Inelegancias sueltas

Reynaldo Pérez Só

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Frase

         Si el cielo está casi blanco, las lluvias no paran
todo el día, así la muerte se inicia con nubarrones
que ponen los labios sin sangre. 

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     Fue la mejor explicación de la palidez de los muertos;

 sin embargo, aún no se comprende la segunda parte

       de la frase, las lluvias no paran todo el día, porque la

       muerte no es lluvia ni tampoco un solo día, a no ser

         que en verdad tenga ella la calidad de la lluvia y su

duración sea el mayor de los días. Lo que se traduce en

positivo, en crecimiento, en eterna luz, cosa imposible

desde el punto de vista corriente al arrancarse la yerba,

      arrimarla en un montón, dejarla a la resolana hasta

que se vuelve estiércol. Es probable que la frase sea una

   frase estúpida de un viejo engreído aconsejando a un

   niño. No obstante, preocupan, de la tercera frase, los

                                    nubarrones y los labios sin sangre.

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Consuelo

Dios es mudo, sordo. Es impalpable e impensable, jamás

puede concebirse. No se interesa ni por el bien ni por el

mal, nunca da apoyo Dios. Semejante a una montaña,

los hombres pasan a su lado, construyen campos y

casas, manifiestan tragedias, actos de benevolencia y de

maldad. La montaña es muda, es sorda, aunque palpable

y pensable, razón ésta por la cual no se involucra la

mayoría de predicantes y místicos.

La extorsión, la alabanza, las preces, las maldiciones

no conmueven a Dios. Gritar en los desiertos como se

sabe, de hecho, parece inútil, hasta volverse uno harina

de dunas y, para entonces, creemos que nos envuelve en

el polvo de calima que atraviesa pálido los oceános.

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Humareda

A veces negro el humo blanco, a veces amarillez

retorcida de crines, ahoga, se lagrimea, se tose, sube y

se abre, nunca baja, se extiende hacia los lados, trepa

paredes el humo y las llamas lo sofocan.

El humo es el alma del fuego, palabras de candelas,

verdad de la cremada. Las cenizas nada son. Es la

humareda quien primero mata y avisa el aroma del

fuego, señala, guía para que su perfume emborrache.

Las llamaradas no huelen, arden, hacen brasas,

resplandecen. Son gestos que insultan, en tanto el

humo es noble cuando blanco, sospechoso si busca

tonos, aunque de un cuerpo que arde jamás se exige

pureza. Huele a carne ardida sin apartamiento animal.

La humareda procura lo divino, la llamarada se

consume en la carne, baja y deja un polvo gris un tanto

blanco, negro de grasa.

El humo va por el cielo busca que busca otras formas,

se adhiere a vientos, a lluvias, a nubes.

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Gavilán

Que haya sol y que la montaña al frente recorte el

pedazo de cielo que aún se observa desde la ventana.

Un gavilán pollero fija la vista de un lado al otro con el

fondo de azul de hoy.

Que el día te sea leve se oye decir, un ladrido, una

piedra lanzada contra los frutos del árbol. Que te sea

leve piensa de retumbe el hombre que hala la sábana

poco a poco para que el frío de la habitación no suba

por los pies. Leve el trozo de calor que aún ahora entra

cuadrado desde el piso en una respiración cercana,

leve repiensa caminar de subida hasta el recorte arriba,

que el gavilán advierte. Debe ser algo así el negativo

del retrato, hasta que la sábana le cubre toda la cabeza.

Que el día te fuera leve, amigo.

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Atender

Tiempo de espera en la sala, un cualquiera ocupa un

puesto que luego el próximo ocupa. De este modo el

tiempo se va pasando de un puesto y de este al otro.

La sala no tiene nombre, lo que importa es el

tiempo y ninguno sabe lo que espera al masticar

instantes y pierde alguna substancia dejada por

un vacío del nuevo puesto.

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Coragyps Atratus

Si uno si tres si cinco ya zamuro, zas zamuro de aquí

para allí si viene, si agita, abre alas se voltea, retumba,

regresa, se excita, rufián, malandro feliz, al sol de

mediodía, a secas, la vida es una tolvanera de patas,

cabezas, plumajes. El pescuezo se estira, la cabeza se

yergue, el pico se entierra, que se espatarra. En nombre

de la luz, esto es vida. Sí, afirma, sí, baila sí y deja no

para más nunca. Ya, ya, yaito ayerma el sol que no

frena, ni olores de momento, solo la vista. El rígido

matalón, el cadáver de abajo, el puro costillar, no más

ya el cuero íngrimo. Ah y oh del vuelo empachado

hasta la rama seca de la orilla y, quedarse quedo. Así se

ve, así se siente y el reposo al instante.

Presto irse yendo extendido en alas, en silencio,

dejarse a la pereza de la nube, creando puntos, líneas y

círculos sin afán de movimiento bajo azul y contra tie-

rra. Cárcamo no, no carraco, no carcamal puro en vida

alta sin adjetivos ásperos.

Zamuro dueño de soltura del caballo.

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R.

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Reynaldo Pérez Só
. Venezuela, 1945. Poeta, traductor, editor, profesor y médico. Se desempeñó como Jefe del Departamento de Literatura de la Dirección de Cultura de la Universidad de Carabobo. Fue co-fundador de la revista Poesía, la cual dirigió durante varios años. Entre sus libros de poesía destacan: Para morirnos de otro sueño (1971); Tanmatra (1972); Nuevos poemas (1975); 25 Poemas (1982); Matadero (1986); Reclamo (1992); Px (1996); Solonbra (1998) y Rosae rosarum (2011). Su vida y su trayectoria literaria fueron reconocidas por el Festival Mundial de Poesía de Venezuela y el Encuentro Internacional POESIA Universidad de Carabobo. Pérez Só es Premio Nacional de Literatura (2019 – 2020).

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