«La deuda familiar»

Entrevista a Deisa Tremarias, por Diana Moncada

 

La familia de Deisa Tremarias está signada por las atroces huellas de la Guerra Civil Española. Su abuela llegó a Venezuela aproximadamente en el año 1956 y, desde que Deisa tan solo era una niña las historias de la familia asociadas a la guerra poblaron su cabeza sin saber entonces que estas, más tarde, poblarían las páginas de su primer poemario, ganador este año del Premio Nacional Stefania Mosca.
Casa de viaje es la deuda familiar que Deisa asumió saldar desde uno de los terrenos en los que más sabe batallar: la poesía. El poemario condensa las reminiscencias de una historia que, a pesar de no haberla vivido de alguna manera, forjaron la mujer que es hoy. Pero, además, condensa una extensa investigación, minuciosa y dolorosa, histórica, testimonial y literaria, que dio forma a una polifonía de voces que se resisten a olvidar el pasado de horrores que les tocó vivir.

He aquí la voz de una mujer para quien la memoria es eje transversal de su trabajo poético.

 

¿Por qué te interesaste en la idea de poetizar la historia familiar?

El origen del poemario fue simplemente tener una tesis de grado. Después de no haberme aceptado dos veces un proyecto de investigación en la Escuela de Letras (UCV), decidí hacer un proyecto de creación y tener una fuente directa de cosas para hablar que era justamente la historia familiar, y que no fuese un poemario etéreo sobre el amor, la nada o el ser, sino que tuviese un sentido más terrenal como la historia de mi familia. Mi abuela desde que yo era pequeña me martillaba con que alguien tenía que escribir la historia de la familia, porque las cosas que les habían sucedido a nuestros antepasados eran demasiado pesadas como para que se olvidaran y como ella decía que no tenía el «don» de la palabra, porque aprendió a leer tarde, alguien tenía que saldar esa deuda y de ahí surgió.

¿Cómo llegaste a esas historias, cómo las  recuperaste para escribir el poemario?

Fue un trabajo que pudiese llamarse hasta periodístico e investigativo. Primero está la forma palpable de la memoria, porque yo crecí escuchando esas historias desde chiquita, pero a la vez empecé hacer un cuestionario basado en esas historias que yo recordaba, para concretar sitios y fechas puntuales y empezar a investigar sobre literatura que se había dado en esa época, así como los eventos históricos del momento y constatarlos con lo que ya tenía más cercano que era la historia familiar. Volví a entrevistar a mi abuela luego transcribí y tomé las cosas que me interesaban para comenzar a escribir los poemas.

¿Cuánto te llevó todo ese proceso?

Fueron seis meses de grabación y seis meses transcribiendo. A veces había partes muy duras en las que mi abuela se ponía a llorar o contaba historias muy crudas, que hasta yo, que no las había vivido en carne propia, me eran muy fuertes y me daban unas migrañas duras, entonces tenía que dejar de transcribir y detenerme por una semana o más para volver a sentirme con la disposición y seguir transcribiendo.

¿Qué pensó tu abuela cuando se enteró que tú ibas a cumplir con esa misión?

No se cuestionó mucho la cosa. Se alegró, no cuestionó demasiado el hecho de que esto fuera real o puro cuento que no iba a llegar a nada. Con lo del premio se consolidó el hecho para que ella creyera que la deuda fue saldada y se alegró mucho.

Para ella está saldada ¿y para ti?

Sí, creo que para mí también está saldada. Está saldada en la condición de ese «no ser» de un sitio desde siempre sino vivir entre realidades paralelas: la de la casa con la familia, y la del mundo más allá de la casa. Eran y son dos realidades muy contrastantes, porque hay tradiciones, palabras, códigos simultáneos de esa casa que no se había ido de las personas a pesar de que estas vivieran en otro lugar. Por ejemplo, de repente tú tomabas algo como normal y cuando salías a la realidad de ese mundo exterior contrastabas con eso porque no se manejaban los mismos códigos. Entonces se trata de resarcir esos paralelismos como un mismo puente que me permitiese entender cómo ir de un lado para ir a otro.

bisabuelos
«Bisabuelos», archivo familiar, D.T.

x


¿De ahí viene el nombre de
Casa de viaje, no?

