radovan recibe cadena perpetua en 2019 y su condena revive odiosas controversias. Como hemos visto, el sombrío romance de los poetas serbios con sus líderes políticos y militares no es no es nada nuevo y se debe a terribles experiencias. Basta con recordar al movimiento independentista de Serbia, librado contra los turcos entre 1804 y 1813. Los serbios serán nuevamente aplastados por las armas otomanas, sin embargo, la épica del guslari no cesa de enaltecer a sus mártires. En aquella pelea servirá el guslari Filip Višnjić, el Homero serbio, cuyo canto fue la pólvora de la revolución durante varios años. Al igual que el mítico aedo griego, Višnjić era ciego y errante, condiciones que no le impidieron ser una de las piezas más beligerante de la resistencia, cantando con gallardía las hazañas del valiente Lazar y todos los héroes de Kosovo.

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El rubio Ratko Mladic tuvo una infancia obscurecida por las pérdidas. Vivió de cerca el desmembramiento del viejo Reino de Yugoslavia por la Alemania nazi y creció sin la presencia de su padre, asesinado por una organización paramilitar croata, complotada con nacionalsocialistas y el fascismo de Italia. El joven Ratko vive sembrando yerbas de rencores que encuentran en la estaca nacionalista el huésped para enredarse. Con tan solo los 15 años, el dorado Mladic se enrola en el ejército de su pueblo. Combate y asciende rápidamente. Sus hombres lo idolatran porque dispara, come, ríe y sangra junto a ellos. Mladic se convierte en un consagrado en el ministerio de las armas. Laureado como general obtendrá el cuchillo del carnívoro, el mismo con el que perpetrará uno de los crímenes más notorios de la historia bélica contemporánea.

Cuando Ana Mladic, hija del general, supo a través de la prensa extranjera que su padre era uno de los carniceros de Srebrenica, la vergüenza la llevó a suicidarse con el arma más valiosa de la colección familiar. Ratko le ordena al forense que le entregue la bala extraída del cráneo de su hija y desde entonces la lleva como amuleto. La nueva épica serbia, vibrante en las gargantas de las marchas callejeras, exalta estas tragedias y condecora a sus protagonistas como dignos sacrificados. Este encantamiento por la dirigencia castrense es el complejo militar-poético al que se refiere Žižek. El eje referencial de su tropo es la maquinaria advertida por uno de los verdugos de Dresde. En 1961, el ex general Dwight Eisenhower alertó al mundo entero al desentrañar los parásitos que se revolvían en las vísceras del águila calva: el complejo militar-industrial; poderosa entidad financiera que produce y reproduce la guerra como medio y como fin, principalmente a través de la fabricación de sofisticados arsenales materiales e inmateriales para las contiendas por territorios e ideologías. Este complejo militar-industrial, con ese potencial para aumentar desastrosamente su poder e influencia, tanto más augurado que denunciado por Eisenhower, incorporaría a su parque de armas dispositivos psicológicos para la invasión y desestabilización de la psique de sus cautivos, con severas consecuencias en la percepción de sí, como individuos y sociedades.

Los bombarderos stealth del complejo amontonan cuerpos cuya sangre compite con toda la derramada en Srebrenica. Sin embargo, los factores del lobby militar, como sus oscuros aviones, también tienen la capacidad de hacerse indetectables para los radares de la justicia. En 2020, la misma Corte que procesó a Karadžić y Mladic puso la lupa sobre las fuerzas de ocupación estadounidenses en Afganistán. Fatou Bensouda, fiscal de la CPI, notificó al entonces secretario de Estado de la Casa Blanca que su ejército estaba siendo investigado por la presunta aplicación de torturas en cárceles de Afganistán y casas seguras de la CIA, donde muchos musulmanes, según documentos filtrados, han sido masacrados. Los precedentes de estas denuncias ocurrieron años atrás, cuando amparado por la lucha contra el terror el Nobel de la paz, Barack Obama, ordenó más de 500 ataques con drones, enviando a casi 4000 mil personas a la morgue. Afganistán encabeza la lista de los bombardeados. El rubio Donald fue mucho más lejos. Con el objetivo de negociar la retirada estadounidense de Kabul, el magnate delegó la voz de fuego a los comandantes de campo, quienes ni siquiera debían reportar el número de bajas por los ataques gracias a una orden ejecutiva firmada por el mismo Trump, en la que se anulaba el poder expresivo de reportes oficiales al eximir la presentación de datos sobre daños colaterales y otros fatalismos.

Desde todos los rincones cavernosos de Afganistán llegan al despacho de la fiscal Bensouda denuncias de asesinatos y bombardeos estadounidenses totalmente injustificados. Los afganos ya habían sufrido ataques inhumanos por parte de los Мi-24 soviéticos durante los días de la Guerra Fría. Posteriormente, la violencia se hizo cotidiana en la Afganistán de la guerra civil; colofón de la retirada rusa. La abominación Talibán toma el poder y tras el 9/11 el país de las montañas es declarado santuario de Al-Qaeda, una de las organizaciones armadas por la CIA durante la guerra ruso-afgana. En un solo día, en todo el planeta, todo musulmán se convirtió en un elemento sospechoso, por lo que muchos son ahora secuestrados por los agentes de Langley, encarcelados y torturados en el extranjero sin juicio previo. La misma islamofobia que encegueció a los nacionalistas yugoslavos, muta y se convierte, apoyada por las industrias del complejo, en tendencia global.

