«La ciencia en la poesía de Palomares»

Por José Iraides Belandria

Tuve la oportunidad de conversar con Ramón Palomares sobre algunos temas de la ciencia mientras caminábamos en los alrededores de los jardines de la Hechicera en la ciudad de Mérida durante el año 2001.

En esos encuentros, casi semanales, nos hicimos amigos y me dedicó el libro «Lobos y halcones» (Palomares, 1997), una antología de su obra poética editada por el Fondo Editorial del Ipasme, en cuya portada escribió, entre otras palabras: En los gratísimos encuentros donde aprendo otra perspectiva —la suya— de su querida ciencia.

Esa otra perspectiva de la ciencia a la cual se refiere Palomares era la teoría de la relatividad, la mecánica cuántica, el átomo, la termodinámica, la cosmología y otros temas.

Del texto de la dedicatoria podemos inferir que Palomares tenía una aproximación y un conocimiento particular de la ciencia, que permea sutilmente algunos de sus poemas.

Cuando leemos «Voces en el jardín botánico» y algunos textos de «Alegres provincias» llegan a nosotros sonidos lejanos de las voces latinas de Karl Linneo, el precursor de la moderna taxonomía biológica. Percibimos la nomenclatura binomial del género y de la especie que nombra los numerosos seres que pueblan la tierra.

Oigamos las «Voces en el jardín botánico»: Te llamo Palmera Cornigera / Te digo Palmera de Corazón / Tu nombre es Palmera de Piernas Cortas /Palma Latania / Palma Cabellera que Vuela / Palma Augusta (Palomares, 2010, p.180).

O los textos de «Alegres provincias»: De las plantas del Valle de Caripe. / El Caladio Arbóreo que siempre está nublado / La Micrania Unicrania, contraveneno como el Guaco del Chocó / La Bauhinia Guarapa que arroja sus ramas y las bate estrepitosa (Palomares, 1988, p.12).

También, en «Alegres Provincias», se percibe su interés por las ciencias naturales y expresa su afecto por la botánica: ¿Pero fue acaso en Gotinga, luego del tiempo inglés cuando se despertara mi pasión botánica…? / ¿Fue allí donde aprendí sobre las plantas milagrosas? / Y las amorosas familias vegetales que se saludan de costa a costa desde Malabar hasta Recife (Palomares, 1988, p.10). Allí, siguiendo las huellas de los viajes de Humboldt a las regiones equinocciales del nuevo continente describe poéticamente mares, ríos, piedras, rocas, mantos de corales, dragones, peces, ballenas, serpientes, pájaros, monos, tigres, arboles, raíces, hojas, musgos, helechos, cocoteros, hombres, indios… se aproxima a combinaciones químicas: una sal erosionada golpeaba el agua y la espesaba con caldos de oxígeno (Palomares, 1988, p.8). Recuerda las fuentes químicas o las pilas de la electricidad de Alejandro Volta: Hay sabios aquí enterrados en una capa de óxido, y aún así afortunados y geniales como para proveerse de sus rayos sin acudir a Volta (Palomares, 1988, p.31). Se acerca a la astronomía escudriñando a los cielos y a las constelaciones del hemisferio sur: Se levanta la constelación del Navío / ascienden las nebulosidades fosforescentes de Magallanes / escribo hacia el fondo de una arboleda, las piedras / siguiendo una luz misteriosa, el río bordeando largas sombras (Palomares, 1988, p.32).

En otros contextos de su poesía, Palomares se aproxima a la temática del espacio y el tiempo que constituyen la base epistemológica del conocimiento científico universal. En particular, podemos observar que el tema del tiempo es recurrente en muchos de sus poemas. No el tiempo impasible e independiente de la existencia humana como el tiempo de Newton o Aristóteles, sino el tiempo relativo, subjetivo, de Einstein, San Agustín o Bergson. Esencialmente, es el tiempo que se dilata y contrae según las emociones, ilusiones, anticipaciones y expectativas como el tiempo subyacente en la teoría de la relatividad de Einstein. En poemas como «Baile», «El Jugador», «Las comedias y los días» y «La esposa», el tiempo relativo parece humanizarse y se involucra en el frenesí de la acción poética. En estos poemas, las horas, los días, las noches, los meses y los años se expanden, se estremecen, se encogen, se mutan y se dilatan como una metáfora elástica recorriendo la suerte de los hombres.

En «Baile», el fragor de las horas de la noche marca las emociones en las trepidaciones de la fiebre del baile, la música, el aguardiente y las faldas de la mujer: Aquí venimos a tocar / A las dos de la madrugada tendrán brasa en la frente / a las dos y media tendrán brasa en los ojos / a las dos y tres cuartos beberán sangre en vez de aguardiente, sangre / y a los dos y tres cuartos cantarán / y a las dos y tres cuartos estarán girando, / girando a las dos y tres cuartos con un puñal, / con un puñal y una candela en la frente /…y ya irán a ser las tres y el círculo estará muy estrecho,/…y ella es una gallina que corre debajo del ala del gallo,/ y ella se despliega y se le sube la falda (Palomares, 1979, p.81).

