La muerte de Mandelstam

Fragmentos

:

Nadejda Mandelstam

:

A fines del 1938, o principios de 1939, los periodistas de Pravda le comunicaron a Chklovsky que habían oído decir al Comité Central Ira un «asunto Mandelstam». Por esto lle­gué a la conclusión de que Mandelstam había muerto.

Poco tiempo después, recibí una comunicación de la oficina de correos de Nikita. Allí me devolvieron el paquete enviado por mí leí a la dirección del campo: «el destinatario ha muerto», me dijo el empleado de la oficina. No sería difícil hallar la fecha de la devolución: el mismo día los diarios publicaron la primera gran lista escrito condecorados por el gobierno.

En junio de 1940, Alexandre Mandelstam fue convocado a la prefectura del distrito de Bauman, en el centro de Moscú, donde se le entregó, para que me lo hiciera llegar, el certificado de defunción de su hermano. Se indicaba que Mandelstam había fallecido el 27 de diciembre de 1938, a la edad de cuarenta y siete años. La muerte era atribuida a un paro cardíaco. Es como decir que había muerto porque había muerto ya que, ¿qué es la muerte sino un paro del corazón? Se habla también de arterioesclerosis y eso me hizo recordar lo que Kliouiev decía a propósito de sus cabellos prematuramente blancos.

La entrega de un certificado de defunción era más la excepción que la regla. La deportación de un ciudadano o simplemente su detención, puesto que el hecho de ser arrestado implicaba la condena y deportación, era siempre asociada a su muerte física y significaba su desaparición total. Cuando las autoridades anunciaban a una mujer que su marido había sido condenado a diez años de trabajos forzados, en ocasiones se agregaba: «Puede casarse de nuevo». Y nadie se preguntaba cómo esta amable autorización se correspondía con el veredicto oficial de que no se trata de una condena a muerte. Como he dicho, no sé por qué me fue concedida la gracia de un «certificado de defunción». Me pregunto si no existía algo más en el fondo.

Kazarnovski fue el primer mensajero del «otro mundo» mas o menos digno de la fe. Mucho antes de su llegada a Tachkent, había oído decir que efectivamente se encontraba en el mismo convoy de Mandelstam. Vivieron juntos en el campo de tránsito y parece ser que lo ayudó de alguna manera. Ocuparon literas vacinas en la misma barraca; por esto durante tres meses escondí a Kazarnovski, tratando de sacarle progresivamente todos los recuerdos que trajo consigo a Tachkent. Su memoria era un inmenso caos donde las realidades y los hechos de vida de destierro se confundían con leyendas y elucubraciones fantásticas, desprovistas de fundamento.

En el campo de tránsito no se destruían ropas (¿existen, por lo demás, campos en donde se distribuyan?) y Mandelstam se congelaba en su abrigo de cuero que no era más que un andrajo, bien que, si hemos de creerle a Kazaranovski, los fríos más ruidosos llegaron después de su muerte y, en consecuencia, no los conoció. Este detalle es igualmente importante para establecer la fecha de su muerte.

Mandelstam no comía casi nada y le tenía miedo a los alimentos, como fue más tarde el caso de Zochtchenko. Perdía su ración, se equivocaba de escudilla… Según Kazarnovski, existía en el campo de unatienda donde vendían azúcar y tabaco. Pero ¡cómo conseguir el dinero? Además, los temores de Mandelstam vacilando en aceptar este último don. Más ¡decía Kazarnovski la verdad? ¿No había inventado este detalle?

Además de la fobia por los alimentos de su incesante agitación motriz, Kazarnovski notó una idea fija característica de Mandelstam: tenía la ilusión de que su suerte iba a mejorar porque Romain Rolland le escribiría a Stalin respecto a su situación. Este pequeño detalle no pudo ser inventado y prueba que Kazarnovski realmente estuvo en contacto con Mandelstam.

Cuando estuvimos en Voronej nos enteramos que por la prensa de la llegada de Romain Rolland a Moscú y de su entrevista con Stalin. Mandelstam conocía a Maia Koudacheva, la mujer de Rolland y suspirando decía: «Maia no debe estar con gente mala en Moscú; sin duda se le ha hablado de mí». ¿Qué le cuesta decirle una palabra a Stanlin para que me suelte?». Mandelstam no podía admitir la idea de que los humanistas profesionales no se interesaran en los destinos individuales sino únicamente en la en la humanidad en general. Todas sus esperanzas estaban en el nombre de Romain Rolland. Para mí Kazarnovski no perdió por completo la memoria. En cuanto a Romain Rolland, y para ser justos, debo agregar que, cuando llegó a Moscú, parece ser que intervino en favor de los «lingüistas». Al menos es lo que se decía. Pero esto no cambia mi opinión sobre los «humanistas» profesionales. El verdadero humanismo no tiene límites, y siente comprometido por el destino de cada individuo.

Algunas veces en sus momentos de lucidez, Mandelstam recitaba poemas a sus compañeros, y varios de ellos deben haber sido anotados. He tenido la ocasión de ver «álbumes» con poemas de Mandelstam que había circulado en los campos. Un día, alguien le contó que en una de las celdas para condenados a muerte de la prisión de Lefertovo, unos versos de un poema suyo habían sido garabateados en la pared:

¿Realmente existo?
y, en verdad, ¿llegará la muerte?

