Jorge Castro Vega

El mismo río
(inédito)

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A la afición en general

…que me avergüenzo
de los palos que no me han dado…
Jaime Gil de Biedma

 

El que no vacila en lavarse las manos
con sangre. El astuto, el de muchos
senderos. El que se desliza disfrazado
de mendigo por su propio palacio. El que manipula
las armas de un guerrero furioso
para inyectarse coraje. El de multiforme
ingenio, el señor de las mañas.

El que fue reconocido
por el perro. ¿Qué otra prueba
hace falta?

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La letra chica

Cat  eating fish heads
—all those eyes
in the starlight
Jack Kerouac

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I

No hay patria más exacta
que la infancia: el temblor
del caballito de madera
que se despierta asustado, al oír
el sonido de sus cascos
alejándose. Alejándonos
del modo aquél
en que jugaban los planetas
cuando creían
que nadie los miraba.

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II

No basta con taparse
la cabeza
para que el sol
aprenda.

La noche tiene
mirada de gato, alimentado
con ojos de pescado.

En fin:
Ptolomeo, Tycho Brahe
y otros, pescando
a la encandilada. Y así.

Así sucesivamente.

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Factura

Aquí, un automóvil último modelo
y un perro
y doce testigos, más o menos
prescindentes.

(Empiezo de nuevo:
Algo parecido a un cuadro
pintándose a sí mismo).

Ahora sí, conviene un automóvil.
Conviene, también, un perro viejo
y que el perro sea
previsiblemente, atropellado.

La calle
(hay una calle)
cambia, entonces, de sentido.

Se trata
de desvestir un santo y de parir
un hombre -un perro
capaz de superar a su ladrido.

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Vidas pasadas

We know what you have done…
Ezra Pound

 

Traspasé, limpiamente, la médula de un hombre
con mi espada druida. Registré con minucia
los movimientos que iba haciendo su cuerpo
hasta morir.
Eran tus profecías sus espasmos.
Emborrachado de ti, lapidé adúlteras y vírgenes.
Carpintero desde niño, fui
famoso por mi esmero en la construcción
de cruces. Me dejé clavar en el madero
para complacerte. Cuando todo había sido
ejecutado de acuerdo a tu diseño, arranqué
con manos agujereadas corazones infantiles y
grabé tu nombre en ellos
con cuchillos de obsidiana, para que no
te apagaras como  bombilla vieja. Estallaré. Para que brilles
como nunca. Seré tu fiesta de fuegos de artificio
en medio del estruendo de tu infinito amor en el que todos
seremos arrastrados. Por fin, comprenderás que no
existes sin nosotros. Apiádate
de este humilde guerrero que te encomienda su alma, Señor.

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Jorge Castro Vega. Montevideo, Uruguay, 1963. Poeta, crítico literario y teatral. Abogado de profesión, ingresó al Poder Judicial en 1998 y actualmente se desempeña como juez en Montevideo. Ha publicado:  Primera línea (1982), Poesía de sitio (1985), Poesía involuntaria (1987), Poesía certificada (1989), Poesía arbitraria, antología personal (1989), Con motivo de Ana (1991), Un poco de sol (1993) y Cosas que pasan (1997). Sus textos han sido incluidos en diversas muestras y antologías, entre las que figuran: Antología plural de la poesía uruguaya del siglo XX (W. Benavides, R. Courtoisie y S.  Lago;  Seix Barral, 1995), Poésie uruguayenne du XXe siècle, (M. Renard, Éditions Patiño, 1998), Poesía uruguaya, antología esencial (R. Courtoisie, Visor, 2010). Los poemas aquí publicados pertenecen a su libro El mismo río, de próxima aparición.

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