Jardín transparente

Camila Peña

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El primer jardinero

tiene voz de mujer,

viste una túnica de alas quemadas.

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Un hueco en el talón derecho de donde se escapa la sangre. En la hierba un camino rojo

que conduce al jardinero a cada herida. Encuentra a los seres con su piel transparente.

Con sus venas que se asoman como relámpagos azules que declaran en silencio estoy vivo,

esto que ve usted es mi piel.

 

El olor a sangre, un puñado de tierra sana en la mano del jardinero. Con una mano huele

la tierra, con la otra cura la herida. Polvo de musgo blanco, manzanilla, una hoja que se llena

enseguida de sangre.

 

Los caminos rojos cubiertos de pétalos para no olvidar.

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Un animal acostumbrado al agua fría se encuentra con el mundo y yo grito.

 

No existe en el jardín

ni un solo rincón muerto.

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El olor de su carne atrae a los perros salvajes. Llegan dorados, azules con sus mandíbulas de tiempo.

Se entrega. Algún día se cansará también de vivir en el aire.

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La hierba roza la piel

la hoja perfilada,

un cuchillo.

 

Con el verde

las ganas de sentirse extraño (de correr)

de destrozarse las piernas.

 

Repetir y repetir.

 

Cuando mis dedos

olviden esta luz

seré libre.

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El árbol sangra una lengua extinta. Los seres llenan pétalos y beben. A veces recuerdan la alegría,

alguno dice la siento y recorre caminos circulares de luz.

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Sueña con arañas de plata.

 

Le recorren

llegan una encima de la otra / como una estructura de hielo.

Le enseñan a mirarse debajo de la piel.

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Soy yo. El principio. Un centro desde el que crecen flores con dientes. Abrazo el pétalo.

Digo eres mi madre, dame alas. La risa desordena las venas de los seres.

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Encontrar en el dolor una cuna. Decorar sus bordes con espinas, suavizar el centro con el musgo de lo familiar.  Sentir hambre. Ser un árbol

de invierno: un hombre desgarrado que se alimenta de hojas.

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Paredes de frío

en el aire.

 

Un beso como una mancha roja en la hierba.

 

La noche se anuncia

y los cuerpos no necesitan

comprender el mundo.

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Descubre un camino de sangre que llega hasta la frontera, ahí está el cuerpo secándose en un filo de sol.  Se acuesta a su lado, le toma las

manos. Le da de beber de su boca.  El cuerpo habla rojo y amarillo, ahora es suyo el jardín de sal.

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Este cuerpo cercano a la rosa,

cercano a la sangre

no habla por mí

pero está de pie.

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Más allá de la flor azul la hilera de crisálidas.

Más allá de la hilera de crisálidas el llanto del niño mudo.

 

El jardinero pasa. Las manos del niño se abren de su posición de rezo, muestran pequeños pedazos de materia tornasol.  Entre sus dedos el

veneno: lo natural en su violencia inmóvil. Las voces se elevan desde cuerpos pequeños con alas.  El jardinero limpia las plumas con agua de

lluvia. Escucha su canto incendiario como lo único que es bueno.  Al niño mudo lo nombra guardián de la tierra del canto y coloca una flor

amarilla en sus omóplatos.

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En el jardín transparente piso mi cadáver y la luz no ilumina otra cosa que mi cuerpo.

Desaparece el verde. Sobrando en el musgo blanco, queda un pedazo de mí.

 

Pido, ruego

alas para todos los niños.

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Para estos niños dios es un ser verde, deambula confundido entre la hierba. Mira su sangre entre los pétalos, se alimenta de nada.[1]

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[1] Recordar como un dedo que dibuja en la tierra. Alguien borra cada línea con su respiración cavernosa.

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Cuando piso la tierra, mis manos son cada vez más pequeñas.

 

El que sobrevive se queda atado a su infancia

y mira las flores.

 

Y mira, y mira, y mira.

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i

Sangre, imperfectos.

Juguetes abandonados en la tierra.

 

Mírame,

tengo entre los dedos una verdad luminosa.

 

ii

Gracias a estas partículas de luz que deciden pegarse a las hojas.

 

Cada desembocadura termina en sí misma.

 

Una muerte leve

y la nostalgia de un país con niños felices.

 

iii

Alguna vez los cadáveres de la frontera sintieron en carne viva, tuvieron pies descalzos, rostros endurecidos por el frío. Mañanas.

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Quién decide

que mis muertos

sean seres transparentes.

 

Que pasen sus manos por la hierba.

Que solo yo sienta sus dedos.

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Después de la tercera colina el ser dorado se entrega al polvo. Corro para no morirme,  con el sabor del amor en el centro de la lengua.  Las

plantas son madres también,  sus mandíbulas lloran mi cuerpo. Toco sus dientes con mis labios, este es el beso final,  esta es mi forma  más

perfecta.

 

Como un animal salvaje amo lo que queda después de la sangre.

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Los artilugios son objetos abandonados en la tierra.

 

Soy yo la que camina con los puños llenos.

 

Soy yo la que deja caer

monedas, pétalos, palabras.

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El jardín se abre. Es eterno: un solo tallo roto.

 

Ahogada de alas.

Ahogada de lobos.

Me niego a morir y camino.

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El niño mira en el hongo al padre, muerde y sueña en el agua. El ritmo de las gotas no desafía nada  (pero no le temen a la muerte en forma

de manos) no le temen a su cercanía.  Lame las gotas buscando la luz. Su nueva voz no tiene miedo.

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Camila Peña. Cuenca, Ecuador, 1994. Comunicadora Social. Máster en Estudios Artísticos, Literarios y de la Cultura con especialidad en Literatura Comparada, Teoría Literaria y Retórica por la Universidad Autónoma de Madrid. Bailarina de ballet con diecinueve años de formación y experiencia en la creación de proyectos artísticos. Sus poemas han sido publicados en la revista literaria ecuatoriana Salud a la esponja y su trabajo de periodismo científico en el diario El Tiempo. Los poemas que publicamos poemas pertenecen al libro Jardín transparente, ganador del II Premio de Poesía Hispanoamericana “Francisco Ruiz Udiel”, convocado por Valparaíso Ediciones.

La imagen que ilustra este post fue realizada por el artista venezolano Jhonnatan Suárez

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