Four letters to Haydn Carruth

Trad. Daniel Oliveros

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a C.P. in memoriam

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Sobre la traducción

No es mucho lo que se pueda comentar acerca de esta versión de Four letters to Hayden Carruth. Es un trabajo nacido del cariño que guardo por uno de los poetas más esmerados en la historia reciente de las letras venezolanas, César Panza. Asimismo, está también vinculado con la enorme admiración y respeto que guardábamos hacia otro gran poeta, hoy también ausente, Sam Hamill.

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Inicialmente nos habíamos propuesto traducir un intercambio de cartas-poemas entre Hamill y Carruth publicadas entre 1998 y 1999 en las revistas The American Poetry Review y Poetry respectivamente; sin embargo, este proyecto no se concretó por varias razones, siendo una de ellas, por mi parte, un pensamiento negligente: «se puede hacer más adelante». Las circunstancias me demostraron lo ingenuo de semejante enunciado y no me quedó otra alternativa que emplazar este esfuerzo sobre el prosaico concepto de un tributo, un homenaje a un traductor de una calidad genuinamente elevada, pero sin contar con su lucidez y astucia de cara a las palabras.

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En un principio me tentó inspirarme en el ejercicio que Panza realizó con el poema Frente a un barco, de Jesús Sanoja Hernández; un notable ejercicio de re-creación que ejemplifica claramente su filosofía como traductor. No obstante, al leer las líneas de Hamill, advertí que Sam transmitía a Carruth un amor y respeto semejante al que siento por César y su poesía, y, en consecuencia, me pareció inmerecido hacerlo de otra forma que la que se presenta a continuación.

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Decidí ceñirme a una traducción más “literal”, donde pudiera escucharse con claridad el tono característico de Hamill guiado por la generosa cadencia del castellano. Sus estrofas de cinco versos se mantienen en la traducción, prevaleciendo así una alternancia entre aspiraciones cortas y largas que revisten al poema de un dinamismo que empuja la acción hasta el final, con instantes del sosiego invernal de un ermitaño en las montañas de Norteamérica.

D.O

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Cuatro cartas para Hayden Carruth

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Sam Hamill

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1

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Un amigo me ha enviado
una copia de tu Dark World,
un misterioso
y delgado pequeño libro de Kayak
del infatigable

George Hitchcock ahí
en Santa Cruz e impreso por
Panjandrum Press en
ese pálido, inimitable,
casi feo estilo de Hitchcock.

Eso fue hace veintidós
años. Ni siquiera
incluyes Dark World en tu
curriculum vitae ahora.
Incluso en ese entonces no eras joven.

Supongo que nunca
podrías serlo, siempre lleno de consejos
seleccionados de los clásicos,
tan lleno de buen y sólido sentido
común y no común, furias
inspiradas por un amor
que simplemente no sería condenado.
Bendito seas, querido Hayden.
Me alegra que hayas seguido tu propio
consejo: “Maldita sea la reticencia.”

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2

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Pilatos pregunta, “¿Qué es
el amor?” El cual yo substituiría por
amistad, que es amor
sin la carga de la pasión
erótica, pero informado de la gentileza

del amor, de no ser
por las inevitables
necesidades del
argumento dialéctico.
Entonces comienzo de nuevo­—

“Mi querido amigo,” digo,
queriendo decir que he permanecido sin aliento
ante la severa
belleza y angustia y amor
y deleite en tus poemas,
permanecí quieto sin aliento
mientras escuchaba el giro
de un verso o frase
o me estremecía en reconocimiento
a una dolorosa verdad revelada.

No sé por qué
tenemos que hacerlo, por qué el verso
empieza en algún lugar den-
tro de la mente, su insistente
música llevándonos

a otro
mundo donde el poema se desenvuelve
desde dentro, diciéndonos
lo que realmente hay en nuestras mentes.
Juro que es así. He jurado

lealtad antes—
no hacia una maldita vieja bandera
chasqueando en el viento,
y ciertamente no hacia ese
perro de vertedero, el Patriota—

sino a lo que puede
hallarse en la poesía: amistad
y pequeñas dignidades,
evidencia de una larga vida
con una oreja al viento

y el corazón expuesto.
Juro que siempre ha sido así.
Un corazón o un poema
no puede estar completamente cerrado.
Tanto el corazón de Heráclito

o Eurípides,
como los ritmos de Safo,
resuenan en tus versos
tan certeros como el clima
de una era. Y así me dirijo

hasta ahí en búsqueda del
viejo conocido, aquello
en lo que se confía, el poema
como hilo conductor uniendo
amigo tras amigo a lo largo de siglos.

