Igual es distinto

Por Reynaldo Jiménez

 

 

 

 

A Néstor Perlongher, que estuvo ahí

 

La idea de perspectiva es un asunto de enfoque. Si cambiamos el foco, es decir el grado de conciencia acerca del propio punto de vista, lo que llamábamos fondo y figura se convierte en dos experiencias distin­tas pero simultáneas de la velocidad en las formas. Ya no las separa alguna jerarquía, sino que más bien están reunidas para el ojo por sus humildes —e inestables— fronteras de color, textura, dinámica. El sentido en poesía podría asimilarse en cierto modo a aquella noción de pers­pectiva: si ponemos en movimiento el foco del sentido, éste se revela plural, fluvial.

Entonces no es posible fijarnos en lectura unívoca algu­na: es necesario acudir a las Segundas Lecturas —a la Segunda Aten­ción. Esta especie de espiralar permutante puede llamarse desarmonía entre el ojo y la mente si habíamos asignado la palabra armonía a la mera concertación de los contrarios, a su dilución neutralizadora; pero si, apelando a una conciencia musical tomamos el vocablo en tanto horizonte de sonido que surge y desaparece entre los sonidos produci­dos por los instrumentos —donde el ejecutante ya es en sí mismo instru­mento del sonido—, entonces el armónico es el sentido que se desprende, oblicuo, sin someterse, flexible, desde lo concéntrico de la música del sentido.

Suspender momentáneamente la imperiosa tentación de una pers­pectiva también sería soltarse de la exigencia de una voluntad delimitadora: la del vigía racional que hace de la perspectiva un proyecto. Esa proyección del sujeto hecho a imagen y semejanza de su ideación, de sus creencias —sujeto de su identidad—, cede ante el desvío del camino asignado, liberándose tal vez de la supuesta necesidad de un centro que delimite el sentido de lo que sucede. La proyección dada en el recorte del cuadro o del poema será análoga a la que nos demos en el cuerpo fantasmal de la imagen que tenemos de nosotros mismos. Pero ni el volumen ni la fuerza irradiante de la materia —orgánica, verbal, imaginaria— dependen de excluyente perspectiva, de unilaterales con­diciones al sentido: la sola materialidad del cuadro, del poema, es lo que inmediato se pronuncia. Vibración de la presencia. La identidad suspendida: ya no proyecto asociado a un régimen de vida, régimen de mirada, sino pulsar que en cualquier caso se intuye enviado des­de aquí. No el reflejo ilusionante que nos torna protagonistas de una probabilidad —por la que habrá que trabajar duramente para conse­guir, consignar y sostener— sino esta directa posibilidad, esta inme­diatez de la percepción.

Es desde aquí que la noción de perspectiva se ve revertida: la figura en el fondo adquiere carácter de presencia, no de representación. Lo percibido en el espacio —y en el espacio mental del que es espejo— está efectivamente sucediendo. No de la misma manera en que los llamados hechos de la vida cotidiana acontecen, sino en su intensidad diferen­ciada, inherente al hecho artificial, es decir artístico, que está siendo pronunciado mediante calidades de vibración y de velocidad en la materia. Lo percibido en el recorte es recordatorio de la gran erosión que alimenta lo vivo al transmutarlo: relevancia del plano en que esto que notamos está apareciendo. No es que la poesía remita a otra cosa, sino que literalmente suena con su resonancia. El artificio no es toda la ver­dad, pero es un grado de transparencia: ventana que se abre hacia den­tro. La vida no queda aquí representada sino que de este modo se pre­senta: lo visible es un grado de lo invisible.

Al mismo tiempo que lo pronunciado aparece, surge tangible la certeza de que está desapareciendo. Torrente, las formas traman su es­tabilidad en el perpetuo cambio. El sentido del trayecto es el trayecto: no es que el sentido sea un núcleo significativo previo a alcanzar, eje del cual partirían los rayos expresivos, sino que el sentido se revela a medi­da que se borra—no es un centro de ensamble, una cualidad perfectible o asequible mediante el uso programático de la voluntad descifradora, sino la impregnación activa y directa entre lo impresivo y lo increado, entre lo engendrado y lo innombrable.

