Escenas de una memoria convulsa

Robert Rincón

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«Hermano, el alma de lo bello era la memoria»
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Jesús Montoya

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Los recuerdos forman parte de ese material asociativo al que acude el poeta cuando siente que el presente parece no aportarle ningún enlace vital. El pasado se le muestra accesible, o por razones desconocidas, el pasado puede llegar como un rayo, de manera repentina, con ciertos elementos nada descartables. Sonidos, voces, imágenes, planos escénicos o colecciones de datos personales se proyectan como flashes ante un sujeto al que le atribuimos sustancia, identidad y espacio. Aquí tanto el proceso intelectual como el emocional comienzan a operar, trazando hilos, reconstruyendo escenas fragmentadas de esa narrativa inconclusa que pudiera esperar el llamado a materializarse a partir de otros códigos de varias densidades sonoras y semánticas. El recuerdo es una forma de diálogo al que le abrimos la puerta o la cerramos. Es una invitación a viajar hacia nosotros mismos rebasando pantalla tras pantalla de nuestra propia filmografía hacia la nada.

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2.

Hay un sitio detrás de los incendios (2017, España: Valparaíso Ediciones) de Jesús Montoya (Mérida, Venezuela, 1993) nos convoca a preguntarnos qué hay detrás de la subjetividad que dialoga con la memoria en búsqueda de una luminosidad perdida, traspapelada en páginas sueltas como si el imperativo del poeta fuese buscar esa luz bajo los escombros de un territorio devastado. Además, el poeta andino se troca en guía de la tribu confundida, en el portavoz de la memoria colectiva, sin representación, sin brújula, salvaje. Una fotografía abre el libro. La imagen de una persona caminando en una avenida atestada de basura, como si transitara entre los desechos de una gran fiesta o un disturbio, resalta los elementos simbólicos de la agitación y el desorden que preceden a la renovación. ¿Acaso pretenden estos papeles callejeros simbolizar los desechos psíquicos asociados a los topónimos, los nombres de los habitantes de ese suelo, los liceos que allí se erigen, los barrios donde la vida discurre y la infancia es ultimada? Esa imagen es la antesala al caos verbal, la memoria convulsa.

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3.

El libro está dividido en cuatro partes (La Frontera insomne, Casaenvuelta, Canto ahorcado y Ejercicios del pirómano) donde el Montoya dibuja el submundo de la ciudad incendiada, San Cristóbal, Estado Táchira. Al respecto, se abre una pregunta ¿cuál es la relevancia para el poeta de llevar el registro y participación de estos nombres dentro de un territorio, una nueva crónica de una ciudad agitada que no ha sido leída? La apuesta por darle voz a un territorio o hablar a través de él por su memoria reciente, implica la expresión de una subjetividad y, por supuesto una mentalidad, que se afirma en la apropiación, destrucción y resignificación simbólica del espacio público, perdiendo así toda huella de congregación y tránsito social por una nueva dialogía de espíritu vandálico, festivo y subversivo. Si bien, el proyecto utópico oficial trajo consigo un ideario que pudiera leerse con las mismas características de apropiación, destrucción y resignificación, esta sensibilidad de choque, por el contrario, carece de un sentido de impacto integral o un proyecto claro, por lo que se podría concluir que este modo de destrucción es una reacción dionisíaca ante el control y orden. La agitación es parte de ese movimiento que desemboca en la apropiación de los espacios.

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(…)
La niebla es un sitio detrás de los incendios.
Sobrevuelo y celebro el Centro Cívico
en la mirada salvaje de los transeúntes
al tararear esta balada desierta,
sobrevuelo y celebro el Centro Cívico como un fantasma
hechizado que da la cara a un sol maldito,
sobrevuelo y celebro el Centro Cívico similar
a un furioso reflejo en el que he de envejecer,
sobrevuelo y celebro el Centro Cívico de San Cristóbal
bajo sus inmóviles héroes enterrados (…).
(p. 39).

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En otro poema:

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(…)
Adiós, adiós brisa que huye por las carnicerías
y los mercados ladrando el crepúsculo hambrienta,
hedionda en la discotecas clandestinas
hedionda de penas babeada la brisa vuela hacia el sur.
Cornetas infinitas, música acorralada, cocaína y frenesí,
emergen los paracos beatificados en Casa grande (…).
(p.60).

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Este sobrevuelo textual se apropia de los elementos icónicos de la urbe y los resignifica macerados en el ardor visceral y colectivo expresado a través de la escritura agitada. La imagen de la carnicería rememora el estado de descomposición que aquí es social y de carácter carnavalesco que proporciona otras escenas de este submundo de la ciudad en llamas, al margen de las leyes pero vital para esta subjetividad emergente.

4.

La ciudad incendiada es metáfora del desorden, del vandalismo en su sentido festivo. Es la lucha contra toda forma de poder. «Quién corre a refugiarse en los escombros / perseguido por las botas negras. (…) / Quién le habla a este punzante reino de máscaras / cavadas boca abajo en los infiernos. / Quién pregunta tu nombre deambulando / el manicomio empedrado» (p.47). Las máscaras del disturbio forman parte de esa subjetividad sin rostro que apuesta a la festividad destructiva.  Los insurrectos del sistema bajo los escombros celebran por medio de un lirismo caótico, propio de la confluencia del estado anímico juvenil de choque con un barroquismo metabolizado en el campo del lenguaje y sus significaciones. Escenas que forman parte de esas fotografías y de esa memoria subterránea. Todo discurso esconde un conflicto, esconde un desorden.

