Escribir en la niebla

Por Santiago Ospina

La poesía es un territorio salvaje. Sus manglares son frondosos; sus caminos siempre zigzaguean. Como en una selva inhóspita, los fieles lectores de poesía necesitan de un mapa para ubicarse. Escribir en la niebla traza ese mapa de la poesía colombiana. No lo hace a la manera de un geógrafo ya que un geógrafo busca la totalidad de un territorio, su minucioso detalle. Santiago Espinosa, por otro lado, traza el mapa de la poesía colombiana como si se tratara del mapa de un tesoro: señala lo importante y descarta lo superfluo; apunta hacia los puntos donde brillan, escondidas, las joyas de la poesía colombiana.

El libro está dividido en catorce secciones. Cada una de estas está dedicada al análisis de uno de los catorce poetas escogidos por el autor. En esta distribución hay una simetría transparente que recuerda más a los libros de poesía y no a los de crítica. En estos últimos, por lo general, suele haber estudios desiguales: unos autores ocupan más espacio que otros, espacio que depende de la relevancia de dicho autor. Escribir en la niebla no aborda el tema de esa manera: hay un equilibrio entre los autores más conocidos y aquellos que no lo son. Por esto mismo resulta tan gratificante encontrar nombres tan poco estudiados por la crítica y las editoriales: Carlos Obregón y Óscar Hernández, por ejemplo. Uno de los ensayos no corresponde enteramente a un poeta, sino que dedica varias páginas a todo el movimiento Nadaísta. Se estudian sus motivaciones, sus alcances y sus fracasos. Al final de la sección el autor se pregunta si habrá alguien capaz de llevar a cabo el proyecto nadaísta; la pregunta que plantea no debe ser desdeñada, especialmente porque cuestiona la validez misma de los movimientos poéticos en la actualidad.

A primera vista, el libro se siente como un diálogo entre Santiago y los poemas de cada autor. Con rigurosidad, el autor se atiene a los márgenes del poema. No le añade ni le resta nada a la lectura; no improvisa con nebulosas interpretaciones. Los poemas tienen la palabra y Santiago la pone en la balanza. No hay complacencias, ni falsas alabanzas. Si la crítica requiere de una valoración negativa de un poeta, el libro lo hace y no le tiembla la voz. “Pero la superficialidad de estos poemas sigue siendo desconcertante, su tono empalagoso (…) Salvo contadas excepciones este primer Carranza es un versificador de ocasión” dice a propósito de los primeros libros del poeta piedracelista.  Asimismo, cuando las obras merecen un reconocimiento, el libro no es parco en elogios. Así pues, el libro quiere saldar una deuda pendiente de los mismos poetas colombianos con la poesía que escribieron: reconoce los agravios olvidados, legítima algunos aplausos y corrige la pompa mentirosa.

Al ir pasando las páginas uno tiene la sensación de que Santiago, en ocasiones, abandona el diálogo con el poeta que tiene en frente y comienza un diálogo consigo mismo. Este diálogo interior consiste en una reflexión sobre el oficio del poeta y la poesía misma. En este sentido, Santiago (consciente o inconscientemente) camufla su propia poética entre niebla de los demás poetas. En el ensayo dedicado a Jorge Gaitán Durán dice que un poeta soberbio es quien piensa que controla el poema y que “Asumir lo otro sería aceptar que el poema se escribe desde afuera, no es propiedad cabal del poeta sino que acude a su encuentro”.

Además de estas reflexiones literarias, Santiago mezcla una mirada histórica y política en el entramado textual. La maraña de violencia y caos del siglo XX colombiano hace sentir su peso en el libro. En el ensayo de Luis Vidales, Santiago recorre sin temores la situación política en los albores del siglo, detalla el marco de barbarie que llegó con la Violencia y hace una semblanza de Luis Vidales y Los nuevos. El diálogo en otras secciones del libro se extiende a otros críticos: “Hay «fuerzas centrípetas» del lenguaje, lo señalaba Bajtin, impuestas por las autoridades para tratar de moderar la abundancia.”

Al finalizar quedamos con un saldo de catorce diferentes lecturas de Colombia. Once poetas muertos, tres poetas vivos. El libro concluye con José Manuel Arango, lo cual parece una suerte de homenaje. Quedan algunos nombres por fuera, como era de esperarse, pues en ningún momento el texto tenía una intención universal y objetiva; se trata de una lectura exhaustiva e iluminadora, pero personal. Con el libro, Santiago le dice a las jóvenes generaciones de poetas que sí vale la pena hacer crítica, que esta labor está más viva que nunca y que es igual de creadora que la poesía. Santiago busca que nosotros hagamos lo que parece que logró para sí mismo: reconciliarse con la historia trágica de un país convulso mediante la historia de su poesía.

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Santiago Ospina. Colombia, 1993. Poeta y editor. Fundador, director y miembro del comité editorial de la revista digital Otro páramo. Egresado en Filosofía en la Universidad de los Andes. Actualmente cursa una maestría en Literatura en la misma universidad. Sus poemas han aparecido en varias revistas de poesía nacionales e internacionales. En 2013 fue finalista en el Concurso Iberoamericano de Poesía Gonzalo Rojas.

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