Expiación: ensayistas «bisiestos» venezolanos

Néstor Mendoza

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La prosa me ha servido para ganarme la vida, pero la he utilizado como medio para agudizar mi percepción
de la completamente distinta naturaleza de la poesía, y los temas que elijo siempre están vinculados en mi mente
con importantes problemas poéticos.

Robert Graves, La diosa blanca.

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Me gusta ver la creación poética como una de las diversas ramas de un gran árbol discursivo. De esta manera, el poema, en una forma reconocible (en su acostumbrada línea versal), tendría un lugar junto a otras manifestaciones de escritura. Ya no sería el vértice de una pirámide o la altitud de alguna estructura, sino un conjunto habitacional más o menos uniforme. En un mismo edificio (el edificio del discurso), habitarían el poema, el ensayo, la traducción, el artículo periodístico, el relato, el diario, la crónica y las diversas maneras de concreción de la prosa.

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El poeta brasileño Manuel Bandeira llamaba “poetas bisiestos” a aquellos que, de tanto en tanto, y en el entretiempo de otros compromisos, publicaban un poemario. Si me apropio del adjetivo “bisiesto” y lo aplico a quienes escriben ensayos, tendríamos este resultado: también existen “ensayistas bisiestos”. Lo he comentado en otras oportunidades: siento un exclusivo interés por los escritores, y no sólo los poetas, que transitan otras zonas de la creación. No puedo olvidar la sorpresa que tuve, y que aún tengo, al conocer la crítica de cine de Horacio Quiroga, las crónicas y perfiles literarios de Rubén Darío; los artículos de Juan Carlos Onetti y Javier Marías y, en nuestra tradición literaria, la prosa crítica de Enriqueta Arvelo Larriva (la casi desconocida separata titulada Testimonios, material hemerográfico y epistolar publicado en 1980 por la Universidad de Carabobo), Rafael José Álvarez (y su Trato con duendes), Armando Rojas Guardia (La otra locura y El Dios de la intemperie), Alejandro Oliveros (Poetas en la tierra baldía) o Ana Nuño (“Falso cuaderno”, su columna en el Papel Literario). La reciente publicación de la obra completa de Eugenio Montejo (Pre-Textos, 2022), en especial la del segundo tomo, el de ensayos y “géneros afines”, otorga una clara lección: su producción ensayística, la publicada en revistas y en prensa, la leída en presentaciones, duplica lo que nos dejó en La ventana oblicua y en El taller blanco. La prosa a veces supera, en cantidad y en algunos casos en calidad, el ejercicio poético.

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Hace unos diez años escuché la respuesta de un poeta venezolano: “la prosa es indigna”. La prosa, más que indigna, tiene otra dignidad. Y esto va dirigido también a los poetas que no les interesa más allá de la obligación amistosa o el compromiso laboral o editorial: más allá de un prólogo asumido con inapetencia, de las palabras de contraportada o una reseña. Nos hemos detenido en el legado de la poesía venezolana, en los temas y poéticas de nuestro siglo XX y lo que va del siglo XXI, aunque pocas veces nos detenemos en cómo el poeta venezolano “piensa” por escrito su propia tradición en escenarios periféricos. No aludo a un pensar sistemático recogido en balances tales como los de Mariano Picón Salas y José Ramón Medina; o de no menos serios estudios y antologías como los de Juan Liscano, Elena Vera, Rafael Arráiz Lucca, Guillermo Sucre, Antonio López Ortega, Gina Saraceni, Arturo Gutiérrez Plaza  o Reynaldo Pérez Só. Me refiero al tipo de escritura que no suele ser recogida en libros y que, desde mi modo de ver, acopian estilos, obsesiones y miradas intransferibles de los poetas. En otras palabras, una poética personal. Puede comprenderse mejor la poesía de Hanni Ossott si no olvidamos sus traducciones y sus reflexiones en torno a sus poetas predilectos: heredera de Rilke, teórica del habla poética, con ella vemos un campo de estimulantes reencuentros. Hay un tipo de crítica que sólo se despierta (y nos despierta) cuando no tiene los reflectores ni la urgencia de los recorridos y las enumeraciones.

