José Asunción Silva en el laberinto de su propia leyenda

Federico Díaz-Granados

 

El destino trágico de José Asunción Silva, el más universal de los poetas colombianos, es, de alguna forma, el presagio del destino de un país que tuvo en el siglo XX las consecuencias y desenlaces de las guerras civiles del XIX y las profundas contradicciones del nacimiento de la República. El suicidio del poeta el 24 de mayo de 1896 (o noche del 23) constituye el inicio de la leyenda y de nuestra modernidad literaria. Unas horas antes el médico y amigo Juan Evangelista Manrique había dibujado por solicitud del poeta el croquis del corazón. Con un lápiz dermográfico, el doctor pone una cruz en la punta exacta del corazón. Silva se dispara con una Smith & Wesson que había pertenecido a su padre y sobre su mesa de noche estaba abierto El Triunfo de la muerte de Gabriele D´Annunzio. Estudiosos de su vida y su obra como el maestro Enrique Santos Molano plantean la hipótesis de que aquella noche el poeta fue asesinado. Suicidio o asesinato, su trágica muerte, fiel al talante de su país, es el inicio de una edad moderna y es la entrada al controvertido siglo XX a través de una poesía a la altura de su tiempo.

El fin de siglo sorprendía a América Latina con una serie de hechos políticos y sociales que demarcaban un nuevo rumbo histórico. España perdía sus colonias y estaba a pocos años de perder Cuba y Filipinas mientras el idioma se renovaba y cobraba una nueva vitalidad a través del Modernismo. Las gestas de independencia tenían el espíritu del romanticismo europeo y los intelectuales pregonaban la libertad y la supremacía de las emociones y los sentimientos a la manera de Lord Byron, Percy Shelley y John Keats.

En ese contexto de revoluciones, cambios y exaltación de las ideas nace José Asunción Silva el 27 de noviembre de 1865 en el hogar del intelectual, comerciante y escritor de cuadros de costumbres don Ricardo Silva Frade y doña Vicenta Gómez Diago. Don Ricardo hacía parte de la tertulia El Mosaico fundada por Eugenio Díaz y José María Vergara y Vergara en el año de 1858 con el propósito de reflexionar alrededor de una literatura nacional en tiempos republicanos y que a través de cuadros de costumbres se exaltaran la vida y los valores nacionales. Hacían parte, también, de este grupo, entre otros, Manuel Ancízar, José Manuel Groot, Medardo Rivas, José Manuel Marroquín, José María Samper, Rafael Eliseo Santander, José María Vergara y Vergara, Ricardo Silva y Eugenio Díaz Castro entre otros. Recuerda Germán Arciniegas que «La casa de don Ricardo Silva era entonces la más aristocrática. Sus salones apagaban en las alfombras de seda el paso de las damas nobles y de los nobles señores. Vigilados por una negra, probablemente antigua esclava, en cuyo acento quedaban aún reminiscencias de Jamaica, las niñas jugaban, y oían de sus labios la historia de Caperucita, del Gato con botas y del Ratoncito Pérez».

Ávido lector desde muy niño, Silva aprovecha la biblioteca de su padre para leer desde el instinto y la curiosidad. Esta fue su manera de leer el resto de su vida, de forma desordenada, de variados géneros y temas, en inglés, francés y español. Su paso por el colegio fue más bien anecdótico. Luego de pasar por el Semiexternado de don Luis María Cuervo (hermano de Rufino José y Ángel) donde se distinguió según las notas escolares por «la corrección de su vestido, el aseo personal, la pulcritud de su lenguaje y la belleza varonil de su fisonomía y, en especial, por la claridad de su talento». Sus modales y distinción le valieron apodos como «Niño bonito» y años más tarde «José Presunción». Así que formación autodidacta le permitió conocer de diversos temas que iban desde las humanidades y el arte hasta las ciencias y la economía.