El «artista» (…pero ¿quién es? ¿quién cree que es?…), instrumen­to de su intuición, labora una estela tras la fijeza —momentánea—, pues existe en consonancia con el torrente. La huella en la arena del ins­tante está expuesta y su nutriente es la intemperie: nada es represen­tación, puesto que la propia intención del pathos inherente a toda «obra de arte» (término este último que podría ser apenas un princi­pio) ya es modulación de formas, exponerse de la persona en su Gran Ignorante: estar presentes y por lo tanto estar comunicados a una entrega. La intuición del «artista» no es su pertenencia: ¿quién sería poseedor de lo que conoce (si conocer tal vez no fuese sino reconocer la expansión continua de un siempre pequeño campo de ignoran­cia)? Sostener —defender— lo percibido sería tan inútil como preten­der que eso se aprende y se almacena en alguna parte.

Atender: respirar con el instante. Conciencia: el universo a sí mis­mo se contempla. Por más que intentemos recortarnos —suponiendo, según difundida distorsión subliminal, que el universo, «el resto del universo», fuese alguna clase de fondo en pos del Actor— es también por nuestro intermedio, no exclusivamente, que el universo se percibe. Se percibe a sí mismo: tanto en el poema como en la incantación ilegible del insecto. Todo discurso está tatuado de nacimiento, y la poesía, que no es discurso, ofrece una dosis de verdad que no culmina en las pala­bras: éstas, extremando el centro connotativo, ofrecen transparencia. Tal es el modo de conocimiento que permiten, ajeno a cualquier idea de resultado, meta o iluminación. En todo caso, lo que se ilumina en un poema es la insondable belleza de estar vivos, aunque en la traslucidez de las palabras devueltas al cuerpo. («Cuando una araña hace una tela hermosa, la belleza viene de la naturaleza de la araña. Es belleza instin­tiva. ¿Cuánta de la belleza de nuestras propias vidas proviene de la belleza de estar con vida? ¿Cuánta es consciente e intencional?», afina­ba Joseph Campbell.) Y se revela, por matices, la belleza: el universo es instantáneo. Relámpago de la imagen, pero también imagen personal volatilizada en las analogías. Desnudez de la primera vez que es cada vez (esa voz que se reparte entre las voces).

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(La noción de perspectiva, desplegada en el Renacimiento —curioso apelativo— cuyo espíritu general parece haber sido el de «descubridor de continentes», supone la creencia en el destino superior de la volun­tad. La mirada, que se atiene a las jerarquías que la conforman, decide entonces que su cosmovisión, su punto de vista, su proyectarse en relación al universo, afirmará en más un cierto desciframiento de las cosas. Autoridad de las proporciones donde parámetro antropocéntrico se confundió con medida-de-todas-las-cosas. Y, otra acotación: toda veneración de la intención como virtud excluyente ¿no es acaso voluntad de poder, donde se privilegia la fuerza explíci­ta vista como autoridad por sobre la intensidad relacionante de la intuición? Pues se vuelve lacerante el esfuerzo por retener la percep­ción en un solo lugar. Hay en lo que llamamos naturaleza —vocablo que a pesar de tanto sigue recordándonos algo— un orden, cuyo mis­terio no puede ser reflejado, imitado, representado —¿quién tendría autoridad suficiente para alzarse como su representante?— ni some­tido a un par de ideas acerca de. Lo que es, excede al razonamiento si por tal entendemos —o pretendemos entender— al conductor del vehí­culo. Somos el vehículo, y cualquier idea la simple extensión, el ins­trumento que expresa a su modo alguna voluntad (de movimiento). Ignoramos, y esa es suficiente consistencia. Hay un orden, en efecto, pero éste no deviene, no es provocado por nada —no se puede con­trolar. Sólo podemos aprender a aceptar que nos estamos borrando ante la aparición incesante, insensata, del sentido: ¿seguir creyendo fer­vorosamente en nuestras huellas, como si, por ejemplo, en las manos que tapizan las cavernas quedara algún signo asible de identidad personal?).

