Ética y estética en César Vallejo

 

 

Yolanda Osuna

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Rotas las fronteras, a cortadas las distancias,  los hombres se oyen y se entienden. Basta una voz transido del sentimiento colectivo, urgida de justicia, indoblegable ante lo indigno. Les lleva desde cualquier lugar del mundo: Santiago de Chuco, Trujillo, Lima, París o Madrid. Es la voz de un poeta que no conoció las diferencias nacionales sino por la que ellas han tenido de mezquinas en la persecución de los hombres con sede de libertad. Es la voz de un poeta que se identificó con todos los hombres del mundo en el gesto gallardo, soberbiamente humanizado de desgarrar la máscara de la hipocresía social para señalar el mal que comenzaba a corroer a la orgullosa sociedad moderna: la incomunicación. Aislado él mismo, tendió su voz para abrazar a los otros y quedó en su canto el eco repetido que comienza a solidificar el fragmentario sufrimiento de las razas. La solidaridad fue su credo, por eso cuando el hombre hispanoamericano se yergue puesta su mirada en un mundo nuevo, evoca al poeta de la solidaridad humana: CÉSAR VALLEJO. El capítulo que sigue es el último del libro La articulación ideológica en la poesía de César Vallejo, de Yolanda Osuna. En él se trata la Ética y la Estética como una de las categorías que junto con el amor y la religiosidad, la vida y la muerte, la condición humana y la libertad, constituyen la escala dicotómica por la que transita el poeta para llegar a un humanismo social.

 

 

Desde Los Heraldos Negros y Trilce, descubrimos en Vallejo una actitud preocupada por descifrar el significado de las relaciones entre el individuo y  la sociedad. Esta preocupación orienta su tarea poética hacia un intento de comunicación con el que sufre, en Los Heraldos Negros; se ratifica bajo el desgarramiento que enaltece lo subjetivo al descubrir en el absurdo la causa de la humillación en Trilce, y culmina con la solidaridad como vía de liberación en Poemas Humanos y España aparta de mí este Cáliz. Los distintos modos de poetizar son la expresión de angustiosa búsqueda que se inscribe en la ética de la liberación por el amor. A este punto cimero de su conciencia humanística no llega Vallejo por la concepción de la libertad como un valor metafísico, sino por su decisión de vivir enfrentado a la realidad social. Del individualismo que lo sitúa en monólogo frente a los que viven «nadamente», Vallejo pasa a la comprensión de su propia condición y la de otros, como piezas de  un mismo engranaje. El modo de su poesía en Poemas Humanos es la conversación que nos dice cómo es el hombre de su época, por qué  su vida absurda, por qué ama, por qué sufre, qué lo hace vivir muriendo. Es también su forma de acción en el compromiso asumido de denunciar los males que coartan la facilidad del hombre.

Pero la libertad no es gratuita; el hombre tiene que actuar para conquistarla. Vallejo lo hará como militante del Partido Comunista Español. En la etapa de actividad partidista, Vallejo no escribe poesía. Su trabajo intelectual se orienta por la literatura de ideas que busca en el teatro y en la novela su modo de expresión; escribe reportajes, artículos para prensa y libros testimoniales sobre los alcances del socialismo en Rusia. Una clara actitud de honestidad profesional lo obliga a deslindar actividades sin traicionar ideas. Ante la propuesta de Haya de la Torre para que «los artistas ayuden con sus obras a la propaganda revolucionaria en América», Vallejo le responde: «en mi calidad genérica de hombre, encuentro su exigencia de gran giro político y simpatizo sinceramente con ella, pero en mi calidad de artista, no acepto ninguna consigna o propósito, propio o extraño, que aun respaldándose de la mejor buena intención, someta mi libertad estética al servicio de tal o cual propaganda política»[1]; así lo deja sentado en su artículo «Literatura proletaria» de Literatura y Arte. Allí Vallejo reconoce las implicaciones políticas que el artista puede asignarle a su obra, como producto de su ideología, pero en una atmósfera de libre creación y no impuestos y controlados por instituciones o por el Estado.

