Kurdistán

Juan José Rodinás

 

 

Capítulo I

EL REGRESO DEL MINIATURISTA

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Usas una tijera de sastre y abres la cortina para mirar el cielo: antigüedad o pájaro hechizado. Esa cajita que solo revela su milagro si es completamente destruida. Brillo: la luz sobre el ojo de un ganso. Y el pájaro soñando el cielo de su muerte. Canciones: las que cantaba mi abuela Greis cuando cosía. Sí, para bordar una pequeña mariposa en una esfera que estalla en rayones de pólvora. ¿Cómo sabe la ruina el lado fiel de este dibujo, mi escritura ignorante tras los surcos del árbol a buscar mi límite? Un ojo para ver el vacío llevándose quién sabe. Árbol besado desde dentro, ¿cómo vas a crecer si no te perteneces ni a ti mismo?

Heslington, el cielo de York,
Pequeño dibujo de la muerte, enero de 2016

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Raíz du Bouchet (un árbol invisible)

Algodón madre:
la foto de mi cabeza oscura
y una lámpara que acumula vacío tras mis ojos.

Como arrojar la mano y esconder la piedra.
Un aeropuerto para salir del mundo.
Un mundo para salir de mí.

Este lugar donde escribo una cápsula:
hotel de mis heridas y un vaso de carburo.

Doblo mis manos y las guardo baja la piedra negra
y el corazón del caballo que me mira dormir desde pequeño.

Alguien es la melena de un hombre arrodillado,
un rostro en mi casa de niño que dice a la hormiga del pasto,
«transita, Mi Señor: el universo alcanza para ambos».

Alguien. Algo.
Amarillo sin dónde,
………….carretera sin rostro,
retorna corazóncabeza a donde no perteneces:
sé que alguien, lejos de mí, te espera.

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Fotografía que tiende a devorar su paisaje (copyright Timothy Steele)

«Nieve sobre copos de nieve» nunca es redundante.
El color blanco en esta escena es un misterio herido.
Hay un fonógrafo entre las sillas del patio.
Irreal, pero mío.

No hay nada que baste
para inundar el caballo que entristece las piedras del jardín budista.
Canciones, baladas, trovadores.
Abres tus nudos negros sobre la cama tendida.
Te describes como perdido.
Te abres la casa que no tienes.
Te inundas con un mar que no abres.

«Bonito», te dice la muchacha, corazón de topo y ciruela triturada.

No tienes álamo sin fin, piecita llena de carrizos cortados.
Me perdí hacia dentro de este árbol de escaleras y huesos.
Hoy admito que mecía relámpagos con una cucharita.

Soy mis últimos años,
mi guión tiene hojas y dos días de viento.
Alguien lleva mi nombre.
……………………………Un extraño sentía.

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Capítulo II

LA MUERTE DE UN PAISAJE

 

Esparces sobre tu cara papelitos de fósforo. Luego, no le pidas a un muerto que regrese con máscara de pájaro. Dilema: es dragones rojos que vigilan tu sueño están extintos. Enigma: el laberinto inicia cuando alcanza su fin y el paraíso es mi válvula de escape hacia un grabado negro sobre un cuaderno blanco. Fábulas: un globo rojo sobre el cielo que un niño que no existe lleva. Pero te vas volando. Al quemarse, mi cráneo es una manzana triturada, pero respira todavía niebla entre rosas de plata. Una visión de alces que trepan rascacielos podría parecer estúpida, pero ¿y si estamos viendo vertical un mundo que es horizontal? Por eso te digo que las hormigas ahogadas en tequila negro son las únicas que pueden explicarnos algo sobre la vida. Hay flores que se llaman nomeolvides: jamás te daré esas. Y, claro, al final del camino, una dentadura postiza está en el frasco, sola.

Cardigan Road, Leeds, cualquier lugar del mundo

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Canción del alquimista de rostro deformado

Este es mi segundo momento.
Este es mi momento dentro del momento:
una isla de alambre en una taza para niños gigantes.

Miro mi rostro: como tazón de picadillo
devorado por ratas con orejas de niña.

Aquí la vida es un órgano extraño
sobre la sangre del cielo. Sangre contaminada, desde luego.

Parásitos en forma de aviones. Por eso,
este dibujo no sabe qué hace. Si río,
este dibujo mastica un guijarro y lo escupe en mi rostro.

Lo que en realidad sucede no es la vida
porque mi vida entera ha sido preguntarme
si esto era un programa informático (o un sueño).

Hoy decidí que la pregunta no tenía importancia.
Un páncreas enfermo quizás sí la tiene.

Al fin y al cabo,
las respuestas están por todas partes.

Digamos:

1.- El gorrión obeso en el maizal.
Pregúntale si mañana despertará en mis ojos,
si veré su cabeza recortada en la nieve.

