Improvisaciones

Juan Lebrun

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Las formas de la existencia oscilan entre los instantes, bailan como el fuego. Por eso, la perdurabilidad no puede ser sino una impostora temporal que se rige bajo medidores humanos, no divinos. Pero lo mutable, la vida que es realmente viva, el eso de las vertiginosas convicciones mágicas, es irreversible con la muerte corpórea. Las ventajas de los vientos y los suelos, cobijados con el sabor del salitre de la carne, de pronto escriben a través de uno, uno que está en dilución gaseosa. He aquí que me propuse el proyecto de las improvisaciones: un libro transcrito. No escribí nada de lo que leerán a continuación. Lo transcribí, que es un proceso. Me grabé con mi celular, mientras me sentaba en el banco de un parque, o caminaba por las calles de Prados del Este. Quería desnudar quién era, mostrar mi habla, de la cual no siento orgullo ni vergüenza. Estaba cansado de una escritura que pretendiera tanto. Debía caminar, improvisar en el lugar que fuera, y volverme tan azaroso como el pájaro que bajaba a cantar, las ranas nocturnas, los niños jugando. Corroboré el significado ambiental. Yo era una voz que deseaba formar parte de ese ambiente, de ese instante, volverse uno: las ardillas, el mango, el zamuro… Todas eran partes comulgantes en un proceso. Ninguna mención es gratuita: ocurría por la atomización del yo en fragmentos que apenas alcanzaban a pintar la parte baja del ambiente. Sin embargo, miraba y escuchaba arriba, a los lados, abajo. También acariciaba las hojas y el monte armonizándome con ellos. Olía, sentía frío, me acaloraba. Y Todo Uno, y Yo, tantos, tan variable en los tiempos y espacios diferentes en cada grabación, eran afirmaciones de mis formas de existir.

Juan Lebrun

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La acústica de este recorrido yace en su entramado inicial como performancia. Aquí, el acto de grabación de lo dicho, a través de un medio mecánico, nos lleva a una variedad de entrevistas introvertidas. La escritura rastrea ese cauce de tonos que desalojan el yo diluyéndolo. El yo, en estos esbozos audibles, es un átomo sonoro del paisaje; se imbuye en él mediante una numeración espontánea que traerá a la flora y fauna de Caracas como reminiscencia cosmogónica. Lo (trans)-es-crito, por su parte, atenderá el artificio de intervención posterior, un corte en el acto de oírse; de tal manera que la raíz de esa vacilación, acompañada de reiteraciones y efectos vibrantes, reubica el habla de quien no copia un argot específico, sino el poema de la voz que va a su encuentro con el mundo. Por ello, la materia verbalizada se flexiona para intentar concebirse, al mismo tiempo que (se) (des)afina. No sabemos exactamente qué va quedando por fuera en el traspaso al espacio escrito, y tampoco importa, el desafío aquí es plausible a una devoración de los métodos de abordaje del poema, un riesgo asumido como burla a las fórmulas y a los encasillamientos. Partiendo de su formación musical, Juan Lebrun, quien ya ha elaborado algunos collages sonoros, cantados como puesta en escena por medio de diversos fragmentos de poemas de Yolanda Pantin o de Rafael Cadenas, busca desvanecer límites y proponer lenguajes músico-verbales que no disten entre sí, organizando una especie de orquesta en continua performancia sobre la página o fuera de ella.

Jesús Montoya

 

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Improvisación 30

Soy el improvisador, el viviente
morador del sureste, y sus colinas.
No me hace más un lugar donde nací
que mis dones, mis capacidades
en un mundo de potencias moribundas.

Soy el improvisador
que pavimentó los caminos más viejos
uniendo los océanos,
que anduvo por los desiertos de Egipto,
y coronó a un rey mongol.

Soy el improvisador de las escamas del tiempo.
En las corrientes y el salitre, sostuve el vaivén de la vida
mecido como niño en un chinchorro
y canté alabanzas al gorila.

Soy el cantor de estos prados.
Los anduve en el espacio
con el vacío de mi boca
y los planetas del sistema en un abrazo.

Escucho cantar a las guacamayas
y me despiertan las guacharacas por la mañana,
toco los troncos de los árboles para probar que no se han ido.

Soy el improvisador de las geografías andantes,
de los hocicos, de las garras, de los picos.

