Joan Brossa: Un poeta atípico (Fragmento)

Por Marta Nadal

Usted se sitúa en esta cultura «soterrada» que marcha paralela a la cultu­ra «oficialista», ¿qué dice?

Está claro, estoy completamente entregado a esta cultura. Esta cul­tura atípica. Se podría pensar que es broma, pero me parece que estoy al tanto de las corrientes contemporáneas. Lo que ocurre es que esto sólo lo ven los de afuera. Adentro no hay estímulo para formarse una opinión que vaya en contra de la corriente general.

En más de una ocasión ha dicho que no se considera un escritor vanguar­dista sino un escritor de su tiempo…

Siempre lo digo. No sé lo que se hará de aquí a cincuenta años.Busco estar al tanto, a tono, con las corrientes actuales con la mayor sinceridad que sea posible,pues en estos momentos predominan demasiado las modas. Ahora priva el que siga la moda, tanto se trate de lo genuino como de un montaje.

¿Cómo valora la situación literaria actual?

Noto bastante mediocridad adentro y afuera. Quizá sea las conse­cuencias de las escuelas. Entonces, si los escritores quieren sintonizarse con el público, tienen que hacer lo que ese público quiere. La cultura se muerde la cola. Con el teatro pasa lo mismo; se hacen obras solamente para llegar al gusto del público y éste no siempre acierta. El escritor de teatro, como cualquier otro, tiene cosas que decir, problemas para resolver; si, estos problemas, los subordina al deseo taquillero, entonces no se puede avanzar, que es lo que ahora está ocurriendo.

¿Quiere decir que una gran parte de la producción cultural del momento se ha convertido en un mero producto comercial más?

¡Sí, sí, un producto comercial de supermercado! Creo, sin embargo, que el escritor que realmente se conecta, el que tiene cosas por decir y tiene, además, las armas para decirlas, se sitúa por encima de cual­quier moda. Lo que encuentro más triste es tener bastante éxito; por­que la cola es larga y después de ti viene otro. Aquello que realmente afina y es interesante, en cambio, es incapaz de conmover.

Poema Objecte, 1988. 2 x 18,5 x 7 cm. Edición seriada.

Su obra ha tenido una estrecha relación con las artes plásticas y la música. ¿Piensa que éstas han sido formas de arte que han evolucionado y sintonizado mejor con el tiempo que la literatura?

De ello, estoy convencido y frecuentemente lo he comentado. Yo diría que es un problema de educación. La gente, en general, plástica­mente, ha logrado más, su nivel de aceptación es más alto. Mira, en la primera antología de Castellet y Molas ni siquiera aparecí en ella, pero, en cambio, en la portada, figuraba un dibujo de Tápies. Si estaba Tápies, ¿por qué no debía estar yo? Eso indica un desfase que, por suerte, después se ha ido superando.

La pintura y la música son más universales, tienen un mercado y una proyección que no tiene la literatura, que tiene que pasar por las manos de traductores; además hay un equipo de funcionarios intelec­tuales —una suerte de escaladores oficiales, y todavía hay bastantes— que entresacan y seleccionan.

Cercano a Salvat-Papasseit, al Foix vanguardista, a Wagner y, en general, al mundo nórdico ¿se considera además de un escritor atípico, como dijera antesun hombre de espíritu romántico?

Es posible. Ahora, pienso que, de romántico todos tenemos un poco, y también de clásico. Reconozco que siento una fuerte atracción por la fibra nórdica, por Wagner, sobre todo, pero también por Ibsen, Strindberg, Hoffmann… Hay un cierto tipo mediterráneo que tiene atracción por Wagner; es un fenómeno curioso que se debe, pienso, al hecho de que la gente busca siempre lo que no tiene. El mismo Wagner se fue a morir a Venecia.

Además de la poesía, ha cultivado también el teatro y la novela. ¿Qué límites establece entre los diferentes géneros, en el caso de que tales límites existan?

Creo que se trata de un solo género. De la literatura, como de la música, hay sólo uno. Se puede convertir en prosa, en poesía, en tea­tro, según la necesidad de cada quien, según lo que se quiera expresar en aquel momento.

¿El ejercicio de la poesía visual ha sido consecuencia de encontrar limitado el lenguaje, la escritura?

No. En cualquier caso se trata de una evolución. No soy muy amante de las teorías. Hago y, después, dado el caso, analizo. Lo que me agrada es la raíz de los impulsos. En la poesía hay temas que se prestan para trabajarlos con métrica, otros no.

En este sentido Poesía rasa es un libro diferente donde se muestran pos­turas literarias diversas…

En este libro hay géneros mezclados y también, como dices, po­siciones diferentes ante la literatura. Lo que me horroriza es encasi­llarme. Siempre he mantenido una norma: trabajar sin atarme al re­sultado del trabajo. Ser libre. Si un día siento demasiada demanda y que la obra se me arroja encima, dejo el trabajo y vuelvo a la «clan­destinidad». No quiero ser víctima, como muchos, del mercado del mercado.