No era fácil la atmósfera de la capital para el poeta. La ciudad le era hostil y sus habitantes su burlaban con frecuencia de sus modales y ademanes. Esa ciudad gris y triste Santos Molano la retrata muy bien en el ensayo Silva y el medio literario bogotano publicado a propósito del centenario de la muerte del poeta: «El ambiente del Bogotá en que vive Silva está descrito por él en uno de los versos de «Día de difuntos», en que la pinta como una ciudad de «aire tenebroso» sobre la cual «ignorada mano arroja un oscuro velo opaco de letal melancolía». Esta es en efecto la capital colombiana finisecular, una ciudad sin distracciones, ni atractivos, llena de intelectuales, algunos muy sabios, y de poetas, algunos muy buenos, que le han acreditado, con o sin merecimiento, el título de Atenas Suramericana».

A finales de 1884, a sus 19 años vendría a ocurrir uno de los eventos fundamentales de su vida: El viaje a Europa. Esta travesía podría definirse como su ritual de paso, el viaje iniciático, la primera travesía del héroe. Cada estancia fue un deslumbramiento con la Francia cultural de fines del XIX. Allí cuenta con el apoyo de los hermanos Cuervo quienes son definitivos en. Conoce en Suiza a Juan Evangelista Manrique quien fuera su amigo, confidente y el médico que habría de pintarle el mapa del corazón horas antes de su suicidio. Lee a los autores franceses, conoce a la intelectualidad parisina. Se encuentra con Stéphane Mallarme y otros intelectuales. Es probable que haya conocido a Oscar Wilde y otras tantas figuras. Europa es fundamental para la formación del carácter de Silva. Lejos del pequeño mundillo de chismes, prejuicios, burlas, Silva conoce el aire cosmopolita de una París de efervescencia cultural. Mientras se prolongan guerras civiles y los negocios de su padre se agravan el poeta madura a miles de kilómetros de distancia. Vive en París, en Suiza y Londres, pero la impronta francesa será definitiva para su obra. Regresa hecho un «Dandy» que no encajaba en la fría Bogotá.

El 11 de enero de 1891 muere Elvira Silva Gómez, la persona más cercana a José Asunción. Era su hermana y su confidente. Al parecer era la única persona que entendía la personalidad, los caprichos y fragilidades del poeta no solo en su casa sino en toda la ciudad. Y era que doña Vicenta y Julia (la otra hermana del poeta) no comprendían el mundo y mirada. Elvira poseía una belleza que parecía de otro mundo. Algunos bogotanos finiseculares afirmaban que cuando Elvira iba a misa los domingos a la iglesia de La Candelaria las gentes salían a los balcones a contemplar el paso de esta mujer. Su muerte inspira el Nocturno lo que dio pie a múltiples y erróneas leyendas sobre si la fraterna complicidad de los hermanos pasaba al plano del amor pasional. El Nocturno es un poema de melancolía y de muerte y por supuesto es un acto de amor y de pérdida que la chismografía aldeana de entonces quiso escandalizar. El poema es sublimación y transforma el dolor en uno de los más altos momentos de la poesía en español.

La muerte de Elvira vendría a sumarse a esa serie de hechos trágicos que marcarían la vida de Silva y que continuarían hasta el fin de sus días. En 1860 (cinco años antes del nacimiento del poeta) su primo Guillermo Silva se suicida de un disparo en la Hacienda Hatogrande en presencia de su esposa y de sus hijos y en 1864 su abuelo, también llamado José Asunción, es asesinado por unos bandoleros en la misma hacienda. Estos dos eventos ocurridos antes de su nacimiento sumados a los de la muerte de su padre en 1887, la de Elvira en 1891, el naufragio del vapor Amérique hasta su propia muerte trazan una cronología de la tragedia y vendrían a ser los fatales presagios, las «chapolas negras» de su destino de infortunios.

