Il figlio dell’uomo

Trad. Michela La Galla

 

El hijo del hombre

Natalia Ginzburg

 

Sucedió la guerra y la gente vio tantas casas derrumbarse que ya no se siente segura en sus casas ni calmada y tranquila como se había sentido alguna vez. Hay algo de lo que no te curas pasarán los años y no nos curaremos nunca. Tal vez tengamos de nuevo una lámpara sobre la mesa, y un jarroncito con flores y los retratos de personas amadas, pero ya no creemos en estas cosas porque una vez tuvimos que abandonarlas de repente o las buscamos inútilmente entre los escombros.

Es inútil creer que podremos curarnos de veinte años como los que vivimos. El que haya sido perseguido no encontrará más nunca paz. Una campanada nocturna no puede tener otro significado para nosotros que «comisaría». Y es inútil decirnos y repetirnos a nosotros mismos que detrás de la palabra «comisaría» ahora tal vez hay rostros amigables a los que podríamos solicitar protección y asistencia. En nosotros esa palabra despierta siempre desconfianza y miedo. Si veo a mis hijos durmiendo pienso aliviada que no deberé despertarlos en medio de la noche y escapar. Pero no es un alivio pleno y profundo. Tengo la perpetua impresión de que un día u otro tendremos que levantarnos de noche y escapar de nuevo dejándolo todo atrás, habitaciones silenciosas y cartas y recuerdos e indumentos.

Una vez sufrida, la experiencia del mal no se olvida. Quien ha visto las casas derrumbarse sabe con claridad lo efímeros que son los jarroncitos de flores, los cuadros, las paredes blancas. Sabe demasiado bien de qué está hecha una casa. Una casa está hecha de ladrillos y cal y puede derrumbarse. Una casa no es demasiado sólida. Puede derrumbarse en cualquier momento. Detrás de los serenos jarroncitos de flores, detrás de las teteras, las alfombras, los pisos pulidos con cera, está el otro rostro verdadero de la casa, el rostro atroz de la casa derrumbada.

No nos curaremos jamás de esta guerra. Es inútil. Mas nunca seremos personas serenas, gente que piensa y estudia y compone su vida en paz. Miren lo que hicieron con nuestras casas. Miren lo que hicieron de nosotros. No seremos ya gente tranquila.

Conocimos la cara más lúgubre de la realidad. Ya ni siquiera nos repugna. Hay todavía algunos que se quejan del hecho que los escritores utilicen un lenguaje amargo y violento, que narren cosas duras y tristes, que presenten la realidad sus términos mas desoladores.

Nosotros no podemos mentir en los libros y no podemos mentir en ninguna de las cosas que hacemos. Y esta fue tal vez la única cosa buena que nos dejó la guerra. No mentir y no tolerar que nos mientan. Así somos ahora nosotros, los jóvenes, así es nuestra generación. Los más viejos siguen todavía enamorados del engaño, de los velos y de las máscaras con las que se cubre la realidad. Nuestro lenguaje los entristece y ofende. No entienden nuestra postura frente a la realidad. Nosotros estamos cerca de las cosas en su sustancia. Es la única cosa buena que nos ha dado la guerra, pero nos la dio nada mas a nosotros, los jóvenes. A los mas viejos no les dio más que inseguridades y miedo. Y nosotros también tenemos miedo, nosotros también nos sentimos inseguros en nuestras casas, pero no somos impotentes frente a este miedo. Tenemos una dureza y una fuerza que los de antes no conocieron jamás.

