Euforismos

Alberto Hernández

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¿Cuánto cielo alberga un pájaro? ¿Cuánto infinito aspira a alcanzar?

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El poema es un órgano biológico. La poesía, su fisiología.

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Con los párpados ardidos veo un  mapa arrojado al fuego.

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Era tan claro que hablaba en letras de molde.

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El que diga soy, duda. El que diga yo, se esconde.

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La sombra/ se ha hecho tan frecuente/ que pasó/ de estado misterioso/ a sólido.

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He sido loco de carretera/ por eso/ tengo callos en los paisajes.

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Oigo el paisaje que no veo.

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La mujer que llevo en mí es de mis hijas, de mis nietas.

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Estoy tan cerca de la infancia que añoro los pañales.

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Un ojo mira a otro y se ciega.

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Entonces la rama más endeble del árbol se fracturó.

No quedó más remedio que ponerle un yeso.

Valiente: no hubo queja ni gemido en sus hojas.

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El futuro de muchos será mi pasado.

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El pasado de muchos será mi futuro.

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El pasado una vez fue presente. Ahora duda si llega al futuro.

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El tiempo es una invención verbal.

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El espacio es sólo un espejismo.

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El tiempo es un instante.

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Las palabras son presencias materiales. Ocupan un lugar en el espíritu, un gabinete en la conciencia hablante.

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Una sola palabra inventa el universo.

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Son tantas las veces de las palabras que el Universo desaparece.

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La metáfora de la ira podría ser un relámpago en medio del océano. Y más allá del rayo, la violencia de la luz y sus infartos.

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Los países no necesitan mapas. Sólo milagros.

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Los países no necesitan milagros, sólo mapas creíbles.

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Un mapa creíble no tiene fronteras.

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Quien pronuncia la palabra patria con la boca llena de saliva, no sabe que el fracaso es una bandera que le cruza el abdomen.

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Los nacionalismos remedan muchas groserías.

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El hambre no canta monosílabos.

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El hambre cuando habla desconoce la gramática.

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No se mueran, respiren. Miren los árboles. Nunca quieren secarse.

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He sido árbol. Aún conservo la sombra.

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Gente que piensa con cara de mal aliento.

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Tengo la cabeza llena de escombros.

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No forzaré la barra: la locura, esa inflamación del ego, en los cuerdos suele anegar el mundo de basura.

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Digo yo y me empobrezco.

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Digo yo y alguien voltea hacia otro idioma.

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Quien haya cruzado el desierto sabrá de callos, también de destinos.

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Esa sombra que no se despega de mis pies.

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Quien tenga sombra, sabe de andanzas. En todo caso, con un brochazo puedes borrarla, si te estorba.

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¡Cuánto peso en la sombra!

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Un diminuto pájaro puede detener los giros de los astros, si tú lo imaginas.

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Muchas veces descubro que soy Gregorio Samsa. Cuando me aparto del espejo, me desprendo de las alas de la cucaracha que he sido. Luego, en la calle me ven como el ciudadano que muchos creen ser.

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Nada mueve una línea de su sitio, sólo puede prolongarla.

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¿Cuánto tiempo dura mi nombre en tu boca?

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Una sola palabra podría darme forma.

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Cada soplo es palabra: así el silencio.

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¿Qué lugar ocupamos si no estamos?

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De alguna pregunta podría aparecer la respuesta, sólo que la respuesta ya fue dada.

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Meter las manos en un cuerpo para extraer el alma. La cirugía sólo sirve para repararla.

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La brevedad es tan extensa.

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Hay milagros visibles: he allí el mar. Y una ballena.

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Si el cielo se niega a los pájaros, ¿qué quedará de las nubes?

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Si el cielo se niega a los pájaros, ¿cuántas lluvias se harán canto bajo los árboles?

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Y si el cielo se niega a los pájaros, ¿por qué miramos hacia arriba ese vacío?

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No hay cielo que se niegue a los pájaros, en todo caso, hay pájaros que se niegan a volar y hacen imposible el cielo.

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¿Cuántas veces he sido pájaro y no lo he sabido?

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Tuvo que morir la muerte para enterarnos de que la vida vive.

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Y vivir para saber que algún día no sabremos de nosotros.

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Caminaba bajo la luz de la luna. Entonces se enteró que la euforia es también una manera de saber que el ser humano es también un satélite.

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Ningún disparo traspasa a un libro. El libro traspasa el disparo.

Simenon miró hacia un lado y sonrió.

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Leemos en silencio para no extraviarnos. Pero Robinson Crusoe no piensa lo mismo.

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Por algún resquicio llega la muerte. Se aposenta y cubre con su sombra maldades o bondades. Entonces se agrega al olvido. Y el tiempo pasa. No deja de pasar.

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Hay palabras que muerden con todas sus fuerzas. Por eso algunos prefieren usar dientes postizos.

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He regresado a “Pedro Páramo”. Me encuentro con que si no estamos muertos es porque Juan Rulfo no ha terminado de escribir la novela.

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Sigo siendo aquel árbol. Ninguna nube cubre mi hojarasca.

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Comentan algunos en el gueto que Kafka no ha muerto, porque no logra ponerle fin a una novela.

Pero Gregorio Samsa  los desmiente desde las tantas patas enredadas en una telaraña.

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A.

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Alberto Hernández
. Poeta, narrador, periodista y pedagogo venezolano (Calabozo, 1952). Reside en Maracay, Aragua. En 2020 fue designado miembro correspondiente de la Academia Venezolana de la Lengua por el estado Aragua. Tiene un posgrado en Literatura Latinoamericana en la Universidad Simón Bolívar (USB) y fue fundador de la revista Umbra. Ha publicado, entre otros títulos, los poemarios La mofa del musgo (1980), Amazonia (1981), Última instancia (1989), Párpado de insolación (1989), Ojos de afuera (1989), Nortes (1991), Intentos y el exilio (1996), Bestias de superficie (1998), Poética del desatino (2001), En boca ajena: antología poética 1980-2001 (2001), Tierra de la que soy (2002), El poema de la ciudad (2003), El cielo cotidiano: poesía en tránsito (2008), Puertas de Galina (2010), Los ejercicios de la ofensa (2010), Stravaganza (2012), Ropaje (2012) y 70 poemas burgueses (2014). Además ha publicado los libros de ensayo Nueva crítica de teatro venezolano (1981) y Notas a la liebre (1999); los libros de cuentos Fragmentos de la misma memoria (1994), Cortoletraje (1999), Virginidades y otros desafíos (2000) y Relatos fascistas (2012), la novela La única hora (2016) y los libros de crónicas Valles de Aragua, la comarca visible (1999) y Cambio de sombras (2001). Dirigió el suplemento cultural Contenido, del diario El Periodiquito (Maracay), donde también ejerció como director, secretario de redacción y redactor de la fuente política. Publica regularmente en Crear en Salamanca (España), en Cervantes@MileHighCity (Denver, Estados Unidos) y en diferentes blogs de Venezuela y otros países. Sus ensayos y escritos literarios han sido publicados en los diarios El NacionalEl UniversalÚltimas Noticias y El Carabobeño, entre otros. Parte de su obra ha sido traducida al inglés, al italiano, al portugués y al árabe. Con la novela El nervio poético ganó el XVII Premio Transgenérico de la Fundación para la Cultura Urbana (2018).

La obra que ilustra esta publicación fue realizada por el artista venezolano Euro Montero

 

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