Cuando la CPI anunció las investigaciones sobre las denuncias de tortura contra los musulmanes, Bensouda fue duramente castigada con un pack de sanciones unilaterales impuestas por Washington. Mike Pompeo, para entonces vocero internacional de la Casa Blanca, acusó a la CPI de promover «intentos ilegítimos de someter a ciudadanos estadounidenses a su jurisdicción». Esto para recordar que los estadounidenses votaron para la creación de un tribunal internacional que castigara los crímenes de guerra, no sin antes dejar claro que, a pesar de apoyar dicho tribunal, Washington no suscribía los estatutos del mismo, por lo que la CPI no tiene ningún poder para juzgar a ningún estadounidense. Con todos los kilos de sus poses, The fat Mike también calificó a La Haya de ser una «institución rota y corrompida». La justicia con los grandes es tan selectiva como las smart bombs de los drones, hecho este con una carga emocional asociada de tal envergadura que es relegado a niveles de la conciencia donde sea menos insoportable: otro rasgo del complejo militar al que Žižek podría haber referido en su lectura a la poética de los criminales de guerra.

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El guslari más extraordinario que encontraron Parry y Lord en sus viajes balcánicos, fue un joven carnicero llamado Avdo Međedović, capaz de memorizar, al igual que los broncíneos aedos griegos, epopeyas de más de 15 mil versos. Durante varios días el poeta del cuchillo recitó los más de trece mil versos de La Boda de Meho Smailagić, célebre canción regional, solo para que Parry escribiera en su libreta que, efectivamente, al igual que Međedović, hubo hombres en el pasado capaces de zurcir miles de versos durante días y noches, para que otros continuaran con el eco, tejiendo una red humana; vibrante y musical. Međedović es el guslari por antonomasia. Orgulloso y errante, fruto de una genealogía con raíces ortodoxas hasta que, misteriosamente, su clan se convirtió al Islam, credo de los archienemigos de Serbia desde los días del divino Murad. El mejor de los cantores épicos en la zona más álgida de la península balcánica devino converso.

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/Señores de la sangre

Protesilao, rey de Tesalia, corrió a la invasión de Troya la misma noche en que contrajo nupcias, y fue el primero de los aqueos en morir en la playa de Príamo. En España, la frenética búsqueda de laureles sagrados también sedujo al marino Miguel de Cervantes, quien arengaba a sus amigos de camarote diciendo que Lepanto era la mayor oportunidad, la única en muchos siglos para alcanzar eso que los antiguos griegos denominaban kleos; gloria otorgada al guerrero por los poetas; síntesis épica del  probado valor en las matanzas.

El precoz monarca tesalio es inmortalizado por Homero en Catálogo de Naves. Dejando a su esposa de rodillas, aun consiente de un presagio fatal, Protesilao salta de su nave a territorio enemigo, pero un arma traspasa sus órganos vitales y cae ya sin vida en la arena. Homero lo honra así: el primero de los griegos en morir. A diferencia de Protesilao, otro español también llamado Miguel, alias barro, se toma una tregua personal en medio de la Guerra Civil Española para irse a casar con la mujer de su vida. La paz es poca. El trabajo de comisario político del ejército republicano pronto le toca la puerta y debe uniformarse sin saber que marcha a una pelea perdida. Miguel Hernández es condenado a muerte en un consejo de guerra por su pedagogía a favor del comunismo. Muchos abogan por él y logran permutarle el mosqueado paredón por 30 años de presidio. Pero es esa romería penitenciaria la que lo mata más temprano. Miguel, el pastor de cabras, muere tuberculoso en un reformatorio de Alicante. Su epitafio podría ser la anécdota que recuerdan quienes atendieron su deceso:

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No pudimos cerrarle los ojos.

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Por su parte, Cervantes se destacó en aquella golpiza sobre mares griegos, donde un volcánico balazo musulmán le destrozó la mano izquierda. Aun así, sangrante en los tendones, el marino contribuye con la victoria de su liga de santos sobre los poderosos otomanos, ramas del árbol troyano. Cuatro años después de Lepanto, retornando de otro enfrentamiento, Miguel y su hermano son secuestrados por piratas y vendidos como esclavos en Argel. Hay libertad para uno solo. Miguel besa la mejilla de Rodrigo y le pide que se vaya a España, pero que vuelva a rescatarlo. Varios años vivirá el marino en su cárcel desértica. Intenta la fuga pero siempre lo traicionan; lo capturan y encadenan.

El nóstos, análogo al kleos, confiere fama a los soldados no por la jornada bélica, sino por el temple mantenido durante el viaje de regreso a casa. Y la vuelta a la patria de Cervantes fue realmente difícil. Sacarlo de la cárcel costó mucho dinero a su familia, siempre al filo de la quiebra. En busca de una casilla en el tablero de la Corte llegó a ser un fastidio para los guardaespaldas del rey. Intentaría viajar a las Indias, a probar suerte, pero en la aduana no aceptaron sus papeles. Para colmo novelesco, se enamora de una mujer casada: la esposa del dueño del bar donde destila sus traumas de guerra. Peor que no tener dinero, Cervantes siente la cercanía de sus cuarenta años y la ausencia de una obra memorable, aunque jura, mientras bebe, que puede escuchar como todo se muele en su cabeza. Diez años después, ahora en la cárcel por robarse un dinero público, el escritor habla solo mientras camina sin detenerse en su celda de torre. Muele y muele. La guerra, sus relatos y los trastornos derivados serán los granos de su nueva historia.