Para algunos la guerra inició nada más con la guerra, con las casas derrumbadas y los alemanes, pero para otros empezó antes, desde los primeros años del fascismo y así la sensación de inseguridad y peligro continuo era aun más grande. El peligro, la sensación de tener que esconderse, la sensación de tener que dejar al improvisto el calor de la cama y de las casas para la mayoría de nosotros empezó mucho antes. Se insinuó en las diversiones juveniles, nos siguió hasta los pupitres de la escuela y nos enseñó a ver enemigos por todos lados. Así fue para muchos de nosotros, en Italia y otras partes, y se creía que algún día habríamos podido caminar en paz por las calles de nuestra ciudad, pero ahora que tal vez podríamos caminar en paz, ahora nos damos cuenta de que no nos hemos curado de ese mal. Así estamos obligados a buscar siempre nuevas fuerzas, siempre una dureza nueva que contraponer a cualquier realidad. Estamos obligados a buscar una serenidad interior que no nace de las alfombras o los jarrones de flores.

No hay paz para el hijo del hombre. Los zorros y los lobos tienen sus cuevas, pero el hijo del hombre no tiene en donde apoyar la cabeza. Nuestra generación es una generación de hombres. No es una generación de zorros y lobos. Cada uno de nosotros tendría muchas ganas de apoyar la cabeza en algún lado, cada uno tendría ganas de una pequeña cueva seca y caliente. Pero no hay paz para los hijos de los hombres. Cada uno de nosotros alguna vez en su vida se ilusionó con poder quedarse dormido sobre algo, apoderarse de cualquier certeza, de cualquier fe, y descansar los miembros. Pero todas las certezas de alguna vez nos fueron arrebatadas y la fe no es nunca una cosa en donde se pueda finalmente conciliar el sueño.

Y somos personas ya sin lágrimas. Lo que conmovía a nuestros padres ya no nos conmueve. Nuestros padres y la gente mayor que nosotros reprueba la forma que tenemos de criar a nuestros hijos. Quisieran que les mintiéramos como ellos nos mentían a nosotros. Quisieran que nuestros pequeños se divirtiesen con muñecos de felpa en graciosas habitaciones pintadas de rosa, con arbolitos y conejos diseñados sobre las paredes. Quisieran que circundáramos de velos y mentiras sus infancias, que les escondiésemos bien escondida la realidad en su verdadera sustancia. Pero no podemos hacerlo. No podemos hacerlo con los niños que despertamos de noche y vestimos convulsamente en la oscuridad para escapar o escondernos o porque la sirena de alarma laceraba el cielo. No podemos hacerlo con los niños que vieron el miedo y el horror en nuestras caras. A estos niños no podemos contarles que los encontramos entre las coles o decirles, de alguien que ha muerto, que partió en un largo viaje.

Hay un abismo infranqueable entre nosotros y las generaciones de antes. Sus peligros eran irrisorios y sus casas se derrumbaban muy raramente. Los terremotos e incendios no eran fenómenos que sucediesen continuamente ni a todos. Las mujeres tejían y ordenaban el almuerzo a la cocinera y recibían a sus amigas en casas que no se derrumbaban. Cada quien meditaba y estudiaba y se cuidaba de componer su vida en paz. Era otro tiempo, y quizás se vivía bien. Pero nosotros estamos legados a nuestra angustia y, en el fondo, felices de nuestro destino de hombres.

