Hotel Universo

Xitlalitl Rodríguez Mendoza

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En 1923, el matemático alemán David Hilbert, enunció un experimento mental para ilustrar una propiedad del infinito: un hotel de infinitas habitaciones, todas ocupadas, siempre tiene espacio para recibir a una cantidad finita o infinita de nuevos huéspedes. Sin distinguir las nociones metafísicas de potencialidad y actualidad, Hilbert mostró que no siempre el todo es mayor que las partes. Ciertamente, este es uno de los Augurios de Inocencia con los que Galileo, en 1638, pondría fin a la física aristótelica para abrirle paso a la ciencia moderna. Pero la alegoría habitacional es un modelo novedoso y elocuentemente fecundo para la imaginación que vislumbra un universo en una partícula de polvo y que sostiene al infinito en el centro de la mano. Por supuesto, la inconmensurabilidad del Hotel Universo no es la misma que la del hotel de Hilbert: las características intuitivas en torno al espacio-tiempo sugieren que se trata de un continuo de habitaciones, ocupadas por individuos con cuerpos localmente compactos, mortales con gatos, familia y trabajos embrutecedores, expuestos a la amoralidad de la naturaleza y los elementos sea en entornos rurales o urbanos, con pasiones aflictivas, fricciones sociales y reservas asimétricas de bienes y prerrogativas, moviéndose todos –transformándose– irremisiblemente entre la confusión de las lenguas. Xitlalitl Rodríguez Mendoza (Guadalajara, 1982) recorre algunos rincones de este edificio y desde la perplejidad de la primera persona, con cierta atemporalidad que parece provenir del insomnio, relata pequeños episodios de una estancia entre los abismos pascalianos del cotidiano. No obstante, el infinito del Hotel Universo no puede ser capturado por ningún lenguaje, no conforma un ámbito semióticamente cerrado; y aunque esto pueda parecer un castigo divino, también puede ser la condición de posibilidad para la experiencia existencial de la más ostensible finitud, tanto personal como transindivual. Quizás no haya otra forma de identificar la dimensión real de la materia que encarnamos y, por lo tanto, el alcance expresivo de las palabras que de ella se emanan, sino desde las instancias que Rodríguez Mendoza ensaya en su escritura.

César Panza

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El Gran Hotel Universo y sus torres con los relojes detenidos
Charles Simic

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A Otho

Alguna que otra madrugada
los muchachos de la esquina
proyectan porno
setentero
en el costado
de la Capilla de Jesús
desde su azotea.

Uno es estudiante de cine
el otro, fotorreportero
de un periódico local.
El tono apenas perceptiblemente
amarillento de la cinta ocho milímetros
se confunde con el de la cantera.

Los pezones si acaso saltan
como frijoles mágicos
que algún transeúnte
espera recoger abajo
en su paseo milagroso.

La película es muda y dura lo que
la noche: quince o veinte minutos.
Los subtítulos reproducen
interjecciones
y el santo niño espía
desde el frontón
donde lleva siglos castigado.

La arquitectura neoclásica
da relieve a la tensión narrativa,
mientras las campanas
todavía desnudas
llaman a misa de seis.

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A Jon

Mi primo llegó de San Francisco al DF
a celebrar sus 31 años.

Ese día tembló.

Luego ya no supe
si los había cumplido
o si permaneció asustado
en sus 30
con una cerveza enfrente
mientras ambos buscábamos restos
de la jerga familiar
que no fueran diabetes
ni rosarios.

De lejos lo vi
articular y entender
el lenguaje universal
de la urgencia
que se usaba
para el acopio de víveres,
bajo edificios al borde del escombro.

Esa noche, con las velas
del sueño ablandadas por la luz
le alcancé un libro para intentar alejarlo
de la dureza del momento.
Después de todo es mi primito,
quería cuidar de él.

Tomó el libro y leyó
con una voz irreconocible
(después de todo ya no es un niño):

Go inside a stone

En el desamparo de la casa
sin más electricidad
que las farolas de ambulancias
reflejadas en el techo,
temerosos
callados
y escuchando cómo es así
que el mundo
acaba

nos sentimos
al fin
en familia.

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Fracasé al traducir «Angoisse» de Stéphane Mallarmé

Afuera se levanta el camino del invierno,
lo miro subir por este estrecho espacio
de ladrillos.

Hay algo lejano en él
un material de otro tiempo
polvo de piel
relumbre de dolor lumbar
o de algún padecimiento lunático
de la época,
un sentido.

