Faithful and Virtuous Night

Trad. Mónica Drouilly Hurtado

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N o c h e   l e a l   y   v i r t u o s a

Louise Glück

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Utopía

Cuando el tren se detenga, dijo la mujer, debes subirte a él. Pero cómo sabré, preguntó la niña, si es el tren correcto. Será el tren correcto, dijo la mujer, porque es la hora correcta. Un tren se acercó a la estación; nubes de humo gris salieron de la chimenea. Qué miedo tengo, piensa la niña, agarrando los tulipanes amarillos que le entregará a su abuela. Su cabello ha sido trenzado con fuerza para soportar el viaje. Entonces, sin una palabra, se sube al tren, de donde proviene un sonido extraño, no en un lenguaje como el que habla, algo más como un gemido o un grito.

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La Ventana Abierta

Un escritor anciano había adquirido el hábito de escribir las palabras THE END en un pedazo de papel antes de comenzar sus historias, después de lo cual reunía una pila de hojas, casi siempre pequeña en invierno cuando la luz del día era breve, y gruesa, si las comparamos, en verano cuando su pensamiento se volvía a poner relajado y asociativo, expansivo como el pensamiento de un joven. Independiente de su número, pondría estas páginas en blanco sobre las últimas, ocultándolas. Sólo entonces la historia vendría a él, castas y refinadas en invierno, más libres en verano. Por estos medios se había convertido en un maestro reconocido.

Trabajaba de preferencia en una habitación sin relojes, confiando en que la luz le dijera cuándo había terminado el día. En verano, le gustaba la ventana abierta. ¿Cómo entonces, en verano, entró el viento de invierno en la habitación? Tienes razón, gritó al viento, esto es lo que me ha faltado, esta decisión y brusquedad, esta sorpresa: si pudiera hacer esto, ¡sería un dios! Y yace en el frío suelo del estudio observando el viento agitando las páginas, mezclando lo escrito y lo no escrito, el final entre ellos.

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Un Viaje en Perspectiva

Encontré las escaleras un poco más difíciles de lo que esperaba y me senté, por así decirlo, a la mitad del viaje. Como había una ventana grande frente a la baranda, me entretuve con los pequeños dramas y comedias de la calle, aunque ninguno de mis conocidos pasaba, nadie, sin duda, podría haberme ayudado. Tampoco las escaleras estaban en uso, por lo que pude ver. Debes levantarte, jovencito, me dije. Como esto parecía de pronto imposible, tomé la siguiente mejor opción: preparada para dormir, con la cabeza y los brazos en el peldaño de arriba, mi cuerpo agachado abajo. Algún tiempo después de esto, una niña apareció en la parte superior de la escalera, de la mano de una anciana. Abuela, gritó la niña, ¡hay un hombre muerto en la escalera! Tenemos que dejarlo dormir, dijo la abuela. Debemos caminar en silencio. Se encuentra en ese momento de la vida en el que ni regresar al principio ni avanzar hasta el final parece soportable; por lo tanto, ha decidido detenerse aquí, en medio de las cosas, aunque esto lo convierta en un obstáculo para los demás, como nosotras. Pero no debemos renunciar a la esperanza; en mi propia vida, continuó, hubo un tiempo así, aunque fue hace mucho. Y aquí, dejó que su nieta caminara por delante para que pudieran adelantarme sin molestarme.

Me hubiese gustado escuchar toda su historia, ya que parecía, a su paso, una mujer vigorosa, lista para disfrutar de la vida y, al mismo tiempo, franca, sin ilusiones. Pero pronto sus voces se esfumaron en susurros, o estaban muy lejos. ¿Lo veremos cuando volvamos ?, murmuró la niña. Ya se habrá ido para entonces, dijo su abuela, terminado de subir o bajar, según sea el caso. Entonces me despediré ahora, dijo la niña.

Y se arrodilló debajo de mí, cantando una oración que reconocí como la oración hebrea por los muertos. Señor, susurró ella, mi abuela me dice que usted no está muerto, pero pensé que tal vez esto tranquilizaría sus terrores, y no estaré aquí para cantarlo en el momento adecuado.

Cuando la escuches de nuevo, dijo, quizá las palabras sean menos intimidantes si recuerda cómo las escuchó por primera vez, en la voz de una niña pequeña.