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Similarmente, en «El jugador», las mujeres, el oro, la risa y las excitaciones del juego están marcados por las horas de la tarde y la noche que van y vienen sin tregua… Y ya en la tardecita era puro de oro / y le llegaban mujeres y le ponían los brazos al cuello / y él se reía /…ya a las nueve estaba en su apogeo / y la mesa y los jugadores y los que estaban en lo alrededor / brillaban…/ y mientras más entraba la noche / más y más claro se hacía / y el tiempo iba y venía y así / hasta que todo era una gran montaña…/ entonces eran como las doce. Y el reloj / dijo a dar las doce / y al ratico no más quedaba la casa /…y desaparecieron las mujeres /…Y se fue por lo oscuro (Palomares, 1974, p.87).

En el poema «La esposa», se aprecia la sensación de la relatividad del tiempo durante el pasaje de la vida… Viértese en el vaso nupcial la juventud. / Y nos aprestan los años a lo definitivo. / El banquete se convierte en lento fastidio, / un mal gasto de horas. Se hace semejante / al minuto antes del accidente mortal. / Y después la infancia vuelve a nosotros / como la transformación del amor en odio. / Situamos frente a frente los días y las noches / nacidos recientemente y muertos por edad igual que la luz recogida en los años y la sombra de otras épocas (Palomares, 2001, p.46).

Asimismo, en el poema «Adiós», Ramón Palomares se aproxima filosóficamente a la primera ley de la termodinámica o al principio de conservación de la energía según el cual esta entidad no se puede crear ni destruir sino transformar. En este sentido el poema nos dice: Llovió y ha vuelto a llover / y cayeron las hojas y el sol las abrazó y el viento vino / y arrancó las hojas y sonó la hojarasca y otra vez cayeron las hojas y el sol las abrazó y vino el viento / y el rocío se hizo en la hierbas y se fue / …y un hombre encontró su pareja y se amaron y el hijo que / nació encontró su pareja y la amó / y el hijo que de allí naciera encontró su pareja y la amó y de / allí nació un hijo / y el hombre murió y volvió otra muerte y se llevó otra vida y / otra vida se apagó al entre tanto / Y vinieron hermosas costumbres y cambiaron las / viejas costumbres y otras costumbres y modales se cambiaron y / se levantaron templos prodigiosos y los templos prodigiosos se / fueron y llegaron nuevos templos prodigiosos / y se levantaron los ídolos todos de metal noble y refulgente / y dieron vuelta y otro rostro cubrió el rostro de ellos / y otra vuelta cambió este rostro por otro de otra forma / y el polvo hundió los ídolos y salieron flores del polvo y el / desierto llegó a cantar un largo silencio / y las ciudades despertaron y se durmieron y se ocultaron y / desaparecieron / y volvieron a nacer con sus comercios y sus tiendas y sus reyes y príncipes / y poetas y bellas mujeres y mártires y guerreros y sacerdotes y santos y maestros / y muchachos atarantados y viejos /…y el tiempo hembra y el tiempo varón y la vastedad toda y los / círculos de vastedad / que iban y venían a si mismo y de si mismos alejándose … y dime si dentro de ti no oyes tu corazón partir / y si de tí todo se ha ido y todo está por llegar y todo está en / viaje y todo es nuevo y vuelve (Palomares, 1974, p.87).

Otro aspecto notable en la obra de Palomares es la revelación del color en los matices de su poesía. Poemas como: «Pequeña colina», «Las comedias y los días», «Palabras del actor», están poblados con imágenes asociadas a colores como si la absorción, reflexión y difracción de las vibraciones luminosas de la luz se combinaran con las palabras y entidades de la naturaleza.

En «Las comedias y los días» , la relatividad del tiempo de los meses se tiñe de colores y emociones según las ocasiones del teatro de la vida: todos los colores son trágicos / desde la barba púrpura que señala los días de sol / hasta el azul, denotador de los mares /…no se representa en diciembre con trajes amarillos /…de estas maneras cada época alumbra en los soles del mes sus propias flores / y conoces que aquella que se jacta de su olor y brillos en junio / no tendría iguales condiciones por noviembre /…la aguamarina familiar a Capricornio /…caeremos de rodillas en octubre /…haremos una rama de fuego en las juventudes de febrero /…Celebramos alegres nupcias en abril / adorando la margarita /…Después será la danza por campos de julio y del agosto / que ya pesan al calor de más de un incendio /…porque en octubre la moda dicta muertes de violencia / mezcla de azules de tempestad /…hasta llegar al color cardenalicio semejante a los vientos oscuros sobre el tejado /…Y por último un tulipán negro es la señal de representación / y nos verías de riguroso luto / o bien cerrados en blanco /…pendientes de la tragedia donde todos los actores están condenados (Palomares, 2001, p.94).