Golpeado en las finanzas y ante la quiebra palpable fruto, entre otras cosas, por la crisis cambiaria y modificaciones económicas que traería el fin de los gobiernos liberales y el comienzo de la llamada Regeneración y el acoso de los acreedores el presidente Miguel Antonio Caro, en acto humanitario, lo nombra secretario de la legación en Caracas. En el mismo decreto es nombrado el poeta Rubén Darío cónsul de Colombia en Buenos Aires. Silva viaja a Caracas en 1894. Hace una parada en Cartagena para entrevistarse con Rafael Núñez y allí publica en el periódico Lectura para todos el célebre Nocturno. Don Carlos Gastelbondo, director del medio impreso, registra así en el periódico el paso de Silva por la ciudad: «De paso para Caracas a donde va a servir la Secretaría de la Legación de Colombia, se encuentra en la ciudad este notable joven, poeta y prosista de ingenio originalísimo, llamado en nuestro concepto a formar escuela, tan pronto como deje conocer del mundo literario sus producciones, inéditas casi todas. Debido a la bondad del señor Silva — cuyo delicioso espíritu nos ha hecho pasar momentos gratísimos —, engalanamos hoy la primera página de esta revista con una encantadora poesía suya —Nocturno—. cuya extraña factura, seguramente llamará mucho la atención de los inteligentes. Pronto publicará nuestro amigo un tomo de sus versos. Creemos que ello será un gran acontecimiento para las letras hispanoamericanas y conquistará laureles al poeta y gloria a la Patria. Que llegue pronto ese día y que lleve el señor Silva gratos recuerdos de Cartagena, son por hoy nuestros deseos».

Caracas es también una ciudad hostil para Silva, no encaja en los modos y costumbres de la gente de la ciudad. Escribe. Escribe mucho en medio de sus funciones diplomáticas. Asiste a eventos sociales y conoce a algunos intelectuales locales. En 1895 se embarca en la Guaira en el vapor Amérique de regreso hacia Colombia. El barco naufraga frente a la costa colombiana. Algunos biógrafos afirman que fue en Barrancabermeja. Ya no importa el lugar sino el suceso que se inscribiría de forma indeleble en la serie de hechos trágicos de la vida de Silva. Allí pierde muchos de sus escritos durante la febril estancia venezolana. Se pierden sus Cuentos negros, la novela De sobremesa y muchos de sus poemas. Reescribe de memoria los cuentos y la novela mientras piensa en la fórmula para hacer baldosas y azulejos. Es 1896 en todos los calendarios y el desenlace fatal parecía por ese día ya irreversible.

Como José Asunción Silva era de la misma clase social «culta» de Bogotá finisecular era invitado a las tertulias que los presidentes Caro y Marroquín realizaban a veces en el palacio presidencial. Se dice que una vez recitó el tercer Nocturno, y se observaban risitas maliciosas, amagos de burla y esbozos de desdén en los labios de algunos contertulios, entre ellos, de José María Rivas Groot y Lorenzo Marroquín, hijo del presidente. Luego de su suicidio en 1896 cuatro años después, en 1900, apareció la novela Pax (de la autoría de los dos personajes citados antes), que trata de la última guerra civil que estaba en auge (terminó en 1902). Allí se ambienta el mundillo cultural bogotano donde se habla de un personaje risible llamado Solón Carlos Mata (S. C. Mata), autor de «versos decadentes» … «una noche / una noche / una noche / a la una / a las dos / a las tres de la mañana / cuando estaba el penitente entre las ranas y las ratas»…