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Adherida al pensamiento religioso, la guerra se convierte en la fragua normativa de la moral. Como la propaganda bélica, la literatura religiosa también funciona como un manual de adoctrinamiento que conlleva a un constante combate psicológico dirigido por un generalato de prejuicios y fantasías. Todo esto en pos de la conquista de un territorio simbólico. Y es que fue allí, sobre las nubes, donde se establecieron las jerarquías que rigen el antiguo imaginario religioso grecolatino. Y más tarde, inspirada en ese mundo, para la historia del nuevo dios de Oriente la beligerancia celeste también fue representada en el éter, comenzando la guerra cuando el más radiante de los ángeles se rebeló contra su creador. Esta contienda aún no termina. En cada esquina se reparte la palabra inspirada de Dios y se promueven ajustados sistemas morales en sus cientos de cultos y movimientos, multiplicados por sus reformas y cismas. Todo siguiendo el patrón de la insufrible jerarquía militar. A propósito del Oriente, recordemos que en el Mahabharata la guerra se presenta, de igual manera que las anteriores, como un fenómeno ineludible para seres divinos y mortales. La guerra como motivo fundacional y terminal es la constante en estos casos. Cuando Krishna le advierte a Aryuna que la guerra entre los clanes en disputa es inevitable, también le presenta la única salida posible ante la confrontación: el poder elegir en qué guerra participar. La opción que no tiene el guerrero es la paz; mucho menos la huida.

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Guerra y poesía marchan en la misma columna. Detrás de las enrojecidas vanguardias de las lanzas homicidas, junto a los soldados que rematan a los moribundos, siempre han caminado los poetas, bien sea serviles al poder dominante, o como fiscales que señalan al estrado, denunciantes del crimen y la gula de la muerte. Aunque los mitos y leyendas queden atrás, la guerra siempre levantará entre sus ruinas nuevos ídolos armados. En Europa, de la Inglaterra de comienzos del siglo XX, Rupert Brooke, Wilferd Owen, Isaac Rosemberg, Charles Sorley, Sigfried Sassoon y Robert Graves son solo algunos de los poetas en el servicio durante la Primera Guerra Mundial. ¿Y cómo olvidarnos de E.E. Cummings; del también uniformado Trakl y del médico militar Gottfried Benn? ¿Cómo no recordar al fluvial Javier Heraud y al volcánico Roque Dalton? ¿No son acaso las epístolas de Rilke a su joven amigo abiertos gestos de camaradería marcial? Aunque sabemos que Rilke preparaba a su cadete para otra cosa; una lucha más difícil.

El éxito de Mein Kampf, bestseller del excabo Adolf Hitler, hará que muchos escritores se tomen un trago de whisky y salgan dispuestos a matarlo. En Nueva York, George Oppen, judío y comunista, se convence de que su arte verbal no tiene ninguna efectividad como arma de cambio político y prefiere embarcarse hacia Europa para combatir a los grisáceos nazis. Sin embargo, a pesar de su nóstos de pecho condecorado, el bajel objetivista debe girar hacia México. Los Estados Unidos habían ayudado a derrotar el nazismo con los certeros disparos de Oppen, pero la hoz y el martillo que pesan sobre el poeta ahora lo convierten en sangre apetitosa para el dog McCarthy. El control poblacional a través de la demonización de la ideología roja es la única tarea del senador republicano. Sus principio es esencialmente goebbeliano: prometer la libertad mientras se socavan los fundamentos de la misma.

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切腹

Después de ser rechazado para ser kamikaze contra los acorazados estadounidenses, el joven Kimikate  se dedica al estudio y la práctica rigurosa del kendo. Su padre, un admirador de nazis, le inocula ideas nacionalsocialistas y crece entre libros y legislaturas que lo convierten en abogado. Escribe poemas, cuentos y novelas que veloces lo pulen como estatuilla del prestigio internacional. Dirige y realiza polémicos audiovisuales; atiende su cuerpo y desarrolla una musculatura de revista. Posando como Sebastián –el mártir pretoriano– se hace fotografiar como herido por las flechas. En seguida la prensa lo acusa de indecente, extravagante y narcisista. Pese a los flashes mediáticos, aunque ya ha sido nominado al Nobel de Literatura un par de veces, el ahora renombrado Yukio Mishima se siente más soldado que escritor.

En 1967, a la edad de 47 años, Yukio se alista en el Ejército de Japón, desterrado a varias islas por los estadounidenses. Una vez en uniforme no pierde tiempo para desarrollar su plan y, a través de publicaciones de ultraderecha, convoca y evalúa a los jóvenes más aptos para su conservadora Tatenokai (Sociedad del Escudo). La mañana del 25 de noviembre del 1970 es el momento elegido por el novelista para consumar su pretérita advertencia televisiva: Esperen y verán… A diferencia de Oppen, quien tuvo que escapar por su pasada ideología, Mishima camina derecho hacia la muerte para abrazar a la suya.

La elitista Tatenokai fue creada para reconstituir los valores éticos y morales del Japón imperial. Sin embargo, la agrupación era vista como una milicia presuntuosa, los fanáticos guardias del honor de Mishima. Y en eso los murmuradores no se equivocan. Sus discípulos son leales y lo acompañarán hasta el final. Junto a dos de sus guerreros, el maestro secuestra y amordaza al comandante de un fuerte militar en Tokio. Para la fecha, Mishima es toda una leyenda viviente en el país insular, por lo que su revolución se viraliza y los noticieros lo enfocan desde el aire. Luciendo su regio hachimaki, el intelectual arenga a las tropas con gestos de orador nacionalista, pero nadie entiende qué dice ni qué sucede. Los francotiradores se aprestan acostados en los techos mientras un encapuchado grupo de comandos se aproxima al fuerte militar. El alboroto aumenta y la voz rebelde se vuelve inaudible entre la escatología del cuartel. Creo que no me han entendido murmura el cabecilla mientras los helicópteros sobrevuelan las burlas y silbidos. Es inútil continuar. Mishima se arrodilla y desabotona lentamente su uniforme. Siguiendo el método del bushidō, el poeta escribe su álgido jisei no ku, suerte de autoepitafio que todo guerrero debe componer antes de que le sea cortada la cabeza:

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Tras largos años de espera,
se agitan las fundas de las espadas.