Lo que es no es domesticable ni obedece a nuestras leyes, nuestros márgenes de seguridad: no obedece. Implantar una legalidad sobre lo que es, es parcelar el espíritu, no sujetar el misterio de lo que es. Los imperios pasan, las estéticas pasan, pero la emoción sin nombre y sin plan permanece, porque el sentido permanentemente desborda los jui­cios y sus sentencias. No es que la emoción sea un arma defensiva contra la ley vertical, sino que existe en su propio juego, no reductible a una construcción del yo separado(r), por más amenazante y duradera que parezca, por más apariencia de solidez y estabilidad que pretenda imponer. Es por esto que la emoción que recorre un poema es traslúcida: no responde a un orden determinado, es ese orden incontrolable que aparece y desaparece con las palabras en su cruda materialidad. Si somos vehículo de la emoción, el poema es una ventana: el vehículo es el instrumento del instante que nadie conduce. Lo que está vivo no es preso de definiciones, de conceptos, de conclusiones: no necesita expre­sarse y no puede ser preguntado con el afán de obtener tranquilidad moral —no responde al interrogatorio. Esa es la salvedad del oráculo que todo poema secretamente guarda: sus voces no se dirigen a la imagen que tenemos de nosotros mismos sino al Quién, primera y última pregunta. Portar una máscara no es otra cosa que aceptar el intercambio de las formas: la gracia puede residir en cualquier sitio —no es una cuestión de foco. Todo poema está ahí para ser abierto o, mejor, su abertura exige cierto indefinible riesgo. Las formas están vacías de contenido, si por tal queremos aferrar alguna figura discernible que nos refleje con eficacia —que refleje aquello que pre­ferimos creer de nosotros mismos. Recordatorio de lo inasible: fragi­lidad que asumida se hace comunicante, intento inagotable de que­brar el espejo que aísla.

A veces, sobreviene el arrebato de un lapso fluido, la intermitencia continua donde el estado de recepción activa no difiere del acto de escribir. La poesía que surge no está siendo proyectada desde algún otro sitio; simplemente no deviene, encuentra su antena propicia en quien no se percibe distinto de aquello que percibe. Desaparece el vérti­go con su freno respecto a la castigable contradicción y la pugna por un contenido definitorio. Es la inspiración. Dota a los vocablos de una frescura única, al menos durante el proceso de apariciones y desapari­ciones de las corrientes de sentido que las recorren mientras son mira­das al surgir. Entonces la poesía no viene, sus combinatorias no acuden ante ningún reclamo, no necesitan de alguna intención privilegiada que las rescate de alguna otra parte. El cardumen era de nubes y el cielo estaba lleno de peces. Al filo de tales ráfagas, es la persona, o lo que actúa, quien va por entero hacia la poesía. Descontrol sin ansiedad, ligereza-gravedad que es una corazonada. Sumerge y te roza, gesto: el estado de inspiración involucra, no se desprende de su raíz contemplativa sino que viaja por el sentido. Y éste sólo se reconoce al remontar sus corrientes como si se inventara: el sentido no es un conti­nente que espera ser descubierto. Pero no se trata de mero arrebato, sino conciencia del artificio de esos paraísos verbales, que bien pueden tor­narse infierno musical, y actúa por resonancia o evocación: la pura intuición (co)operando en el espacio imantado y sin bordes del sentido que se intenta. La disposición formal de este sentido —siempre multívoco y espontáneo— requiere de una disposición interna, espiritual, que hace de la persona abertura completa hacia el sonido que la traspasa: sonido que es en el sentido, armónico que sólo en el intento del sentido puede captarse eventualmente. A veces, traspasar es impregnarse.

La intuición desata el corazón de sus juicios en la medida en que se desata del esfuerzo racional, racionador, de poseer sentido. Desatarse del impedimento, la pre-visión: desnudez literal a la orilla misma del silencio (que no es mudo), donde lo que se escribe es sin más, sin apelación a la memoria, la experiencia misma de lo que pronuncian los vocablos. No un margen milagroso de claridad, sino un remon­tarse con la precisa ambigüedad que es el milagro: intemperie pláci­da de respirar, no las palabras, sino el aire verdadero que las anima. Alan Watts: «Del mismo modo que las notas más altas y las más ba­jas son igualmente inaudibles, así, quizá, la cosa con mayor sentido y la mayor insensatez son igualmente ininteligibles». La inteligencia de la razón observante puede hacerse pesada, constituir con su vo­luntad de acumulación (de control) un exceso de equipaje, un adita­mento a la límpida e impersonal experiencia de la inspiración. Puesto que los vocablos no tienen dueño, la vida que la conciencia (acre­centada si alerta a su abertura) percibe en ellos, ya no respondería a imperativos de identidad: nadie queda reflejado fijo en las palabras, tal vez la perplejidad haga así su siembra, pero ya se sabe: el asom­bro jamás construye un imperio.