Nos recuerda Andrés Holguín en la Antología Crítica de la Poesía Colombiana que José Asunción Silva «es un poeta de transición de un mundo poético a otro -es el tránsito del romanticismo, que todavía lo impregna, hacia otras formas, más sutiles y musicales, ya simbolistas, de la poesía moderna – que pone en sus versos, sobre todo, una nota personalísima, a la vez sugerente y emotiva. La ubicación de Silva dentro del modernismo es problemática, discutible. Está más cerca de Verlaine que de Darío. Poca relación tiene Silva, o ninguna con Santos Chocano o el propio Lugones». Es precisamente su insularidad lo que define a Silva como un poeta fundacional de la tradición poética colombiana. Tiene ecos del romanticismo, diálogos estéticos con el simbolismo francés y algunas correspondencias con el naciente modernismo hispanoamericano. Pero son su personalidad y su sensibilidad las que le otorgan ese lugar en la tradición. Silva fue más allá. Se anticipó a muchas propuestas estéticas y líricas de comienzos del siglo XX. Muchos de los poetas que marcarían la vanguardia del primer cuarto de siglo en la poesía hispanoamericana mucho le debe a la musicalidad que propone Silva en sus Nocturnos o algunos de los poemas de Libro de versos. Gotas amargas se anticipa a la llamada antipoesía de Nicanor Parra y por ende a gran parte de la poesía irónica y conversacional de la segunda mitad del siglo XX. Poemas como Día de difuntos y Al pie de la estatua tienen un talante mucho más épico que lírico. Son poemas que narran, que dan cuenta de algo que se observa. En Día de difuntos se observa la Bogotá aldeana, parroquial. En Al pie de la estatua está, además del homenaje al héroe americano, una oda heroica a la gran figura romántica del continente. Es una observación, también, de la Caracas de entonces.

El tema de la ciudad aún no era parte fundamental de la poesía en español. Aparecía como escenario de muchos pasajes costumbristas y algunos poemas sueltos de poetas románticos. Las ciudades de América miran siempre hacía Europa, hacía la París de Victor Hugo, de Gustave Flaubert y de Honoré de Balzac, hacía la Londres de Charles Dickens y hacía las ciudades de la lejana Rusia de León Tolstoi. Silva es precursor de esa poesía urbana y convierte a esa Bogotá pastoril en una capital universal. No solo en Gotas amargas sino en su novela De sobremesa, precursora también de la llamada novela del artista que vendría a innovar sobre los frescos realistas y los ecos del romanticismo tardío.

Entre el nacionalismo y el cosmopolitismo, Entre el dandismo y el hombre agobiado por las quiebras económicas y los acreedores. Entre la melancolía y la ironía se mueve el carácter y la sensibilidad de Silva. Su poema Nocturno transgredió la música, la métrica, la prosodia y el ritmo de la poesía escrita en español. Gotas amargas traduce una ciudad y su habla desde la ironía. Un poema polémico como Sinfonía color de fresa con leche se burla de las formas y artificios modernistas y su novela De Sobremesa inaugura la novela moderna en América.

El cuervo de Edgar Allan Poe es, sin duda, una de las piedras angulares para entender el misterio que encierra el Nocturno III (Una noche…). Hay una correspondencia desde lo temático a partir de tres asuntos centrales: la belleza, la muerte y la melancolía. Y desde lo formal la alternancia entre versos cortos y largos. Eduardo Camacho Guizado compara los dos poemas desde el análisis silábico: El verso tetrasílabo (U-na no-che), (Ne-ver mo-re) y el empleo de estribillos. El Cuervo aparece publicado por primera vez el 29 de enero de 1845 en el New York Mirror. Charles Baudelaire que sentía una profunda admiración por Poe traduce este poema hacia 1856. Así que es muy probable que Silva hubiera leído El cuervo en su versión original en inglés, o la traducción de Baudelaire al francés durante su estancia parisina o en la versión que el poeta venezolano Juan Antonio Pérez Bonalde hiciera al castellano en 1874. Por cualquiera de las tres vías Silva se deslumbraría con ese mundo con el que Poe desafiaría las formas de la poesía en inglés. Por eso William Ospina en su lúcido ensayo Lo que Silva vino a cambiar afirma con razón: «El «Nocturno» de Silva fue uno de los primeros grandes efectos de la música de Poe fuera de su lengua. Suele decirse que Baudelaire es su primer gran hijo, pero en lo que respecta a la música, que es el gran legado de Poe, quien lo ha leído sabe que Baudelaire no modificó el ritmo ni la respiración ni la sonoridad de la poesía francesa.» (…) «Con él los colombianos aprendimos a hablar de nosotros mismos; pero ese primer aliento de nuestra voz, afirmándose en el mundo de nuestras propias emociones, es conmovido, y tenue, y trémulo»