Los hombres valientes se marchan;
caminan sobre la primera helada del año.

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La Capitanía

En Venezuela, escritores experimentados en la guerra han existido pocos. Autodidacta ejemplar, Miranda es el primero que resalta por encima de muchos en su época. Pero es más su potencial de personaje literario que su vena creadora lo que resulta interesante del guerrero y político caraqueño. El texto mirandino es marcial, de inventario o encriptado en la epístola. Su escritura es la del espía: detallada, apasionadamente precisa. Durante toda su vida, Miranda y las palabras son inseparables. La elocuencia lo ayuda a cruzar fronteras. Las palabras lo salvan de hogueras y de la roja guillotina. Son las palabras sus celestinas y le consiguen favores placenteros de nobles y aristócratas. La persuasión le consigue armas, barcos y un ejército. Con las palabras Miranda también crea constituciones y capitulaciones; por la palabra Miranda muere en la cárcel.

Aunque viaja con una carreta llena de libros, Miranda es, esencialmente, un soldado y uno cualquiera. Es el bibliotecario de su patria imaginaria, uno que lee y escribe la Historia. El mismísimo Goethe, en sus aventuras marciales en el frente como acompañante del duque de Weimar, estuvo a punto de encontrarse con el Mayor General venezolano durante el decisivo cañoneo de Valmy, combate que Miranda había prologado con éxito en los desfiladeros de Argonne. Para el otoño de 1792, como el guslari Višnjić en Kosovo, el alemán servía como un distinguido animador que enardecía el termómetro moral de las tropas; alentándolos incluso muchas veces al robo y al vandalismo más vulgares. Durante la insípida cena del aquel lluvioso 20 de septiembre, después de escuchar los anatemas del derrotado generalato de Prusia, el poeta alemán pone su mano sobre los hombros de sus camaradas mientras sentencia con entusiasmo:

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Aquí, y el día de hoy, comienza una nueva era para la Historia Universal, y ustedes siempre podrán decir que estuvieron presentes.

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La frase de Goethe se convertirá en el epitafio del viejo orden europeo. Miranda es ascendido a general de División por sus servicios en la guerra y el triunfo de su bando en el molino de Valmy transforma para siempre la vida política del viejo continente, siendo Francia la zona cero de la explosión revolucionaria. Los galos imponen la retirada a los prusianos del duque de Brunswick-Lunebourg, refuerzos que esperaba la monarquía para lograr reconstituirse ante la asonada rebelde. La República, promulgada el día siguiente del cañoneo, ahora cortaba la cabeza de las monarquías. Así Miranda se eterniza en la piedra de los triunfos. Su epitafio es su propio nombre.

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En 1822, refiriéndose al tiempo, Bolívar escribió:

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Yo soy el padre de los siglos, soy el arcano de la fama y del secreto,
mi madre fue la Eternidad; los límites de mi imperio los señala el Infinito;
no hay sepulcro para mí, porque soy más poderoso que la muerte;
miro lo pasado, miro lo futuro, y por mis manos pasa lo presente.
¿Por qué te envaneces, niño o viejo, hombre o  héroe?
¿Crees que es algo tu Universo? ¿Que levantaros sobre un átomo de la creación, es elevaros?
¿Pensáis que los instantes que llamáis siglos pueden servir de medida a mis arcanos?
¿Imagináis que habéis visto la Santa Verdad?
¿Suponéis locamente que vuestras acciones tienen algún precio a mis ojos?

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Las líneas del incuestionable geronte de la guadaña son lo mejor del volcánico delirio del novel poeta caraqueño. Las palabras del Tiempo son las únicas en las que Bolívar legaliza el arte con el que hace verosímiles e inspiradoras a sus causas y sentencias más terribles.  El resto de su delirio, como él mismo lo diría, se deshace como casabe en caldo caliente. Será mejor esperar a 1825 para leer la llamada Elegía del Cuzco. Cuando Esteban Palacios, tío del Libertador, retorna a Venezuela después de décadas de exilio, desde Perú, como telepatía virgiliana, el sombrío sobrino guía a su sangre por toda la devastación nacional:

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Los vivientes han desaparecido: las obras de los hombres, las casas de Dios, y hasta los campos han sentido el estrago formidable del estremecimiento de la naturaleza. Vd. se preguntará a sí mismo ¿dónde están mis padres?  ¿dónde mis hermanos? ¿dónde mis sobrinos? Los más felices fueron sepultados dentro del asilo de sus mansiones domésticas, y los más desgraciados han cubierto los campos de Venezuela con sus huesos, después de haberlos regado con su sangre por el solo delito de… haber amado la justicia. Los campos regados por el sudor de trescientos años, han sido agotados por una fatal combinación de los meteoros y de los crímenes. ¿Dónde está Caracas?… se preguntará Vmd. Caracas no existe…