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Es el momento de la expiación: la prosa ensayística —y también los diarios literarios y los relatos— son nuestros chivos expiatorios. No es inaudita esta práctica pero sí bastante sintomática: hemos sido fieles a una tradición poética y la hemos transgredido conscientemente (nuestros parricidios o matricidios casi siempre son parciales, laterales y ponderados). Y así como valoramos este patrimonio representado en obras decantadas y diferenciadas a partir de mediados de los 40, los 50 y 60 (nombro sus libros y, voluntariamente, omito a los autores: Mi padre, el inmigrante; Elena y los elementosEl reinoLos cuadernos del destierro; y el volumen tardío La voz de los cuatro vientos; entre otras obras), también mantenemos el legado de la apatía o quizás cierta indiferencia en torno a otros tipos de discursos. Tenemos una balanza en nuestras habitaciones y la utilizamos para “pesar” la obra poética y la obra ensayística; si la balanza se inclina a favor del ensayo, que en nuestra literatura tiene un ejemplo continental y casi único, La máscara, la transparencia, juzgaremos al autor según la inclinación de la balanza: Guillermo Sucre es ensayista y posteriormente un poeta. En el caso preciso de Sucre, el libro citado ya cuenta con tres ediciones —la más reciente en 2016, la del Estilete—, mientras que La segunda versión, así se titula su poesía reunida, es posterior (año 2019). Toda aseveración, en este ámbito, no es raro pensarlo, es parcial y un tanto prejuiciosa. Algunos amigos poetas me miran de reojo cuando digo que mi mejor Montejo es el Montejo ensayista, que siempre leo los ensayos de Montejo como si estuviera leyendo (o releyendo) un buen relato de Borges o un buen ensayo de Borges. No puedo estar seguro de mis propios gustos, pues, ya se sabe, los gustos se mueven en el terreno de los antojos, los enamoramientos, lo subjetivo: un amor con dosis de ceguera. Allí veo, en la prosa montejeana, una escuela de estilo, una elegancia muy personal, meditada: una manera original de decir y de pensar sin apresuramientos.

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Pensar la poesía venezolana desde el ensayo es también una parte, o un órgano, del gran cuerpo de la creación poética. En otro ámbito de la lengua española, aprecio la poesía de Carlos Germán Belli, ese gran peruano, pero no dejo de pensar en su prosa; así como valoro —o pretender valorar— la poesía de Octavio Paz, Eduardo Lizalde o Juan Gelman desde sus textos críticos y periodísticos. A veces siento que no es suficiente una obra poética para formular un estilo, para afianzarlo o para negarlo; yo pienso en la obra de Rafael Cadenas desde los Apuntes de San Juan de la Cruz y la mística; la faceta de Cadenas más entrañable para mí proviene de esta publicación.

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Si miro de cerca mi propia generación (una generación que funciona como una “familia disfuncional”, en palabras de Luis Moreno Villamediana), encuentro un panorama que vale la pena reseñar: me tranquiliza que poetas como Graciela Yáñez Vicentini y Alejandro Sebastiani Verlezza asuman el diario y el ensayo sin denigraciones genéricas, con sintaxis envolvente; me interesa la concentración y el carácter analítico de César Panza (1987–2022, in memoriam), la cercana dicción académica de Robert Rincón y la hondura reflexiva de Víctor Manuel Pinto, que no reunieron o no han reunido estos escritos pero que “problematizan” los temas y los estilos de expresión, que me asombran al punto de querer imitarlos; me interesa que Adalber Salas Hernández, en ensayo, y Sebastiani Verlezza, en el género del diario, hayan publicado Insomnios y Derivas, respectivamente, aún muy jóvenes, sin arrepentimientos; me interesan las apreciaciones del merideño Daniel Arella, que busca desde la imagen una ventana para la crítica; me interesa que, en algún momento, Alejandro Castro haya mostrado su prosa como columnista eventual, con un riesgo estimable, como prolongación de ese mismo desenfado de su más reciente libro, Parasitarias (2020). He seguido con interés la prosa firme y muy personal de Yanuva León. Aunque no actualizado desde hace un buen tiempo, Vademécum, blog de Natasha Tiniacos, concebido como bitácora de lecturas, nos ofrecía hace más de una década un estímulo crítico cotidiano desde lo fragmentario. Varios elementos formales que me llaman la atención y que comparten estos autores: para ellos, más allá de la inmediatez o de las circunstancias que motivaron la escritura, su prosa exige una prolijidad creativa; hay una voluntad de decir y de pensar creativamente, con prosa vivificante. No se “cita por citar” (se evoca la obra, más que añadir bloques textuales); pocas veces hay párrafos de utilería. Si leemos y releemos sus ensayos, encontraremos reiteraciones formales (giros que se reafirman, maneras de citar, de parafrasear, de afirmar o contradecir, de puntuar, de ritmar la prosa). Se podría “entender” el estilo de cada uno, e incluso reconocerlos en otros contextos de lectura. Nuevas cartas náuticas (2022), de Adalber Salas Hernández, y Welserland (2021), de Víctor Manuel Pinto, son ejemplos notables al momento de ponderar el influjo de la prosa narrativa y la prosa crítica trasvasada a proyectos “líricos” mayores. En ambos poetas, el discurso dispuesto en prosa alcanza unas cualidades heredadas del ensayo. Se nota, especialmente, en la recreación de pasajes de una historia nacional y universal: “deforman” o “hibridan”, en el mejor de los sentidos, un legado que ya no se expresa en formas poéticas reconocibles a simple vista. Así funciona, pero desde el diario, lo que nos ofrece Graciela Yáñez Vicentini en Una vida incontaminada (2022): un diario lírico, expositivo y narrativo, fechable y “espurio”, que puede ser leído desde el ámbito de la ficción, la no ficción, el ensayo y la prosa poética. A la par de estos autores, Jesús Montoya se perfila como uno de los poetas y ensayistas más consecuentes entre los nacidos en los 90.