La amistad es consuelo,
la raíz de un buen matrimonio.
Extiendo mi mano,
sin lavar, aún ensangrentada de todos
los excesos de nuestro tiempo.

De pie ante tus
poemas como ante un gran
fuego en el profundo invierno,
consolado por tus esfuerzos.
Encuentro aquí un santuario.

Tenemos nuestras limpias
manos de Pilatos en cargos públicos.
Tenemos mesías
de sobra. Estoy ya enfermo
de todos los que desean gloria.

Esto es poesía.
Podría cambiar una vida o arder
blanco de pasión;
podría traer una sonrisa
o ser un abrigo para Jacob
deambulando tierras inhóspitas,

pero tú y yo sabemos
que la sed de fama es un sinsentido.
Deberías tener un
Premio Nobel, un Pulitzer,
todos los honores del mundo.

Pero no es por eso
que escribes. Acto por el cuál
extiendo mi corazón a ti quien
me ayudó a aprender a abrirlo.
Acto por el cuál eres por siempre

mi amigo, haciendo
el verdadero trabajo de la poesía.
A la mierda el dinero. A la mierda la fama.
Hay tres mundos. En éste,
la gratitud mana como miel.

El mundo sufriente
trae consigo su propia perdición.
Este mundo no es ni
justo ni sabio, pero el paraíso
se revela en cada línea.

¿Qué es, a fin de cuentas, el amor?
¿La voluntad de enfrentar el fin
sin pestañear? El
regalo hecho—y entregado sin interés.
Me inclino ante el poema, amigo mío.

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3

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El astuto Su Tung-P’o
observó de los paisajes de Wang Wei,
“Todas sus pinturas
contienen poemas; todos sus
poemas contienen la esencia

de las pinturas.” Dicho así,
apuntó hacia el balance
para encontrar armonía.
En una pulgada de nieve, bulbos
de tulipanes yacen congelados en Kage-an,

la pila de leña un bloque
de hielo a ser astillado con mi
mazo, pequeñas huellas
de mapache cerca de la puerta trasera
y bajando los escalones congelados

enfiladas hacia el bosque
que cruje con el cambio de los vientos,
cumplo con mis deberes,
murmurando contra las frías
furias del invierno del norte.

Tú que amas la nieve
puedes quedártela. Y también
los poemas motosierra
y las maravillosas descripciones
de los pueblerinos del noreste

en toda su gloria.
Tan sólo envíame el calor de la lluvia.
“Pecar no es tanto
saber (de ser así, todo
el mundo sería inocente)

sino querer saber.”
De ese modo citas a Camus sobre el pecado.
Supongo que mi pecado
ha sido querer saber
incansablemente, mientras que lo que más

quiero saber ahora mismo
es el consuelo en la vida de casado,
el jardín en primavera,
el trabajo por llegar. Este maldito,
amargo clima me desanima.

En mis pecados están todas
mis virtudes, en mis virtudes
todos mis pecados, por lo que
no puedo dar ninguna excusa:
me balanceo por encima del abismo.

Este paisaje está grabado
en mi sangre—no lo querría
de otra manera.
Esta nieve no durará, ni tampoco,
afortunadamente, tú o yo.

Entonces acudo a tus
poemas de clima frío, tus pensamientos
sobre el pecado y la virtud
o sobre la temporalidad.
No por consuelo exactamente,

sino porque la verdad
de los hechos es que, como aquel
otro Williams—Hank—
me siento tan condenadamente solo—
y ahí estás, con humo de leña,

con casi tres cuartos
de siglo y, aun así
los poemas siguen,
pasos entre la nieve
hasta que se convierten en la nieve.