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Improvisación 6

Las errancias
a Hamid Sayegh

 

i

Quizás sea la primera vez
en que el sonido apabullante de madrugada,
las sirenas de patrullas y el reggaetón
me obligan a caminar un rato.

Suenan las llaves de casa en mi bolsillo
trastabillando como dientes en sierras forajidas.

Respiro con los árboles de mango,
con la brisa fría, los pulmones de la Tierra.

Ando                  y al andar improviso
sobre el asfalto de las ruinas citadinas
bajo los mangos verdes            frente al monte crecido,
frente a los muros de piedra y de concreto
que forman los lindes de esta ciudad, los recodos,
las mugrientas esquinas de la memoria,
los grafitis roídos por el tiempo,
los pinos secos por la brisa.

Los faroles meditan en la ausencia,
perdida en cada paso,
y las sombras desdibujan esa ausencia
que es ceniza en los pasos que doy:
las fiestas aciagas del pensamiento
combinan en la noche de hoy.
La canción de los aires y el asfalto
que arrastran cuerpos vegetales del oeste
son ecos de las aguas del oeste.

Busco la armonía de olvidar el ego                y dejarlo como huellas
…………………………………………………….que marcaron algo                  sin nombre.

Hoy no tengo pensamiento lúcido
que me haga impetuoso y esperanzado;
solo tengo un andar apabullado
por las líneas de un pensamiento que busco
de una figura divina que busca presagio en el silencio:

aterrado se fue el diablo a su cueva por lo que decían de él.
Cocinó unos caldos, bebió de las fuentes y manantiales.
Se desnudó para dormir una fiesta infinita.
Que no se levante, dijo dios.
Que no se levante
y no se levantó.

Se escondió en los sueños para rebelarse
contra los gustos que preceden la armonía
(no es meliflua sino asonante.
Se entiende al encontrarse consigo misma,
y no se encuentra en un espejo, sino en otro).

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ii

En el otro encontré divinidad.
Basé mis muros en una casa sin puertas ni ventanas
con huecos de aire, con persianas ondulando como cabellos,
corceles y animales yendo y viniendo y volviendo
a darse el gusto de ser quienes son.

El encuentro con el otro no es ciudad amurallada
sino intemperie, descampado             de fuerza y cuerpo.
En un abrazo, en un amor, en la distancia me encontré
como dos peces en el mar porteño.

El diablo descampado un día despertó rebelándose a la promesa, a la súplica de Dios.
Y la súplica de Dios quedó enterrada en un magma terreno, en un sol ajeno.
Las canciones se evaporaron              y el desierto se volvió más sincero
que la fertilidad de una tierra hermosa.

Las ruinas se mezclaron con la arena
y un país se perdió entre los suyos, en sí mismo
entre los otros, en sí mismo.
Los gritos de este país son el silencio.
Cada día pesa más andar por estas calles
como una gravedad jupiteriana.

La guerra de este país fue el verbo siempre.
Y se perdieron ilusiones.
Y se cantaron desdenes,
Y los jóvenes              más nunca en la alegría de un prado
pudieron volver al paraíso
desterrados, sumisos, esclavos           de sí mismos.
Se empecinaron con el recuerdo irrescatable,
con la posibilidad de un presente muy perdido.

Soy parte de un momento exacto, un lugar,
de una parte de una parte de una parte de una parte de una parte
de una arrarte de una parte de un cántapérte de un párentónpárte
de un párentárte del párentárempánteremténpáremtontíntárem
de una partición de las riquezas.

Y aún esa fe (me pregunto) cómo la mantengo.

 

Pues camino con la armonía de una tierra entre mis callos,
camino, pongo manos en tierra para sacarla y mezclarla y sembrar,
camino y estudio el aire como pensamiento.

Los zapatos sobre las cloacas vibrantes.
Las piedras agrietadas del asfalto.
El rabipelado quieto en una reja,
simplemente peregrinando estas calles en la noche
como uno de esos cantores antiguos.
El aire que pasa por mi cuello
distendiendo el camino.
La tierra irrevocable de los costados
tan firmemente elevada en rebeldía a la luna
que presta sus luces al farol,
al fuego apagado de la noche,
a los cascabeles del silencio,
al tiempo que pasa mientras
camino y hablo,
al espacio que se repite mientras
hablo y camino,
al dios que se repite mientras
hablo y camino,
al diablo que se pierde y se duerme
a mitad del camino,
a la voluntad de seguir caminando
cuando no hay más camino,
a la verdad de seguir mencionando
quién soy y cómo amo las cosas que me rodean.