Sí, porque es una casa, con todo el peso simbólico que tiene la casa y el viaje en la literatura. Se supone que la casa tiene bases y es inamovible y el viaje es eso que está en constante prueba, búsqueda y encuentro que no está asociado con algo fijo sino con algo móvil.

¿Cuánto duro ese viaje?

Cinco años, porque después de trascribir quedé embarazada  y me dije que no podía tocar eso, porque me ocupada demasiado tiempo.

¿Además suponía una confrontación emocional muy dura, no?

Sí, y hay muchas cosas removidas cuando una está en esos estados de madre que acaba de dar luz y era muy fuerte la carga. El año que finiquité lo que me faltaba del libro, dedicaba dos o tres días a la semana en los que yo sabía que me vendría una migraña del demonio porque era muy pesado llevar toda esa experiencia a la escritura del poema.

¿Siempre pensaste en ese libro como un poemario, nunca te lo planteaste en otro género?

Sí, porque era el género en el que tenía experiencia previa y en el que me sentía más segura. Me lo pensé en verso, pero gracias a mi tutor, el poeta Igor Barreto, muy proclive a la poesía en prosa, me puse a experimentar un poco con la escritura en prosa, y me pareció que se ajustaba perfecto, y era más fiel a la esencia de lo que yo quería transmitir con esas experiencias, además, escribir con otras formas me ayudo a madurar la escritura.

En el proceso de poetizar esas experiencias, esos testimonios recreados, ¿cómo fue el proceso de convertir esos testimonios en poesía?

Fue y sigue siendo bastante metamórfico, porque es poesía, pero además, es poesía en prosa. Dos personas que son lectores de mi confianza (Indira Carpio y Arnaldo Jiménez) les sonaron como una novela porque quizás la ilación temporal se presta para la construcción de las historias, además, se aproximan a la narración. Es una parte en la que la poesía se liga a lo testimonial, pero no de quien lo vivió directamente sino de quien tiene el rezago de la experiencia. Yo no viví esas experiencias, pero esa coleta me llega a mí de alguna forma , al punto de que me da pie  para poder interpretarlas sin ser yo quien las haya vivido, fue parte de negociación e interiorización, desde ese punto de vista, la voz poética no se viese comprometida con el juicio, o sea no se tratara de que el poema juzgara a alguien, no se trataba de algo panfletario, sino que la voz tuviese suficiente elevación para señalar los hechos y que estos hablaran por sí solos, y que el juicio estuviese de parte de quien lo lea.

En la escritura del libro, ¿la poesía te sirvió como revelador de tu propia historia?

Se fueron dando detalles que en la historias de pequeñas no eran tan puntuales. Obviamente son distintas las interpretaciones de un niño a las de un adulto y contrastar esas dos visiones fue dándome una nueva lectura de cómo fueron vividas esas experiencias. Fue un poco de lo que podría llamarse justicia poética, porque a pesar de que no soy la primera que habla de la Guerra Civil Española y del exilio, también se trataba de entender esa posición por el contexto histórico, porque era y es una lectura completamente distinta a alguien que recién sale del exilio y todavía escribe desde esa temporalidad, a quien 30 o 40 años después vuelve a interpretar un mismo hecho. Eso también da un aporte a esa temporalidad del hecho y su lectura.

Abuela y Lydia
«Laly y Lydia », archivo familiar, D.T.

x

En ese sentido, ¿cuál crees que fue tu aporte en la reinterpretación de esos hechos?

Dar esa visión más extensa en el sentido generacional de esa historia, cada persona que estuvo involucrada tiene una lectura diferente. El hecho de que, de paso sea después de muchos años, en un lugar donde no ocurrieron los hechos o donde ocurre el exilio, donde todavía se permanece, pero se permanece desde el no convencimiento de que éste es el nuevo hogar o de qué tanto del hogar se construyó aquí. Creo que eso fue el verdadero aporte porque cuando se escribe la historia se hace ese pacto de perdurabilidad, en el sentido de si está bien escrito y se logra el cometido, donde el arte se retribuye a sí mismo y no solamente a una historia, si logra esa trascendencia de la sola palabra, pues se logra no solo memoria individual sino también colectiva.

