La degollación de los inocentes

W. H. Auden

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H E R O D E S

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Estoy perplejo porque tengo que decidir y porque mi decisión debe ser con­forme con la Naturaleza y la Necesidad. Comienzo por prestar homenaje a aquellos por quien mi naturaleza es por necesidad lo que es.

A la Fortuna —porque me ha hecho Tetrarca, porque me ha librado de los atentados, porque a los sesenta años mi cabeza es lúcida y mi digestión perfecta.

A mi Padre —porque me proporcionó los medios para satisfacer mi amor a los viajes y al estudio.

A mi Madre —por la nariz aguileña.

A Eva, mi ama de cría —por mis hábitos regulares.

A mi hermano Areias, que se casó con una trapecista y murió alcohólico para refutar así la posición de los Hedonistas.

Al Sr. Haz todo, que me inició en los elementos de geometría, con los cuales me fue posible comprender los errores de los poetas trágicos.

Al Profesor Farol —por sus lecciones sobre la guerra del Peloponeso.

Al extranjero que conocí a bordo de un viaje a Sicilia —por haberme recomendado el ensayo de Brown sobre la Decisión.

A Menina Botao, mi secretaria —por haber reconocido que mis dis­cursos eran inaudibles.

No hay ningún desorden visible. Ningún crimen — ¿qué habrá más ino­cente que el nacimiento del hijo de un carpintero? Hoy ha sido uno de aquellos días perfectos de Invierno, fríos, luminosos, profundamente tranquilos durante el que los ladridos de un mastín de rebaño se oyen en leguas y leguas, y las grandes y agrestes montañas crecen hasta las murallas de la ciudad, y el espíritu se siente intensamente despierto, y esta noche, en cuanto me demoro en el bal­cón, en lo alto de la ciudadela, no hay nada, en todo el magnífico panorama de planicie y montes, que denuncie por qué el Imperio está bajo la amenaza de un peligro más terrible que una invasión de tártaros en veloces camellos o que una conspiración de la Guardia Pretoriana.

Los bateles descargan adobo en los almacenes del río. En las posadas hay frutas, sopa y bocadillos a precios asequibles. La separación de los cultivos se popularizó. La carretera de la costa atraviesa las montañas y ya no llevan es­pingardas los conductores de camiones. Las cosas empiezan a estar organiza­das. Hace mucho tiempo que nadie roba los bancos del jardín ni mata los cis­nes. En esta provincia hay niños que nunca han visto un piojo, cambistas que jamás tocaron una moneda falsa, mujeres de cuarenta años que nunca se escon­dieron en un vallado, como no fuera en broma. En veinte años conseguí cam­biar algo. Pero no es suficiente. A pocas leguas de aquí hay aldeas donde aún creen en las brujas. No existe una sola ciudad donde una buena librería sea ne­gocio. Las personas capaces de resolver el problema de Aquiles y la Tortuga, se cuentan con los dedos de una sola mano. Aún estoy en el principio. En veinte años el oscurantismo apenas fue repelido unos pasos. Y es aquí, a pesar de todo, aunque el Imperio tiene millares de leguas cuadradas, donde es posible vivir una Vida Racional. Una frágil mancha de luz comparada con las áreas inmensas de noche bárbara que la rodea por todos lados. Esa incoherente salvaje­ría de rabia y terror, donde los idiotas mongoles son considerados sagrados y las madres que dan a luz gemelos son inmediatamente muertas, donde la malaria es tratada con gritos, donde los guerreros de soberbio coraje se someten a las órdenes de videntes histéricos, donde las mejores raciones de carne son reser­vadas para los muertos, donde si se ve un mirlo blanco jamás trabaja nadie en ese día, donde acreditan firmemente que el mundo fue hecho por un gigante de tres cabezas o que el movimiento de los astros es controlado por el hígado de un elefante vagabundo.

Y con todo, en el mismo centro de esta mancha civilizada donde, sabe el cielo a costa de cuántos dolores y sangre, se consideró innecesario, a cualquier edad superior a los doce años creer en las hadas, o en que las causas primeras residen en infinitos y mortales objetos, tanta gente aún siente añoranza del desorden en cuyo seno las pasiones gozaban una licencia frenética. César se re­fugia en su pabellón de caza perseguido por el «ennui», y en los suburbios de la capital la sociedad se torna selvática, corrompida por las sedas y los perfu­mes, ablandada por el azúcar y las aguas quietas, se vuelve insolente por los teatros y por las esclavas seductoras y, en todas partes, incluyendo esta provin­cia, todos los días brotan nuevos profetas pregonando la vieja cantiga bárbara.