Quizás percibiendo el odio y el miedo          de quienes me rodean
pero amándolo aun así                                     aun así amándolo.

Este árbol me perdona,
este árbol magnificente, cortina de la luna.

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iii

Sigo caminando con vigor
y las llaves chirrían al son de la noche.

Un perrito me saluda:                                         ¡Ven,                 ven!
No tengo más que decir,
sino la alegría de un perrito que vino a encontrarme.

Las preguntas irresueltas de unas riendas de caballo al sonsonete de un andar.
Esas son mis preguntas de peregrino improvisador.

Recorrer estos parajes con la grabadora
es como hacer una cartografía sonora
de las brisas diferentes en cada sitio,
de los animales diferentes en cada luna,
de las luces del farol y
de la armonía insospechada de la ruina.

La disonancia entre las cosas enriquece y embellece.
La disonancia entre los seres los vuelve uno
con distintas formas.
La fe de un caminante no reside en su destino, ya lo sabemos,
sino en su cuerpo, en su canción, en sus cuerdas.
……………………………………………………………Freedom is just another word for nothing else
……………………………………………………………left to loose
Auia pieridum peragro loca nullius ante

El perrito vuelve a saludarme.
La carne irresoluta del sentido entre abrazar al perro y amarlo.
Los golpes acuciantes del destino en un no saber y seguir caminando.
La fe sosteniendo un cuerpo
por amar a Dios en los pozos abisales del viento.
La poesía es el encuentro, armonía de mares.
El amor insoslayable del perrito,
las almas, las caricias sostenidas del humano
cuando sufre sus verdades.

Un perro es un templo para erigir salmos,
……………………………………………………………¿Verdad, perrito?
El jadeo de un perro es el vapor de Dios.

Hay que morir en el pecho indeleble de un amado
y entender las aguas que corren.
Esta humanidad sufre, Dios mío,
los padecimientos que le has puesto.
¿Y cuándo vas a subsanar estas heridas
que gimen en mi boca?

Yo que uso la alegría como arma
ante la destrucción de un pueblo,
ante las pérdidas,
dime Dios si estoy haciendo lo que debo.

Dime, Dios, si algún día
el paraíso será visible ante los ojos
si palpable ante los dedos
si infinito para los pies.

Dime, Dios, si hay posibilidad para lo divino
o si simplemente es imposible,
porque me canso pero sigo andando,
porque me canso pero sigo,
porque me canso.

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Improvisación 9

A Félix García

 

El sol madruga.
Yo abro los ojos en la víspera de esta tarde.
Se mezclan                              el primer cigarrillo,
las hojas de la hiedra, el calor del cemento y el asfalto,
las flores, las ardillas, las guacharacas, los gatos…
Hay una mezcla tan pequeña
en la vecindad de un punto cuyo reflejo
es un yo con el nombre de Juan.

La mesa, su vidrio, su metal oxidado,
la construcción pesada, el árbol de mango que ya viejo
se eleva en rebeldía hacia el sol.

El sol madrugó este día
y yo, que llegué tarde, me siento en las sillas del estanque
a decir cuánto veo, escucho y pienso.

Aquí estoy: otro aquí, otro ahora.
Aquí estoy sentado a simple oído.
Aquí estoy sentado y no hay viento.

El sol se irá a dormir en unas horas
y yo me quedaré despierto.
No es producto de una idea la noche,
sino de un ciclo que llaman circadiano,
afectado por la palabra y su canto,
su canto sin palabra.

A la vez voy pensando antes de decir.
Tomo mi tiempo.
Tomo la paciencia de los brazos y el abrazo
como se abraza un nuevo amante que me evoca.

No hay nada más antiguo que el canto
……………………………..(ni siquiera la historia).
Improvisar es asunto contra histórico.
Ella se registra, se recicla, se interpreta en otro tiempo.
El arte siempre ha dicho que a destiempo
forma sus nidos de algoritmos.
Pero nada más a destiempo que el mismo tiempo,
este que se me escapa cuando hablo.
Hay un registro, sí, hay un registro
que es la pérdida invertida del sol.
La pérdida del tiempo es la orfandad de los desandados
con el peso de unos discos gravitacionales.
En sus talones llevan alas indecentes.
En sus recorridos, las plumas del zamuro,
residuo individual.