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Utopia

When the train stops, the woman said, you must get on it. But how will I know, the child asked, it is the right train? It will be the right train, said the woman, because it is the right time. A train approached the station; clouds of grayish smoke streamed from the chimney. How terrified am, the child thinks, clutching the yellow tulips she will give to her grandmother. Her hair has been tightly braided to withstand the journey. Then, without a word, she gets on the train, from which a strange sound comes, not in a language like the one she speaks, something more like a moan or a cry.

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The Open Window

An elderly writer had formed the habit of writing the words THE END on a piece of paper before he began his stories, after which he would gather a stack of pages, typically thin in winter when the daylight was brief, and comparatively dense in summer when his thought became again loose and associative, expansive like the thought of a young man. Regardless of their number, he would place these blank pages over the last, thus obscuring it. Only then would the story come to him, chaste and refined in winter, more free in summer. By these means he had become an acknowledged master.

He worked by preference in a room without clocks, trusting the light to tell him when the day was finished. In summer, he liked the window open. How then, in summer, did the winter wind enter the room? You are right, he cried out to the wind, this is what I have lacked, this decisiveness and abruptness, this surprise-o, if I could do this I would be a god! And he lay on the cold floor of the study watching the wind stirring the pages, mixing the written and unwritten, the end among them.

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A Foreshortened Journey

I found the stairs somewhat more difficult than I had expected and so I sat down, so to speak, in the middle of the journey. Because there was a large window opposite the railing, I was able to entertain myself with the little dramas and comedies of the street outside, though no one I knew passed by, no one, certainly, who could have assisted me. Nor were the stairs themselves in use, as far as I could see. You must get up, my lad, I told myself. Since this seemed suddenly impossible, I did the next best thing: prepared to sleep, my head and arms on the stair above, my body crouched below. Sometime after this, a little girl appeared at the top of the staircase, holding the hand of an elderly woman. Grandmother, cried the little girl, there is a dead man on the staircase! We must let him sleep, said the grandmother. We must walk quietly by. He is at that point in life at which neither returning to the beginning nor advancing to the end seems bearable; therefore, he has decided to stop, here, in the midst of things, though this makes him an obstacle to others, such as ourselves. But we must not give up hope; in my own life, she continued, there was such a time, though that was long ago. And here, she let her granddaughter walk in front of her so they could pass me without disturbing me.

I would have liked to hear the whole of her story, since she seemed, as she passed by, a vigorous woman, ready to take pleasure in life, and at the same time forthright, without illusions. But soon their voices faded into whispers, or they were far away. Will we see him when we return, the child murmured. He will be long gone by then, said her grandmother, he will have finished climbing up or down, as the case may be. Then I will say goodbye now, said the little girl.

And she knelt below me, chanting a prayer I recognized as the Hebrew prayer for the dead. Sir, she whispered, my grandmother tells me you are not dead, but I thought perhaps this would soothe you in your terrors, and I will not be here to sing it at the right time.

When you hear this again, she said, perhaps the words will be less intimidating, if you remember how you first heard them, in the voice of a little girl.

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Louise Glück. Nueva York, 1943. Estudió en el Hewlett High School de Nueva York,  en el Sarah Lawrence College y en la Universidad de Columbia. Ha publicado más de una quincena de títulos, entre los que destacan Ararat (1990), El iris salvaje (1992), Las siete edades (2001) y Averno (2006). Ha recibido numerosos premios, entre los que se destacan el Premio Pulitzer por Iris salvaje, el National Book Critics Circle Award por El triunfo de Aquiles, el Academy of American Poet’s Prize por Firstborn, la Medalla al Mérito MIT, además de becas de las fundaciones Guggenheim y Rockefeller. Actualmente ocupa la cátedra de Literatura en la Universidad de Yale.

Mónica Drouilly Hurtado. Santiago de Chile, 1980. Narradora y dramaturga. Es licenciada en estética e ingeniera civil de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Autora del libro de cuentos Retrovisor, los textos teatrales Querido John, Take a chance on me, #WishList y Lovelace. Ha sido merecedora de diversos reconocimientos, entre ellos, la XVIII Muestra Nacional de Dramaturgia (2017), el Premio Mejor Obra Literaria 2018 y el Concurso de Cuentos Paula (2013, 2016 y 2017). Es fundadora del sello editorial Noctámbula.

Los textos  de Louise Glück fueron vertidos al castellano por  Mónica Drouilly Hurtado, y remitidos a nuestra redacción por Tito Manfred.

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