La gramática del poema en Elennys Oliveros

Néstor Mendoza

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La evolución puede variar de rapidez o de intensidad sin que el principio mismo se debilite;
el río de la lengua fluye sin interrupción; que su curso sea lento o torrentoso, es de consideración secundaria.

Ferdinand de Saussure

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Toda lectura panorámica tiene un lado filoso y uno que no corta ni las superficies más blandas. Se lee con la vista lo más cercana posible a los objetos para acceder al costado filoso. De ese procedimiento sacamos qué puede coincidir, qué repeticiones u obsesiones recubren los textos. En el caso de la poeta Elennys Oliveros, es como si cada poema tratase de escenificar un episodio de la nostalgia: evoca lo que ya no está o lo que permanece, lo que ha sido transformado a partir del recuerdo con biografía propia. Por algún motivo el origen griego del vocablo nostalgia, nóstos, significaregreso’. Aquí también hay una nostalgia que sólo han probado los migrantes: la nostalgia del que parte y está en un proceso de adaptación que no se sabe cuándo cierra completamente las heridas: “nos hemos ido/eso es lo que dicen los hombres de la esquina/pero creo que se equivocan”. Tenemos, en estos tres versos, una forma de ver e incluso de catalogar la migración. ¿Esto es algo novedoso? No lo es y es allí donde se saca en limpio su importancia: la poeta se olvida de la “novedad” (otros lo llamarían “originalidad”) y se centra en lo que esa nostalgia sin desproporciones va dibujando. Contraria a la estética de la dificultad, esta escritura se abre paso por superficies claras, comunicativas, con la dignidad necesaria para constituirse.

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Algunas aficiones y acercamientos se edifican desde la distancia. Esta distancia que menciono es sólo geográfica, táctil, porque sin duda la lectura es una manera eficaz de conocernos. Así ha sucedido con Elennys Oliveros (Santa Bárbara del Zulia, 1981): poeta, docente y lingüista colombo-venezolana que reside en el departamento del Huila, Colombia. Es licenciada en Educación, mención Lengua y Literatura, por la Universidad Católica Cecilio Acosta. Estudió Letras Hispánicas en la Universidad del Zulia, posee una maestría y un doctorado en Lingüística, ambos en la Universidad de Los Andes (Mérida, Venezuela). Desarrolla, asimismo, una carrera docente en la Universidad Surcolombiana, en Neiva. La misma formalidad en el trato telefónico es la misma formalidad que corroboro en su escritura poética, que hasta ahora se sintetiza en siete títulos publicados que abarcan casi diez años de trayectoria (2013-2023): uno de ellos, Mi corazón quiere divertirse (2018), figura dentro del género de poesía destinado al público infantil y está hecho, digamos, para el mundo de la oralidad. Confieso que me hubiese gustado ver como título del libro uno que ha dado nombre a uno de sus poemas: “Los niños del sur”. Estas rimas reunidas evocan la infancia de la autora y de los posibles pequeños destinatarios, ofrecen una orientación didáctica que se identifica con las regiones, los pasatiempos autóctonos, con lo que sólo llama la atención de los niños y niñas. Esto demuestra que, sin ningún tipo de apresuramientos, la autora ha asumido su oficio con un ritmo y tiempos muy propios: “Hay un ritmo hegeliano/en los seres que cultivan la paciencia”, nos dice ella.