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Il figlio dell’uomo
 C’è stata la guerra e la gente ha visto crollare tante case e adesso non si sente più sicura nella sua casa com’era quieta e sicura una volta. C’è qualcosa di cui non si guarisce e passeranno gli anni ma non guariremo mai. Magari abbiamo di nuovo una lampada sul tavolo e un vasetto di fiori e i ritratti dei nostri cari, ma non crediamo più a nessuna di queste cose perché una volta le abbiamo dovute abbandonare all’improvviso o le abbiamo cercate inutilmente fra le macerie.
È inutile credere che possiamo guarire di vent’anni come quelli che abbiamo passato. Chi di noi è stato un perseguitato non ritroverà mai più la pace. Una scampanellata notturna non può significare altro per noi che la parola «questura». Ed è inutile dire e ripetere a noi stessi che dietro la parola «questura» ci sono adesso forse volti amici ai quali possiamo chiedere protezione e assistenza. In noi quella parola genera sempre diffidenza e spavento. Se guardo i miei bambini che dormono penso con sollievo che non dovrò svegliarli nella notte e scappare. Ma non è un sollievo pieno e profondo. Mi pare sempre che un giorno o l’altro dovremo di nuovo alzarci di notte e scappare, e lasciare tutto dietro a noi, stanze quiete e lettere e ricordi e indumenti.
Una volta sofferta, l’esperienza del male non si dimentica più. Chi ha visto le case crollare sa troppo chiaramente che labili beni siano i vasetti di fiori, i quadri, le pareti bianche. Sa troppo bene di cosa è fatta una casa. Una casa è fatta di mattoni e di calce, e può crollare. Una casa non è molto solida. Può crollare da un momento all’altro. Dietro i sereni vasetti di fiori, dietro le teiere, i tappeti, i pavimenti lucidati a cera, c’è l’altro volto vero della casa, il volto atroce della casa crollata.
Non guariremo più di questa guerra. È inutile. Non saremo mai più gente serena, gente che pensa e studia e compone la sua vita in pace. Vedete cosa è stato fatto delle nostre case. Vedete cosa è stato fatto di noi. Non saremo mai più gente tranquilla.
Abbiamo conosciuto la realtà nel suo volto più tetro. Non ne proviamo più disgusto ormai. C’è ancora qualcuno che si lagna del fatto che gli scrittori si servano d’un linguaggio amaro e violento, che raccontino cose dure e tristi, che presentino nei suoi termini più desolati la realtà.
Noi non possiamo mentire nei libri e non possiamo mentire in nessuna delle cose che facciamo. E forse questo è l’unico bene che ci è venuto dalla guerra. Non mentire e non tollerare che ci mentano gli altri. Così siamo adesso noi giovani, così è la nostra generazione. Gli altri più vecchi di noi sono ancora molto innamorati della menzogna, dei veli e delle maschere di cui si circonda la realtà. Il nostro linguaggio li rattrista e li offende. Non capiscono il nostro atteggiamento di fronte alla realtà. Noi siamo vicini alle cose nella loro sostanza. È il solo bene che ci ha dato la guerra, ma l’ha dato soltanto a noi giovani. Agli altri più vecchi di noi non ha dato che malsicurezza e paura. E anche noi giovani abbiamo paura, anche noi ci sentiamo malsicuri nelle nostre case, ma non siamo inermi di fronte a questa paura. Abbiamo una durezza e una forza che gli altri prima di noi non hanno mai conosciuto.
Per alcuni la guerra è cominciata soltanto con la guerra, con le case crollate e i tedeschi, ma per altri è cominciata prima, fin dai primi anni del fascismo e così quel senso di malsicurezza e di continuo pericolo è ancora più grande. Il pericolo, il senso di doversi nascondere, il senso di dover lasciare all’improvviso il calore del letto e delle case, per tanti di noi è cominciato molti anni fa. Si è insinuato negli svaghi giovanili, ci ha seguito sui banchi della scuola e ci ha insegnato a veder nemici dovunque. Così è stato per tanti di noi, in Italia e altrove, e si credeva che un giorno avremmo potuto camminare in pace sulle strade delle nostre città, ma oggi che potremmo forse camminare in pace, oggi noi ci accorgiamo che non siamo guariti di quel male. Così siamo costretti a cercare sempre nuove forze, sempre una nuova durezza da contrapporre a qualsiasi realtà. Siamo spinti a cercare una serenità interiore che non nasce dai tappeti e dai vasetti di fiori.
Non c’è pace per il figlio dell’uomo. Le volpi e i lupi hanno le loro tane, ma il figlio dell’uomo non ha dove posare il capo. La nostra generazione è una generazione di uomini. Non è una generazione di volpi e di lupi. Ciascuno di noi avrebbe molta voglia di posare il capo da qualche parte, ciascuno avrebbe voglia di una piccola tana asciutta e calda. Ma non c’è pace per i figli degli uomini. Ciascuno di noi una volta nella sua vita si è illuso di potersi addormentare su qualche cosa, impadronirsi di una certezza qualunque, di una fede qualunque e riposarsi le membra. Ma tutte le certezze di allora ci sono state strappate e la fede non è mai qualcosa dove si possa infine prender sonno.
E siamo gente senza lagrime ormai. Quello che commoveva i nostri genitori non ci commuove più affatto. I nostri genitori e la gente più vecchia di noi ci rimprovera per il modo che abbiamo di allevare i bambini. Vorrebbero che mentissimo ai nostri figli come loro mentivano a noi. Vorrebbero che i nostri bambini si trastullassero con fantocci di felpa in graziose stanze riverniciate di rosa, con alberelli e conigli dipinti sulle pareti. Vorrebbero che circondassimo di veli e di menzogne la loro infanzia, che tenessimo loro accuratamente nascosta la realtà nella sua vera sostanza. Ma noi non lo possiamo fare. Non lo possiamo fare con dei bambini che abbiamo svegliato di notte e vestito convulsamente nel buio, per scappare o nasconderci o perché la sirena d’allarme lacerava il cielo. Non lo possiamo fare con dei bambini che hanno veduto lo spavento e l’orrore sulla nostra faccia. A questi bambini noi non possiamo metterci a raccontare che li abbiamo trovati nei cavoli o di chi è morto dire che è partito per un lungo viaggio.
C’è un abisso incolmabile fra noi e le generazioni di prima. I loro pericoli erano irrisori e le loro case crollavano assai raramente. Terremoti e incendi non erano fenomeni che si verificassero di continuo e per tutti. Le donne lavoravano a maglia e ordinavano il pranzo alla cuoca e ricevevano le amiche nelle case che non crollavano. Ciascuno meditava e studiava e attendeva a comporre la sua vita in pace. Era un altro tempo e magari si stava bene. Ma noi siamo legati a questa nostra angoscia e in fondo lieti del nostro destino di uomini.

