Ética y poesía

Reynaldo Pérez Só

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1

Estar consigo, consciente, como si en cada momento uno pudiera escaparse de sí, pero se hace difícil si no imposible cuando se está fuera, ausente, y el amarre depende de situaciones externas, porque uno ya es presa de factores que no nos pertenecen. Es entonces cuan­do el verdadero llamado a la poesía se hace necesario para que el poe­ma se haga posible de la mejor manera, con todo lo que de mí pueda dar. Sin embargo, la tarea no se hace nada fácil cuando se ve entorpe­cida por mi propia manera, -una postura- acostumbrada de ver el mundo tanto externo como interno.

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Lo que más me conviene es la necesidad que surge de ser yo con todos mis defectos, de estar desnudo en un mundo que está acostum­brado, no a la desnudez sino que se complace en las máscaras cotidia­nas, que en realidad parecen convencer absolutamente a nuestros con­géneres, acostumbrados al festín habitual de quien miente mejor, como si esto fuese una virtud. Y no solo se habla de poesía, puesto que entre esta y mi condición vital no existe diferencia.

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Se habla de soledad y es tal vez una cueva donde las quejas de lo imposible se abren y dejan entrar al orgullo, la vanidad, la importan­cia de sí, huéspedes sin importancia, pesados que nos estupidizan con­fortándonos quienes llaman quedamente al oído con palabras como, soledades, ausencia u otras por el estilo de manera que nuestra vida inspire lástima o el poema produzca el efecto del discurso político que arranca pasiones que son bien servidas en la mesa del próximo gobernante.

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Sobre la humildad en mi conducta, creo, que no es absolutamente una búsqueda, bien podría decir que no es búsqueda activa sino pasividad, la activa estaría dada en la negación de los atributos que no permiten que ella se exprese plenamente, si podemos pensar que la humildad, tan importante en el poeta como en cualquier ser humano es una expresión. En verdad solo haría falta tener la dirección que se haría efectiva en sentido negativo, estrictamente negativo.

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¿Cómo puedo estar conmigo, con mi presencia, sin que nada ni nadie ni ningún pensamiento parásito haga pasto de mí? Cuántas ve­ces, pero cuántas no he pensado, actuado desde mi pensar para lograr el objetivo y me pierdo. Lo que creo una virtud se vuelve laberinto donde me hundo más y más. He tratado de formas diferentes pero casi siempre llego al mismo lugar de mi abandono. Quizá tenga una posibilidad mediante un internarme consciente de tal manera que lo que pienso como secundario y externo se me transforme en devoción absoluta. Un entregarme a lo que creo, a lo que siento, a lo que percibo de ese sentir, real, de manera que tome cuerpo yo con lo que me rodea, de este modo aquello que pueda escribir sea responsable, auténtico, una parte de mi propio absoluto, real, testificación de mi estado de ser humano que busca y procura con su vida y palabras el tiempo, no intercambiable, propio no teñido con lo que de ninguna forma me per­tenece.

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6

Engañarme en los demás es mi propio engaño, y con esto estoy haciendo las cosas ni siquiera a medias. Las estoy haciendo en apa­riencia, estoy llenando un espacio y un tiempo con lo que jamás será parte del Absoluto. No me estoy en armonía con nada, posiblemente sí con la máscara social de la vanidad y el orgullo, mientras me alejo del reencuentro mío vital. Mi trabajo es el trabajo que la morfina en­trega, que pasa cuando los efectos químicos de ella acaben. Y esto es un trabajo para el otro, para las circunstancias, para desaparecer de mí, irme borrando de mi tiempo, para que la muerte en vida prepare mejor el cadáver. Pero cómo sé dónde radica el engaño, hay una refe­rencia: no ir por donde mi enemigo pasa cuando lo reconozco como tal, de manera objetiva y para ello debo recurrir a una ética absoluta que la religión ha hecho prevalecer desde que el hombre es hombre. Luego, con la práctica se constata su veracidad y con los cambios que esto traiga con la participación del tiempo.