Conviene señalar que en Vallejo se conjuga una posición dialéctica vital: su militancia política no significa renuncia a su arte; antes bien, de ella se nutre para una posterior maduración estética; a su vez, la práctica no significa dar espaldas a la política; por el contrario, se da esta en la forma madre depurada y menos almenada de la dogmatización ideológica. Para comprenderlo tenemos que remitirnos nuevamente al mejor logró de su creación artística: España aparta de mi este Cáliz.  Todos los factores que se concertaban para darle al hombre una condición íntima,  son aquí absorbidos por un único sentimiento de libertad; sentimiento que magnífica la existencia y responde al «por qué» de sus interrogantes «para»… al aquí y ahora de sus «jamases», de sus «siempres» o sus «nuncas». Ahora, el hombre pobre con quien habló Vallejo en Poemas Humanos, es el hombre grande de cualquier lugar del mundo, que sabe para qué vive y por qué muere; se ha jugado todo a la libertad. Esta sedimentación de la conciencia social comporta una sedimentación lingüística: lo que fue búsqueda expresiva en Poemas Humanos, es ahora afirmación rotunda por la fuerza avasallante del verbo.

La militancia ideológica nutre la dualidad Ética y Estética en Vallejo. De ello tuvo clara conciencia desde la publicación de Los Heraldos Negro, cuando escribe aquí su amigo Antenor Orrego:

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El libro ha valido en el mayor vacío. Soy responsable de él. Asumo toda la responsabilidad de su estética. Hoy, y más que nunca quizás siento gravitan sobre mi, una hasta ahora desconocida obligación sacratísima de hombre y artista, ¡la de ser libre! Si no he de ser hoy libre, no lo seré jamás [2].

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Lo ratifica en 1927, cuando en el artículo «Los artistas ante la política», de la obra citada, declara:

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El artista es inevitablemente un sujeto político. Su neutralidad, su carencia de sensibilidad política probaría chatura espiritual, mediocridad humana, inferioridad estética.

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Y añade más adelante: «el arte no es un medio de propaganda política, sino el resorte supremo de creación política». De esta manera, Vallejo articula la política dentro de su ética y la transforma en una nueva realidad sensible.

El valor en la obra de Vallejo radica en su capacidad para transfigurar, con caracteres muy personales, los elementos de la realidad social, pasados por el tamiz de su sensibilidad creadora. Vallejo expresa en su poesía la conciencia social de la época histórica en que vivió. Debemos admitir que el poeta habla por una mayoría que percibe el mundo de determinada manera. Por eso no es un azar el hecho de que Vallejo elija la justicia y el amor como temas fundamentales de su obra. Lúcido en su posición social, comienza Vallejo por romper el oropel modernista, no como mera expresión de reforma estética, sino porque el lenguaje no puede ser ajeno a una realidad que nos pertenece y conmueva por la presencia de la indignidad, la miseria, el desamor y la injusticia en que se halla sumido el hombre. De este modo, a partir de una posición ética que tiende a la liberación del hombre, su lenguaje subversivo será la forma de afirmar las relaciones con el medio que lo rodea.

Si admitimos con Lucien Goldman que, artista es quien recoge la visión del mundo percibidas por un grupo dado en la realidad, y la traduce en «respuestas sensibles y concretas»[3], no podemos creer que Vallejo sea un individualista en simple posición de pesimismo, sino una colectiva cuya resonancia sigue turbando conciencias, porque la visión que él recoge en su poesía está vigente.

El gran paso de Vallejo consistió en contradecir el criterio estético dominante y en romper con las convenciones que limitaban la expresión de una realidad. Aquellas convenciones calcadas fríamente, servían para que intelectuales reaccionarios aprovecharan el purismo de un lenguaje exótico y evasivo, para expresar una ética que aceptaba la injusticia, el vasallaje y la tiranía del hombre por el hombre, como males inevitables de la sociedad. La posición estética de Vallejo radica en haber desenmascarado la milenaria indignidad de ese lenguaje.

El lenguaje es el espejo de la ideología de clases dominante. Ninguna rebelión puede olvidar el lenguaje si quiere penetrar en el alma del pueblo. La genialidad del poeta comienza por la revolución del instrumento comunicativo. Ello nos explica por qué Vallejo, hijo del Modernismo e invariable admirador de Rubén Darío, abandona pronto la bisutería modernista y echa a andar solo en la tarea de construir su propia poética, tras la persecución de un ritmo personal que subraye el tono contestatario. Por eso destierra el exotismo y en su lugar acoge el lenguaje coloquial, reflejo del cotidiano acaecer del hombre medio dentro de una realidad que nos pertenece; rompe con la lógica e impone la arbitrariedad en la invención de palabras, en la invención de sentidos y situaciones; trastorna la sintaxis y establece el contraste como principio estético para dar idea de las contradicciones de la existencia de la violencia del absurdo. Y por la vía de lo absurdo, con el ideal estético de cantar lo bello estableciendo los principios de la antipoesía, al imponer la estética de lo feo: piojos, chinches, excremento, vida miserable, mediocridad y enajenación rutinarias, estallan contra la visión de un mundo hermoso, arridado, satisfecho.