Límpida, impersonal, ambigua. La inspiración es una acción que desde la conciencia se ejerce, tomando a esta última como el intento de un puente total entre lo sólido y lo imponderable, entre lo mate­rial y lo intangible. Labor sobre las formas pero también silenciosa resonancia que desde las formas se trama y desentrama al interior de una conciencia sin dueños. Conciencia que hace a la materialidad del lenguaje, de su cualidad vibrátil, de su presentación simultánea en el espacio —y en el oído interior que lo conoce—, tanto como al súbi­to armónico, que nadie puede controlar ni predecir, en el plano del sentido. El sentido carece de límites: es abarcante (¡abarca a los tér­minos!). Práctica de intuir es la atención: progresiva o abruptamente, desaparecer en cuanto identidad —el juego combinatorio es el intento del sentido (que no te refiere en espejo). Es la cualidad más difícil de traducir, como una cierta experiencia del color que no es sólo retiniana, no transmisible por vía reflexiva, y por entero indescripti­ble: las redes de la intuición implican aceptación de lo inaferrable. Lo volátil de la «expresión literaria» puede capturar, pero lo capturado es su propia evanescencia. Tal vez sea por esto que el sentido, mediante las formas que se laboran —bajo el signo de su materialidad a la luz de un alerta—, alberga la diversidad, se gradúa en la transpa­rencia que hace al sentido. Transparencia, demás está decirlo, que no nos torna sólidos ni nos refiere a un Estado (a un orden que se funde en alguna voluntad de permanencia). La inspiración es un al­cance (cierta conciencia es alcanzada) en el que nada falta; poco in­teresa que de allí surja algún resultado: la poesía (si inspirada, inspiradora) no viene a llenar un vacío ni puede proponerse dardo del sentido. Nada falta cuando la identidad se disuelve (en lo que la abarca). El asombro se nutre de la paciente observación: cómo uno mismo, nadie, aflora y florece por un gesto que significa porque es insignificante.

Redes del sentido: la trama se entrega a través de la ilusión de un ritmo respiratorio que se va constituyendo, materializándose. Y al mis­mo tiempo esas fibras iluminadas de fragilidad, verdadera fortaleza que es indefendible e inatacable en tanto implica aceptación de lo que es, componen ínfimas irregularidades, porosidad que afila espacio va­cío. El hiato entre dos pasos, dos respiraciones, dos versos, dos voca­blos, dos letras: presencia quieta que no puede ser domesticada, desde­ñada, asimilada, representada, proyectada. Reconocer este silencio se­ría admitir el límite de la percepción —que no es idéntica al sentido ilimi­tado que sigue aquí: silencio que no puede interrumpirse. Surtidor de posibilidades expansivas —no cuando el sentido es visto como núcleo, consecuencia virtual que redima a la voluntad de extraerlo de alguna otra parte, sino cuando la persona se reconoce porque se está conocien­do. El sentido comunica silencio. En lo inacabado: palabras son crista­les, no espejos. No se acude al poema para confirmar una identidad, sino para rozar la digna fragilidad del viajero. La expansión de la con­ciencia, no apenas de la mente, acepta el prisma de lo subliminal, de lo indecidible, que las mismas palabras contraen. El que contempla está solo, y el universo lo contempla.

No hay paraíso asequible por la voluntad, sino impregnación in­tentando (imantando) sentido. Conectar intuiciones: que la mente y su discípula, la inteligencia, no puedan regir a su excluyente arbi­trio. Lo cual devuelve al planeta Tierra, este ser de otra conciencia cuyo flotante organismo integramos y que de tan cercano ya es invisible. Intentar sentido: tembladeral, no territorio, de la inspiración que no puede buscarse ni en la mímesis sino que adviene vacía, así como la poesía requiere que salgamos a nuestro propio encuentro. Está tan vacía de Profundidad como de Superficie: lo pronunciado será el intento (parte de lo inspirador, que traslada la mudanza del ánimo, que imprime por destello la intuición de lo desconocido que respira). Voy desarmado pero nunca inerme, como si fuera a estre­llarme contra el propio corazón —alucinación de un Yo fijo y recorta­do— como si en ese movimiento impredecible desapareciera el mundo: no hay vacilación que arrebate el presente. Raro júbilo de saberse brillar, urgencia de un conocimiento a plena ignorancia. Transpa­rencia ante la muerte, acerca el resplandor más alto del sentido: res­plandor del indómito silencio del sentido —nada lo decide y a todo pone en relación.

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Igual es distinto, es la versión corregida de una ponencia con la que participara el poeta argentino Reynaldo Jiménez en la Primera Bienal de Poesía Latinoamericana, realizada en Valparaíso, Chile, en 1994. El texto fue enviado especialmente para su publicación Poesía, y se encuentra publicado en el número 118.

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