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El tono elegíaco de Bolívar es natural, no ex profeso. Serán otros los que reconozcan a su carta el apellido literario. Contradictoria, humana y por ello cercana, la carta peruana es luciferina y edénica; inevitablemente romántica; es una escritura de sinceridad familiar. Es más bien una antielegía. Se ha derramado sangre y somos responsables; nuestra sangre ahora dirige a Venezuela. Es un soberbio Welcome to hell. No así la mampostería de la palabra por encargo; la fórmula; el matraz sin substancia. Cuando quiere ser poeta, el general se vuelve paradoja y su mente integracionista se llena de fronteras; corre a nacionalizarse en la embajada de la impostura. Y eso no es ni hipoxia ni delirio. Delirante es que la palabra, como lo saben los brujos, tenga el poder de la resurrección. El verbo de Bolívar tiene ese don pero tampoco apela a esta fuerza cuando intenta ser poeta. Empero sí para la psicología y la propaganda de guerra.

Recordemos que el Libertador mató al admirable Ricaurte dos veces. La primera muerte fue narrada por un Bolívar furioso, sosteniendo la bandera frente a un batallón de cabizbajos. Es la versión que pintará Herrera Toro en 1883: el polvorín; el capitán sin rostro; el suicida de San Mateo a contraluz. Años más tarde, en Bucaramanga, mientras se realizaba la estresante Convención de Ocaña, quizás harto de escuchar una y otra vez la misma épica del neogranadino, Bolívar se levanta y pone sus manos sobre la mesa de su edecán, el general francés de Lacroix. Esa noche el caraqueño relata, casi a gritos, la segunda muerte del capitán: ¡Ricaurte jamás se hizo volar hasta el átomo, como dicen acá! ¡Yo soy el autor de esa leyenda! Incorporándose, mientras fuma, Bolívar se hace obscuro abogado de sí mismo: Tuve que inventar algo que acabara con aquella lloradera… El nuevo epitafio que el Libertador profiere para Ricaurte es pobre de solemnidad:

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Yo mismo lo encontré muerto… Quedó tirado en una barranca. La lanza todavía clavada; el cuerpo quemado por el sol. Las moscas le rodeaban la cabeza… Algún infeliz, que lo remató como una gracia. 

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A finales del siglo XIX, más guerrillero que tropa regular, recordamos también al valenciano Manuel Vicente Romero García. En este caso, sobre la mesa de pulseadas, pudo más el puño de las fuerzas bélicas que el músculo literario. A los 29 años, Romero García publica su novela Peonía y asegura su silla en el hall de la fama de la literatura de Venezuela. El joven telegrafista le escribe al distinguido autor de una novela colombiana en boga y le explica que él se apropiará de su obra para escribir una novela distinta, más venezolana. Y ese será el epíteto crítico de su obra. El valenciano funda revistas, escribe artículos de opinión y siempre lleva un revólver. Lo que publica contra Guzmán Blanco hace que lo capturen y le saquen el aire a puñetazos en el baño de una gendarmería. De sombrero y lentes oscuros el escritor decide marcharse a los Andes para unirse a la insurgencia armada del tachirense Cipriano Castro.

El novelista pronto demuestra sus destrezas marciales y es nombrado jefe de Estado Mayor. Es un líder de la causa; uno de los 60 montañeses de la inminente revolución. Después de la batalla crucial librada en Tocuyito, la Revolución Liberal Restauradora derrota al gobierno de turno y ahora el país pertenece a los andinos. Sin embargo, el siempre inconforme intelectual se decepciona de Castro y sostiene acaloradas discusiones en el despacho de mando. El valenciano se retira, pistola en mano, lanzando la puerta con juramentos de venganza. Ahora peleará con el presidente a través de sus redes mediáticas. En seguida el gobierno emite una orden de captura con su foto, así Romero García debe embarcarse rápidamente hacia una isla caribeña. Vaga por varios años y escribe poco. Gómez lo exime de sus delitos y decide retornar; se pelea con Gómez y debe irse de nuevo.

Esta vez se refugia en Aracataca, Colombia. Allí pasa los días destilando licores ilegales, hasta que resbala, cae y una hernia se le estrangula. Solo tres personas asistieron al lluvioso sepelio.

Su epitafio de amado por Ares es la cumbre de su Peonía:

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¡Oh, compañeros! ¡Mientras esos hombres decrépitos se reclinan para siempre en el gélido fondo del sepulcro, vamos por el camino de la orgía. El hogar está desorganizado, nuestros padres son nuestros propios enemigos, las sociedades que tienen para la virtud un calvario y una apoteosis para el vicio, deben perecer como las ciudades malditas!

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Eduardo Blanco, edecán del legendario general Páez, se unió al ejército a los 20 años y prestó su servicio en línea segura durante la Guerra Federal. Para 1904, mientras Romero García armaba sus berrinches libertarios, Blanco ya se había convertido en todo un escritor. Su Venezuela heroíca cuenta para la fecha con sendas ediciones y los aplausos lo persiguen en cada sitio que cena. Con Blanco el escritor soldado adquiere un nuevo rol. Su narrativa sobre la guerra de Independencia filtra la psique del lector de la época de manera tal, que no son pocos los que asumen las ficciones del exmilitar como hechos veraces. Los próceres serán sagrados. Y esa nueva figuración del indiscutible poder castrense permeará por muchos años los programas de instrucción pública.

