Gestión de daños

Nicolás Ricci

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La esfera de lo real se nos presenta como una envolvente eminentemente política. Nada puede concebirse sin, o fuera de, las relaciones de poder. Por supuesto, no se trata de una esfera 2-dimensional que pueda proyectarse en una carta de Brittenden, ese dibujo más frívolo meme simp que ventajosa brújula para el pensamiento y la acción. Sería, pues, una bola hiperdimensional cuyo volumen y consistencia —esto es un hecho de las ciencias naturales— tiende a concentrarse de forma convulsa y abrumadora en un entorno de su frontera, en el borde de las apariencias al que la insuficiencia de nuestras facultades nos restringe. Es por esto que las categorías políticas son todas ellas categorías teológicas, como ya lo dijo Rozitchner, agregando: es decir, que la política occidental —democrática y capitalista— tiene su fundamento en la teología cristiana. Supóngase que sean estos los discernimientos a partir de los que Nicolás Ricci (Argentina, 1988) elabora los textos de Gestión de daños, y se les leerá tal recreación de acciones y reacciones frente a las anti-esféricas relaciones de los pares amigo-enemigo, mayoría-minoría, bueno-malo, cohesión-brecha, sociedad-naturaleza, deuda-solvencia, riqueza-pobreza, oficialismo-oposición, estabilidad-colapso, paz-guerra, entre otras. La tensión que sostienen con la máxima agustiniana, esa que dicta que los poetas son todos conservadores, resultará clara: sucede que hasta las innovaciones formales son funcionales a lo establecido, piezas infaltables al mecanismo de los himnos, mitologías y burocracias. Tal es uno de los asuntos sobre el que Ricci repara con humor agudo, sarmientano, productivo y militante, en tanto dicha tensión rasga las mistificaciones teológico-políticas. Es más, y esto quizás sea lo más estimulante de sus poemas, se trata de un dato preciso que, desde la exhibición de la fragilidad y asimetría esencial de las instituciones humanas, reelabora intuiciones para el gobierno de las almas desconcertadas por el abismo entre la historia y el cielo, entre el azar y el destino, entre lo realmente existente y la utopía.

César Panza

 

 

 

 

El instinto, etc. Que todo cuerpo sólido
tiene una zona firme y un punto flector,
donde la materia cede. Que ellos conocen
las estrategias aqueas capaces
de tantear los límites hasta alcanzar,
sin ariete, el punto débil. Que así cayeron,
todas las casas piedra sobre piedra, cuando
hurgaron furtivas manos mala leche
la cara exterior de las murallas. Que la necesidad
mueve montañas.

 

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No se contestan las dudas no se contestan
las cartas no se contestan los insultos
no se contestan las preguntas no se contestan
las balas no se contestan los golpes
no se contesta a los padres no se contesta
a los ruegos no se somete la voz
al juicio del tiempo no se acostumbra
dar con el martillo en la pared errando el clavo
no se sorprende cuando los planes salen
mal no se delega responsabilidad en el azar
de las voluntades sin método no se discute
con usuarios de internet no se consuela
pésames del enemigo no se olvida
no se distrae no se resiste no se repliega

 

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¿Qué codicia el hombre de Crimea?
¿Qué anhelos alimenta y qué preocupa al hombre de Crimea?
¿Qué espera en las tardes de mentira,
cuando sus hijos pierden el aliento, y manotean,
y escuchan gritos a lo lejos, qué mal quisiera
ahorrarse el hombre de Crimea?
El asistente toma un lápiz de su oreja, anota
estas preguntas en la agenda del ministro.

 

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A considerar
cuando las pantallas impongan
un mapa coloreado. Las provincias
tras un domingo de elecciones. El país
forma firme una opinión
en base a los colores
emitidos. Hay quienes calcularán las huellas,
un pie detrás del otro, el paso
recortado, como con miedo al suelo,
al paso en falso. Falso el resultado.
Hecho el conteo, quedarán las horas
sin un interrogante, satisfechas.

 

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En la paz ministerial, las horas secan
las córneas heladas del estilita
que lee sin entender. La crónica que ignora
al verdugo, sobre la mesa
de su despacho, sangra
copiosa por la boca y la nariz.
En su contexto de caoba y cuero, no tiene
lágrimas ya, y sin la ayuda regresiva
ni la pasión por cable, no ve otra opción
que meter un alfiler
con disimulo en el fornido
bíceps del pasante, pero el campeón
en mangas de camisa no siente
nada, ni se mosquea. El estilita llora.