Así llega hasta esta orilla
como castillo del Loira
desmontado bloque a bloque
y erigido nuevamente
en Florida
sobre corales fosforescentes.

Se escabulle bajo la losa
aplastante del sueño sin sueños
que nunca termina de caer
y con vaho de boa
infla el dosel ignoto
del remordimiento.
Es así que el miedo me llama
y dice que moriré sola en la cama.

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5. A mi tía Tey

Hay toda una discusión en Google sobre si existe o no el término cangrena. Una de las primeras entradas asegura que esa palabra no se admite en el Scrabble. En mi casa existe. El Coromines afirma lo siguiente: «Sigüenza (1600) emplea la forma cangrena, cuyo uso reconoce [en el diccionario de] Aut. como vulgar, y hoy sigue estando muy arraigado en el vulgo […]: se debe a influjo del anticuado cangro ‹cáncer›, y variantes semejantes en los demás romances». Mi mamá y mis tías la usan al contar la historia de su hermana Elvira, quien murió a los tres años. Neumonía. Eso se dice ahora. Antes había muerto de sabrá dios qué le habrá pasado, algo tenía en los pulmones. Al paso de los años hemos ido recogiendo palabras de aquí y allá y sacando explicaciones a la muerte de donde se pueda. El DRAE dice que cangrena está en desuso y lo correcto es gangrena. Pero no se refieren a lo mismo. En la historia de mi tía Elvi, la cangrena aparece al momento en que deben alejarse los hermanos más pequeños porque los niños no deben estar cerca de los muertos. «Mi papá la levantó en su cajita para que la viéramos de lejos», dicen. Tenía unos ojos preciosos, las pestañas chinas, chinas. A mi mamá se le murió en los brazos, cuando acompañó a mi abuela al centro de salud y las regresaron porque no había mucho por hacer. Tomaron un taxi a la casa. Mi abuela le pidió al chofer que se detuviera en la tienda para de una vez comprar el café del funeral, café cuyo aroma la niña boquearía como último unas curvas más adelante.

En todo caso estamos frente a un fenómeno fonético llamado asimilación, en el que una consonante se sustituye por otra cercana para facilitar su pronunciación. Es un cambio por el uso que dan los hablantes. Sin embargo, por más que esta palabra se ha repetido en sobremesas y charlas bajo el naranjo, esa c nos sigue lastimando, poco a poco, nos carcome.

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Con la papa en la boca

En la escuela pregunté cuál era la génesis de lo que conocemos como el acento fresa. Con un evidente tono de regaño dada la informalidad, desorden, prejuicio y falta de rigor académico en el planteamiento de mi —por otro lado— muy genuina duda, se me informó que los fresas y los nacos compartimos las vocales muy abiertas. Además, se aclaró que para el grado de formación que tengo y al estudiar en una institución de élite, ya no puedo criticar a los fresas. Así inició la clase dedicada a mis privilegios, los cuales vienen de lejos y son muchos y variados. Hay gatos en el jardín de mi escuela y apenas pago siete pesos por mi peso en comida. Porque además, se dijo, formo parte de la mafia literaria. No pude evitar entonces dedicar el resto de la clase a recordar de dónde vengo, y del olor a pasto y a sopa, y del Parque Alcalde visto desde mi guardería y del Parque Alcalde visto desde mi facultad. Y por más que no quiera y que me apene y que me duela, mis privilegios me saben a oblea con vino, me saben a tejuino.

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Xitlalitl Rodríguez Mendoza. México, 1982. Poeta y editora mexicana. Licenciada en Letras Hispánicas por la Universidad de Guadalajara. Autora de los libros Polvo lugar (La Zonámbula, 2007), Datsun (Punto de Partida, UNAM, 2009), Catnip (Col. La Ceibita, Fondo Editorial Tierra Adentro, 2012) y Apache y otros poemas de vehículos autoimpulsados (Mono, Conaculta, 2013). Con el libro Jaws [Tiburón] (Mantis/Conaculta, 2015) obtuvo el Premio Nacional de Poesía Ignacio Manuel Altamirano 2015. Ha colaborado en diferentes revistas literarias de México y del extranjero y ha sido becaria del FONCA en tres ocasiones.

«Hotel Universo» fue publicado en septiembre de 2019
en la Colección de poesía En Marte aparece tu cabeza, volumen 1, número 2, octubre-diciembre de 2019, como una separata de la revista Grafógrafxs, publicación trimestral editada por la Universidad Autónoma del Estado de
México.
La imagen que ilustra este post es obra del artista venezolano Daniel Duque.
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