Lo he intentado todo. Prohibí la venta de cristales y de tablas de adivina­ción; puse un fuerte tributo a los juegos de azar; los tribunales tienen poderes para sentenciar a los alquimistas a trabajar forzados en las minas; es crimen pe­nado por los códigos el hacer danzar a las masas o el sentirse poseso. Pero nada tiene garantías de eficacia. ¿Cómo puedo esperar comprensión de las masas, cuando, por ejemplo, como sé de fuente segura, la capital de mi propia custodia usa un amuleto contra el maldeojo, y el más rico mercader de la ciudad consulta un médium antes de cualquier transacción importante?

Las leyes son impotentes para cortar la súplica primaria de añoranzas que se yergue, cada día que pasa, de todos estos hogares bajo mi protección: «Oh, Dios, aparta de nosotros la justicia y la verdad porque no la comprendemos ni la deseamos. La eternidad sería para nosotros una broma tremenda. Deja tus Cie­los y desciende a nuestra tierra de bardas y relojes de agua. Hazte un pariente nuestro. Bebe, divierte al abuelito, acompaña a la Señora a la Opera, ayuda a Guillermo a hacer sus deberes escolares, presenta a Mica un bello oficial de marina. Vuélvete simpático y frágil como nosotros y te amaremos como nos amamos a nosotros mismos».

La razón es impotente y ahora hasta el Compromiso Poético no funciona. No se admiten esas historietas encantadoras en las cuales Zeus, disfrazado de cisne, de toro, de aguacero o de lo que se nos ocurra, se acostaba con una mujer hermosa para engendrar un héroe. El público se volvió demasiado «culto». Bajo las metáforas graciosas, bajo los símbolos, presiente un imperativo auste­ro: «Vive heroicamente»; tras el mito del origen divino, presiente la grandeza humana auténtica que es una censura de su propia bajeza. Y por eso, en un acceso de furor, pone la poesía en la calle y llama a la Profecía: «Tu hermana acaba de insultarme. Yo pedí un Dios que fuese tan igual a mí cuanto fuese posible. ¿De qué sirve un Dios cuya divinidad consiste en hacer cosas difíciles que yo no soy capaz de entender? El Dios que yo deseo y pretendo conseguir debe ser un dios que pueda reconocer inmediatamente, sin que esté obligado a esperar para ver lo que dice o hace. Nada extraordinario debe haber en él. Convoquémosle ahora, por favor. Estoy harto de esperar». Y hoy, a lo que parece, a juzgar por el trío que me visitó esta mañana con careta de éxtasis so­bre las sabias faces, la cosa ocurrió: «Dios acaba de nacer», gritaban ellos. «Le vimos con nuestros propios ojos. El Mundo está salvado. No importa nada más».

No hace falta ser un gran psicólogo para estar seguro de que, si este boato no es aplastado ahora, será capaz de envenenar el Imperio en pocos años. No es preciso ser un profeta para predecir estas consecuencias.

La razón será sustituida por la Revelación. En lugar de la Ley Racional, de verdades objetivas, perceptibles por quien quiera que se someta a la necesaria disciplina intelectual, e iguales para todos, el conocimiento degenerará en tumulto de visiones subjetivas, sensaciones que la subalimentación engendró en el plexo solar, visiones angélicas engendradas por la fiebre o por los estupefa­cientes, sueños proféticos inspirados por el son del agua cayendo. Cosmogonías enteras serán extraídas de cualquier resentimiento personal olvidado, poemas épicos completos serán escritos en lenguajes especiales, los borrones de los niños de las escuelas serán considerados superiores a las obras maestras.

El Idealismo será sustituido por el Materialismo. A Príapo le bastará mudarse a un lugar distinguido y llamarse Eros, para transformarse en el queri­do de las mujeres de edad madura. La vida después de la muerte será un eterno banquete de ceremonia en que los convidados tendrán siempre veinte años. Desviada de su natural y completo escape en el patriotismo y en el orgullo cívi­co y familiar, la necesidad de las Masas materialistas, un ídolo visible al cual adoren, será llevada a corrientes enteramente antisociales, donde no habrá edu­cación que las atienda. Se prestarán honras divinas a teteras de plata, a peque­ñas depresiones en la tierra, a nombres en los mapas, a animales domésticos, a molinos en ruinas y también, en casos extremos, que se volverán creciente­mente vulgares, a dolores de cabeza, tumores malignos, o a las cuatro de la tarde.

La Justicia será sustituida por la Piedad como principal virtud humana; y cualquier recelo de castigo se desvanecerá. No habrá sacripanta que no se feli­cite: «Qué pecador no seré para que venga Dios en persona a salvarme. Qué hombre de los diablos no seré». No habrá tratante que no argumente: «A mi me gusta cometer crímenes. A Dios perdonarlos». Es cierto que el mundo está perfectamente hecho. Y la ambición de cualquier joven será garantizarse el arrepentimiento a la hora de la muerte. La nueva aristocracia será constituida exclusivamente por ascetas holgazanes y enfermos sin cura. El Diamante Bruto la Prostituta Que Muere Tuberculosa, el bandido que respeta la madrecita, la epiléptica que ama los animales, serán los héroes y las heroínas de la nueva tra­gedia. En cuanto al general, al estadista y al filósofo, se convertirán en el cen­tro de todas las sátiras y burlas.

