«Esta es mi historia»

Entrevista a Carolyn Forché

;Por Pedro Varguillas & Jesús Montoya

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«Yo soy de Detroit y hay muchos poetas en Detroit, y aunque yo lo sabía, estudié en una escuela católica y todos los poetas que allí leímos estaban muertos, eran sobre todo poetas clásicos: Dante, Milton, Shakespeare. Mi padre, por aquel entonces, trabajaba en una fábrica. Recuerdo que cuando tenía 9 años hubo un invierno con mucha nieve, no podíamos salir y mi madre buscó un libro de poesía, me lo mostró y me dijo: «deberías escribir un poema». Éramos siete hermanos y en aquella tormenta nos dio algo que hacer a cada uno porque nos quería mantener tranquilos. Así que vi los poemas y me dije: «yo puedo hacer esto». Escribí un poema ese día. Era un poema aburrido sobre la nieve, aunque pintaba algo y tenía un esquema. Yo seguía el método de composición. Después del primer poema me volví adicta: quería escribir no solo poesía, quería escribir cualquier cosa, todo el tiempo. Y cuando entregaba las tareas en la escuela, las monjas católicas pensaban que me estaba plagiando los versos porque era imposible que la hija de un obrero escribiera, sin embargo, nunca consiguieron demostrar tal cosa. Un día le dije a la monja: «ok, me siento y usted me da un tema para escribir y me ve hacerlo, entonces podrá verificar que lo que le entrego escrito es mío». Escribí un poema en frente de la monja. Ella lo leyó, me miró, vio de nuevo el poema y no se disculpó, me dijo: «retírese». Y más nunca se habló de plagio. Cada estudiante de la escuela era conocido por algo: el futbolista, la muchacha bonita, sabes… Bueno, yo era la escritora de mi clase. Así seguí hasta que fui a la universidad. Para entonces había pocos programas de maestría en artes. El mundo de desarrollarse como poeta y ser profesor universitario no era como hoy en día, pero fui a la universidad y obtuve un título en Master of Fine Arts y mi tesis (el poemario Gathering the tribes) fue seleccionada el año siguiente a mi grado por Stanley Kunitz como ganadora del premio Yale Series of Younger Poets.

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En ese tiempo solo tengo 25 años. Era muy joven y no estaba preparada para el mundo literario. Era ingenua, una muchacha aún, y tenía publicado mi primer libro. De repente era una poeta de Yale. Era una locura. Luego del premio dejé de publicar, quería volver a mi pequeño mundo de escribir y leer poesía. No quería ser leída. Antes del premio de Yale nadie había leído mis poemas. De ninguna manera estaba lista para estar rodeada de personas que se acercaran a mí y me dijeran: «oh, leí tu libro». Quedé incapacitada por un tiempo para escribir. Era terrible y una amiga, hija de una poeta centroamericana, me dijo: «¿por qué no traduces los poemas de mi madre al inglés? Podría ser algo que haces mientras te vuelve la poesía». La poeta era Claribel Alegría, quien nació en Nicaragua y creció en El Salvador. Pasé un verano en España con ella traduciendo, por primera vez, un libro al inglés: de Flores del Volcán a Flowers from the Volcano. Después no encontraba una editorial para publicarlo, nadie sabía quién era Claribel Alegría. No era usual publicar traducciones de poetas latinoamericanos en los Estados Unidos. Me gustaba la traducción del libro, pero no podía encontrar una editorial. Entonces, una de sus primas me invitó a El Salvador. Era el tiempo de los escuadrones de la muerte en plena Guerra Civil y yo viajé por haberme ganado una beca Guggenheim. Ese viaje cambió mi vida. Hice siete viajes a El Salvador en dos años. Escribí poemas sobre la experiencia de la situación salvadoreña. En aquel momento no me interesaba publicar, solo escribía.