Es interesante recordar algunos enunciados de Vallejo, que nos orientan dentro del convulso mundo de su poesía, para dilucidar su estética. En su libro Literatura y Arte, bajo el título «Poesía Nueva», Vallejo señala:

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En la poesía verdaderamente nueva pueden faltar imágenes o «raports» nuevos —función esta de ingenio y no de genio—, pero el creador goza o padece allí una vida en que las nuevas relaciones y ritmos de las cosas se han hecho sangre, célula, algo, en fin, que ha sido incorporado vitalmente en la sensibilidad[4].

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Una nueva visión del mundo, dicha con un nuevo lenguaje que toca la fibra humana. En el mismo libro, en el artículo, «Se prohíbe hablar al piloto», afirma: «Existen preguntas sin respuestas que son el espíritu de la ciencia y el sentido común hecho inquietud. Existen  respuestas sin preguntas, que son el espíritu del arte y la conciencia divina de cosas». No es toda su poesía una respuesta a la incertidumbre del vivir? La liberación debe comenzar en los hombres conscientes. Los artistas son los llamados a «realizar un espíritu propio, hecho de verdad, de vida, en fin, de sana y auténtica inspiración». Son estos postulados que Vallejo dirige a las jóvenes generaciones hispanoamericanas en su artículo «Contra el secreto profesional», publicado en Variedades, 1927[5]. Luego de criticar el seguidismo incondicional y la imitación gratuita vanguardistas, hace una consideración sobre la originalidad de la materia poética, que reside en el tono. El tono, su vez, responde a una concepción de la vida, es el eco de una realidad, por lo que jamás puede ser copiado, imitado; él  nace de profundidades, allí la necesidad de lograrlo: «Hay un timbre humano, un latido vital y sincero, al cual debe propender el artista, a través de no importa qué disciplinas, teorías o procesos creadores…»

La relación entre el poeta y el pueblo, se opera a través del lenguaje, pero una vez recogido este de la cantera común y reelaborado en ese horno de incandescencias sin medida que es el espíritu del poeta, debe ser devuelto en forma de mensaje en el que los hombres se reconozcan; por eso «hacedores de imágenes, devolved las palabras a los hombres», por eso, insta Vallejo a los falseadores de la poesía. Se podrían establecer correlaciones entre series de poemas que revelan la angustiosa búsqueda expresiva en los libros de Vallejo. Una muestra la encontramos en Poemas Humanos: «Transido, salomónico, decente»  (PH. 114), «La paz, la avispa, el taco, las vertientes» (PII. 115) y «La cólera que quiebra al hombre en niños» (PH. 116), establecen una correlación expresiva: los dos primeros nos comunican un lenguaje desesperado por dar plasticidad a cuanto es ofensivo al hombre, a través de la sucesión, en aparente incoherencia, de adjetivos, nombres, adverbios y sustantivados; todo ello hallará en el último poema la armonía rabiosa de lo que fue grito incoherente en los otros:

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La cólera que quiebra al hombre en niños,
que quiebra al niño, en pájaros iguales,
y al pájaro, después, en huevecillos;
la cólera del pobre
tiene un aceite contra dos vinagres.

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El aislamiento, el individualismo a ultranza que da espaldas a la realidad, no es el campo fértil para una producción sensibilizada; en esas condiciones, el escritor pierde en abstracciones que nada tienen que ver con la realidad. Vallejo fustiga al escritor anquilosado por el temor a enfrentarse con la «libre inmensidad de la vida». En su artículo «Literatura a puerta cerrada», caracteriza al escritor obediente a la complacencia de satisfechos y aburridos lectores burgueses:

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El literato de puerta cerrada no sabe nada de la vida. La política, el amor, el problema económico, el desastre cordial de la esperanza, refriega directa del hombre con los hombres, drama menudo e inmediato de las fuerzas y direcciones contrarias de la realidad, nada de esto sucede personalmente al escritor de puerta cerrada[6].

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Estas declaraciones confirman nuestra apreciación de que Vallejo obedecía en su tarea creadora, a un dictado profundamente humano y comprometido con el momento histórico que le correspondió vivir.

