Kenia Cano

Muestra poética

Parcela Blanca

 

Palabras cercanas

No porque vienen de la boca con vida del padre. No porque pueden morderse y saben dulces. No porque suenen cerca de tu oído. Palabras cercanas. No buscan lo que no has visto, no corren hacia encuentros que no has tenido.

Se dejan sobar como un perro manso, se alegran si las tocas, te agradecen el contacto físico. Se pasean desnudas dentro de tu casa. Se esconden en tus sábanas. Olfatean tu ropa interior. Tu deseo les parece lo más natural. Leen los muros de tu casa sin alarmarse. No desean sorprenderte.

Se mueven entre el aroma a vainilla y los vapores tibios cuando preparas un helado artesanal. Se elevan cuando huele a tierra mojada. Buscan esta presencia y no se precipitan. No forman parte de nada más. Sólo de este momento. No te engañan, soportan tus engaños.

Toleran cualquier página en los libros. Pueden darte la espalda si les da la gana, no andan con buenos modales, no se preocupan por su olor, pero por lo general huelen bien. Caminaron alrededor del cuerpo de tu abuela pero no convirtieron su muerte en algo trágico. Abrieron los perfumeros como si la vida siguiera por ahí. Se sentaron en la alfombra junto a ti, y vieron sus pies. Le dieron la última caricia. Se meten bajo el suéter negro de tu padre y escuchan su corazón.

Miran tus pesadillas y se ríen. Cortan los hilos que sobran en los tejidos de tu casa. Hacendosas, limpian tus libros, leen sus lomos y mansamente ofrecen el suyo. Tus manos no enfrían su piel. Son dóciles y nunca golpean la puerta. Encuentran siempre la forma de pasar. Se pegan como el buen polvo a los marcos y no hacen mucho ruido.

Apagan la luz cuando tienes sueño. Dejan marcas sobre la mesa si aprietas de más el cuchillo. Prefieren verbos como embarrar, embadurnar. Sugiero que desconfíes de su comodidad, no sea que un día no te dejen entrar a casa.

:

:

El reverso

Tiene estrategias que no conoces. Piensas que es una cuestión de docilidad y de dar la vuelta, pero no es así. No sabes qué verso desde el final de la página subirá hasta aquí para picarte los ojos. No trae idea de suicidio, no hereda los males visibles de tu casa. No tiene que ver con el miedo ni con los sueños en donde no llegas nunca a la estación.

El reverso se burla de tus sueños, de las rajaduras en el piso de tu casa y el temblor. Está aunque lo ignores. Entre el cuerpo de tu abuela y la sábana de flores. Entre su piel y la pijama que conserva su olor. El reverso no respira por ti ni por tus hermanos. Te ignora pero tú no debes ignorarlo a él.

¿Forma parte de una fibra en tu corazón? ¿Está parado en la fila del colegio? Se ríe de tus decisiones pero no es el mal. Posibilita lo que no concebías y no daña con ello. No aumenta la creciente del río, no se lamenta, no tiene prisa, no se esconde bajo tu chamarra de cuero. No se anuncia y no tiene lista de verbos favoritos. No te condiciona pero tampoco te mira como crees.

Si fuera silencio habría tapado tu boca, tampoco es sorpresa. Es lo que es. No la parte interna del cuenco ni su base, tampoco los poros fríos en la cerámica. No se manifiesta visiblemente pero no hay molécula ni mínima constitución que desconozca. No está bajo la tapa ni en la parte posterior del ojo. No ubica el nervio óptico, no invierte ninguna imagen.

No opaca la piel de las manzanas. Consume la cera de las velas. Se traga las horas con gula y confía demasiado en su imagen.

¿Tiene oído para los pájaros? ¿Le importa tu propio tiempo? ¿La profunda gana de crecer del tabachín? ¿Leerá la línea de Malinowsky dibujada en el muro de tu casa?:

Se acordará el viento de la hierba y de nosotros.

El reverso no distingue gama de grises. No puede diferenciar entre el grafito y la tinta china. Le dan igual las sombras. No le incomoda el negro de los funerales, no conoce el peso de los hombros. Nunca ha visto un bulto lanzarse por la ventana. No tiene iniciativa, tampoco voluntad. No escribe malos poemas ni poéticas para despertar a Li Po. No fabrica nada mal hecho, no acumula ni guarda nada para sí. Permite que te veas de otro modo. No conoce la bondad pero quizá intervenga en el crecimiento. No tiene culpa ni compromiso. Conoce al derecho y al revés tu casa. Cada uno de tus pensamientos, pero no los atesora ni los aborrece.