Tú, como Sun Tung-p’o,
eres un maestro, un viejo
zorro astuto en la tormenta,
pasos entre la nieve
hasta que se convierten en la nieve.

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4

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Leyendo tu Scrambled
Eggs & Whiskey, tomé nota:
“Los grandes poemas de
nuestros ancestros en muchas lenguas
con las que luchamos por comprender

quienes ahora se contentan
con el misterio simple
y profundo…” ¿y no es
ése el más grande misterio
de todos? Que por fin podemos

encontrar dentro de nosotros
un éxtasis mundano, o
alegrías simples
sólo en pobreza conocidas
y al precio de la paciencia—

la cual no es mi
fuerte, o eso siempre pensé
hasta que desperté un día
y —como era de esperar—bigotes blancos
sobre un marchito rostro cansado.

Sólo entonces comencé
a caer en cuenta lo que creí
todo este tiempo: que la alegría
no es el grito orgásmico
en la noche, ni los dulces suspiros

que le siguen después—
los cuales son un misterio
en sí mismos, si bien delgados
y frágiles como las alas de una polilla
en la parpadeante luz de vela—

Escribí hace años sobre
Tu Fu, “Sus alegrías no eran ni
grandes ni muchas, pero
eran precisas.” ¿Un momento
de premonición, quizá? ¿O
tan sólo el inevitable

resultado de luchar
por comprender la lengua de
tan gran maestro?
Probablemente ambas. En tal gran
y noble lucha llego

cara a cara con mis
propios pequeños, silenciosos éxtasis
por un poema
que dice por mí para lo que no
podría encontrar palabras verdaderas

para enunciar. Carruth o
Tu Fu, Safo, Seferis—
no importa:
el poema revela de algún modo
sus particularidades

y caigo de rodillas
en gratitud
por el regalo recibido.
Si estoy contento después de todo,
es por haber luchado

todos esos tantos años,
porque fui tan tonto
entonces para creer
que la poesía era suficiente
para enseñarme a vivir, a amar.

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Sam Hamill. Utah, EE. UU., 1943 — Anacortes, Washington, 2018. Poeta, ensayista, activista y traductor. Huérfano desde muy joven, ganó interés en la literatura y la poesía a través de la Generación Beat y los textos del budismo Zen. Hamill  es autor de más de una docena de libros de poesía entre los que figuran Destination Zero: Poems 1970–1995 (1995), Almost Paradise: New and Selected Poems and Translations (2005), Measured by Stone (2007) y Habitation: Collected Poems (2014). Su obra está influenciada por Ezra Pound, William Carlos Williams, Kenneth Rexroth, Denise Levertov y Hayden Carruth, así como clásicos de la literatura universal leídos directamente del griego antiguo, latín, japonés y chino, mucho de los cuales tradujo al inglés. Editor fundador de Copper Canyon Press. Durante más de 14 años, enseñó en prisiones y ha trabajado en causas a favor de las mujeres y los niños desprotegidos. En 2003 fundó el movimiento Poets Against the War en contra de la invasión a Irak por parte de la administración Bush,  movimiento que en poco tiempo se convirtió en un fenómeno mundial que reunió a más de 13.000 poetas en una importante antología en línea de poesía antibélica. En respuesta a diversas que críticas que cuestionaban el lugar de la política en la poesía, Sam Hamill aseveró que «no puedes escribir sobre el carácter y la condición humana y ser apolítico, ese no es el mundo en el que vivimos».

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Daniel Oliveros. Valencia, Venezuela, 1991. Poeta, traductor, editor y licenciado en Educación Mención Inglés por la Universidad de Carabobo, Venezuela. Director Editorial del sello Kavrial. Es Corresponsal en España de la revista POESIA y la revista Ficcionafilia, asimismo, forma parte del comité editorial de Escritores Cordillera. En el año 2014 fue merecedor de la mención honorífica en poesía del V Premio Nacional Universitario de Literatura «Alfredo Armas Alfonzo», Venezuela. En 2021 publicó Warlike (LP5 editora), su obra más reciente en poesía.

 

La obra que ilustra esta publicación  fue realizada por la artista venezolana Gabriela Guilarte (Garabato)

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