Al artista se le presenta la alternativa: o se aísla del medio y hace su literatura de puerta cerrada, o vibra con el momento, con el hecho social y absorbe las vivencias que este le presenta para transformarla y darles una nueva imagen en la realidad poética. Pero aún en las condiciones del aislamiento, la poesía incorpora las relaciones entre el poeta y la realidad social. Cierto es que el poeta no va a hacer la revolución con sus escritos, pero, a través de ellos, orienta los sentimientos, las ideas de la época y hasta puede señalar los motivos de la miseria y el desajuste del mundo en que vive. En el articulo «La obra de arte y la vida del artista»[7], Vallejo establece el sincronismo en que se dan fatalmente la obra y la vida del creador, con «las vicisitudes personales de su vida, y, lo que es más importante, el ritmo político y económico de su espíritu». Lo que hay que diferenciar es el proceso a que somete el material que le brinda la circunstancia histórica. Así, podemos detectar en Los Heraldos Negros, ciertos procedimientos que revelan la relación del poeta con la realidad: el ritmo angustiado por la fatalidad en el primer poema del libro, que se proyecta sobre el resto de composiciones y halla su eco en el monótono paso del tiempo, en poemas de como el poema II. Ese ritmo se reviste de cierta suave musicalidad de reminiscencia modernista, en los poemas que evocan las relaciones afectivas en los dos libros; así podemos constatarlo en «Nervazón de Angustias» (LHN. 13) «Idilio Muerto» (LHN. 64) y «Amor Prohibido» (LHN. 80), así  como en: los poemas XXIV (TR. 58), XXIII (TR. 40), XLVI (TR. 76) y LXV (TR. 106) todos los cuales comunican un tono de intimidad y confidencia narrativa. Pero el tono predominante en Trilce es el de la arbitrariedad lingüística, el de la ruptura con el pensamiento lógico. La relación del poeta con la realidad ha decantado los signos de una crisis que no permite el acomodo a la expresión armónica: «Rehusad, y vosotros, a posar las plantas / en la seguridad dupla de la Armonía / Rehusad la simetría a buen seguro / Intervenid en el conflicto de puntas que se disputan / en la más torionda de las justas / el salto por el ojo de la aguja», dice en el poema XXXVI (TR. 61). Entonces surgen las inversiones: «El traje que vestí mañana»; el ilogicismo: «y quedar con el frente hacia la espalda»; la rebeldía ortográfica: «Vusco volver de golpe el golpe / todo avía verdad…» las aliteraciones: «Alfan alfiles a adherirse…» y el juego cifrado con los números: «… Pues apenas acerco el 1  al 1 para no  caer…»; «Tengo 70 soles peruanos… / Ella, siendo 69, dase contra 70; / luego escala 71 rebota en 72». Todo Io cual traduce una visión trastornada del mundo que va a dar en el absurdo.

El verso es el instrumento de la rebelión y en ocasiones, el hallazgo que alivia de la soledad, o la comunicación que nos enseña la lección poética en lucha por realizarse. En Los Heraldos Negros, cuando todo parece envolverse en un desgano de vivir, cuando la fatalidad de la vida llena el corazón de incertidumbre, el poeta encuentra en la poesía el único oasis donde refugiarse: «Cuando las sienes tocan su lúgubre tambor / hay cuando me duele el sueño grabado en un puñal, / hay ganas de quedarse plantado en este verso!» (LHN. 92).

En el poema LV (TR. 90) hay un deseo expreso de comparar dos formas de comunicar una misma realidad: Samain y Vallejo enfrentados a la tristeza del discurrir de la vida, lo expresan en formas estéticas diferentes:  «Samain diría el aire es quieto y de una contenida tristeza», es un verso que llega directamente al lector, por desprevenido que sea; la predicación y la imagen de la tristeza, si bien muestran una selección  del lenguaje, no representan desviaciones connotativas de profunda subjetividad; lo poético reside en la simpleza de un enunciado que refleja la visión triste, pero amable de la realidad.

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Vallejo dice hoy la Muerte está soldando cada
lindero cada hebra de cabello perdido, desde
la cubeta de un frontal, donde hay algas,
toronjiles que cantan divinos almácigos en guardia, y
versos antisépticos sin dueño.

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Un en enfermo lee, La Prensa, como en facistol.
Otro está tendido palpitante,  longirrostro,
cerca a estarlo sepulto.
Y yo advierto un hombro está en su sitio
todavía y casi queda listo de este, el otro lado.

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Vallejo nos transmite una imagen más descarnada de los motivos de  la tristeza: la muerte en plena actividad, pocas veces imaginada; el tiempo humanizado en caricatura violenta, las transformaciones del hombre por enfermedad, todo en imágenes grotescas que trastornan la tímida imaginación del lector. Con lo cual el poeta evidencia su intención de romper con la estética de lo bello para implantar la estética de lo absurdo. Es así como, a partir de este libro, el lengua se rompe en fragmentos que obligan a un rehacer, a una reconstrucción por parte del receptor.