El reverso te sostiene pero no moldea tu gravedad. Va a contratiempo. No le preocupa la eternidad, un goteo mal arreglado en la cocina. Tampoco la cara leal de tus amigos. No está oculto a tus ojos, pero nada de tus pertenencias le conviene. Tampoco le interesa el pan que no vendes, el que se endurece; ni la madera que astilló tus dedos ni los actos que te pusieron el gesto rudo. No sabe de cuerpos adheridos ni de heridas que se distienden. No tiene principio ni fin. Tampoco se enreda en la mitología. No se anuncia en visiones y jamás conoció el rostro de Blake. No guió ninguno de sus carbones. No caligrafió ninguno de sus textos, no lamió nunca su torso.

No sabe nunca cómo detenerse.

:

:

 No perder un poro o del amor elemental en Freud

Hay momentos en que el cuerpo es tan numinoso como las palabras,
días que son la carne buena prologándose

Robert Hass/Trad. Pura López Colomé

i

No soporto que ocultes tanto bajo la cama. Dedicarme al detalle. Mesa de costura. Piel tejida entre los pigmentos. No hay revelación posible de la carne sin yuxtaposición. La realidad me da esta imagen, debo presentar su plenitud.

 

ii

Los dos que éramos entonces: una cordillera de piel, no un cordero junto a tu costado. Costillas acotando un corazón.

 

iii

¿Cómo amar estos cuerpos? Tocar su realidad, su materia, sin perder uno solo de sus poros.  El estudio de estos cuerpos es el sitio de resguardo. Tras el sudor, el aire que nadie lee. ¿Quién te permitió presenciarlo?

 

iv

No puedo morder el centro de esta imagen. Debo rodearla, esconderme detrás del biombo negro, mina adentro del sueño. No hay invención. Un biombo opaco en el estudio. Hemos dejado de posar. Nunca lo hemos hecho. El pintor también está escondido para nosotros. Encuentro un misterio en el fuego de Nápoles que une nuestros cuerpos. Bordes grisáceos que no pueden limitarnos.

 

v

Tu pezón derecho se yergue como una casa en la colina. Encenderé tu luz con mi lengua. Detrás del biombo queda muy poco espacio. No podemos ocultar casi nada. En este cuarto Freud no vio la hilera de hormigas al borde de la cama.

 

vi

Escucho el sonido de poros abiertos. Vibraciones que exhalan. Secreción. Palabras para responder a tu vecindad, tu cercanía. Hoy nuestra mortalidad palpita aquí sobre la tela.

 

vii

Un hombre y una mujer recostados. Es posible que ambos existan pues los he visto en otros cuadros. Él es corpulento, goza de salud y un buen peso. Ella es menuda, muy blanca.

 

viii

Recuerdas aquel poema donde ella le dice a él: «Te haré un juramento a ti, el de los pies hermosos. Pondrás tu mano derecha entre mis piernas… tomarás mis labios en los tuyos». Y cuando se hubo saciado, él dijo: «Déjame ir». Y ella le respondió: «Sigues siendo un niño. Un día los dioses te conocerán como hombre. Por ahora te dejo ir».

 

ix

Pintas sobre el muro soles que acarician. La luz que calienta nuestros oídos y nos despega del sueño. Escurridiza, inquieta a la sombra. Es la luz que madura nuestros cuerpos y nos endulza como a las manzanas.

 

x

Tal vez un poema en el acto de presentarse satisfecho. Cada uno de nuestros órganos vuelto al sosiego. Tus ojos vieron lo necesario. Mis labios rodean tu oreja. Palabras concentradas despiertan oído adentro.

 

xi

La pintura no necesita de palabras, yo sí de este cuadro. Esta imagen en el centro de la página. Los amantes descansan. Cuántos repetiríamos el ritual.

 

xii

No hay blanco posible. Percusión de grises. Ninguna degradación. Nada que censurar. Se agranda nuestro ojo y no repercute. Nada estorba lo que nos ha traído con bien aquí. Los observados orificios. Nuestra parquedad desdeña el adorno japonés. Yace aquí lo elemental. No hay un lecho de miel, retórica de Sumer, diván en el estudio, una simple cama. Aplicaciones directas desde el tubo. El tema se muestra crudo.