Blanco también trabaja como ministro de Relaciones Exteriores del acorralado Cipriano. Son varias las veces en las que el autor no solo debe blanquear la historia, sino también los desastres políticos de su presidente. Son años de guerras, bloqueos navales y financieros. Las dificultades convierten a Castro en un hombrecillo paranoico. Bebiendo su botella de brandy, el montañez con barba de candado ve traiciones y facciones enemigas en todos lados. Por eso cuando sus espías le soplan que la Universidad de Valencia se ha convertido es un nido de comunistoides beligerantes, Castro, apoyado principalmente por el escritor de Zárate, no duda en clausurarla.

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Mientras Eduardo Blanco cerraba los candados de la universidad valenciana, Wilhelm Lehmann, un poeta nacido en Carabobo, pero criado entre Hamburgo y Berlín, era un tímido candidato a doctor en Filología. Su padre había regresado a Venezuela y nunca más volvió a Europa, por lo que su juventud no fue la más deseable, así como la tóxica relación que mantuvo con su madre. A sus 35 años, el reconocido como poeta es reclutado para servir en la infantería del Kaiser durante la Primera Guerra Mundial. Pero al enfrentarse a los horrores del combate, Lehmann no duda en traspasar las líneas germanas para rendirse ante los ingleses. En su novela Der Überläufer, Wilhelm recordará los días de aquel severo cautiverio.

Como prisionero, para los viejos griegos, el hijo del desertor podía ser un homeridai, pero lo cierto es que el primogénito de Lehmann muere en Alemania apenas siendo un niño. Este hecho lo nubla. De vuelta a su Fatherland, con una lealtad discutible, Lehmann firma un documento en el que jura lealtad al partido nazi. Varios de sus maestros y amigos son judíos y ya no puede verlos, por lo que se siente destinado a convivir con la vergüenza. Durante la Segunda Guerra Mundial Lehmann se insilia. Se tapa los oídos con las manos y camina con los párpados apretados, silbando, mientras caen las bombas y Alemania se derrumba. Hay hombres colgados en los postes con anuncios de traición. Desde lejos suenan las orugas de los tanques; el paisaje es terrible en su magnitud, aun así, la escritura del nacido en Puerto Cabello se vuelca hacia la vida en sus expresiones mínimas y vegetales. En su silenciosa rebelión ante la barbarie estética del nacionalismo, Lehmann se trasmuta en poeta de la Naturlyrik. Escribe con precisión, objetividad y además es conmovedor. Le dirán escapista y cobarde, pero logra convertirse en uno de los autores más reputados de la Alemania de posguerra. En 1960, Friedrich Sengle, profesor de Lenguas Germánicas de la Universidad de Marburg, nominó al viejo soldado al Premio Nobel de Literatura y dos años más tarde por fin se publicará El Desertor, obra escrita en la década de los 20, basada en sus días como poeta prisionero de guerra.

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Otro venezolano combatiente en Europa fue el joven Robert Ganzo, autor del mítico Lespugue, uno de los poemas más celebrados en la Francia moderna. Durante la ocupación nazi del territorio francés, Ganzo milita con disciplina en La Résistance. Dice que su arma es la escritura, pero no deja de recordarles a sus camaradas que los textos para la causa no son poesía, sino mera agitación y propaganda de guerra. No sabemos por qué Ganzo insistía en aquella obstinada aclaratoria, por qué se atormentaba por remarcar la frontera entre lo poético y lo panfletario. ¿Existe esa frontera? ¿Es cuestión de ética o estética? ¿Acaso ambas? Judío y comunista al igual que Oppen, el oriundo de Caracas es capturado por la Gestapo mientras diseñaba consignas en París. En el sótano de los interrogatorios, cuando le quitan el trapo negro de la cabeza, uno de sus captores descubre que tiene al frente al favorito de sus poetas. Así logra escapar.

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Durante la Primera Guerra Mundial, a diferencia de sus compatriotas (Brooke, Owen, Rosemberg y Sorley, todos caídos en combate) Kipling, como lo hará Ganzo décadas más tarde, decide tomar parte en la contienda a través de las palabras. Solo que, a diferencia del partisano galo, el Nobel de Inglaterra cuenta con máquinas más poderosas que manchados esténciles. Mr. Kipling es comisionado por la Corona para dirigir el Buró de Propaganda de Guerra del Gobierno Británico y su aparato de escritor imperial se convierte en una ametralladora de textos patrióticos. Kipling falsea hechos inocultables; juega con la religión y califica a los alemanes de diabólicos. La escritura de sus crónicas es precisa. Prosa que busca convertirse en imagen, explícita fotografía o aliento e inspiración. Mientras más largo es el dígito de bajas inglesas, mayor es el ahínco del jefe del artillero del Buró. Kipling inyecta este entusiasmo nacionalista en las venas de su único varón. Servir en la guerra es un deber para los Kipling, así que John, pese a sus notables problemas en la vista, logra ingresar en las filas del rey con pulidos galones de teniente.

Todo cambia drásticamente el 27 de septiembre de 1915. Mientras intenta neutralizar un puesto de ametralladoras enemigas, John, el hijo de Kipling, es derribado por el fuego de los alemanes y se le avista por última vez en Loos, ensangrentado, ciego y perdido. El cuerpo del teniente se pierde durante toda la guerra y el maestro de la propaganda comienza a pelearse con sus colegas; toca la puerta de los generales y los amenaza con publicar textos que los inquieran severamente. Sus crónicas y análisis son censurados. Buscando a su hijo, mira miles de fotos de jóvenes occisos deformados por la metralla.