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Adalber Salas Hernández

Graciela Yáñez Vicentini

César Panza

 

Si nos trasladamos dos décadas atrás, me encuentro con la inevitable prosa de Luis Moreno Villamediana, que podíamos leer en su blog “Humor vagabundo” y en otras instancias. (“Escribo este diario con una parsimonia que anula las certezas del género”, dice en Huellas movedizas); la prosa de Rafael Castillo Zapata (la que no está reunida en libros, vale decir, sus prólogos y sus textos sueltos, concebidos individualmente y fuera de su faceta como investigador del CELARG), se acerca a una fibra inédita que, como lectores, nos atrae. En esta misma cadencia crítica, aparecen los ensayos de Edda Armas y María Antonieta Flores. En gran medida, estos antecedentes me impulsaron a reunir y publicar Alfabeto de humo. Ensayos sobre poesía venezolana, en 2022, mi primer libro de ensayos y “géneros afines”.

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Al leer un ensayo sobre un poeta determinado, quien escribe estará dando tanto un juicio sobre la obra y a la vez una autocrítica. No hay nada de malo en ello; una vez le demandaba a un buen amigo poeta el hecho de escribir un ensayo sobre un autor cuestionable. Él me decía: “El autor reseñado es una excusa”. Más allá de esta opinión, auténtica o discutible, lo que interesa destacar es el carácter binario que este ejercicio conlleva. También es extensiva a las valoraciones que se dejan en los diarios personales, incluso en un texto de ficción.

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La frase “chivo expiatorio” me recuerda a no pocas películas de Liam Neeson e Ethan Hawke. El actor norirlandés y el estadounidense, respectivamente, de seguro, la habrán repetido, o algunas de sus contrafiguras. De tanto escucharla se vuelve un lienzo delgado, ajado, y su sentido queda como tácito e insuficiente. Recurrimos al diccionario y la frase recupera un poco de su color. Así podemos decir (o interrogarnos), una vez superado este escollo lexicográfico: ¿la prosa de los poetas es un “chivo expiatorio”, en ella nos sacrificamos, es ella una especie de discurso mártir? ¿Qué cualidades tienen estos ensayistas de mi generación? Respondo esta pregunta mirando hacia el espejo: se escribe prosa no solo como complemento, sino con la finalidad de ratificar o clarificar inquietudes, se escribe prosa para canalizar presiones o conflictos íntimos; se escribe prosa por amor a la prosa o porque la prosa tranquiliza o creemos que la prosa es un placebo. Los poemas no son la obra entera sino parte de la obra de un poeta. Necesitamos esa otra cara, ese perfil que no suele destacarse cuando se realizan balances generacionales. Eso creo.

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San Cristóbal, Venezuela, 2022.

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N.

Néstor Mendoza. Mariara, Venezuela, 1985. Poeta, ensayista y editor venezolano. Es licenciado en educación por la Universidad de Carabobo, mención Lengua y Literatura, y posee estudios superiores en Literatura Latinoamericana por el Instituto Pedagógico de Maracay. Ha publicado los libros de poesía Ombligo para esta noche (2007), Andamios (2012), por el cual resultó merecedor del IV Premio Nacional Universitario de Literatura en 2011, Pasajero (2015), Ojiva (2019) y Dípticos (2020). Algunos de sus poemas también han sido traducidos al italiano, inglés y francés, en particular su libro Ojiva cuenta con la edición alemana Sprengkopf (Hochroth Heidelberg, 2019), con traducción de Michael Ebmeyer. Poemas suyos han aparecido en distintos medios de Latinoamérica y el mundo. Forma parte de la antología Nubes. Poesía hispanoamericana (Pre-Textos, 2019). En 2022 publicó Alfabeto de humo. Ensayos sobre poesía venezolana.

Texto leído en el ciclo “Poesía venezolana hoy”, poetas nacidos en los 80; Feria del Libro del Oeste de Caracas; Universidad Católica Andrés Bello, Caracas, 28 de noviembre de 2022.
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Fotografías: ASH, por Susanna Bozzetto. GYV, por Ricardo Blasco. CP, por Francisco Delgado Bravo
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La obra que ilustra esta publicación fue realizada por la artista venezolana Alba Izaguirre

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