INCOGNITA FLORA CUSCATLANICA

Elena Salamanca

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P A R T E  I

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Valle inestable,
fugitivo
como pez de las profundidades
que ha salido a la luz
y teme ver
por primera vez.

Valle de temblores,
convulso
como quien recibió la carta del llamado a la guerra,
como quien no quiere morir.

Me llevas de la mano
y me sueltas:
con los ojos vendados,
jugando a la gallina ciega
en el laberinto de la Historia.

Toco:
Musgos mullidos.
Verdes deben ser
como fue el primer fuego,
fuego austral.

La vida no viene de la semilla
sino de la bacteria:
bacterias de terciopelo reunidas en colonia
sobre una roca.
Aquella piedra antigua:
asteroide o vestigio de volcán.

Pruebo:
«todas las cosas eran susurrantes y con gusto a azúcar».
Aunque no exista lo dulce o lo amargo:
ni los hombres que
se tuestan la espalda en la zafra,
o en los campos de algodón,
recogiendo una suave flor blanca de rojas espinas;
tampoco hay las mujeres que oxidan sus manos
entre tomates envenenados
o campos de fresas.

Huelo:
Chocolate.
Mancha oscura que una vez fue semilla o moneda.
Olor entre hojas de papel,
un regalo, un poema.
Escribí un libro, no lo sé.
Tampoco sé quién te mató.

Pero sé dónde ocurrió:

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Llama de asteráceas,

pétalos que,

fractales,

fueron geometría

antes que flor.

 

Verde es la lava,

del color que consume el fuego,

la semilla que explotó en el aire

incendiada por la violencia.

 

Bromelias que no serán

bromelias.

Tillandsias que flotaron

antes de la ley de gravedad,

flores aéreas,

porque no existía la superficie.

 

Y el espíritu del universo se movía sobre las aguas

y no era pez

ni trilobite.

 

Amarantáceas con pelos y tentáculos.

Flores que pudieron tener aletas

y no pétalos.

 

Tal vez monstruos.

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El polen está aquí,

entre ceniza y piedra volcánica,

marcado en las paredes

como un antiguo graffiti.

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Nada que no ha sido humedecido puede florecer.

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P A R T E  II

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El Conde von Humboldt robó del jardín de América

cientos de flores llamadas orquídeas,

abiertas como vaginas.

 

Miles de mujeres robadas del jardín de América.

 

Una mano temblorosa sobre un papel

las trazó para la ciencia:

pétalos,

sépalos,

labeolos,

lóbulos,

androceno.

Apículo del ginostemo:

terminaciones nerviosas que se sienten en las yemas de los dedos.

 

Para el hombre: la exuberancia del mundo;

para la mujer: los invernaderos, los encierros.

Apenas una flor en una caja de cristal,

como un regalo.

Apenas asomarse al cristal, abrir, oler.

Apenas sangrar, parir, amamantar.

Apenas languidecer.

 

Miles de flores llamadas orquídeas,

abiertas como vaginas,

fueron robadas, como las mujeres, del Jardín de América.

 

Aunque tampoco consta que

esas mujeres se hayan visto al espejo desnudas alguna vez.

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Marie Rosalie Bonheur tal vez

se atrevió a mirarse al espejo desnuda.

Tal vez, vestida de muchacho,

Georgesandista, le decían,

se atrevió a pintar desnuda a una mujer.

Había pintado tantos caballos,

salvajes embestidas,

había visto tantas flores,

apículos de ginostemo,

ginospermas,

que nada le sorprendía del tremor de un clítoris.

 

Otras,

divorciadas y perdidas,

las faldas hundidas en el lodazal,

decidieron cruzar el mar y conocer su propia América.

Buscaron el sentido de la vida en las selvas:

orugas, gusanos y mosquitos,

flores de tierras altas y húmedas.

 

Más de mil mujeres viajaron a América para saber

que el jardín no era más que una selva sin cristales.

Nunca temieron a la Tierra.

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Marianne North,

aunque era cantante,

decidió cundir su piel de picaduras de mosquitos en la selva.

Conoció a los pericos [Psittacula wardi],

saetas verdes que rompían el aire al atardecer en busca de sus árboles,

y los pintó sobre las ramas de un árbol de fuego.

 

El árbol de fuego [Delonix regia]

crece en toda la carretera del litoral,

bajo el sol de Sonsonate,

que quizá no sea sol, sino piedra incandescente.

 

Por todo el litoral,

bajo las flores rojas de la delonix,

se observan cruces:

de colores, pintura de aceite,

maderas podridas y honestas.

Son las cruces de los asesinados en el camino.

De los arrollados, de los abandonados en la carretera

como quien se deshace de algo, lo que no importa.

Son las cruces de los que al menos fueron encontrados.

 

Alguna vez yo,

soprano frustrada como Marianne North,

también canté a los nombres desconocidos de esas cruces.

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E.

 

Elena Salamanca. Historiadora y escritora. Es candidata al Doctorado en Historia en el Colegio de México. Ha recibido las becas de estancia de investigación de los programas Llilas Benson, Instituto Teresa Lozano Long de Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Texas en Austin (2016); la beca del Programa de Movilidad Académica de la Secretaría General del Sistema de Integración Centroamericana (SICA, 2017); la beca estancia del programa Residencias Artísticas para Creadores de Iberoamérica y de Haití, del FONCA y AECID en México (2009); y la beca Y.ES para teóricos del arte, Estados Unidos-El Salvador (2017). Ha publicado libros de poesía y ficción en El Salvador y México. Ha sido traducida al inglés, francés, alemán y sueco y ha sido publicada en antologías en Hispanoamérica, Estados Unidos, Francia, Alemania e Inglaterra. Su obra vincula literatura, performance, memoria y política en el espacio público. Ha publicado ensayos sobre el tiempo presente, duelo y memoria. En 2021 investigó y curó la exposición Urdir la trama rota. Tejiendo un siglo de mujeres en la cultura visual de El Salvador 1921-2021 y dirigió la Escuela Generos.A, encaminada a un curso de metodologías feministas para la investigación; ambos proyectos del Centro Cultural de España. Actualmente coordina y escribe los proyectos: Siemprevivas. Historias extraordinarias de mujeres en El Salvador, siglos XVIII-XX y Constelaciones de mujeres en la cultura visual centroamericana, siglos XX-XXI. Es catedrática de Género y Cultura en la Universidad Iberoamericana León, México.

Los fragmentos que presentamos forman parte de INCOGNITA FLORA CUSCATLANICA, obra ganadora de los XXVI Juegos Florales de Sensuntepeque, El Salvador.
La imagen que ilustra este post  es un detalle de una obra  realizada por el artista venezolano Víctor Avellaneda.
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