2.- Me denuncio en mi libro de agua.
Leo ese libro y lo destruyo.
Soy el río destruido que escapa hacia mí.

3.- Soy un monigote de trapo con el ojo vendado
Admiro las batallas que no tuve.
Admiro el ojo que coloqué sobre la mesa.

4.- Digamos que no pude decirte nada maravilloso.

5.- La estrella del etcétera es tuya, pero sin , digamos.

6.- Etcétera es lo único importante, lo único imposible. Etcétera.

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La cámara de Tziga Vertov sigue filmando sola

Si yo pudiera mirar la casa que tengo en frente.
La casa donde el gorrión espera
que el gorrión regrese
cuando yo,
mi cabeza en el agua,
perdido en alguien,
nunca en mí, regreso.
Si este ojo fuera mi ojo,
estaría mirando,
frente a frente,
realidad miraría,
aunque fuera sólo
una forma exterior del vacío que arrecia.
Si algo viese
vería una cabecita de trapo esperándome,
como si la hubiese sostenido mi hija,
como si la casa estuviese vacía para siempre.

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Capítulo III

CORAZÓN KRAKEN

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Estaciones de tren: caballos que despiertan dentro de frascos llenos de cera negra y metileno. Como si hueso y carne no fuesen substancias diferentes  apareces, paisaje: escalera de nieve, reactor nuclear en un desierto, almacén de chatarra. Como isla de pernos y circuitos en cuyo núcleo las orquídeas se mancharan de letras como espuelas de acero, un kraken siente. ¿Qué es un kraken? Pájaro: llegan noticias del subcielo. Quito: mi casa, mi país sin nadie. Risa: lo que dice el corazón cuando no sabe. Un kraken sube hacia la superficie de la tierra, donde mi rostro es rostro, donde mi rostro es hambre y lo destruye todo. Yo me niego a moverme. Solo registro los detalles.

Picadilly, Manchester, abril de 2016, cualquier lugar del mundo

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Rapsodia Ludwig Wittgenstein: feat. Héctor Lavoe

¿Un objeto curioso?
El movimiento de los autillos sobre el río.
¿Sabías que los búhos son aves nocturnas?
Un ojo parpadeante.
¿Acaso tienes vista biónica?
No, pero vivo en un mundo mágico donde todo es posible,
donde todo está hecho de bonitos colores.

Sí, pronto llegará el día de mi suerte.
Sí, pronto rezarán los acuchillados mientras corren por la calle.
Alguien introdujo también su propio estilo,
a la hora de recibir paisajes con ciruelas cortadas
y obsequios navideños.
También a la hora de salir a fiestas con jeans descoloridos
con muchachas con zapatos de tacón y cerquillos horrendos.

Eras un nerd sentado en la esquina de la fiesta: solo.

Solo y, sin embargo, una cabeza -con un balde a manera de casco-
viene desde el olvido.
La noche es un balde con aceite quemado (y dientes luminosos).
Hay un símbolo judío sobre su lengua rota.
Crece un octubre de erizos en la pista de atletismo
donde corremos en un invierno que ya dura semanas tras semanas.
Siempre fue fácil decir: «no valgo nada».
Tener quince años a los treinta y cinco resulta, en fin, ridículo.

(En mi caso es, también, sincero).
Juego a ver, si es posible, inferirme algún daño.
Además tengo frío, ligamentos, cosas.
Ligamentos o algo inadvertido.

Una incógnita.
Una avispa de ácido lisérgico en una vena de lenguaje
desprende un mapa de New York sobre una carta de póquer.

 ¿Qué es esto, Ludwig Lavoe?
Utilizo mi cuerpo para vencer al cuerpo.
Utilizo mi lenguaje para destruir mi lenguaje.
Luego, disminuyo el ruido extremo.
O elijo el menor ruido posible.
Yo quise ser mi límite,
pero son los otros, sus cabezas enormes.

Debí abandonar mi casa, bajar una escalera.
Tengo problemas de movilidad, pero en cambio
fui aficionado a quebrar cabezas, pero bajé las escaleras y,
luego, las dispuse bajo un cielo abstracto.

¿Qué es esto, Ludwig?
Últimos meses, los viajes, llorar solo.
Una tarde de aerobics en lugar de whisky.

¿Para qué?
Quizás mover inmóviles los ojos sobre una cama vieja.
Una sesión de sueño, pero de horas seguidas, por ejemplo.

Así, mi edad como un auto destrozado
contra una casa de gente adinerada.

Se amplía la memoria
como un terreno de álamos en suave balanceo
cada vez que pronuncio: «un árbol es un río».
Pero ya no hay ríos.

Cuánto más se esfuerza el hombre
en memorizar nueve árboles,
más fácil tiene su cerebro para fijar la nada.

Juanito Alimaña— ¿dónde está tu vida?
Es un gato viejo festejando su cumpleaños.