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Plantear una aproximación a partir de las huellas encontradas puede resultar erróneo. Caminar con el cuerpo arqueado, con los ojos fijos en el piso de tierra o en un piso asfaltado o empedrado, nos priva de los paisajes. Pero es que no encuentro otra manera de ver (la). La formación universitaria de la autora, así como su desempeño docente, tiene mucho que ver en la constitución de su obra. Hay un repertorio “lexicográfico”, se podría decir, que se detecta una y otra vez en su poesía. A propósito de esto, el crítico catalán Joan Ferraté expresaba que “El yo del poeta es un nuevo diccionario, un nuevo idioma a través del cual llegan a nosotros los objetos…”. Por eso se ve la convivencia de términos del día a día y su cotidianidad, del uso corriente, como suele decirse, junto a palabras que sólo tienen vigencia en el código escrito: en los poemas de tendencias poéticas aparecidas antes de la mitad del siglo XX, sólo imaginables en un territorio estrófico y versal (“estolidez”, “referencialidad”, “ocredad”, “falibilidad”, “enhiesta”, “nefrítico”, “aquiescencia”, “impertérrita”, “esbatimento”, “nominalización”, entre muchas otras).  Y si volvemos a la lingüística y sus disciplinas asociadas, a la “sustancia gramaticalizada” y más concretamente a las conjugaciones del verbo, ya es evidente lo que Elennys Oliveros plantea en uno de sus libros iniciales, Presencias (2017): “Cuando de modos se trata/solo andamos en subjuntivos”. Lo lúdico, la polisemia no forzada para amar (o no amar) que apela a los atributos de los modos verbales.  Queda claro con otro ejemplo más reciente, esta vez con uno de los poemas del libro Contrasentidos (2020), que los vínculos con especialidades lingüísticas no es exclusivo de una sola etapa en su obra; veamos este díptico que en dos estrofas sostiene y confronta dos realidades o espejos:

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Oui
adverbio de afirmación
paso hacia uno mismo
lirios que caen a golpe de otoño

 


una ventana al otro
quebradiza fuente de agua
que inunda certezas

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Registrar las vicisitudes del yo poético de Elennys Oliveros es, también, una forma de comprensión; las personas del poema, es decir, quien habla en el texto, están a merced de los elementos y las circunstancias adversas que se expresan y toman la delantera; si se habla de la sequedad, el yo aparece sediento; si el yo está a la intemperie, a las órdenes del sol real que se metaforiza, la piel toma esa luz nociva que lastima; si el yo está en un territorio foráneo, no siempre tendrá una brújula o un mapa parcial, ni será ese personaje omnisciente que solemos ver en la ficción narrativa. En otras palabras, este yo ha venido (ha descendido), salvando las distancias, a padecer en una cruz imaginada.  De alguna forma, el yo somatiza lo que da o quita el paisaje enunciado en el poema. No es el yo poético y “todo lo demás”, sino el yo poético en todo lo que, anímicamente, ofrece el poema. Así lo comprobamos en “Sincronía”, del citado libro Presencias. Un moderado erotismo, que se sugiere sin estruendos, en las primeras líneas:

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Me miro
………………..sin la mesura cetrina
Claro, era un asunto
………………..de sentirse desnudo

 

Elennys elige creer: no sé si llegue al rango de temática, pero sí es del todo seguro que existe una forma de creencia (llámese también superstición, por qué no), y que ella utiliza y la moviliza a voluntad. Octavio Paz dejó dicho que la fórmula ritual era una reproducción de la realidad. Ya sabemos que el propio acto de escritura, del lenguaje articulado, oral o escrito, tiene un poder innato. Pero ahora mismo no nos referimos a este poder verbal que tradicionalmente se impone al hecho poético. Elennys cree que es posible transformar un acto de suprema cotidianidad en un círculo de tiza, ocultismo contenido o actuación visionaria: “Las flores/lanzadas con escrupuloso acento en el jarrón/insinúan una mañana de cielo blanco”. Esta forma personal de creer está en los poderes que se invocan desde una “fogata tribal”, como bien lo llama la autora.

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Quisiera detenerme en la publicación más reciente de Elennys Oliveros, El fuego siempre el fuego (2021).  Dividido en dos sustanciales partes, traza una sensible continuidad entre un poema y otro. La poeta venezolana propone un discurso que reflexiona sobre el oficio de la escritura y su relación con los espacios circundantes, con un énfasis que encuentra equilibrio en los entornos imaginarios y los lugares que pueden precisarse en los mapas. Nos topamos con la necesidad de nombrar con las palabras justas y precisas, siendo esta una preocupación de la autora. Es importante señalar que la poesía de Oliveros se expresa de manera depurada, nítida y delicada. Los temas que se desarrollan también se remontan a la mitología greco-latina, por ejemplo, con su reinterpretación de Prometeo, Narciso, la caja de Pandora o Apolo.