 

xiii

Miras el volumen de su vientre, la textura de sus vellos, la curvatura de su miembro. Las venas dilatadas, la elevación de su piel. Piensas en la fortuna de la carne. Besaba también tu dentadura, pero tus huesos no me dan nada. Desnudo tu boca en este alfabeto orgánico, tu ánimo y el mío. Mis dedos impregnados de romero y el arbusto intacto en el jardín.

 

xiv

En mi interior tu cuerpo pictórico se distiende.
Vibra y me da un segundo cuerpo sonoro.

:

:

El miedo del elefante de la ignorancia

Ignoro qué escondes en la parte posterior del corazón. Ignoro lo que siente mi padre al ver un tronco arrugado, las palabras que le dan aliento. Ignoro cómo se siente debajo la piel de un crustáceo. Ignoro cómo y de dónde surge el ajonjolí. No sé, no conozco, nunca he visto un río deslavar una montaña. No sé cómo pueden vaciarse las ideas equivocadas. Cómo puede uno levantarse de la cama con tan pocas certezas. Cómo se genera el hambre. En qué momento las palabras de mis vecinos germinan en mi boca. Por qué hay edificios tan resistentes. Ignoro la naturaleza proporcional de las secuencias y en qué momento llegas a tocar el nudo. Cómo ata una soga aquél que desea ahorcarse. Desconozco las voluntades inversas. Adherirse a lo que uno no sabe, sería inmenso y cansado. Preferimos mentir.

Ignoro cómo operan ciertos milagros. En qué momento el agua dispersa se junta en el cauce del mismo río, cómo los animales se retiran antes de que ocurra la desgracia, cómo una imagen bien proporcionada puede abrir la corona imperial. Ignoro cómo la repetición de sonidos sagrados puede fortalecer el empeño. Cómo un aroma puede alinear tu entendimiento. Cómo dos seres se corresponden desde lo que sus mentes aún no alcanzan a ver. Ignoro cómo se manifiestan ciertas bendiciones.

Todo crece sano en el huerto. Lo que planeamos se cumple a través del trabajo. La intuición y la desnudez germinan en palabras que abren el camino. Algo nos acerca: Una Órbita Abierta donde todo se regenera, se reconoce, se imagina de vuelta.

:

:

 El miedo del ladrón de los puntos de vista erróneos

Que la necesidad sea el único bien que nos guíe. Que el campo de batalla no conozca sus propios límites, que se desconozca al enemigo, que no desees mirarte de cerca. Que te dé pena decirlo, que no te atrevas, que no llegue a socorrerte una imagen: Hay un ladrón detrás del tronco enlutado. Estás aquí para comprender la realidad, no para experimentarla. Lamento no pasar más días en el laboratorio con mi bata blanca, mis botones grandes, una limpieza que aparece a la fuerza. Abran su cuaderno en la página veinticinco. La maestra de química y su chaleco de rombos. Con sus calcetas largas sentada sobre el escritorio. Un punto de vista falso: tener siempre que echarte para atrás, en retroceso, ¡Qué retro es eso! Te gustan los poemas de Elizabeth Bishop porque están presentes. Primera curva en el ojo ladrón: Hay otro momento más valioso que éste. Debo esperarlo, acecharlo, montar guardia. ¿Jesee James? Lo vi en la televisión, aguardaba al tren. Contrató bandidos de poca monta para la emboscada. Si de tu boca sale cada vez un bosque de palabras que no tratas, entonces, no hay barricada que pueda detener a los vagones, ningún bien robarás de ahí.

El bandido acerca la oreja a la vía. Anticipa el sonido, escucha cómo comienzan a soltarse las rocas, el tren está por llegar. Punto de vista falso: ¿Están los bandidos contigo? ¿Reaccionarán a tiempo? ¿Tienen clara su tarea? ¿Entienden tu lenguaje? ¿Hablan en tu idioma? En principio, ¿Qué deseas bajar del tren? ¿Conoces los bienes que son de tu interés? ¿Podrás repartir el motín con justicia? ¿Utilizarás un lenguaje vulgar? ¿Será precisa tu amenaza? ¿Te pararás ahí sin miedo? El miedo de la angostura, la noche que no oscurece las siluetas demasiado, los poemas que no convencen a nadie.