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Ir y venir, ir y venir constantemente, entre estar conmigo y despla­zarme de mí. Entonces en ese vaivén podría observar una diferencia que la kavvanah (intención) del hebreo me permita ser instrumento y objeto de algo superior, en un propósito de una fuerza que me es ajena y propia en un mismo instante, como si una corriente del absoluto me tomara de la mano, me arrojase al mundo y me recogiera a una com­prensión de donde no salga indemne mi continua superficialidad, mi irresponsabilidad de vida. Abro una puerta pero tranco otra, sin sen­tirme culpable, siendo más pobre y enriquecido de lo que pocas veces pueda experimentar sin esa arma sutil de disolverme contra mi ego, personalidad. El poema es parte de este juego, el resto se transforma en basura reciclable, necesaria en el crecimiento, que ahora puede ser desechada o mantenerla como simple referencia.

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8

Tengo dificultades que nacen día a día, que resuelvo cuando estoy presente, pero dejo pasar, ocurrir siempre que la corriente de la vida me lleva hasta pasado el día y, entonces ya nada puedo remediar. Ini­cio desde ahí el viaje, pero cuánto dura esto. Lo importante no es el cuánto sino el hacerlo para que se constate en mí un flujo de renova­ción o un cambio de mirada que sucede gracias al abrirme en plenitud y sin condicionamientos. El poema puede que tenga calidad a los ojos del lector, pero esto no está en el primer plano, pues lo surgido en la escritura siempre es inferior al movimiento de su creación o su recrea­ción en manos de terceros.

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9

No es solo mi propia ética, tampoco la ética establecida, más bien el cómo congeniar ambas formas de la ética del hombre habido en mí, a veces una corriente va contra la otra, o en el mismo sentido pero de substancia diferente. Si el hecho estético se logra, pero la armonía, el equilibrio no existe, he fracasado: la belleza no debe estar al servicio, es lo que pienso, de mi propia negación. La poesía no es parte de un actor, de su parlamento, no se trata de cubrir con imágenes hermosas el acto poético, flores de plástico que a la larga muestran el engaño. Se da algo que se asocia con la biografía honesta, auténtica de nosotros, construida con acciones y no de la pura imaginación y, por supuesto, con los valores éticos evidentes que la condicionan.

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10

A veces no hay sino un vacío: la vida, las circunstancias? Hasta qué punto lo respeto y me quedo ante él, solo, sin nada, sin esperar nada, con su estado de no ser, sino la parte viva para que Dios realice su trabajo en mí, en una oración de la soledad donde mi cuerpo se abra plenamente?

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11

Oigo acaso el lenguaje de ese hombre cuyo éxito se transparenta mezclado de sufrimiento donde la máquina que produce pensamien­tos lo arropa, lo sofoca, lo sacude pero no expresa en su aislamiento otra cosa que el oficio de la vejez o la muerte, cuando florece el dulce pata de ratón al lado de la cerca?

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12

Un poema, otro poema, otro poema más y entre ellos la soberbia va a gritos exclamando «aquí estoy yo, aquí estoy yo». Y en verdad ella conoce el lugar tan seguro de ese yo de la cosa pequeña que borra con un click la pantalla de mi vida.

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13

Falta de religión y falta de Dios. Toda palabra es condenable, si la humildad que queda al limpiar los restos, la imagen que me devora, no se hace, hecha de nada y es nada ante mis ojos, como la perra enve­jecida que mira, observa sin ladrar cuando el mundo se aquieta en el paso lento de cruzar una calle.

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14

Aborrecemos a uno, a otro. Nos gustan algunas cosas pero desea­mos la perfección que no está ajustada en ninguno y tachamos vidas por esta causa, siendo incapaces de preguntarnos si estamos fallando, que soy yo el que falla, y que cada quien recibe su oportunidad como la mía que no sé donde verla ni encontrarla, ocupado en la imperfec­ción de lo que rodea pero en los otros, hasta en Dios.

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15

Ni malos ni buenos los hombres o los poemas. Me pregunto: ¿en qué medida actúo para mi mentira? ¿Dónde la puedo reconocer? ¿Pido ayuda a mi hijo cuando creo estar seguro de mi dirección, a quien siempre he considerado como incompleto?