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Como lo ha hecho parcialmente en otros libros, la poeta no desatiende la realidad migratoria venezolana y en estos poemas es posible ser parte del éxodo. Su particular visión del fenómeno migratorio se vuelve palpable mediante la imagen poética, y nunca desde testimonios superficiales. Su migración es evocada con nostalgia, con el deseo de volver a los hábitos del hogar y los afectos: “Cuánta altura necesita un escarabajo/ que va sobre los campos arrastrando su casa/ como hoguera que no atiende a la lluvia,/ o a la salvia que compacta las fisuras”. Si deseamos crear vínculos entre El fuego siempre el fuego y la tradición poética venezolana, podemos notar la cercanía con los poetas que hicieron del paisaje local una poética; tal es el caso, por ejemplo, de Enriqueta Arvelo Larriva, Vicente Gerbasi y Ramón Palomares: “Se ha adherido a su piel/ como seta a una acacia/ con su natural inclinación/ a la árida tierra, el desolador paisaje/ o el escalofrío en la cama”.

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Una mención oportuna merece una obra inédita suya, Donde yace la luz (2023). Una conveniente señal para acercarse a este libro de Elennys Oliveros la ofrece el sentido del tiempo: lo que se dice alude a diferentes épocas, territorios y generaciones; a la juventud de nuestros abuelos y también a la mirada contemporánea del lector-espectador, quien mira hacia atrás y hacia adelante sin ojo discriminatorio. En Donde yace la luz se manifiesta cierto estilo que ya conocíamos en sus obras precedentes, pero reforzado con un uso más elaborado del verso. Este carácter que mencionamos se nutre de rituales, de retratos sensoriales y de un erotismo controlado; del recurso intertextual y el peso de lo nocturno, de una inusual y eficiente adjetivación y de las palabras que adoptan otras posiciones: “Una aguja es una aguja/aunque su cuerpo de ligera materia/caiga en el inmensurable pajonal”. Donde yace la luz cumple cabalmente con una vocación literaria y con las exigencias de una formación académica. El oficio de la poeta ―su manera de concebir el lenguaje metaforizado con agudeza― y las alusiones lingüísticas ―la libertad del léxico elegido― se unen y se repliegan con la fortaleza del poema cimentado con vigilancia, complejidad y emoción. Este es el resultado de una trayectoria que se ha ido formando desde el conocimiento que tiene Oliveros de su propia tradición y sus paisajes; y de lo que ha desarrollado profesionalmente en Colombia, específicamente desde un departamento que se distingue por el predominio del sol: el sol huilense que no discrepa mucho del sol zuliano (una relación histórica binacional). Visto de este modo, se trataría de una honesta poética de lo luminoso.

 

La “evolución” de la lengua literaria es un término un tanto cuestionable. No sigue la evolución, por ejemplo, de las ciencias de la salud (del progreso de la ciencia), que tras cada descubrimiento los procedimientos se amplían, se “perfeccionan”, se corrigen: impactan negativamente menos en el cuerpo humano. Volvamos a las ciencias del lenguaje: aunque existe una lingüística diacrónica (y disculpen el paréntesis), que estudia la evolución de la lengua como sistema (según la nomenclatura de Saussure), ¿cómo evoluciona la lengua literaria? Es decir, ¿cómo hacemos el trasteo de una disciplina a otra y sopesamos posibles equivalencias o divergencias? ¿Cómo propiciamos un diálogo? La poesía “mejora” en un aspecto fundamental: cuando se hace más consciente de sus propios instrumentos, cuando asume que el poema ha de tener una versión que debería contraerse como discurso propio, cuando se deslastra de lo accesorio, de lo que no está digerido en su totalidad. En este sentido, el poema se vuelve experiencia unitaria, autosuficiente, justificada. Daría la impresión de que estamos ante un texto que hemos leído por primera vez, aunque sus intenciones sean las de mostrar las costuras de un traje (de un estilo) heredado. Y me parece que ese es el itinerario de Elennys Oliveros. Tras cada libro, lo que pudiera tildarse de repetición, de prescindible, se exilia del poema. Va ganando madurez, equilibrio, personalidad. Por esto notamos que sus inéditos dicen más y mejor su mensaje: se han vuelvo más firmes, más lingüísticos, si nos empeñamos en volver al oficio de la autora. Así como el poeta puede tomar un poco del “color” de la filosofía u otra vertiente, o asumir una experiencia pictórica (si se decidiera por poemas verbales y no visuales), Elennys colorea sus poemas con la ciencia que tiene como objeto de estudio su propio instrumento de análisis.