No debes ser tan agresiva con la ensoñación. Tengo un amigo que dice la verdad directamente. No tengo prisa en encontrarlo. Punto ciego en el ojo del ladrón. Las mujeres no ven tan bien la periferia, se concentran más en el detalle. ¿Escribes siempre con una voz femenina? Movimiento anticipado. Piedras rodando hacia el durmiente. Desfiladero. ¿Has pasado alguna noche en el bosque? Punto de vista erróneo: Debo contarte la verdad. Cerdos salvajes husmeando en nuestro sueño. Los amantes que éramos entonces, no teníamos el sueño tan profundo. Me está viendo y estás feliz por tachar. No era un cerdo salvaje, era un jabalí. ¡Imposible!, nos hubiera atacado.

El miedo del ladrón de los puntos de vista: fijos, sin vuelta atrás. Puntos de vista con una sola dirección. ¿Sabes cómo miran los distintos animales? Punto de vista falso: desarrolla ahora la clase de anatomía. Descripción de la vista de un felino:

________________________________________________________________________________________________________________________________________________________________________________________________________________________________________________________________________________________

Mirada de caracol, ¿has visto sus pequeños ojos giratorios? (Todo tiene su consecuencia, estás aquí para experimentar lo que no comprendes).

 

Nadie dijo que robar un tren fuera divertido. ¿Puedes realmente percibir tus equivocaciones? Si hay silencio, ¿Te toca a ti decirlo?, ¿si está vacío el tren?, ¿si la noche desaparece demasiado temprano?, ¿si el día sorprende tu robo? Desfiladero: una roca dócil si escuchas. Rueda al umbral, el centro de la cañada. Caña santa, cañaveral. Añade añil y despeja tu ceño. Briceño o brillan leños. Sueño de un ladrón ciego. (Cómo decirlo si es temprano, es temprano en el mundo para hablar de ti y de mí). Respira confiado aún de noche.

 


 

Diario de Poemas Incómodos

 

17/06

Mancha de delfines. 250 o más, 221. No podía ser una mancha de pescados pues aún se movían. Cuenta regresiva. Dijo. Tienes cuarenta días de nacida. A los cuarenta días de nacida mi padre acerca más el avión al agua. Mira con atención. Tiene ganas de saber qué dice el Dr. Gutiérrez porque ya le trae ganas a mi madre. En ese grupo de delfines varios son pareja. ¿Dónde aprendí a contar sólo impares? Sietemesina. Bajar del aire, acercar la máquina. Nunca sentirte tan insatisfecho. Tienes el control sobre el volante. Sigues aquella mancha y tu mancha… No sabía que leería tu primera carta escrita para mí. Un día fui a meditar con mi tía Rosy. No estábamos como tú en Guaymas. Nos paramos frente a un terreno baldío que daba al mar. Un cerro alto cerca de La Quebrada. Cuando abrimos los ojos lo vimos ahí. De un salto abrió el entrecejo.

Cuando íbamos llegando a Santa Rosalía, vimos desde muy alto unas manchas de peces en el mar y nos bajamos unos centímetros sobre el agua… ¿Sabes qué eran? Puros delfines. Y daban algunos saltos que no te puedes imaginar. Eran unos 250 o más. Estábamos volando tan bajito que vimos varios tiburones y no me lo vas a creer, vi también tres ballenas gigantescas.

A cien metros sobre el nivel del mar: Una mancha sobre mi labio inferior. Una mancha en tu pierna derecha. Cuando el lenguaje no logra ver el fondo. Ni la memoria dar el salto alado.

El vuelo bajo de mi padre y su hallazgo. Los días en que quisiera que también una mancha me alegrara. Mi perra es una mancha que ladra, inventa riesgos donde no los hay y confunde ballesta por espada. Escritura por un tajo de memoria. Recuerdo y envidia por oficio. Volar bajo. ¿Sabes por qué amas el sonido de las avionetas? Escucha, por allá anda tu padre. Tú también como los pájaros. No sigas las huellas de tu padre alado. De lado. Nadie tiene una mancha cerebral. El signo de alguna derrota.

Dije: Cuando íbamos a Guaymas no esperábamos esa sorpresa. Hay días especiales. Lo importante es saber bajar el avión. Comandarlo. Vimos una cantidad de soles. Cuántas cosas llenaron nuestros ojos, era un joven afortunado. Y tú, sólo debes subir la vista 100 metros: Los mil riesgos del cielo.