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16

Si pudiera contener la lengua automática de las palabras escritas o no. Si pudiera respetar algo respetable en mí y en los demás. Sí, pero no tengo tiempo hoy, quizá mañana, ahora estoy bastante ocupado, esta metáfora es un hallazgo, aquella imagen tiene un peso específico, maravillosa.

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17

Yo existo por ti, sin ti yo no soy, tu tiempo es mi tiempo, tu muerte es un muerte, tu enfermedad mi dolencia. Si me abandonas meabandono. Tu desierto es mi arenal. Señor de los hombres, Señor bueno, Señor de la soledad. Señor.

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18

Sobre esta silla me ocupo y me ocupas. Imbécil, estúpido, degrada­do pero sentado, apenas sentado con el haber de nada para que mi nadie no grite en mi entorno en nombre de la inteligencia, la sencillez, la sensibilidad orgullosa, plenamente orgullosas.

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19

No se separa el poema de mi estrechez vital. No puedo expresar sino lo que soy. Si trato de engañar me descubro y el texto se frota la nariz. Hago todos los esfuerzos para demostrarme y mostrarme. Mi lucha se vuelve imposible por no poder salir de mí. El lector sabe más de lo que soy, que yo de él.

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20

El material con que Dios hizo a los otros es el mismo que tengo. Nada diferente, mis reacciones juzgan, condenan y no me permiten que me vea, que trabaje día tras día para entender que la imagen y semejanza de Dios puede ayudarme, que es con lo que estoy hecho.

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21

¿Cómo invoco ese especial estado interior que se me esfuma conti­nuamente y debo hacerlo llegar para hallarme conmigo frente a fren­te? La única manera que poseo es mi honestidad de reconocerme en los sitios débiles por donde se me escapa la vida en una historia ajena que creo mía, que supongo mía y está ocupándome sin misericordia. Ese reconocimiento de mi debilidad, de mi impotencia, puede llevar­me, así lo siento, a reconocer el lugar de mi fuerza. Pero es posible que me equivoque.

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22

Cierto optimismo, un atisbo, al menos, de creer en mí, estando todo en contra. Me supongo ligado a mi propia existencia al estar conscien­te, me digo consciente de mi fuerza interior, aunque se me grite y me grite que nada soy, que no tiene importancia ser un hombre anónimo sobre la tierra, aunque aquí debe estar lo importante, ser un descono­cido, uno más sin adjetivos.

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23

Una imagen externa se descubre y arrastra otra imagen interior, no espejo de la otra, que incide en la primera. Entonces procede el mila­gro: se inicia borrándose aquella, lentamente, y la nueva forma es un acto de reverencia, de agradecimiento que a su vez se regresa como el delfín a las profundidades y rescata lo inesperado para, inmediata­mente, soltarlo en ningunas manos, sino en la manera de ver el mun­do donde Dios pareciera, con su continua creación, flotar sobre las aguas.

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24

No estoy solo: bañado de su Nombre me sostengo en el mundo que se hace mundo. Yo me acompaño.
No estoy solo: mis palabras son la mirada que por primera vez un día antiguo despertó en mí.
Ni siquiera puedo estar solo hoy que me cuido de mí mismo, que contiene todas las posibilidades, pero que puede estar presente cuando me le acerco, callado, con la sola cosa que poseo: el respirar el viento que me sopla.

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25

Por mucho que quiera ser simple lo que logro es complicarme, si busco lo menos me hallo en el otro extremo. Me debo entregar o aproximarme sin intención alguna, sin miedo para no producir miedo, sin agitación, sin esperar. No me hablen de la soberbia de la página en blanco.

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26

La poesía para, la poesía por, la poesía hacia. Y el poeta estúpido sueña con la eternidad, su eternidad, mi eternidad, nuestra eternidad con las bellas palabras que no sirven para dar aliento. ¿Qué hacer con la hipocresía de las metáforas o con el poeta que las inventa? Merde, suena hasta mejor.

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27

Esto debe ser realmente una apariencia, un instante que se alarga no por días sino por años y quizá esté por la extensión de la vida diciéndome: esto es real, real mientras lo «real» se llena de otra aparien­cia anudada en el recuerdo, mitad haber vivido y mitad haber sido soñado y nada más.