Durante ese proceso ¿qué autores te influenciaron para encaminar el proyecto?

Muchísimos, además de la investigación de la parte histórica de los hechos  que van tomando forma en el poemario, también hubo una investigación de poetas que previamente abordaron el mismo tema en su obra. Así mismo, otros poetas que sus voces fuesen una influencia a la hora de la escritura. Hubo poetas y filósofos griegos y, por otro lado, la generación de los poetas exiliados, Mario de Andrade. Empecé a leer mucha narrativa, como a Clarice Lispector, y empecé a ver la historia no como algo enganchado en el lector sino también traté de descifrar los mecanismos con los que funciona la estructura de la narración, usar esa referencia en el marco poético, y darle un sustento argumentativo. Leí mucho a Hanni Ossott, que tiene los mayores aportes teóricos-poéticos en el país, ella fue una de las que hizo que existiera la tesis de creación en la Escuela de Letras, y me nutrí de eso para saber por qué se está haciendo ese poemario, más allá del mero ego o el hecho poético como algo utópico.

¿Por qué para ti es tan importante rescatar esa memoria?

Es parte de un desarrollo de la voz poética. Aunque la crítica a la hegemonía patriarcal y todo lo que implica me produce cierta piquiña, consideré importante destacar la voz femenina no como algo sumiso ni victimizado sino como algo que es necesario visibilizar y, por lo tanto, perpetuar, esa figura femenina que también tiene una actitud de resistencia y lucha ante circunstancias de vida que no son las más positivas ni las más adecuadas.

El libro comienza con una serie de recuerdos, chispazos del pasado que tienen que ver con la infancia y termina con dos poemas, uno dedicado a tu hija y otro que retrata con una imagen hacia el futuro, pareciesen ambos una señal de esperanza ante toda la penuria del recorrido, ¿eso fue inconsciente o fue una decisión?

Hay ciertas articulaciones del pensamiento que están ligadas a memorizar algo, la enumeración es una forma ligada a la memoria, cuando tratas de recordar algo empiezas a enumerar esos recuerdos y empiezas a tejerlos y a tratar de darles un sentido. También está la canción, los estribillos porque son formas dadas a recordar algo que ya pasó. Son formas nemotécnicas ligadas con las que quise darle justamente ese aire a la temática del libro. Se trata de hacer el recorrido justamente del viaje desde dónde se parte, hasta ese momento odiseíco del viaje y después la posibilidad de una Ítaca, un regreso que abre la posibilidad de que la historia pueda continuar, y no cerrarse como si no hubiesen otras posibilidades, dejar esa ventana o puerta abierta para que el lector pueda hacerse esos planteamientos.

x

poesia_entrevistadeisatremarias2

Deisa Tremarias. Baruta, Venezuela, 1987. Poeta, editora, correctora e ilustradora. Licenciada en Letras por la Universidad Central de Venezuela. Ha participado en publicaciones impresas y digitales. En 2016 fue merecedora del Premio Nacional de Literatura Stefania Mosca mención poesía con el libro Casa de viaje. Las fotografías que ilustran este post pertenecen al archivo familiar de Deisa Tremarias y la incluida, al final de la entrevista,  es de Ciro Acosta.

Diana Moncada. Caracas, Venezuela, 1989. Poeta y periodista cultural. Autora del poemario Cuerpo crepuscular, que resultó ganador en el Concurso de Autores Inéditos de Monte Ávila en el 2013. Prologuista del libro Al filo de Miyó Vestrini, del sello editorial independiente Letra Muerta. Ha participado como investigadora en el proyecto Muestra de Valoración del Patrimonio Teatral Venezolano. Moncada forma parte del equipo de colaboradores de POESIA.

Contenido relacionado

Archivo

introduzca su búsqueda