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En 1917, cerca del armisticio, el endurecido autor de If es llamado nuevamente al servicio de la Corona. Ahora lo encargan de la Comisión Imperial de Tumbas de Guerra. El escritor del Imperio vencedor en la contienda ahora debe redactar luctuosas correspondencias, así como los epitafios que se grabarán en las lápidas de los caídos. Su oficio es el de los antiguos rapsodas. Define y condensa el kleos de la juventud perdida. En su escritura de cementerio Kipling recrea las fórmulas clásicas de la Antología griega; realiza ejercicios de apropiación y reescritura sin dejar de ensayar con las emociones humanas. Otro aspecto interesante de sus memoriales es la exaltación de la mujer. La gran víctima. La nueva Hécuba esclavizada por el dolor del hijo muerto. Las nuevas encarnaciones de Laodamía, trágica viuda de Protesilao. Aunque declara que sus Epitafios de la Guerra, publicados en The Years Between (1919), son tributos para seres de su imaginación, la correspondencia con las atrocidades que dejan las guerras del presente no deja de ser alarmante.

Los restos de John fueron apenas reconocidos en 1922. Sin embargo, no fue hasta 2016 cuando se confirmó la identidad del teniente Kipling. La inscripción en su lápida puede leerse en Francia, en un cementerio de Calais:

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Lieutenant John Kipling
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Irish Guard
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27th september 1915   age 18

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El ciclo de la historia continúa; el problema es que el apotegma del viejo alemán ahora funciona a la inversa. Que mejor lo diga Žižek, a guisa de Toque de silencio: «Algunas veces, la repetición (de la historia) a modo de farsa puede ser más terrorífica que la tragedia original».

 

Víctor Manuel Pinto
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E p i t a f i o s  d e  l a  G u e r r a

1 9 1 4  –  1 9 1 8

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R  u  d  y  a  r  d              †              K  i  p  l  i  n  g

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The Obedient

Daily, though no ears attended,
…..Did my prayers arise.
Daily, though no fire descended,
…..Did I sacrifice.
Though my darkness did not lift,
…..Though I faced no lighter odds,
Though the Gods bestowed no gift,
…………….None the less,
…..None the less, I served the Gods!

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El Obediente

Diariamente, aunque el fuego no descendía,
…..realicé mi sacrificio.

Día a día, aunque no fueran escuchadas,
…..elevé mis oraciones.

Siempre rodeado por la oscuridad
…..enfrenté circunstancias desfavorables.

Sin embargo, pese a todo,
…..siempre serví a los dioses.

Aunque nunca me dieran nada.

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The coward

I could not look on Death, which being known,
Men led me to him, blindfold and alone.
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El cobarde

Aunque me era conocida, no pude mirar a la Muerte.
Iba solo, con los ojos vendados.

Sus hombres me arrastraban hacia ella.

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A son

My son was killed while laughing at some jest.    I would I knew
What it was, and it might serve me in a time when jests are few.
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Un hijo

Mi hijo fue asesinado mientras se reía de un chiste. Ojalá supiera de qué trataba…
Eso me ayudaría; sobre todo ahora, que hay pocas risas.

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Ex-clerk

Pity not!    The Army gave
Freedom to a timid slave:
In which Freedom did he find
Strength of body, will, and mind:
By which strength he came to prove
Mirth, Companionship, and Love:
For which Love to Death he went:
In which Death he lies content.
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Ex-ayudante

¡Que nadie se lamente!

El Ejército le dio la libertad a un pobre esclavo:
Libertad con la que halló la fuerza del cuerpo, la voluntad y la mente.
Fuerza con la que llegó a demostrar alegría, compañerismo y amor.
Amor por el que fue hacia la muerte.
Muerte en la que yace jubiloso.

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Hindu sepoy in france

This man in his own country prayed we know not to what Powers.
We pray Them to reward him for his bravery in ours.
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Cipayo hindú en Francia

No sabemos a qué Poderes rezó este hombre en su tierra.
Rogamos que lo recompensen por su valentía en la nuestra.

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Raped and revenged

One used and butchered me: another spied
Me broken—for which thing an hundred died.
So it was learned among the heathen hosts
How much a freeborn woman’s favour costs.
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Violada y vengada

Uno me usó hasta desgarrarme;
otro me espiaba al ser destrozada.

Por esto mataron a cientos.

Así se supo entre las huestes paganas
cuánto cuesta el favor de una dama.

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The sleepy sentinal

Faithless the watch that I kept: now I have none to keep.
I was slain because I slept: now I am slain I sleep.
Let no man reproach me again, whatever watch is unkept—
I sleep because I am slain.    They slew me because I slept.
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El centinela somnoliento

Le he sido infiel a la vigilia.

Ya no tengo nadie a quien cuidar.
El sueño me liquidó.

No vuelvan a reprochar
el desamparo de mi turno.

Me han matado.

Duermo.

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Common form

If any question why we died,
Tell them, because our fathers lied.
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Forma común

Si les preguntan por qué hemos muerto,
díganles:
— ¡Por las mentiras de sus padres!

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A servant

We were together since the War began.
He was my servant—and the better man.
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Un sirviente

Estuvimos juntos desde el comienzo de la guerra.
Fue mi sirviente —y el mejor entre ambos.

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The beginner

On the first hour of my first day
    In the front trench I fell.
(Children in boxes at a play
    Stand up to watch it well.)
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«Nuevo»

En la primera hora de mi primer día en el frente caí en la trinchera.

(Niños parados en cajas para ver bien)

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Shock

My name, my speech, my self I had forgot.
My wife and children came—I knew them not.
I died.    My Mother followed.    At her call
And on her bosom I remembered all.

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Shock

Mi nombre,
el habla
y yo mismo,
todo lo había olvidado.