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Usualmente tenía miedo en El Salvador y me resguardaba en la escritura. Me lanzaba al suelo mientras afuera había enfrentamientos. Podía escuchar los sonidos de las explosiones mientras yo estaba en el suelo escribiendo poemas para escapar. También, en ese tiempo, leí Madame Bovary para huir de lo que ocurría. Uno de mis amigos en El Salvador me decía: «no sé cómo en un tiempo como este puedes leer ese libro tan estúpido sobre esa mujer», (risas) eso era lo que decía de Flaubert. Yo le respondía que leía la novela porque me hacía olvidar todo, por un rato podía estar libre del miedo. La escritura estaba presente continuamente en aquellos días. Posteriormente volví a Estados Unidos. Para entonces no me había dado cuenta de muchas cosas, no me había dado cuenta de que mi experiencia en El Salvador me había cambiado como persona, de que mi poesía había cambiado. Yo pensaba que estaba escribiendo mis poemas y ya. Publiqué los poemas, un par de años después, en el momento en que El Salvador estaba en los periódicos de Estados Unidos. Por esta razón, de repente, el libro The Country between Us (1981) se hizo muy famoso y su recepción fue mucho mayor que la primera vez. Fue como si hubiese hecho todo mal, si con el primer libro la atención sobre mí fue agobiante, con el segundo libro fue terriblemente exhaustiva porque me encasillaron como una poeta política. Si escribías sobre El Salvador eras político pero si ibas a Italia y escribías sobre Florencia no eras político. Era absurdo. Los poetas en Estados Unidos evadían escribir sobre temas políticos.

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Fue un momento de mucha interioridad: la vida, el amor, el deseo, el cuerpo, los romances, la soledad, escribir sobre otros poetas. No hay nada malo con eso y –aunque no lo dicen– hay cosas sobre las que no se puede escribir y yo había escrito sobre esas cosas. Fui invitada a varias universidades porque se supone que era una poeta que tocaba temas polémicos. Hubo muchos paneles de discusión, porque las universidades en Estados Unidos cuando apoyan algo lo mejor que hacen es organizar paneles sobre ese tema. Entonces hacían la presentación clásica de «hoy tenemos este a invitado que condena la poesía política y a esta poeta sandinista». Yo tuve que crearme una forma de resistir porque mi poesía fue escrita sin la preconcepción de que cuando estuviese impresa en una página iba a ser recibida como un relato político. Yo no estaba tratando de dar un mensaje. Yo nunca escogí mis temas, solo escribía sobre algo que podía venirme a la cabeza o no. Escribía desde la experiencia. Entonces percibí que estaban estableciendo una falsa dicotomía entre lo político y mi persona. Ahora creo que debemos pensar en el espacio social en el que se encuentran los factores que determinan la lectura e interpretación de una obra. Dónde sucede la publicación, los debates que se crean en torno al libro, estudios académicos, periódicos, el mundo literario y la discusión pública. Es el drama de lo social. No es la política, no son las instituciones del Estado y no es la domesticidad del corazón.

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Estoy inmersa en este espacio de lo social y me digo: «yo no soy la primera poeta en atravesar momentos difíciles. Hay eventos históricos en los que he estado y he escrito poemas sobre ello. No soy la primera en hacerlo. Ha habido otros en la misma condición en Rusia, Turquía, Grecia…». Por tal razón, tuve la idea de recolectar poetas que habían abarcado temas como los míos y estudiarlos para encontrar respuestas sobre la noción de lo político. Cuando la gente se enteró que estaba haciendo esta búsqueda recibí muchas cajas llenas de libros. Contacté personas en diferentes lugares del mundo. De repente estaba en las oficinas de la editorial W.W. Norton & Company explicándoles mi trabajo de recolección e investigación de poetas que habían trabajado lo político para realizar una antología. La editorial me dio un plazo de un año para armar la antología. Así que tuve que volver al estado inicial de mi búsqueda de respuestas y eso implicaba un trabajo de archivo que en mi caso personal era de faxes, cartas, notas. Una vez recolectadas mis fuentes, escribí pequeñas biografías de cada poeta y luego secciones sobre el evento histórico vivido por cada uno. Era un trabajo difícil, por ejemplo: auge y caída de la Unión Soviética en dos páginas, guerras entre Israel y sus vecinos palestinos en dos páginas. Este contexto histórico lo hice porque quería que fuese un libro que los estudiantes de literatura pudieran usar. La antología Against Forgetting. Twentieth-century Poetry of Witness (1993) tuvo 145 poetas con poemas escritos en 30 idiomas. Los críticos dejaron de hablar sobre mí, algunos atacaron la antología diciendo que era una forma astuta de recolectar poemas dándoles otro nombre. No les gustaba que hubiese encontrado un nuevo lenguaje, entonces decían: «es muy político».

