James Joyce: Dos textos

La obra poética de James Joyce es poco conocida, aún para el lector anglo­americano, quizá porque no es muy extensa apenas 735 versos repartidos en 2 libros y tres solitarios poemasy, a mi juicio, muy desigual en calidad. Sin em­bargo hay en ella dos poemas deslumbrantes y reveladores: el XXXVI del libro Música de Cámara, publicado en 1907, y El Santo Oficio, editado modestamente por el propio Joyce, en Pola, entre 1904 y 1905. Ambos manifies­tan el drama íntimo de Joyce. En uno: la capacidad lírica para trabajar los sueños y la realidad, y, en el otro: un tono satírico y burlón. Sueño y realidad, sátira y burla: respuesta a una historia adversa. De ambos he hecho versiones libres, y en algunos casos me aparto del original, por aquello que Valéry definió insuperablemente: el ideal de una versión poética radica en generar con medios diferentes efec­tos análogos. En el poema XXXVI, trato de conservar esa «profundísima interrupción de la regularidad mecánica de la rima», que Ezra Pound encontraba en él; mientras que para El Santo Oficio, utilicé el original que aparece en The Critical Writings of James Joyce (Viking Press, New York, 1959), con las notas explicatorias de Ellsworth Mason y Richard Ellmann.

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El poema – XXXVI

Oigo el trueno que los jinetes
cabalgan desde la tierra.
Arrogantes, con negra armadura,
desdeñando las riendas,
los látigos revoleantes,
se sumergen en el mar;
detrás van las cuadrillas.
Lanzan en la noche su grito de batalla,
y entre sueños me quejo
ya que escucho a lo lejos sus risas.
Cortan la sombra
de los sueños,
y son una llama cegadora
que repica y repica en el corazón
como un yunque.
Vienen:
¡triunfantes!,
agitando su larga cabellera verde,
y corren por la playa clamando
mi corazón. ¿Acaso no tienes conciencia
que así me desesperas? Amor,
amor, amor:
¿por qué me has abandonado?

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El santo oficio

Yo, el desgreñado que dejó los caminos por defender a los poetas y que llevó a tabernas y burdeles la mente sagaz de Aristóteles, me bautizo, para bien y para mal, como el Hijo Pródigo de Dublín. Por si acaso mi intérprete está aquí y quiere interrumpirme, o por si los malditos lo intentan y se equivocan, permitan que en mis labios se manifieste el secreto: viajen al infierno, sean ángeles terribles, no hay tranquilidad si no se extrae la piedra de la locura. Abran y mírenme los ojos y el cerebro descifrando los textos de la heterodoxia, como aquel que en el rincón de la chimenea encuentra una alegría para las estrecheces. Si el sentido común no rige la vida, ¿cómo puede uno no ser profundo? Pero no deben confundirme con una de las mominas de la Compañía, donde se junta ese que se apresura a calmar la veleidad de las damas, mientras ellas lo consuelan con orlas celtas bordadas en oro; o aquel que sobrio todo el día es imprudente en su comedia; o quien cuya conducta parece tener preferencia por un hombre de tono; o el que hace de andrajoso remiendo para los millonarios de Hazelhatch, mas llorando después de la Santa Cuaresma confiesa todo su pasado; o quien tiene voluble sombrero, no para la malta, ni el cruxifijo, sino para mostrar cuan pobre va vestida su alta cortesía castellana; o quien ama a su dueño con frenético delirio; o aquel que una vez, cuando estuvo cómodamente acostado, vio a Jesucristo sin cabeza, y con esfuerzo intentó salvar las obras perdidas de Esquilo. Mas todos estos hombres me hacen ser la cloaca de la Compañía. Mientras ellos sueñan con la armonía celeste, yo les saco las corrien­tes apestosas; ¡ay!, por eso yo perdí, perdí la diadema, sopla el viento. A tra­vés de mi charca escapan las aves rapaces hacia el huevo rocoso y la escarlata les dejó blanca como la lana. Y a tí también, tímida y ner­viosa, un servicio similar realizo; aunque reconozco, en la belleza sombreada de tus ojos, el «no osad» de tu dulce virginidad contes­tando a mi corrupto «quisiera» siempre que nos encontramos en público. Mas por las noches, cuándo estamos encerrados en el lecho, y tú descansas y sientes mis manos por tus senos y muslos y mi peque­ño amor de luz vestido, reconoces la flama de tu deseo. ¡Ay!, la tierra prohibida de Mammón tiene costumbres de Leviatán, por eso yo perdí, perdí la diadema, sopla el viento. ¡Los monstruos no quieren verse en el estanque y nunca serán libres, esclavos de la tierra! Ahora, tranquilo, vuelvo mi mirada hacia las almas de la Compañía que odian la forta­leza que la mía tiene acerada en la escuela del viejo Aquino, donde ellos se agacharon y se arrastraron, y yo permanezco, predestinado por mi mismo, sin miedo, sin hermandarme, sin amigos y solo, indife­rente como la espina de arenque y firme como las montañas donde mis astas centellean al aire. Dejad que ellos continúen como hasta ahora para mantener el equilibrio. Aunque se esfuercen hasta la tumba, mi espíritu nunca será de ellos, hasta que se cumpla el Mahamanvantara. Mientras tanto, a puntapiés los saco de mi casa.

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Este trabajo se encuentra publicado en el número 67 de nuestra edición impresa. El poeta marabino Carlos de la Cruz entregó las versiones de Joyce especialmente para POESIA.

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