En el LXXVII, el poeta alude a la lluvia, pero el temor a quedarse seco, y la inserción de sintagmas alusivos a la voz y a la armonía, remiten a una significación subyacente, cuyo referente es la creación el poética: el poeta señala la angustia de no haber dado todo lo que debía dar la voz poética, y el convencimiento de que, por el absurdo, podía

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¿Hasta dónde me alcanzará esta lluvia?
Temo me quede con algún flanco seco;
temo que ella se vaya, sin haberme probado
en las sequías de increíbles cuerdas vocales,
por las que
para dar armonía,
hay siempre que subir ¡nunca bajar!
¿No subimos acaso para abajo?           (TR. 126)

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En Trilce, los elementos de su postura estética se centran en el absurdo lo que obliga a una expresión enrevesada en la que juegan las antinomias, las paradojas y se incorporan los números como elementos significantes de una realidad cifrada. El lenguaje hermético es pertinente para expresar una respuesta de carácter abstracto, de allí el misterioso juego que la palabra ejerce en el cerrado mensaje del poema LXXIII (TR. 120):

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Ha triunfado otro ay. La verdad está allí
¿Y quién tal actúa no va a saber
amaestrar excelentes dijitigrados
para el ratón? ¿Sí… No…?
Ha triunfado otro ay y contra nadie.
Oh exósmosis de agua químicamente pura.

Ah míos australes. O nuestros divinos.
Tengo pues derecho
a estar verde y contento y peligroso, y a ser
el cincel, miedo del bloque basto y vasto;
a meter a pata y a la risa.
Absurdo, solo tú eres puro.
Absurdo, este exceso solo en ti se
suda de dorado placer.

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El poema marca una fractura de las formas expresivas tradicionales, incorpora imágenes simbolistas y el absurdo como substancia poética que irá asumiendo funciones diversas en poemas posteriores. La síntesis aquí lograda cierra una etapa en la vida de Vallejo y lo sitúa como iniciador de una nueva poética cuyas implicaciones definen al artista comprometido. «Estas esencias -dice el poeta- trasmutadas, pasan a ser, en el seno objetivo de la obra, gérmenes sutiles y sugestiones complejas de excitación social transformadora». La poesía trasciende el ritmo histórico y la circunstancia temporal para convertirse en algo nuevo que está dentro de la historia, pero con autonomía. La actitud frente a la realidad social señala el modo como se cumple tal relación. En Vallejo, una vocación de servicio a la humanidad está presente en su afirmación de artista dentro de la realidad histórica; ella marca los diferentes estadios de su quehacer poético. De esta manera, la postura individualista de Vallejo, expresada en Trilce a través de un lenguaje profundamente subjetivo, adoptará una apertura en Poemas Humanos.

El sentido nuevo de la poesía de Vallejo, esa estética del anti-ideal burgués, expresado en lenguaje caótico a través de Poemas Humanos, no puede explicarse como producto del azar, ni como desahogo de frustraciones personales. No es posible ver al artista solo como un malabarista de la palabra, ni como un animal superespecializado en el manejo abstracto del material creador; obviamente, hay un substrato de índole política en toda obra. En Vallejo, es evidente que las condiciones socioeconómicas del Perú que lo formó y de la Europa que lo vio morir, fueron decisivos en el desarrollo de su conciencia social. Las limitaciones propias de este trabajo no nos permiten entrar en el estudio profundo de tales condiciones, pero resulta útil señalar someramente algunas de ellas: condición socioeconómica del campesino, el obrero y el indio peruano; reacción anticolonialista en grupos artísticos del Perú; secuelas de la Primera Guerra Mundial; triunfo de la revolución en Rusia y surgimiento de las primeras sociedades socialistas; triunfo de la República en España; y, paralelamente, crecimiento del nazifascismo europeo, son factores que conforman una nueva visión del mundo, cuya expresión existencial se patentiza en actitudes de incertidumbre, desconfianza, anarquía, duda, rebelión contra el sistema democrático-burgués, pérdida de la fe en la cultura occidental y, como contrapartida, esperanza en una sociedad nueva.

