Fragmentos sobre «Breves poemas para entender la ausencia»

 

Oswaldo Flores Cumarín

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El Principio

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:Se sabe.  La poesía abunda en los extremos del nacimiento y la muerte como los actos más puros y genuinos de la existencia, y que estos en la ternura de su devenir contienen a todos los demás, entre ellos la propia ausencia. Para entender el cómo de esa prolongación de la muerte y la vida en todo acto de ternura, sirve evocar al poeta Elicura Chihuailaf, ferviente creyente del azul de los Mapuches, cuando se refiere a la pureza como todo lo que sucede: sea muy malo, malo, bueno o muy bueno, todo en absoluto toma parte de la pureza[1]; y a la ternura como esa relación cercana entre lo concreto y lo innombrado. También sería preciso ir a las palabras de Raúl Zurita, quien pensando en la primera epifanía poética nos ubica en el instante del nacimiento de aquella pulsión de la que proviene el poema. Zurita[2] -lo acompaño e imagino- habla entonces de aquel momento cuando in illo tempore durante las ahora imaginadas largas migraciones de nuestros antepasados, entre tempestades nevadas o lluvias, uno de aquellos congéneres cayó vencido por el cansancio. El otro que lo acompañaba, despierto por una nueva intención que le impedía, como hasta entonces se había hecho, abandonarle y avanzar a ciegas del sentimiento, decide detenerse y dejar para él algún recuerdo, piedra, flor o amuleto; o simplemente un rastro para que al despertar de aquel sueño pueda seguirlos y encontrarlos en el camino. En ese justo instante nace la poesía, ante la necesidad de dejar para aquel ausente un rastro, un camino para recordarle, una posibilidad de volver del sueño profundo que luego entenderíamos como muerte.

Todos somos ese ausente y de aquel sueño volvemos a través del poema que es uno de sus caminos. Todos somos el que deja rastro, y el poema esa piedra, flor o amuleto para recordar. De las muertes nos levantamos y regresamos reiteradamente a causa de una pérdida que nos posee, ante la circunstancia imposible de obtener algo perdido, de nuevo. Así la ausencia es el primer motivo y casi que el único para la poesía, pues si miramos dentro de sus «argumentos universales»: el conflicto, la muerte, el nacimiento y el amor, todos encierran en ciernes una larga y prolongada ausencia. Acaso, ¿no se escribe el mundo ausente? ¿No se nace siendo una ausencia? ¿No se canta al amor desaparecido?

En Breves poemas para entender la ausencia está contenida esa pulsión. Cada poema nos descifra en su poderosa brevedad la condición de ausencia que se perpetúa en la vida y en el oficio de hacerla objeto de escritura. En sus páginas entendemos que somos los primeros ausentes. Nosotros, los que llevamos a la mitad del cuerpo la cicatriz de la primera pérdida, fuimos los primeros perdidos, somos la pérdida más grande.

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Un cuchillo: el fuego y su fragua

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Se sabe. Entender la ausencia, además de entrever en sus rasgos el trazo de la ternura, es comprender que hay una condición entre el poeta y el poema, o entre la vida y la poesía, que es la condición del fuego: yo enciendo, yo ardo, yo hago ceniza. En estos tres tiempos, Rahn logra construir una poética de la ausencia tiznada del ardor de fuego, que son imágenes vivas y no metáforas de la vida: pasado, presente y futuro.

Se sabe. Existe una relación íntima entre el poema y la memoria. Esa relación también está signada por la condición del fuego: el poema enciende, arde y se hace ceniza. En el caso de Pamela Rahn, el poema se construye desde la condición cenícea del luto, pero de un luto que se hace vitalidad, la ceniza es el fuego de luto por sí mismo, dice José Emilio Pacheco, y esta resulta ser una máxima para entender la ausencia, según Rahn. En la ceniza está la composición hermosa de un fuego póstumo hecha de humo y restos, como el collage, otras de las herramientas utilizadas por la poeta para construir ausencias. Eso es el poema para Pamela, la memoria de luto por sí misma.

En el poema Cuchillo nos habla un poco al respecto, cuando dice: «yo vivo siempre primero/de una forma borrosa», hay ahí ese primer indicio de la condición fugaz (no por efímera, sino por fuego) de la vida dentro y fuera del poema. Esa primera brasa vital que es la vida empezando a arder en emociones, en amor; ese encenderse para vivir, no alcanza a pesar de la fulgura toda la vitalidad del fuego abrasador. Será después, luego del incendio y el ardor, desaparecida ya toda potencia de la brasa que consume todo, que la verdadera vitalidad brotará. Rahn nos habla de la segunda vida, una vida que llega después de que sucede una primera, porque para entender la ausencia es preciso saber que antes que lo vital es el recuerdo de eso vital lo que hace cuerpo en el poema y en el poeta. Y entonces dice: «…luego vivo de nuevo/ esta segunda vez a toda potencia».

Así, en los poemas de Rahn la vida no arde sino después, en el recuerdo. Se cobra su propio hastío en el poema. Se revive, como el fuego que vive de su duelo en la ceniza.