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Estaba muy contenta con lo que ocurría en mi vida. Soy una escritora muy lenta, corrijo, corrijo, corrijo, siento temor de publicar, dejo de lado lo que esté trabajando. Aún soy así. Es terrible, pero esa fue mi formación. Usé el término poesía del testigo (poetry of witness) por encima de poesía política porque el corpus no era poesía política; muchos de estos poemas hablan de paisajes o nieve. Son poemas escritos por gente que vivió acontecimientos que marcaron sus tiempos como Gertrude Stein, Camilo Torres, Pablo Neruda. Para ordenar el libro dividí los poemas en las categorías: guerra, ocupación militar, arresto domiciliario, censura severa, exilio forzado, vida en regímenes prohibitorios, opresiones causadas por el Estado. Mientras organizaba la antología escribí mi tercer libro: The Angel of History (1993), un trabajo bastante experimental de meditación sobre escenas de eventos que ocurrieron en el siglo veinte. El libro tiene una forma híbrida con muchas yuxtaposiciones: collage, poemas largos, intercalación de ideas. Escribí para mí misma porque eso era lo que quería hacer, buscaba experimentar con el lenguaje.

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Uno de mis libros más recientes, Blue Hours (2003), es más arriesgado aún. El libro trata sobre el fin de una forma de vida. Recientemente terminé mi último libro de poemas, pero durante ese tiempo, quince años, trabajé en unas memorias escritas en prosa sobre mi estadía en El Salvador: What You Have Heard Is True: A Memoir of Witness and Resistance (2019). Quiero que los jóvenes tengan la oportunidad de caminar por donde yo caminé, que tengan la oportunidad de saber desde el principio cómo es ir a un país en el que no conoces nada, en el que está empezando una guerra; ser una muchacha estadounidense ingenua sin alguna idea de lo que está ocurriendo y que además es poeta. ¿Qué haces, cómo te vistes, qué ves, qué pasa, cómo cambias?, quería realizar ese proceso de regresión y conclusión. Pero este libro tendrá que esperar hasta el 2020.

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Soy muy amable conmigo misma como poeta en Estados Unidos. Soy amiga de muchos poetas, pero no estoy dentro de ningún grupo y mi trabajo no es parecido al de ningún grupo en específico, mis libros tampoco se parecen entre sí. No quería repetir en la escritura el mismo libro. Siempre quise explorar artísticamente, poéticamente, intelectualmente y hacer algo nuevo. La gente podría decir que escribí mucho pero yo diría que mis libros no tienen nada en común excepto la preocupación por el mundo que existe fuera de mí misma. Me he convertido en alguien que en su poesía revela menos sobre su vida personal, sus pensamientos, sus sentimientos. Soy mucho menos personal que otros poetas estadounidenses. Creo que los poetas son muy valientes al revelar sus vidas personales, pero yo no estoy interesada en mí misma. Puedo sonar graciosa al decir esto, sin embargo, es así como me siento con respecto a la labor poética. Esta es mi historia.»

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Bogotá, 6 de septiembre de 2018

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Varguillas y Montoya, miembros de nuestra redacción, entrevistaron a Carolyn Forché durante el 11° Festival Internacional de Literatura «Las líneas de su mano», evento dirigido y organizado por Federico Díaz-Granados, corresponsal de POESIA en Colombia. La traducción de la entrevista estuvo a cargo de Pedro Varguillas. Don J. Usner es el autor de la fotografía de Forché. 
La obra que ilustra este post fue realizada por la artista María Octavia Russo

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