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5.

La imagen de la destrucción, y por ello válida la significación del incendio, ha estado acompañada de connotaciones negativas. Pero el incendio también antecede a la renovación. ¿Es acá el fuego un elemento transaccional, una cortina de fuego hacia otra edad de la subjetividad?

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(…)
Mi padre y yo vamos en el sonido del viento,
lentamente y sin destino.
Sus ojos verdes resplandecen en el cristal roto
del retrovisor como dos cicatrices que se abren ante mí.
Uno a uno, hundidos en el silencio,
nuestros recuerdos presionan el asfalto.
Y de pronto, su voz alzándose, me cuenta del futuro.
Y pienso que mi padre es un sobreviviente,
que la infancia ha de estar lejos, como otras tantas cosas.
Y en esa imagen momentánea
que solo es capaz de tejer un viaje,
donde el futuro es pasado  y el pasado es pasado
y el presente inocencia,
la ciudad comienza a regresar para arrastrarse
semejante a un oscuro cuerpo sin nosotros (…).
(p.26).

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El paso de la niñez a la adolescencia y, posteriormente a la vida adulta, eso de «quemar etapas» que captamos en estos versos pueden significar la ruptura con algo que fue esencial, una mirada que ya no puede concebir y reconciliar el mundo de manera singular como si fuera la primera vez, tal cual la observación de un niño respecto a su entorno. Este paso en el proceso de maduración del «yo» que se encuentra en los ecos de este libro por ese pasado amalgamado entre el recuerdo y el territorio, la familia y la existencia, se inscribe como un fotograma relevante dentro de la proyección de la poesía venezolana.

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E l   t e n d e d e r o

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a Fernando Vanegas

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….Hermano, el alma de lo bello era la memoria.
Esta acera será la misma siempre
….Esta palabra lacerada, esta palabra que persiste a través
..de la ciudad y las noches que ondulan sin destino
en nuestros pasos forma un torbellino que se desvanece.

Páginas y páginas enteras en las que floreció cada fracaso.
….Éramos, somos los mismos.
Esta acera será la misma siempre,
….tendidos en ella abrimos el libro de Ramírez Murzi
……….ausente tras su Viernes Santo
bañado de fantasmas ……………….la caligrafía de Vallejo
..fue su espejo…….la caligrafía desdecha de Vallejo
…………….como una lengua muerta fue su espejo
y el de Seferis y el nuestro también    asombroso
….desposeído espejo
….en que las mismas noches viajan a quemar
…….algún retorno posible.
Harlem, como santiago, tiene color de fantasma
………….recitaba Cristian.

..Soñábamos con partir lejos, muy lejos, en la casa de Ana,
escuchando aquellas líneas desterradas, moribundas,
….leyendo las anédotas de Cristian Pérez, el chileno.

……Qué es lo que se extiende más allá
…………qué es lo que pulula en el ruido del viaje
….estrellas, luciérnagas, serán las casas del Ocho de diciembre
y sus alas que se cierran
..que caen como un párapado sobre la noche intactas.

¿Alguna vez has sentido que ser poeta no es lo tuyo?
…………………………………………………………………Todo el tiempo
………………………………………………………………..todo el tiempo
……………………………………………………………….todo el tiempo
………………………………………………………………todo el tiempo
……………………………………………………………..todo el tiempo
…………………………………………………………….todo el tiempo.

……..Recordamos para mutilar el tiempo
………para tallarlo como una piedra ahogada
….al fondo de otro mar,
escribimos para dejarlo en blanco
…………para que junto a la tarde no vuelva
para que los pasillos de la biblioteca Pública
….no desaparezan con Luis José y Pisanu
..para que tal vez los días sean diferentes
y las noches más aceleradas y largas y no violentas
..y no un silenio y no un estrépito silencio que escupimos
con el corazón en la punta del odio.

Tu puta madre te quiere devorar
….tus hijos te quieren devorar
……tu país te quiere devorar
..el señor de la buseta te quiere devorar
……………………
recitaba Cristian,…………despacio
……………………………………………..recitaba Cristian.

….Y robamos libros que jamás leímos.
y fumamos marihuana delante de Robert en el regocijo
de sus nueve años…………mientras decíamos que Mérida
era el destino de los muertos
mientras decíamos que Josué
…………………..que Pablo
que Sury………….que Sacha
……que Diego
..que Manuel……..que las palabras se graban en la pérdida
de tantas cosas que aún nos pertenecen aturdidas
..en la inclemente poesía.

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Robert Rincón. Valencia, Venezuela, 1985. Poeta, docente y licenciado en Educación mención Lengua y Literatura por la UC. Posee una Maestría en Literatura latinoamericana y actualmente candidato a doctor en Ciencias Sociales mención Estudios Culturales (UC). Es Jefe de redacción de la revista Poesía, editada por el Departamento de Literatura de la Dirección de Cultura de la UC. Ha publicado Mercaderes (2010) y , en el 2014, fue merecedor del V Premio Nacional Universitario de Literatura Alfredo Armas Alfonzo, en el género poesía, con su libro Emaús y el vientre de arena (2017).

La imagen que ilustra esta entrada pertenece al artista Stephen Ferris.
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