Vino mi esposa,
también mis hijos
—No sabía quiénes eran.

He muerto.

Mi madre
se vino tras de mí.

Llamándome,
entre sus pechos,
recodé todo.

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Unknown female corpse

Headless, lacking foot and hand,
Horrible I come to land.
I beseech all women’s sons
Know I was a mother once.
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Cadáver de una desconocida

Sin cabeza, sin pie ni mano, espantosa vengo a la tierra.
A los hijos de todas las mujeres les imploro que recuerden:

Una vez fui madre.

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A grave near Cairo

Gods of the Nile, should this stout fellow here
Get out—get out!    He knows not shame nor fear.
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Una tumba cerca de El Cairo

Dioses del Nilo, si este hombre corpulento emerge de la tierra,
…..— ¡Corran! —
Valiente no conoce la vergüenza.

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Convoy escort

I was a shepherd to fools
    Causelessly bold or afraid.
They would not abide by my rules.
    Yet they escaped.    For I stayed.
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Escolta de convoy

Fui un pastor de idiotas temerosos
y necios sin causa alguna.

Jamás quisieron someterse a mis reglas,
aun así lograron escapar.

Yo me quedé.

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An only son

I have slain none except my Mother.    She
(Blessing her slayer) died of grief for me.
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Un hijo único

No he matado a nadie más que a mi madre.

Murió adolorida
bendiciendo a su asesino.

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«Equality of sacrifice»

A. «I was a Have.»   B. «I was a ‹have-not›.»
    (Together). «What hast thou given which I gave not?»
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Igualdad de sacrificio

A:

 Yo era un Tener.

 B:

 Yo fui un No tener.

Juntos:

  ¿Qué has dado tú que yo no di?

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Bombed in London

On land and sea I strove with anxious care
To escape conscription.    It was in the air!
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Bombardeado en Londres

Atento y ansioso, por mar y por tierra,
luché para escapar del servicio militar.

¡Estaba en el aire!

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Batteries out of ammunition

If any mourn us in the workshop, say
We died because the shift kept holiday.
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Baterías sin municiones

Di a quien nos llore en el taller:
—Murieron porque el relevo se fue a joder.

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The bridegroom

Call me not false, beloved,
    If, from thy scarce-known breast
So little time removed,
    In other arms I rest.
For this more ancient bride,
    Whom coldly I embrace,
Was constant at my side
    Before I saw thy face.
Our marriage, often set—
    By miracle delayed—
At last is consummate,
    And cannot be unmade.
Live, then, whom Life shall cure,
    Almost, of Memory,
And leave us to endure
    Its immortality.
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Un novio ante el altar

No me llames falso, amor,
si al apartarme de tu pecho,
tan poco tiempo explorado,
me miras descansar en otros brazos.

Antes de conocer tu rostro
vivía con esta mujer antigua.
Ella ha perseverado a mi lado
y yo abrazo su frialdad.

Nuestro matrimonio,
a menudo impedido por milagros,
al fin ha sido consumado
y nada puede deshacerlo.

Que viva pues a quien la vida la memoria aliviará
y déjennos soportar su inmortalidad.

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A dead statesman

I could not dig: I dared not rob:
Therefore I lied to please the mob.
Now all my lies are proved untrue
And I must face the men I slew.
What tale shall serve me here among
Mine angry and defrauded young?
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Un estadista muerto

No pude cavar. Jamás tuve el temple del ladrón;
por eso mentí, para darle placer a la horda.

Ahora han demostrado mi falsedad
y debo enfrentar a los hombres que maté.

¿Qué cuento me servirá aquí,
entre jóvenes furiosos y defraudados?

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The rebel

If I had clamoured at Thy Gate
    For gift of Life on Earth,
And, thrusting through the souls that wait,
    Flung headlong into birth—
Even then, even then, for gin and snare
    About my pathway spread,
Lord, I had mocked Thy thoughtful care
    Before I joined the Dead!
But now?… I was beneath Thy Hand
    Ere yet the Planets came.
And now—though Planets pass, I stand
    The witness to Thy shame!
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El rebelde

Si me hubiera humillado en tu puerta
…..por el regalo de vivir en la Tierra
y, abriéndome paso entre todas las almas que esperan,
…..ser arrojado, de cabeza, al nacimiento…

Solo entonces, señor, solo entonces,
incluso asido por las trampas del camino…
Pero ahora soy contado entre los muertos.
…..Yo
que tanto me burlé de tu ternura.
…..Yo
que viví bajo el amparo de tu mano
antes de la formación de los planetas.
y ahora aunque los planetas se destruyan
…..yo me quedo.

¡Soy el testigo de tu vergüenza!

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Rudyard Kipling. Bombay, India Británica, 1865 — Londres, Reino Unido, 1936. Destacado poeta y escritor. Autor de cuentos, novelas, relatos infantiles y varios volúmenes de poesía. Fue miembro de la Academia Estadounidense de las Artes y las Ciencias, y de la Real Sociedad de Literatura. En 1907 obtuvo el Premio Nobel de Literatura, convirtiéndose en el escritor más joven en conseguir la distinción.

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Víctor Manuel Pinto. Valencia, Venezuela, 1982. Editor y profesor universitario. Jefe del Dpto. de Literatura de la Dirección de Cultura de la Universidad de Carabobo, donde dirige la revista POESIA. Cruz boca abajo (El Taller Blanco Ediciones, 2021) es su libro más reciente.
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La obra que ilustra este post fue realizada por el artista venezolano Lauren Bianchi
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