Es evidente que no se puede consentir que suceda esto. La civilización tiene que salvarse, lo que significará llamar a los militares, como supongo. Qué horror. ¿Por qué será que, al fin y al cabo, siempre la civilización acaba por llamar a esos ordenadores profesionales para quienes es absolutamente indife­rente que sea Pitágoras o un lunático la persona que tienen orden de liquidar? ¡Oh, cielos!, ¿por qué esta desventurada criatura no nació en otro sitio? ¿Por qué no son comprensivos los hombres? Yo no quiero ser sanguinario. ¿Por qué esta gente no ve que la noción de un Dios finito es absurda? ¿Por qué es así? Y supongan, por hipótesis, que esta historia es verdadera, que esta criatura es inexplicablamente Dios y Hombre, que crece, vive y muere, sin cometer un único pecado, ¿podrá eso mejorar la vida? Por lo contrario la tornará peor, muchísimo peor. Pues significa que, habiendo mostrado una vez cómo es posi­ble esto, Dios espera de cada uno, cualquiera sea su condición, que viva una vida sin pecados para con la carne y para con el mundo. Y entonces sería cuando el género humano caería en la locura y en la desesperación. ¿Esto para mí, personalmente para mí, en este momento en que Dios me dio el poder de destruirlo? Me excuso de haber llegado a la certeza. Es imposible que Él quiera divertirse tan terriblemente a mi costa. ¿Por qué se obstinaría así conmigo? He trabajado como un esclavo. Pregunten a quien quieran. Leí todas las relaciones sin saltar una línea. Di lecciones de dicción. Raramente me dejé sobornar. ¿Cómo osa Él confiarme la decisión? He procurado ser bueno. Me lavo los dientes todas las noches. Hace más de un mes que no tengo relaciones sexua­les. Protesto. Soy liberal. Quiero que todo el mundo sea feliz. Quién pudiera no haber nacido.

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ii

S O L D A D O S

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Cuando la Guerra de los Sexos terminó por la matanza de las Ancianas en­contraron un hijo de madre soltera muriendo asfixiado debajo de ellas; alguien le llamó Jorge y ese fue el Diablo:

Le enrolaron luego en la tropa.
Jorge, mi viejo recluta,
¿Cómo fuiste a parar a la tropa?

En la Retirada de la Razón desertó en su caballo de palo y vivió a costa de un viejo hasta que se cansó de golpearlo; le rompió los lentes. Le robó el libro de cheques y la gabardina

Y después se encaminó a la tropa Jorge,
mi viejo apuntador,
¿Cómo fuiste a parar a la tropa?

Antes de la Dieta del Azúcar usaba láminas de barba y poco después desarrolló una alergia a las virginidades: descubrió un remedio de su invención que nadie quiso patentar,

Y entonces volvió a la tropa.
Jorge, mi viejo murciélago,
¿Cómo
fuiste a parar a la tropa?

Cuando acabaron las Vice—Cruzadas fue contratado por ciertos Moscovitas que experimentaban desodorizantes entre los Esquimales; cogió un constipado y fue condenado a trabajar a las minas

Pero se escabulló hacia la tropa
Jorge, mi viejo Emperador,
¿C
ómo fuiste a parar a la tropa?

Desde que la Paz fue asesinada con Honra, han tratado de la vida pero, ¡hurra! aquí viene Su Fustigadora abotonándose el uniforme; apresurado para la Degollación de los Inocentes,

Volvió al gallinero de la tropa,
Jorge, mi viejo «espada»
Bien venido seas a la tropa.

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iii

R A Q U E L

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Perros a la izquierda enseñando los dientes, zambullendo el mirar en soli­deces demasiado hondas para llenar con rosas.

A la derecha carneros sensibles dirigiendo los ojos hacia un orgullo donde no hay sueño que crezca.

En algún lugar de estas ilimitadas vastedades de delirio hay una criatura perdida que habla Otrora en el lenguaje de las llagas.

Mañana, tal vez, se descubrirá a sí misma en los Cielos,

Pero aquí el Dolor no tuerce el silencio ni en este sentido ni en aquel, ni por cualquier razón.

Y ahora ha quedado helada la tierra para siempre.

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.La La degollación de los inocentes de W. H. Auden fue traducida por Antonio F. Molina, y se encuentra publicada en nuestra versión impresa número 32.

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Gabriela Kizer

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