En medio de este mundo desquiciado, alevosía, agresivo, se sitúa Vallejo como combatiente anónimo con su única arma: la palabra, respaldado por un humanismo que ya ha arraigado sólidamente en él y que en su poesía se traduce en el acento humano y solidario; constancia de su inmersión total en un mundo de valores cuestionados, cuya transformación es anhelada por una mayoría  de quien es voz el poeta.

El mismo poeta declara en el contexto de «Al revés  de las aves del monte» (PH. 76): «Pues de lo que no es / sino de lo que pasa en esta época,  y / de lo que ocurre en China y en España, y en el mundo», y lo ratificará  con el valor significativo de su obra. En todos los poemas de esta última etapa, figura la compenetración con el sufrimiento del hombre, con las mínimas batallas cotidianas; están también las respuestas a tantas preguntas de angustiosa incertidumbre y está  el cuadro de lo indeseado. Así como la vida se presenta de absurdo en absurdo, intrincada y desgarrante, así será la visión que el poeta quiere comunicarnos a través de una estética  en cada complaciente, rebelde, subversiva y hasta absurda en su expresión.  El gusto melodramático que justifica el conflicto social, desaparece del mundo poético de Vallejo para dar paso a una expresión violenta como la vida misma. La dialéctica que descubre en la relación hombre-sociedad, se patentiza en los diferentes estratos de su poesía:

—Dialéctica del lenguaje: lucha entre la expresión antigua, y un nuevo lenguaje que exprese la realidad de la época. En un mismo poema encontrar ejemplos del lenguaje: lucha entre la expresión antigua popular, y un nuevo lenguaje que exprese la realidad de la época. En un mismo poema podemos encontrar ejemplos de lenguaje al lado de imágenes abstractas de lenguaje depurado y hasta hermético:
«Considerando / … que el diagrama del tiempo / es constante diorama en sus medallas / … /  y luego canta, almuerza, se abotona…»
«Oh luz que dista apenas un espejo de la sombra»
«¿Cóndores? me friegan los cóndores»
«Veces las del bocado lauríneo, / con símbolos, tabaco, mundo y carne, /
deglución translaticia bajo palio, / al son de los testículos cantores;…»
—Dialéctica de contenidos que se expresan por contraste, a través de constantes vida y muerte, duda y fe, sojuzgamiento y libertad, mediocridad y trascendencia:
«alivia, ofrece asiento el existir, / condena a muerte;»
«¡Haber nacido para vivir de nuestra muerte!»
«De puro calor tengo frío…»
«¡Oh profesor, de haber tanto ignorado!»
«¿Para solo morir, tenemos que morir a cada instante?»
«vía indolora en que padezco en chanclos / de la velocidad de andar a ciegas», etc.
Son formas de cuestionamiento que hallan en el poema «Yuntas» la más depurada expresión: «Completamente. Además, ¡vida! / Completamente. Además, ¡muerte!»
—Dialéctica entre la absurda realidad presente y el futuro humanizado, lo que implica un cuestionamiento la concepción absoluta del tiempo: «Pues de lo que hablo no es / sino de lo que pasa en esta época, / de lo que ocurre en China y en España, y en el mundo».
«Ya va a venir el día. Da / cuerda a tu brazo…»
«Esclavo, es ya la hora circular…», rebelión, en fin, contra el tiempo existencial impregnado de acentos degradantes, al que contrapone un porvenir grávidas de sentido humano: «… se amarán todos los hombres».
—Dialéctica entre el sentir profundo que busca la resonancia auténtica y la limitada significación de la palabra. Tal en «Intensidad y Altura» (PH. 36), donde surge la angustia por captar el lenguaje preciso de su cuento:

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Quiero escribir, pero me sale espuma,
Quiero decir muchísimo y me atollo;
No hay cifra hablada que no sea suma,
no hay pirámide escrita, sin cogollo.

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Quiero escribir, pero me siento puma;
quiero laurearme, pero me encebollo.
No hay voz hablada, que no llegue a bruma,
no hay dios ni hijo de dios, sin desarrollo.