 

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En la imaginación, la pampa abierta
pero cubierta bajo un domo. Un griterío
que va del agua hasta las casas, a los talleres,
a las bodegas. Los cielistas cantan
sus cielitos mudos: buscan trazar el mapa
de todos los silencios, de las pausas,
de las suturas, quieren encontrar
el código secreto de lo que se detiene. Algo se rompe
y las lámparas no llegan a inundar el suelo.
Alguien resguarda sus principios pero recibe
vouchers en la puerta de un museo. Así,
puede medirse la capacidad de ataque
contra las columnas dóricas
de nuestras propias obras.

 

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El derrotero palpitante y cartográfico
que hacen los vasos sanguíneos
rodeando el ojo
cuya pupila vibra
con palabras duras de miedo: no es adecuado
arrepentirse. La fe es la madre
de la invención. Todas las veces
que temimos enfermar, que nos cortamos,
por accidente, con un fierro
oxidado, fijamos los ojos en la herida y esperamos,
y no pasó nada.

 

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La idea es una línea de puntos
en torno a la
idea. Los tornillos van saliendo
con la punta de un cuchillo de cocina.
Bajo el resplandor apático del sol, un chico
sigue sacando en silencio los
tornillos para acceder al interior del auto
de juguete. El objetivo: cuatro o tres
minilamparitas, cada cual abierta en dos
cables que ondean pocos centímetros. Uno
puede reconstruir el circuito, los dedos pulgar
e índice en los polos de una pila
taiwanesa roja. Los dedos índice
y pulgar asiendo los extremos pelados de los cables. Luz
en un extremo, luz apenas, luz
como de navidad, poco visible
bajo la tarde. Mejor correr adentro y buscar
contraste: un punto luminoso entre los dedos. No
parece mucho pero es entender el mecanismo; es
reapropiarse del circuito; es
transformarlo en un objeto inútil.

 

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Una falla tan estructural
como sincera: en la vislumbre
renovada, una palabra a medias.
Mil compases hasta hacer callar,
hasta cerrar
las esclusas de la primera a la última,
que el diámetro de las cuchillas ahorque
la luz a la espera de la luz,
que la sintaxis de los tuberíos
llegue a un nexo cualquiera y cierre
un codo en él, aislando
aquello que de otro
modo copará
los cauces. Y quién,
en esta economía quién,
se bancará después hacer hoyitos
en las chapas, retorcer
alambres, desarmar y armar
sistemas, si la luz pide la luz.

 

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El hombre sale a caminar piensa en su patria en armas
piensa en Crimea en armas repasa el tedio que sus cuentas
repasa el tedio de sus cuentas otra versión del miedo
otra versión del miedo indaga el gusto en la garganta
indaga su garganta pone su grito en el cielo
pone un grito en el cielo siente el peso de la atmósfera
siente el peso de la atmósfera todo el pasado junto
todo el pasado junto sirve ahora como un dique
ahora sirve como un dique y ve su paz y su sequía
su paz y su sequía es lo que ofrece al mundo
lo que le ofrece al mundo está cambiando
está cambiando la cabeza una razón por otra
una por otra la razón la tibia alarma la certeza
y no la sensación ni la certeza sino el roce de la duda
la duda de que cada cosa guarde oculto su seudónimo.

 

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El cristo ruso habla con claridad parado ante la multitud,
convence. Ahora alza sus manos sucias para enfatizar
un punto y pueden verse las marcas de la historia,
el evangelio trucho de la historia en las líneas de esas
manos, que dieron muerte ayer al hombre de Crimea.

 

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Un gran supermercado en la llanura.
Color local: turista intrépido.
El cristo ruso llega al monte,
echa la cruz sobre la nieve.
Los tártaros clavamos
letras en cirílico al madero.
Las bolas en el aire. Bienvenida
cualquier palabra que retrase la pasión.

 

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Nicolás Ricci. Buenos Aires, 1988. Ha publicado la plaqueta Ciencia normal (Ascasubi, 2019). Poemas suyos han aparecido en Rapallo (Argentina), Lo-Fi Ardentia (Puerto Rico) y Enchiridion (México).

La imagen que ilustra este post fue realizada por el artista venezolano Javier Miranda

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