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Para comprender, si acaso esto es posible en los predios de la creación, a Elennys Oliveros, hay que tener frente a nosotros la palabra representatividad. Su escritura se empeña en anexar, en no dejar sectores de la realidad fuera de su rango de interés. Es bueno tener presente que la autora está lejos de pretensiones electorales, que ella no busca sumar por sumar; esto le permite al poema (a sus poemas) tener un generoso repertorio de referencias, influencias y temas. Un lector frecuente de poesía va a notar estas cualidades y de seguro las tendrá presente si tiene la oportunidad, como yo la he tenido, de leer la obra de Oliveros publicada hasta los actuales momentos. Uno va reconociendo que hay otras voces no completamente ocultas. La poeta desea que veamos su itinerario de lecturas, relecturas y reescrituras. Visto de este modo, no estaríamos del todo equivocados si asumimos el palimpsesto como una técnica que se ha ensayado libro tras libros, y con especial fuerza en sus libros más recientes.

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N.

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Néstor Mendoza.
Mariara, Venezuela, 1985. Poeta, ensayista y editor venezolano. Es licenciado en educación por la Universidad de Carabobo, mención Lengua y Literatura, y posee estudios superiores en Literatura Latinoamericana por el Instituto Pedagógico de Maracay. Ha publicado los libros de poesía Ombligo para esta noche (2007), Andamios (2012), por el cual resultó merecedor del IV Premio Nacional Universitario de Literatura en 2011, Pasajero (2015), Ojiva (2019) y Dípticos (2020). Algunos de sus poemas también han sido traducidos al italiano, inglés y francés, en particular su libro Ojiva cuenta con la edición alemana Sprengkopf (Hochroth Heidelberg, 2019), con traducción de Michael Ebmeyer. Poemas suyos han aparecido en distintos medios de Latinoamérica y el mundo. Forma parte de la antología Nubes. Poesía hispanoamericana (Pre-Textos, 2019). En 2022 publicó Alfabeto de humo. Ensayos sobre poesía venezolana.

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Elennys Oliveros (Santa Bárbara del Zulia, Venezuela, 1981). Poeta y lingüista colombo-venezolana. Estudió Letras Hispánicas en la Universidad del Zulia. Es egresada de la Licenciatura en Educación, Mención Lengua y Literatura, de la Universidad Católica Cecilio Acosta; cursó estudios de posgrado y doctorado en Lingüística (Universidad de los Andes, Venezuela). Es profesora de planta de la Licenciatura en Literatura y Lengua Castellana de la Universidad Surcolombiana (Neiva, Colombia). Ha participado en diversos eventos artísticos, entre los que se destacan la mesa de escritores autopublicados en la Feria Internacional del Libro de Bogotá (2021). Ha recibido una Mención en el 11º Certamen Internacional de Poesía Literarte 2020 (Argentina). Es autora de los libros de poesía Una hora en la que no era una (2013), Silbido de enaguas (2015), Presencias (2017), Mi corazón quiere divertirse (rimas infantiles, 2018), Contrasentidos (2020) y El fuego siempre el fuego (2021).

La imagen que ilustra esta publicación es el detalle de una obra realizada por el artista venezolano Martín García / Yeyo

 

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