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Clase de boxeo: el otro, el ausente

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Se sabe. Siempre se vive con el otro. Por siempre se le desafía. Incluso en su propia ausencia la existencia del otro opera como un fantasma. Una vez desaparece se convive con su sombra, como el boxeador que imagina para su entrenamiento a un oponente que no existe. Entender la ausencia es hacer sombra, jugar a que se intercambian golpes con otro que está ausente. Y ese otro, recordemos a Rimbaud, es aquel en uno mismo que desaparece y aparece progresivamente ante nuestros ojos, para asestarnos el golpe o para servirnos de blanco.

En esta condición, la de la sombra, Rahn descubre otra posibilidad que desde la periferia de la imagen del fuego atina a una vida después del fulgor. El fuego aviva a la sombra, pero esta lo desafía en tono y color, con toda su naturaleza, así como el que hace sombra bajo la lumbre del box convive consigo mismo y se desafía. Dice en el poema Clases de boxeo:

He descubierto un nuevo lugar para la huida
manos paralelas
puños cerrados
y una necesidad absurda
de convivir con el otro
solo para desafiarlo.

¿No es así todo intento de hacer poema?

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Lanzar piedras al río: petrificar el sentimiento en poema

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A pesar de esa segunda vida más brillante de la que nos hace parte el poema, se sabe que en su concepción él mismo puede ser el ausente, no estar, o simplemente desaparecer. Otra arista de este breve tratado poético sobre la ausencia propuesto por la poeta, es la ausencia del propio poema, o podríamos decir, la ausencia de la propia vida en sus linderos. De eso Rahn nos cuenta hablándonos de poemas como piedras que arrojamos al río de la vida que se sucede, dice la poeta: «Algunas cosas suceden para endurecernos/ volvernos una fina piedra/ que se desliza entre los dedos de un niño». El poeta es ese niño del que habla Pamela, que se observa a sí mismo arrojando palabras endurecidas con las manos. Esos mismos poemas que versos después se declararán ausentes de sí mismos como piedras que «no funcionan» y que «lanzamos al río y nos divertimos viéndolas saltar». Así, el clamor trágico que supone esta faena de escribir como puente hilado hacia lo profundo se pierde, y esa condición se transfigura en un ademán sobre superficies, el poema ausente.

Hay dos imágenes poéticas que sirven de pulso para entender con Rahn cómo encarar a ese río que es la vida, recordemos a Montejo cuando dice: «Yo soy mi río, mi claro río que pasa». Si en el poema de Montejo el poeta puede ser esas aguas, para Pamela es lo contrario: la imposible reunión con el río que representa el destino o la vida. Pero precisamente de allí surge lo maravilloso: enfrentar ese devenir del todo como la piedra, hundirnos o saltar; o como el barco de papel y seguir su cauce hasta el final desconocido. En ambas circunstancias, metáforas de la labor de escribir para recordar, la ausencia es el único destino y todo resulta en desprendernos y otorgarnos a lo añorado y su ausencia, hasta desvanecernos.

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 La dicha: cónclave con el pasado

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Se sabe. Cuando se es el ausente, se cree que la felicidad está en lo que fuimos. Pero el poeta vive y en su presente siente como una nostalgia invertida, una tristeza por el lejano futuro. El poeta intuye el luto y desde ahí va escribiendo su retreta hoy, aquí y ahora. Esa retreta es su poema, su antelación a la desaparición. Y así la poeta nos habla de la dicha de la ausencia.

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La dicha
Muéstrame
Entiende
que la dicha
es todo lo que crees que no pudo ser

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Para entender la ausencia la poesía cobra las dotes de una entidad, de un fantasma que mira «hacia otro sueño». La desincorporación (sacar del cuerpo) de la experiencia fallida es lo que aviva al luto vital que para Rahn es el poema. En Breves Poemas para entender la ausencia, la poesía resulta esa entidad a la que se le reza, a la que se acude en procura de favores que nos acerquen a aquel ideal ausente. En ese vaivén somos tomados, el poeta entonces es un cuerpo que se vacía de significados para llenarse. A esa disposición a la llenura, a ese vacío, acude el otro recordado, la reminiscencia del que ya no está, del que se fue pero vuelve para «acariciar».

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LA POESÍA

La poesía es una entidad
ha de vivir contigo
como la mano
de un fantasma
acariciándote la cabeza

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Se sabe que a ese fantasma se le reza por consuelo. Volviendo por última vez a Montejo diríamos que «el poema es una oración a un dios que vive mientras dura la oración». En este poemario ese instante preciso se edifica en la palabra, único lugar posible para alcanzar de nuevo la vida y para afirmar que ese breve instante donde se conjura lo adorado omnipresente está hecho de ausencias.

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Notas
[1] https://www.youtube.com/watch?v=mekh5jlVFO8

[2] https://www.youtube.com/watch?v=MFxfj1w1SuI&t=561s

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Oswaldo Flores Cumarín. Caracas, Venezuela, 1985. Poeta, Licenciado en Letras por la Universidad Central de Venezuela. Cursa estudios en la Maestría de Literatura Latinoamericana en la Universidad Simón Bolívar. Ha participado en talleres de poesía en el Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos y Monte Ávila Editores.

El trabajo de Flores Cumarín fue enviado a POESIA por Jesús Montoya, miembro de nuestro Consejo de redacción. La imagen que ilustra el post es cortesía de CANVA

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