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Natalia Ginzburg. Palermo, 1916 – Roma, 1991. Escritora, actriz y política italiana, nacida como Natalia Levi. Considerada como una de las voces más singulares de la literatura italiana del siglo XX, se destacó como novelista, dramaturga y ensayista llegando a publicar varias decenas de títulos entre los que figuran Léxico familiar, Sagitario, Me casé por alegría, Nunca me preguntes y Las pequeñas virtudes –libro de ensayos al que pertenece El hijo del hombre–; así como una singular biografía de Anton Chéjov. Interpretó el papel de María de Betania en El Evangelio según San Mateo de Pasolini, en 1964. Sobre su trabajo ha dicho Elena Medel que «sus libros son pequeñas obras de ingeniería. Detrás de cada frase sencilla hay un trabajo de pulido finísimo. Podría decirse que escribe sobre lo que tiene más cerca para hablar de lo que tiene más dentro.».

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Michela La Galla. Traductora, escritora y poeta. Estudió Letras en la Universidad Católica Andrés Bello y en la Università degli Studi di Salerno. En 2017 resultó ganadora del Concurso Internacional de Poesía Castello di Duino con la placa ALUT, otorgada por la Università degli Studi di Trieste. Su poesía ha sido publicada en la antología Generazioni (Ibiskos Editrice Risolo, 2017), en la antología de poesía venezolana Aún le ora a los dioses que le abandonaron (fanzine de FLIA Caracas) y en revistas literarias como Cantera, revista Desorden y Canibalismos. Ha publicado parte de su labor como traductora en revistas como Buenos Aires Poetry y POESIA. Su libro de poemas Despojo (2019) se encuentra en proceso de edición. Actualmente se desempeña como traductora literaria en la ciudad de Roma, donde reside, y trabaja en su primera novela. 

La imagen que ilustra este post fue realizada por la artista venezolana Dayana Maldonado

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