 :

 :

:

23/01

Autorretrato. Mi mano parece un muñón. Me recargo. Quisiera decirte que algo sale de mi frente, pero el espejo convencional me aprisiona. Te diría que veo algo enorme en mi garganta y que no puede salir mi confesión.

Traigo una mascada de flores azul rey que perteneció a mi abuela. He hecho tres intentos a lápiz y tinta china, ninguno de los tres te habla de este agujero. Lo que hay no nació para lacerarte pero se abre como una gran orquídea blanca que te recuerda al sexo de la mujer. Esta orquídea natural florece una vez al año. Nunca te darían ganas de cortarla.

Leí que a un joven le cortaron la garganta de camino a casa. La forma de esta flor es una invitación. Sólo ese gran misterio visual que invita a los insectos. Lo que no hice fue pintar ninguna de mis canas, ríos descendentes que como rayos del sol se ven sólo cuando hay polvo.

¿Por qué deseaban pintarse los maestros? ¿Descubrían alguna visión interior?

Mi boca está más cerrada, debe ser por la presencia en mi garganta. Te diré todo siendo la mudita: Siete mudas de ropa y sólo las vi de reojo.

Esta orquídea atada con un hilo a cosas interiores: la lengua amenazante de un ganso, tiro y sale un cabello rojizo largo, después el número siete y un pañuelo azul.

:

 :

:

13/01

Un jardín poco cuidado en la garganta. Intenso brillo de buganvilias. Conversaciones que han transparentado de más esta casa. Vacío. La boca de un ganso amenazante. Su lengua un órgano parecido a una serpiente. Secreta un flujo amarillento. Engañas sobre tu propia excitación. Salidas fáciles para escribir alrededor del poema. Jamás debes fijar esa turbulencia. El tubérculo enmarañando de tu boca. Ese niño se masturbaba con un hígado fresco que su madre le mandaba comprar a la menudería. Al ganso también lo alimentaban para que le creciera el órgano.

A mí me gustan las avellanas sin pelar. Me gusta su piel rayada. Aquí no hay enfermedad, sólo dolor. Hay que dejar que eyacule, que se venga. Quisiera preguntar cómo, de qué forma se tuercen en el orgasmo. Torsión, energía liberada en la garganta. Verborrea blancuzca. Nadie debe condenar esta torcedura. Mis tobillos a veces aguantan la crítica, pero verte con esa cara… Curva sobre tu cintura, estremecimiento. Nervadura de un cimiento tácito. Nacimiento y reiteración. Coloco este órgano frío en mi entrepierna. No estoy para nada pendiente de la muerte. Del ofrecimiento de este gran animal. El deseo tiene tamaños distintos. Pero qué asco, date la vuelta, guarda tu intimidad.

Vibra la lengua del ganso amenazante.

Lo que trae consigo: su única posible defensa. ¿Por qué secretas eso? ¿Pudiste hundir tu mano sin vacilar? Protuberancia errante, secular. Nuestro espíritu preso en la carne. Qué formas tan extrañas de arrastrarnos. Nuestra circunstancia obra de tales modos. Qué tallas tan apretadas. (Debo amar el cuerpo de mi madre). Hay que ajustar la ropa del texto al cuerpo de este espíritu incómodo. Decía el I Ching: un examen estricto y continuo de tu persona:

No soy un ganso doméstico.

No tengo buenas costumbres pero así me amo.

:

:

:

Kenia Cano. Distrito Federal, México, 1972. Algunos de sus libros de poemas son: Acantilado (2000), Oración de Pájaros (2005), poesía y pintura de la autora, Las Aves de Este Día (2009) y Autorretrato con Animales (2013). Entre sus libros de artista, donde se combinan lo visual y lo textual, se encuentra Imágenes para la boca inquieta de mi padre, (2016). Ha expuesto obra pictórica en México, Francia y Estados Unidos. Poemas suyos han sido traducidos al francés, al inglés y al rumano. Su libro más reciente es Un Animal para los Ojos (2016) publicado por Monte Carmelo y la Universidad Autónoma de Querétaro. La imagen que ilustra este post es un collage de dibujos de la autora publicados en la revista El Humo.

Contenido relacionado

Archivo

introduzca su búsqueda