Pablo Neruda, el gran poeta de la epopeya americana, el Walt Whitman de la lengua española que supo darle una voz a la historia, al nacimiento de las naciones y diferentes razas no fue ajeno al influjo de este «Bogotano universal» como lo llamaría Miguel de Unamuno. El poeta chileno, en un homenaje a su amigo Eduardo Carranza recuerda a Silva de la siguiente forma: «En este coro acongojado como la masa sombría de un cielo de lluvia de una determinada selva americana, de esta necrología que abarca todos los himnos y las sílabas, la expresión toda de nuestro ser continental, la voz de José Asunción Silva se desprende con una pureza y una dulzura ilimitadas, como un violín delgado y combatiente o como la voz del ruiseñor que sale de la noche sombría. A cuantos hemos abrazado el camino de la poesía nos sobrecoge a veces el inmenso trabajo de los antepasados. Un «Nocturno» de José Asunción Silva es tal avance activo del pensamiento poético, tal conmoción en la ciudad lírica del español, como lo puede ser en el inglés de Norteamérica «El cuervo» de Poe, o en el inglés de Inglaterra «The Rhyme of the Ancient Mariner», de Coleridge. Este gran poema escrito durante esta agónica y corta vida por las manos tan delicadas que, sin embargo, pudieron dispararse el tiro mortal, abre las puertas de terciopelo de un español magnífico y tenebroso, de un idioma nunca antes usado, conducido por un ángel nocturno a las últimas decisiones y desvelos del ritual. Por esas anchas puertas del gran nocturno entra nuestra voz de América a tomar parte en el coro orquestal de la tierra». Muchas claves nos revela Neruda para entender algunos signos del registro personal de Silva y de su presencia en la esa inmensa patria cervantina de más de 500 millones de hispanohablantes hoy.

Acaso fue Silva un precursor del Modernismo o fue, quizás, un participante activo o un disidente. Fue un precursor junto a José Martí, Julián del Casal y Manuel Gutiérrez Nájera. Eso lo reconocen las diferentes historias de la poesía hispanoamericana y muchísimos textos académicos porque sentaron las bases estéticas para hacer una renovación lingüística y estilística. Fue un participante destacado sobre todo con la novela De sobremesa porque que esgrime muchas de las premisas y postulados formales del Modernismo y fue un disidente porque fue más allá de lo formal, fue un innovador que supo ir más allá de la forma y la música hacia lo filosófico. Además, en su Sinfonía color de fresa con leche se burla de los imitadores de Rubén Darío llamándolos «Rubendariacos» y se anticipa al famoso «Tuércele el cuello al cisne de engañoso plumaje» del mexicano Enrique González Martínez que para muchos vendría a ser el largo adiós al Modernismo. Pero fue Silva, sin duda, el primero que entendió la poesía moderna y sus preocupaciones en torno al hombre de su tiempo con un verdadero sentido de época y la estética de su momento. Introduce además por primera vez la ironía y el sarcasmo en la poesía latinoamericana.

Aproximarse a su obra es palpar el misterio y la intuición. Puede ser hermética, filosófica o confesional o coloquial. Todos esos registros tocan el corazón humano. Interioriza la mirada poética siguiendo la lección simbolista como lo mencionara Fernando Charry Lara en su ensayo sobre Silva y el simbolismo. Por eso este volumen de Poesía reunida viene a ser un compendio para que los lectores entiendan y comprendan las claves que lo hicieron el poeta universal de Colombia por excelencia. Este libro reúne casi la totalidad de los poemas escritos por José Asunción silva. El lector podrá advertir allí los diferentes registros y comprobar por qué es él el núcleo principal de la poesía colombiana. De Silva se desprenden varias tradiciones: una clásica/lírica que podría desembocar en las obras de Aurelio Arturo, Eduardo Carranza, Fernando Charry Lara, Giovanni Quessep y Juan Felipe Robledo entre otros. Otra de talante conversacional, urbana e irónico que seguiría su rumbo en poetas como Luis Carlos López, Luis Vidales, Rogelio Echavarría, Mario Rivero, María Mercedes Carranza, Juan Gustavo Cobo Borda, Darío Jaramillo Agudelo, Piedad Bonnett y Ramón Cote Baraibar. Otra de carácter épico e histórico que continúa en Álvaro Mutis y William Ospina y otra de mucho más contemplativa del paisaje y la geografía que sigue su camino otra vez con Aurelio Arturo y José Manuel Arango.