La línea de libertad, de independencia literaria que lo caracteriza está ínti­mamente relacionada con su condición de investigador…

Me interesa mucho este aspecto de la investigación. Tanto en poesía como en la pintura. Hay un trasfondo de investigación que es básico. Cuando una cosa ya la sabes hacer y la conviertes en una mina industrial de ti mismo. Lo que se puede decir de muchos pin­tores que son fabricantes de cuadros. Siempre mienten con las mis­mas palabras: las que les exige el marchand de turno. Eso me da un miedo terrible porque representa, de hecho, un estancamiento definiti­vo de la persona.

Las formas poéticas bien clásicas como el soneto, también han sido objeto de su investigación ¿no es así?

Sí, porque he sabido manipularlo. Hasta la sextina. Quien ha ad­vertido bien el asunto ha sido Josep Romeu i Figueras, que ha hecho un estudio sensacional sobre mi aportación a la sextina. En mi último libro, por ahora, de sextinas, la del final de todas es visual.

¿Por qué vía llegó a la poesía visual?

Comencé por hacer poesía en el sentido clásico del código literario y, precisamente, me decidí a escribir teatro porque buscaba otra dimensión a la literatura plana; pensé que el teatro me ofrecía esta otra dimensión. Quizá era el movimiento. En poesía, empiezo trabajando mucho el len­guaje. Después noté el grueso de la peluca y entonces, de lo que se trata­ba, era de quitar esta peluca y mostrar la cabeza del poema. Hay mucha gente que nunca da este paso. Todo esto me llevó —principalmente a Me hizo Joan Brossa— a una poesía más expresiva, antirretórica, directa, sin casi adjetivos, pero con vibración— esta vibración, si no la tienes, no la puedes aprender, se tiene o no se tiene. Eso del duende. Y el duende, dijo Lorca, no es un pensar, es un poder. Y desde aquí a la poesía visual, hay otro paso. Todo ha sido un proceso. Además, como he trabajado en mo­mentos difíciles, publicar me ha interesado, pero no ha sido mi primer objetivo. Me parece que todo ha sucedido con bastante coherencia y no gratuitamente. Una cosa ha venido desarrollándose a través de otra y de este modo se ha formado un edificio. Una comunión, un contacto de co­sas diversas que se corresponden. Ahora me parece que ha llegado el momento de poner la bandera en el terrado…

Poema Objecte, 1988. 2 x 18,5 x 7 cm. Edición seriada.
Poema Objecte, 1988. 2 x 18,5 x 7 cm. Edición seriada.

Por lo que dice, parece que la actividad de poeta, en su caso, siga un traba­jo casi artesanal.

Sí, pero tiene que existir ahí la idea. Lo que pasa es que hay mu­chas formas de expresarla. La actividad artesanal, sola, no sirve, tiene que estar acompañada de un aura sutil.

¿Cuál debe ser la función del poeta?

Pienso que los poetas tienen que velar porque el hombre salve su identidad y haga intentos por escapar de la mediocridad en que está sumergido. Si no sirve para eso, se convierte en un engaño más. Pido a los poetas que se ensucien un poco. Justifica el hecho de limpiarse, ha­berse ensuciado antes.

Actualmente, los artistas mienten mucho. Es necesario procurar no mentir y transformar el arte en una herramienta de conocimiento. Des­pués, sin embargo, hay un problema: el vehículo. Cada época pone a las manos un instrumento que, si lo utilizas bien, puede ser un elemento transformador de gran alcance. Por ejemplo, la poesía visual, creo que nace a causa de la importancia que tiene la imagen en nuestro mundo. La sociedad te ofrece una serie de códigos a tu alcance que se pueden utilizar fácilmente; por ejemplo, porque la gente está acos­tumbrada a ver una flecha y entender su mensaje. Por lo tanto, todo este sistema de lenguaje se puede aplicar a la poesía. De hecho, es vol­ver a los pictogramas. El principio de la escritura nos remite a los pictogramas y a los ideogramas. Es necesario reencontrar en la imagen de las letras el rastro de una figuración perdida.

En este sentido, la magia, el ilusionismo, como parte integrante de su obra, ¿significan, también, un retorno a las fuentes más originales?

Son el origen y, a la vez, una posible salvación.

¿Poesía y magia se identifican?

La poesía y la magia son lo mismo. El arte es una metamorfosis, básicamente, y la magia también, aunque en otro nivel. Lo triste es que ni los prestigiadores ni los poetas lo saben.

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“Joan Brossa a la II Fira de Teatre de Tàrrega, 1982”. Fotografía de Jaume Maymó
“Joan Brossa a la II Fira de Teatre de Tàrrega, 1982”. Fotografía de Jaume Maymó
La entrevista a Joan Brossa fue realizada por la escritora catalana Mar­ta Nadal y traducida al castellano por Reynaldo Pérez Só. Fue publicada originalmente en catalán en la revista Sena d’Or Nº373 en enero de 1991. Su versión en castellano se encuentra publicada en el número 92-93 de POESIA. Las obras utilizadas en la imagen de cabecera y a lo largo de la entrada pertenecen a Joan Brossa.

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