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El esfuerzo que implica el proceso creador está en relación  con el desenvolvimiento vital, por eso el poeta invita al volver a la vida, a la realidad, para nutrirse en ella y fecundar la fuerza creadora. A esta preocupación se une la angustia por el destino de la palabra creadora en su enfrentamiento con la muerte, allí  la pregunta en «Sermón  sobre la muerte» (PH. 42): «Para solo morir, / ¿tenemos que morir a cada instante? / ¿Y el párrafo que escribo?», a la que inmediatamente responde con la resolución de defender la vida a todo riesgo, con el arma explosiva del poema: «defenderé mi presa en dos momentos, / con la voz y también con la laringe». La duda asalta siempre y el poeta vuelve al interrogarse sobre el destino de la poesía: «Y si después de tantas palabras, / no sobrevive la palabra!» (PH. 104); la respuesta es rechazo a la vida que concluye en un morir intrascendente. Esta preocupación conduce al una búsqueda de mayor perfeccionamiento en la tarea creadora, destinada al evitar que la palabra poética caiga en el vacío, e implica un anhelo de supervivencia que envuelve ética y estética. Tal desvelo halla correspondencia en el convencimiento alcanzado por Vallejo acerca del sentido histórico de la obra poética. El referente obligado de la poesía, como de toda obra artística, la realidad individual y social, ella se manifiesta en el poema cómo vivencia que se trasmuta en imagen y se comunica al lector, pero el valor de la palabra debe rebasar a la historia misma. Ello explica la angustia creadora de Vallejo y los recursos con los que quiso enriquecer su obra. Junto al la angustia que desataba en su espíritu la injusticia humana. Vallejo vivió la angustia estética por lograr una expresión sensiblemente plástica y capaz de comunicarnos la situación real de su época, pero siempre cuidadoso de no caer en las concesiones propagandísticas ni de pintar las situaciones a pulso fotográfico.  Su ruptura con fórmulas tradicionales, su incorporación de numerosas expresiones del lenguaje popular con nueva función, su alteración de la lógica, su invención de vocablos, la riqueza de sus imágenes, forman parte de esa búsqueda expresiva de fondo genuinamente humano que, realmente, logra en su poesía.  Algunos recursos frecuentemente usados en Poemas Humanos, evidencia su preocupación estética:

— Enumeraciones de la realidad circundante: «un pilar soportando consuelos, / pilar otro, / pilar en duplicado, pilaroso».
«Estas esencias mi intensidad en bruto, a cántaros, / este mi grato peso, que me buscara abajo para pájaro; / este es mi brazo…»
«Tus trazos confundibles, / tu gesto marital, / tu cara de padre / tus piernas de amado, / tu cutis por teléfono, / tu alma…»
—Conjunción de contrarios: derecha-izquierda; vida-muerte; arriba-abajo.
—Enunciación encadenada de significados, a partir de una cadena de significantes:
«Va corriendo, andante, huyendo / corre de todo / andando…»;
«¡Es como si me hubieran puesto aretes! / ¡Es como si se hubieran orinado! / ¡Es como si te hubieras dado vuelta! / ¡Es como si contaran mis pisadas!»
—Contradicciones de conceptos o de abstracciones:
«Confianza en el anteojo, no en el ojo»;
«sublime, baja, perfección del cerdo»;
«Pero cuando yo muera / de vida y no de tiempo»;
«Alivia, parece asiento el existir, / condena a muerte»;
«¡Oh siempre nunca dar con el jamás de tanto siempre!»
—Sustantivación de términos: «pero darme, una piedra en que sentarme, / pero darme, / por favor, un pedazo de pan en que sentarme»;
«la punta del hombre/ … punta al darse en secretos caracoles, / punta saliendo de escuchar a su alma».
—Alteración del sentido lógico: «por favor, un pedazo de pan en que sentarme»;
«Oh vino que enviudó de esta botella»;
«crezcan la yerba, el liquen y la rana en sus adverbios».
—Impertinencias de sentido que se resuelven en metáforas:
«Fue domingo en las claras orejas de mi burro / más hoy son las once en mi experiencia personal»;
«tu candado ahogándose en llaves»;
«si cae España… / del cielo abajo su antebrazo que asen, / encabestro, dos láminas terrestres;»
—Contrastes en diferentes modalidades: en dísticos conceptuales:
Un hombre pasa con un pan al hombro
¿Voy a escribir, después,  sobre mi doble? (PH. 79)
O dentro de la estrofa para acentuar la fuerza descriptiva  de un sentimiento:
La cólera que quiebra al hombre
que quiebra al niño en pájaros iguales,
y al pájaro, después en huevecillos;
la cólera del pobre
tiene un aceite contra los vinagres.  (PH. 116).

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Síntesis  de la ética y la estética de Vallejo es el poema «Un hombre pasa con un pan al hombro» (PH. 79). En lenguaje de limpiada factura, el poeta plantea los principios de su ética al devolver las contradicciones entre la realidad social y la actividad intelectual. En los dísticos uno, seis y siete, está emplazado concretamente el poema:

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Un hombre pasa con un pan al hombro.
¿Voy a escribir, después, sobre mi doble
……….
Otro busca en el fango huesos, cáscaras
¿Cómo escribir, después  del infinito?