Se ha dicho que las mejores biografías que se han escrito en Colombia son las que se han hecho alrededor de las figuras de los poetas. No en vano sobre Silva se han escrito cuatro extraordinarias biografías que no solo ahondan desde distintas miradas la vida del poeta sino el contexto de su tiempo y su época. La búsqueda de lo imposible: Biografía de José Asunción Silva de Héctor H. Orjuela, (1991); El corazón del poeta: Los sucesos reveladores de la vida inesperada de la muerte de José Asunción Silva de Enrique Santos Molano, (1992); José Asunción Silva: Una vida en clave de sombras de Ricardo Cano Gaviria, (1992) y Chapolas negras de Fernando Vallejo, (Bogotá, 1995) trazan una cartografía vital e histórica llena de episodios, anécdotas y análisis que pueden leerse también como biografías del país y del siglo XIX. De igual manera las novelas El libro de la envidia de Ricardo Silva Romero y Silva de Daniel Ángel abordan desde la ficción la idea del asesinato del poeta con personajes verosímiles y muy divertidos.

Así, esa foto que todos conocemos de José Asunción Silva, con cierto aire de melancolía y de duda podría bien ser el retrato del país al que su poesía le dio una voz en el universo. Ese país de guerras civiles, incapaz de hacer un contrato social, polarizado entre odios fratricidas y cuyas estirpes están condenadas a «cien años de soledad» está, sin saberlo, retratado en esa poesía que nos dio una voz a todos y a todas las cosas. Su rostro aparece en los billetes de 5000 pesos y en el reverso están impresos sus poemas Nocturno (en el billete verde de 1996) y Melancolía (en el billete de 2017). No deja de ser una ironía que se rinda un homenaje en papel moneda al poeta que murió en la quiebra, pero es una forma de estar en la mano y al alcance de muchos colombianos, de esos mismos ciudadanos que de niños seguro recitaron en el colegio «Aserrín Aserrán / Los maderos de San Juan». Se trata de una poesía que no envejece, que siempre será contemporánea del porvenir y que nos sigue hablando como si hubiera sido escrito ayer. Silva abre el siglo XX y al parecer también el XXI mientras crece la certeza de su grandeza, de su universalidad y de su leyenda para siempre.

17 de diciembre de 2019

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Federico Díaz-Granados. Bogotá, Colombia, 1974. Poeta, ensayista y divulgador cultural, es director de la Biblioteca de Los Fundadores del Gimnasio Moderno y de su Agenda Cultural. Ha publicado los libros de poesía: Las voces del fuego (1995), La casa del viento (2000), hospedaje de paso (2003) y Las prisas del instante (2015). Han aparecido tres antologías de su poesía: Álbum de los adioses (2006), La última noche del mundo (2007) y Las horas olvidadas (2010). Preparó las antologías de nueva poesía colombiana Oscuro es el canto de la lluvia (1997), Inventario a contraluz (2001), Doce poetas jóvenes de Colombia (1970-1981) y Antología de poesía contemporánea de México y Colombia (2011). Coautor de El amplio jardín (antología de poesía joven de Colombia y Uruguay, 2005). La colección Cuadernos Exlibris publicó su recopilación de ensayos bajo el título La poesía como talismán. En el año 2009 le fue concedida la Beca «Álvaro Mutis» en la Casa Refugio Citlaltépetl, en México.

La imagen que ilustra este post fue realizada por la artista venezolana Sain-ma Rada 

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