Contemplo esta mezcla
de cuellos,
de ramas
de savia,
de pájaros,
de cantautores fantasmas
del futuro.

Podrán quitarme la contención,
la concentración proteica que cualquier verso exige de los tiempos,
pero no podrán quitarme mi afán por ser honesto,
mi afán fiel de la escucha.

Ese estilo que es cuestión de modas,
que vacila entre los tiempos:
esa escritura vanagloriada hoy día
el día de mañana será dada en sepultura.

Y pues no hay mayor dicha que lo fugaz,
no hay mayor dicha que el pensamiento,
seguramente allá        en algún puerto,
algún barco encalló por su destreza:
su inexperiencia no supo improvisar.

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Improvisación 16

La bajada de la iguana
Para Armando Rojas Guardia

 

En torno al fuego irrisorio de lo inmóvil,
una iguana baja de mi pensamiento hasta mis pies.

Los recorridos de la vida caben en un solo metro,
pero mi memoria es mucho más amplia:
cada cuadro es un detalle preciso
que se infinita en más detalles precisos.

Mas el instante me vuelve y me devuelve
con el golpe al redoblante en son fuerte,
y me recuerda a los tubos y a las estrellas lácteas,
a las piedras de Marte y a los faroles solitarios.

Los cantos de los pájaros, los perros,
resonando con las nubes de diciembre,
esclarecen los cielos en penumbra y sequía.
Y una brisa fresca, con el calor del sol enfría
la aridez de esta tierra.
Yo me paro y la tomo entre mis manos
para sentirla.
La echo sobre mi rostro para sentirla.
Me acuesto sobre ella y le agradezco,
porque en ella está la muerte encerrada
y sobre ella brota la vida como flor.

Bajo el blanco tornasol,
camino hacia la nada
y sobre nada improviso
para hacerme cada día,
y construirme de nuevo
borrando las olas del ayer
y dando vueltas al tubo del tiempo
recordando las membranas del agua cuando yo salía a ver pantanos
…………………………………………………………………………….(lejos de acá).
Mas, ahora que estoy acá,
soy más feliz de estarlo
porque sin estarlo sé
que estoy en todo sitio.

Mis monólogos siempre con las hojas,
con las montañas, con los cantos lejanos,
con el instante, con mis macetas,
con el suelo de concreto y granito de mi casa,
con el árbol de mamón y el de mango,
con las orquídeas, con las rosas,
con las guacamayas, los tuqueques,
con el cemento, las rejas,
con las hojas secas de los árboles,
con el pimentón y el tomate recién sembrados,
con las enredaderas, con la exuberancia del planeta,
con solo una aspiración que llena los pulmones.

Así, sencillo voy
sobre la nada pensando
y en torno a todo cantando
con tantas voces que no escucho
sino cuando estoy atento a la vigilia.

El corte abisal de los aires en la tierra
recuerda un poco a un algoritmo:
profundiza con el tiempo su propio infinito.

Nunca he conocido el roble
pero algunos cantos me han llegado sobre él.
Y esas palabras parecieran ser el roble.

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J

Juan Lebrun. Caracas, 1997. Realizó el diplomado de Narrativas Contemporáneas en el 2013. Participó en la restauración de la Cromointerferencia del color aditivo, presidido por Francisco Camino. Resultó finalista en el 1er concurso internacional de sonetos a los pueblos originarios, organizado por el Centro Cultural Kemkem de Catamarca, Argentina. Ganó el slam poético de la Universidad Católica Andrés Bello. Su libro Salmista Resultó valorado en el Premio Rey David de Poesía Bíblica Iberoamericana 2021. Estudió en el Taller de jazz de Caracas hasta que clausuró. Tocó teclados y guitarra durante cuatro años en la banda de blues, Balason&son, con el artista plástico, Sigfredo Chacón. Ha sido publicado por la revista Letralia, Prodavinci, El Diario, la revista LP5, la Revista Culturel de El Salvador, Tiberíades y la revista Buenos Aires Poetry. Sus poemas han sido traducidos al inglés y al italiano.
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La obra que ilustra este post fue realizada por la artista venezolana Anahís Monges.

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