Un albañil cae de un techo, muere y ya no almuerza
¿Innovar, luego, el tropo, la metáfora?

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La interrogante es una negación con sentido de ironía y de censura para quien vuelve la espalda a la realidad emergente. El poema comunica lección de solidaridad humana y define la posición del creador frente a su época.

Si la poesía de Vallejo sigue vigente, es porque además de sus valores estéticos sugiere un cambio de conciencia, insta al un rechazo de la vida absurdamente organizada y aviva la necesidad de transformar la realidad. Por eso el poeta puede recomendarle a los jóvenes escritores, todas las armas para asumir el compromiso frente a los problemas vitales, aun el pesimismo y la depresión, pero no como lo usaban los surrealistas: «El pesimismo y la depresión deben ser siempre etapas y no metas», les dice Vallejo en el artículo, «La juventud de América en Europa», publicado en Mundial, febrero, 1929[8]. La fórmula para construir una cultura auténtica americana, constituye un acto de subversión destinado al un fin positivo:

Para conseguirla, pongamos en juego todos los juegos destructivos, contra todos los bastardos  asomos y simulaciones de cultura que sustentan nuestra pedantería continental…

Nuestro estado de espíritu exige un pesimismo activo y una terrible desesperación. Tales son por ahora y para empezar, nuestros primeros actos hacia la vida.

Con ello se ratifica la ética de Vallejo: un sentido de la vida a través de la acción creadora, y una estética que se nos ofrece como la más depurada y revolucionaria en su obra final. En ella está el hombre de pie, golpeado, herido de muerte, pero íntegro y sostenido por la fe en la condición humana y la esperanza en su acto de comunicación liberadora:

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¿Batallas? ¡No! ¡Pasiones precedidas!
¡de dolores con rejas de esperanzas,
De dolores de pueblo con esperanzas de hombres!
¡Muerte y pasión de paz, las populares!
¡Muerte y pasión guerreras entre olivos, entendámonos!

(EAC. 27 Himno a los voluntarios de la República).

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Toda la angustia de Vallejo por expresar la vida en una estética significativa, que revele la lucha entre la experiencia existencial y el poder creador de la palabra, alcanza su máximo logró en los poemas España Aparta de mí este Cáliz; en ellos el tono subversivo del lenguaje se vuelve testimonio de la arbitraria realidad: persisten los contrastes porque se han desatado las oposiciones, nuevamente se recurre al las enumeraciones, los juegos antitéticos, las reiteraciones, pero ahora con sentido positivo para subrayar el significado revolucionario de la muerte como signo de hallazgo poético y de nueva vida:

:

Al fin de la batalla,
y muerto el combatiente, vino hacia él un hombre
y le dijo: «No mueras, ¡te amo tanto!»
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

Se le acercaron dos y repitiéndole:
«¡No nos dejes! ¡Valor! ¡Vuelve a la vida!»
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

Acudieron al él veinte, cien, mil, quinientos mil,
clamando: «¡Tanto amor, y no poder nada contra
la muerte!»
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

Le rodearon millones de individuos,
con un ruego común: «¡Quédate hermano!»
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

Entonces, todos los hombres de la tierra
le rodearon; les vio el cadáver triste, emocionado;
incorporándose a los lentamente,
abrazó al primer hombre; echóse a andar…
:
(Masa EAC. 81).

 

Ética y estética quedan resueltas en una síntesis trascendente: Humanismo social.

 

____________
:
Notas:
::
[1] C. Vallejo, Literatura y Arte, p. 77.
:
[2] J. C. Mariátegui. Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana, p. 275.
:
[3] Lucien Goldman. Marxismo, Dialéctica y Estructurales o, p. 38.
:
[4] Opiniones. Cita. pp. 12 y 22.
:
[5] Véase Aula Vallejo No 1, pp. 33-34.
:
[6] Ibid. pp. 44.
:
[7] Véase AULA VALLEJO Nos. 5, 6, 7.
:
[8] En AULA VALLEJO Nos, 5, 6, 7 p.9.

 

 

Ética y estética en César Vallejo se encuentra publicado en el n° 7-8 de Zona Tórrida, revista de cultura adscrita al Departamento de Literatura de la Dirección de Cultura de la Universidad de Carabobo. La imagen que ilustra este post es un detalle de una pieza de Johnny Contreras Figueroa, primer lugar en el V Concurso de Pintura al Óleo «Pedro Azabache» (Moche, Trujillo, Perú).

 

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