Con una connotación diferente, «Pequeña colina» parece un arco iris de palabras, en el cual los principales colores constitutivos de la luz blanca se aprecian en forma tangible o alegórica. Casi se percibe en un lenguaje poético, que los rayos del sol atraviesan los prismas diminutos de una tenue lluvia difractando estos la luz del sol y componiéndola en sus colores constitutivos: rojo, anaranjado, amarillo, azul, verde, añil y morado. En el poema, el color verde subyace en forma simbólica en la imagen de la colina, y se manifiestan además los elementos naturales que aseguran la existencia del arco iris como la luz, el sol, la llovizna, el arroyo, el río y las nubes. Observemos el fenómeno y los colores en los siguientes fragmentos: pequeña flor blanca eres, / así te diría quien lave su cabeza bajo el sol. / Pequeña colina que duerme. / Pequeña colina echada como una gallina. /…Ponte cinco flores en el cabello: / Flor roja para sonreír. / Flor azul para tu amor, para abrirte tus senos y darlos…/ Flor morada para llorar como una llovizna triste. / Flor amarilla para cantar con la luz. / Flor blanca, flor blanca, flor blanca. / Esta última para que una ilusión ande en ti como la nube. /…bebe agua en el arroyo, lejos, donde van los perros de caza. / Pequeña, como las piedras de los ríos tú eres (Palomares, 2010, p.175).

Como una anécdota, es pertinente señalar, que en el año 2007, la Universidad de Los Andes publicó mi libro «Arte y Ciencia» (Belandria, 2007) en el cual aparece esta reflexión y otros comentarios presentes en este ensayo. En esa ocasión, le obsequié mi libro a Palomares y comenté algunos detalles sobre la presencia de los colores en sus poemas y la explicación científica del origen del color. Aproximadamente, le expresé, que según las teorías existentes, cada color es una onda electromagnética con una cierta longitud y frecuencia de onda. De esta manera, cuando la luz blanca compuesta por los colores visibles rojo, anaranjado, amarillo, azul, verde, añil y morado, intercepta un cuerpo, este, dependiendo de su estructura atómica, exhibe un color específico cuya vibración y longitud de onda está relacionada con las vibraciones de los átomos del cuerpo. En otras palabras, cuando la luz incide sobre un objeto cuyos átomos están vibrando con una cierta frecuencia, el cuerpo absorbe aquella porción de la luz correspondiente a la frecuencia de vibración del objeto, y refleja y emite el resto de las ondas luminosas cargadas con el color del cuerpo. Ante este comentario, Palomares dijo: ¡Caramba!, profesor, siempre pensé que los colores salían por las aberturas de los átomos… Simbólicamente, la imagen es correcta, respondí.

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Referencias.

Belandria, J.I. (2007). Arte y ciencia. Mérida, Venezuela: Publicaciones del Vicerrectorado Académico de la Universidad de Los Andes. Colección Ensayos.
Palomares, R. (1974). Adiós Escuque. Mérida, Venezuela: Ediciones de la Universidad de Los Andes. Cultura ULA. Dirección de Publicaciones. Colección Actual.
Palomares, R. (1979). Paisano. Caracas, Venezuela: Ediciones de la Dirección de Información y Relaciones del Instituto Nacional de Cooperación educativa INCE.
Palomares, R. (1988). Alegres provincias. Caracas, Venezuela: Fondo Editorial Fundarte. Colección Delta N° 25.
Palomares, R. (1997). Lobos y halcones. Caracas, Venezuela: Fondo Editorial Ipasme.
Palomares, R. (2001). El Reino. Caracas, Venezuela: Monte Ávila Editores Latinoamericana.
Palomares, R. (2010). El Reino, Paisano, Adiós Escuque y Otros poemas. Mérida, Venezuela: Ediciones de la Universidad de Los Andes. Dirección General de Cultura y Extensión. Colección Actual.

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José Iraides Belandria. Mérida, Venezuela, 1947. Ingeniero Químico con posgrado en Ingeniería Química y profesor titular  jubilado de la Facultad de Ingeniería de la Universidad de Los Andes. Coordinador de  proyectos de investigación sobre termodinámica, reactores químicos, catalizadores, petróleos pesados,  contaminación ambiental y relaciones entre arte y ciencia.  Autor de los libros: Termodinámica. Historia, Leyes y Reflexiones; Termodinámica de los Hidrocarburos;  La Mecánica del Petróleo; Lecturas Termodinámicas, Arte y Ciencia; y Relatos Cuánticos.  Ha publicado artículos de carácter científico y humanístico en revistas nacionales e internacionales. Participante y conferencista en eventos científicos y humanísticos en diferentes instituciones. Recibió el premio Francisco de Venanzi de la Facultad de Ciencias de la ULA,  y  fue propuesto al premio Nacional de Ciencias por la Facultad de Ingeniería de la Universidad de  Los Andes.

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