Mejor no salir de mi casa.
Toda calle es una autopista hacia el vacío.
Todo hombre es una autopsia retrasada.
Fíjate en los detalles de tu cuarto.
El yo que es uno y nadie, por ejemplo.
Una crisis de identidad y de figuras:
un patio con manos cercenadas.
Eres un punto menos en la tierra.
Eres un punto menos en un punto.

El viento barre la geometría de un sujeto vacío.

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Capítulo IV

DRAGÓN + TRUCHA = ELEFANTE

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La casa donde nací se filma frente a mi ventana: cuando ya no estoy en el mundo. Soledad: el chico que no sabe bailar, pero baila. Tetris: la vida como un muro donde cada instante podría destruir mis recuerdos y sería un milagro porque acumularlos solo trae la muerte. Universo: el bonsái que cuidaba y los juegos de mesa donde llovían escaleras de nieve. Voltaje: una pequeña mariposa eléctrica se ha posado en tu sueño. A lo lejos, una rueda moscovita y juegos pirotécnicos. El mundo ha venido a visitarme llamándome desde algunos juguetes. Tableros de mesa desde donde yo existo (una balada para los hombres que ocultan laberintos entre su corazón y su cabeza). Aquí las personas gigantes de ojos muertos no pueden destruirme porque los árboles con brazos se han puesto a jugar conmigo una serie de recreos infinitos, de curiosas parábolas. (Aunque ese niño haya muerto, esos árboles que no saben mi nombre respiran para mí).

Hyde Park, Leeds, junio de 2016, cualquier lugar del mundo

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Teoría del Xiangqi: verás un hombre rojo dentro de un hombre negro y verás al revés

Todo será saqueado por un rey sanguinario.
Todo lo mío será de otro y también mío.
¿Por qué nadie me enseñó esto?
Un juego chino me lo enseña:
donde las fichas son silos de sangre
en un cielo de dados que no caen.
En el centro de cada costado del tablero
hay una fortaleza de 3 puntos,
donde se encuentra el Rey Sueño.
Allí el río divide mi tablero.
Por ese cauce hablo también de mi enemigo.
Este que yo sin yo.

Sobre la muralla, un dron vigila el movimiento de las nubes.
Hay un río donde los búhos meditan.
Hay caligrafías sobre los tallos de bambú.

Frutos rojos y negros salen de la irrealidad
y son un elefante de ojos locos
que protege el palacio de jarrones y vasijas de acero.

Es otro tiempo en la casa sin tiempo.
Te invité aquí a jugar «despedida», pero has venido a quedarte.

Un estudio de mi mente
dice que China abrirá su río entre dos provincias de flores desangradas:
el Tao, un hombre que, a veces, se convierte en galaxia
y
el Tao, un hombre que, a veces, se convierte en un río pequeño.

Todo ese amor es práctico.

Según un verso publicado sobre una ortiga de diez siglos,
China es el río, la bicicleta y el jarrón de porcelana
donde un hombre sumerge su cabeza hasta desintegrarla.

La muerte respira dentro de cada cosa.

El Tao es la noche que mueve las flores en el ojo
y protege al general del fin del mundo.

Todo es ejército cuando los árboles tienen pesadillas.
Un río esconde el fin del mundo.

Ambos orillas son la misma orilla.
Hay que cruzar el río, pero el río no existe.
Yo destino mi energía a olvidar
que las analectas sueñan cañones apuntando
a una pared semejante a mi vida.

Un elefante come la soja y los campos de cobre.
Un elefante come las flores elefante.

El cañón dispara hacia los niños que corren para ahogarse en el río
(rojos, negros, niños ahogados, es lo único que tiene sentido).

Y mi caballo lentísimo que habla para explicar donde se acaba el río.

Pero no cruza el río. Un carro recoge los animales que abren campo
entre las fábricas de microchips y los parking lots abandonados.

Una flor roja.
Una flor negra y roja.

Te compadezco, futuro: una muchedumbre de niños esqueletos
corre gritando hacia ti.

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Juan José Rodinás. Ambato, Ecuador, 1979. Actualmente, cursa un doctorado en Estudios Hispánicos en la Universidad de Leeds. Ha publicado: Los rastros, Viaje a la mansedumbre, Barrido de campo, Código de barras, Cromosoma, Estereozen y Anhedonia. Además, ha reunido su trabajo en antologías personales como Los páramos inversos o 9 grados de turbulencia interior. Como traductor publicó Una cosa natural. Veintinueve poetas norteamericanos. Sus poemas han sido incluidos en libros como: Poesía de Ecuador (2009); Bandadas (2014); País imaginario (2014); Equinoccio (2015); Línea Imaginaria (2016) y recopiló junto con Luis Carlos Mussó el libro Tempestad secreta. Muestra de poesía ecuatoriana contemporánea (2010).

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