Javier Guédez

Inéditos

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Horror de cálculo

 

Al arruinar tu vida en esta parte de la tierra,
la has destrozado en todo el universo.
Constantino Cavafis

 

Pueden venir a conocerlo cada fin de año chino
se mueve en el pasadizo de un meteorito reconstruido
tiene una sed antigua que lo resguarda de toda humanidad
procure no ponerle un rio sobre las manos
porque no sabría qué hacer con eso
mucho menos una lágrima
(ya se han producido algunos estallidos por ese motivo)

Puede acercarle los dedos
no se los arrancará de tajo
ha perdido gran parte de los sentidos
por eso no apreciará su carne
en cambio les devolverá un brillo para
que no se desangren en algún arrebato de amor postergado

Se oculta de su propia voz desde que perdió la muerte
por un horror de cálculo cuando era piloto de aeronaves de carga

No intente hacerlo hablar,
solo sabe de los astros y los microbios vírgenes
de los que ningún artefacto ha extraído su esencia

Tiene una magistral vocación de ausencia
como los montes
como la tibieza del brote que no ven los hombres
es abundancia
desde que decidió no volver a pagar por una mala atención médica

Vengan a conocerlo,
de cualquier lado que lo miren se llevarán un recuerdo fulminante

Entre por el torniquete de la izquierda,
los otros fueron clausurados por un intento de fuga
pague su entrada y haga las fotos más espectaculares

ya no cobra dineros roídos de sangre
destinados a poblar los rincones de pianos abandonados
es eco y bondad, vengan a conocerlo
es furia y silencio
vengan
antes de que el meteorito vuelva a la estrella.

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La Singapur de una madre cebra

De alguna parte llegó aquél país a sus manos
sin que se quebrara la raíz que lo nombra
alguien abrió un hueco en la tierra y lo extrajo sin quemaduras.
Nunca he visto una mujer de Singapur
quitarse un pararrayos de la cabeza o embestir a un mesonero
Singapur debe ser puro
como la forma de decir rayo frente a un molino automático

Mi mamá siempre lo llevó a l r e d e d o r
sobre la oreja, amontonado en el bolsillo del delantal, en la correa del reloj,
en un paragua-viscera
apretado como un botón,
Singapur es como un botón
y no tiene otro nombre mayor que le reclame sus confines

Lo hizo humo en su boca muchas veces
cuando se preparaba a nombrarlo desde una mesa o un tragaluz
en el corredor retumbaba sobre nuestros cuerpos pequeños, el país,
Singapur era puro y como un botón
Lo sacaba a pasear para que por primera vez un país
pudiera bañarse en el golfo de Cariaco
cuando íbamos de vacaciones
todos los niños de Singapur eran nuestros amigos de carreras

En su cuarto, bajo la lámpara confesaba a los pobres de Singapur alguna tormenta
y las luces de la ciudad capital apagaban y encendían para recibir el mensaje
Singapur es un sueño como el clamor que la llama a buscar cebras en las revistas viejas
Ella siempre con las cebras.
Yo nunca he visto una cebra.

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Decirse así

Las cosas que nos dijimos en la casa
ya se fueron sin nosotros
tomaron sus municiones y marcharon
con un animal dormido entre las manos
a rastrear los horizontes del retrovisor

Pasaron agachadas bajo la ceremonia de la mesa
como exiliadas brujas de piedra

conocieron las veredas maltrechas
que también fueron abandonadas
por la fórmula del resplandor
en los vasos de agua medio vacíos

Las cosas que nos dijimos en la casa
siguen vivas en otros países
arruinadas sobre un balcón

Otras con un poco más de suerte
en un tendedero
desde donde gotean
sus últimos impulsos

En cambio las que más nos duelen
las que ensucian de adentro hacia afuera
están detrás de la puerta
esperando el momento exacto para atacar con jaguares o teléfonos
y dejar sin aliento a los cómplices

Las cosas que nos dijimos en la casa
No
…….nos
…………….las
……………………dijimos.
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Orbitada

La mano de la niña levanta los escombros de mi espalda
y los hace bailar sobre sus ojos como planetas desorbitados
giran y liberan polvo cósmico del día
luego acerca las distancias y los hace chocar
para que todo se oscurezca y no se procese ningún prejuicio sordo
luego desaparecen como puntos de calor sobre la cama.

Me endereza algunas veredas intrincadas,
recovecos inútiles y pasillos fragantes que desatan puñaladas
dejando despejadas nuevas autopistas siderales
exentas de alcantarillas, policías acostados y alcabalas.

Dibuja bergantines, alamedas, marcianos dormidos, gargantas floridas,
tumbas de luciérnagas, vapor de ferrocarriles,
peces flotando bajo el sol, dientes,
hojas secas, trapos tendidos, pozos profundos,
y maquinas que le quitan las olas al mar

Entonces mi mano toma postura de cesta
se llena de dulces envueltos, flores silvestres
sobre su silencio cartesiano.

A la niña pronto se le cansará la mano
como es natural
al padre se le caerán los muertos de encima
como es natural
y se irán con la serpiente de agua
a un lado de la calzada.
por eso el padre ya no tiene excusa
que lo salve de bajar la santamaria
Hasta el otro día
Hasta el otro día

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Monstruo

Y así fue como yo también me convertí en monstruo
con esa despreocupación que uno quisiera tener
toda la vida.

Descolgado de los aparatos doctrinarios y estupefacientes
sin portales ni bodas de alcanfores,
en la duermevela desde un rincón oculto me complace mi nueva posición
se me van rompiendo las costumbres en partecitas incandescentes
que flotan como luciérnagas furiosas sin entierro.

Convertirse en monstruo cuesta trabajo
miren el advenimiento
al viento taparse las narices,
la fuerza incansable de los espíritus superando nuestros números agendados

¿Lo ven?

Cambiaría de camino cada vez que se encienda la alarma en los fracasos
sin que se adeuden metáforas de la naturaleza para diseñar dispositivos tecnológicos
de largo alcance

Se va lento, lento es que se convierte uno en monstruo
y el monstruo nace en partes que van quebrando la estructura y los proyectos aparentes
dejando abandonado en un pasillo
el altar de las responsabilidades señaladas
como un hermoso detalle de la convulsión.

Recibo esa fabulación entre mis manos
con la despreocupación que uno quisiera tener
toda la vida.

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Javier Guédez. Venezuela, 1980. Licenciado en Estudios Ambientales, narrador, mediador de lectura, promotor del arte efímero. Director creativo del emprendizaje La Kuentonáutica, un gimnasio para la imaginación. Premio Nacional del Libro de Venezuela 2014, en la categoría: experiencia en promoción del libro y la lectura. Galardonado por sus cuentos: Komegato (2001), La montaña amarilla (2003) y Puyero (2010). Autor de los libros: Retorno de alas, Sinchi y Kai, Gárgaras, Inventadero y del audiolibro Pazíficos y la mutante. Ha trabajado en la realización de guiones para teatro, radio y TV. Su material poético y narrativo se pública en la actualidad en fanzines y revistas nacionales e internacionales.

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