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28

Me voy deshaciendo, diluyendo en tanto muere alguien conocido o me tropiezo con una persona por primera vez, como si uno ocupase el sitio del otro en la gran maquinaria de fabricar cosas.

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29

Toda crítica es mi crítica. Me voy recomponiendo, limpiando de lo que observo en los otros: su conducta -mi conducta-, sus caídas -mis caídas-. Un enorme peso visto afuera, reconocido por mí en mí que me obliga a colocarlo en su lugar o mantener la carga hasta que la crítica no se acuerpe por falta del vaso que contenga, sino el poder mirar inocente del ave que no espera de la intención ulterior ante el paisaje.

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30

Cuando estoy viéndome, sintiendo, y sigo la materia de donde nace pensamiento tras pensamiento, me sorprendo cómo se detiene, cómo se proyecta, cómo envuelve. Entiendo la responsabilidad de mis ac­tos, mis palabras. Sé de las dificultades que me implican. Una materia para remitir en dos direcciones: el pasado y el futuro. La imaginación desbordada sin cosa real con su voz imperiosa pareciendo construir, pareciendo ser, dañando en el momento que lo verdadero ya pasó.

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31

Una materia fina, sutil, delicada debería estar tras mis palabras, tras mis acciones. Pero esta materia distinta al pensamiento vagabun­do, errático, es alimento mío y producto, aunque no gratuita. Se gene­ra desde la mañana a la noche como un trabajo de orfebre o la del simple campesino. Ensayo, sufrimiento, ensayo y retomar, hacer y destruir. Luego, experimentar contra el tiempo sabiendo que el final no es final, una estación después de otra y seguir, a pesar de que el desierto se muestre y no haya puntos de referencia. Esa materia fina puede convertirse en su contrario. El desaliento es el trampolín o la muerte.

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32

Voy caminando tranquilo, satisfecho con todo y, de pronto, todo lo mío, lo pensado mío, entra en turbulencia: deseo y miedo y una sole­dad se abre en un campo de yerba donde empiezo a caminar invocan­do una oración y me digo no por qué, qué razones, qué desperdicio, sino me tomo de los brazos, dulcemente, y un enorme agradecimiento por la vida sorprende a mi cuerpo como la última y primera fiesta que apenas los recuerdos son un borroso regreso de un nacimiento lejano.

 

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33

Ante Dios no tengo defensa. ¿De qué puedo defenderme? Una ora­ción debiera ser cada poema, mi paso entre las cosas, mi mirada sobre ellas, los hombres y los animales. Me equivoco, pero Él me pone en el camino. Debo alabar y Él sabe que desde mi imperfección su perfec­ción pudiera tener forma. No puedo culparme, ni puedo pretender lo que todavía no soy.

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34

Doy los frutos del árbol que me he hecho. No soy el único ni soy centro, soy sí hombre existente con mi muerte adelante. Me prestaron la casa, mi cuerpo, mis palabras. Lo que en mí sucede, ocurre en otro. Por instantes puedo ver, tengo la seguridad de no sé qué cosa y de súbito ella se difumina, se esparce, es niebla y laberinto. De nada ten­go la seguridad y los seres humanos en quien confiara absolutos bajan y suben, deformados, perdidos sin imágenes, con mi propia confu­sión.

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35

Decir que estoy aquí, me siento aquí con lo peor y lo mejor de mis pertenencias. No para que el orgullo se entrone, no para engañar, solo para sentirme agradecido que una vez hubo riscos, una mar no tenía fin, una selva me detuvo la muerte y un pequeño pueblo me permitió andar por sus calles. Únicos y yo pude tenerlos.

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36

En la poesía hubo una transformación del poeta. Fue su solo resultado. El lector si la reconoce, ya ese proceso se sostuvo en él, por lo tanto ese resultado es inútil, es personal, de constatación de sí. Nada más. Posiblemente la recreación no exista.

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R.:

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Estas reflexiones se extrajeron de nuestra edición impresa número 124/125.

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