Al saber esto, Mandelstam estuvo durante algunos días alegre y más calmado.

No se le enviaba a trabajar e incluso no se le obligaba a hacer labores de limpieza en el interior del campo. En esta muchedumbre, se agotaba hasta el extremo, se distinguía por su mal estado de salud. Erraba ocioso días enteros, ganándose las amenazas, las maldiciones y los juramentos de todos los guardias. Estaba decepcionado por no haber sido enviado a un campo de trabajo regular. Pensaba que allí la vida era más fácil, si bien lo que tenían esa experiencia intentaba persuadirlo de lo contrario.

:

 

:

 

Pero volvamos al relato de Kazarnovsky. Un día, a pesar de los gritos y amenazas, Mandelstam no bajó de su catre de planchas. En ese momento el frío era el más intenso ‒Kazarnovsky no me ha podido administrar indicaciones precisas sobre la fecha. Todos partieron a despejar la nieve y Mandelstam se quedó solo. Días más tarde se le descender y se le condujo al hospital. Poco tiempo después, Kazarnovsky oyó decir que Mandelstam había muerto y que se había enterrado, o más exactamente, tirado en una fosa común.  Se entiende que los prisioneros eran enterrados sin urnas, después de despojarlos de sus vestidos (para que nada se perdiera), en una misma fosa ‒los cadáveres no escasean‒ con una placa numerada atada al pie.

En más de una ocasión oí hablar de poemas de Mandelstam escritos en el campo, pero siempre se comprobó que era una mistificación, voluntaria o involuntaria. Para compensar me mostraron recientemente una curiosa colección de sus poemas, hecha según los «álbumes» del campo. Son versiones medianamente mutiladas de poemas inéditos, en donde no figura ningún texto de carácter político, como El Apartamento, por ejemplo. En su mayoría provienen de manuscritos que circulaban en los años treinta, pero fueron anotadas de memoria, lo cual explica los numerosos errores. Algunos poemas figuran en viejas variantes abandonadas (como, A la lengua Alemana); otros, ciertamente fueron dictados por el mismo Mandelstam, ya que no figuran en ningún manuscrito. ¿Pero fue él quien se acordó de un poema de juventud sobre la crucifixión? Los álbumes contienen asimismo algunos poemas satíricos quen o posea, tal Dante y el cochero de punto, pero, desgraciadamente, en una forma poco trabajada. Este poema sólo pudo ser difundido en el campo por la gente de Leningrado, que allí era muy numerosa.

Pero, ¿qué confirma mi versión según la cual Mandelstam murió en diciembre de 1938? Para mí, el primer anuncio de su muerte fue la devolución del paquete «por muerte del destinatario». Sin embargo, esto no es suficiente: sabemos de miles de casos en los cuales los paquetes fueron devueltos por el mismo motivo y lo que sucedía era que el destinatario, por haber sido transferido a otro campo, no pudo recibir su paquete. La devolución de un paquete se asociaba con la idea de la muerte y para la mayoría de nosotros era la única manera de enterarnos del deceso de un pariente. Pero, en la confusión de los campos superpoblados, los funcionarios de uniforme escribían cualquier cosa. Los que se encontraban detrás de las alambradas era todos muertos en potencia y no valía la pena molestarse por ellos. La misma cosa se produjo en el frente durante la guerra: se anunciaba la muerte de soldados y oficiales que no estaban sino heridos o prisioneros. Mas, en el frente, esto se debía a un error y los hombres, rodeados de igual, tenían derecho a la consideración y simpatía de todos. Los prisioneros eran tratados como bestias, y los brutos que disponían de sus vidas habían sido entrenados especialmente para pisotear todo sus derechos humanos. La devolución de un paquete no puede considerarse como una prueba de muerte.

El certificado menciona que la muerte de Mandelstam fue registrada en mayo de 1940. Este es el único indicio concreto del cual dispongo y es de esperar que no iban a poner a un vivo en el registro de los muertos, aunque de esto no se puede tener la absoluta certeza. Supongamos que un Romain Rolland, por quien Stalin guardaba consideración, se haya dirigido a él para pedirle la liberación de Mandelstam. En ocsaioens se le ocurría a Stalin soltar a las personas cuando lo pedían personalidades extranjeras. Es posible que Stalin no haya querido soltarlo, o que no pudiera hacerlo a causa de las torturas que le infligieron en prisión. En este caso, lo más simple era declararlo muerto y comunicarme la noticia otorgándome el certificado. ¿Por qué se me gratificó con este certificado, cuando no se otorgaba a los demás? ¿Con qué fin?

¿Es posible apoyarse en los testimonios de Kazarnovski y Khazine? En la mayoría de los casos los prisioneros perdían la noción del tiempo. Las fechas se olvidaban en esta vida monótona y de pesadillas. Kazarnovski pudo partir antes de que Mandelstam saliera del hospital, ya que no he podido establecer cuándo y cómo se fue Kazarnovski. Los rumores relativos a la muerte de Mandelstam no prueban nada: la vida de los campos resposaba entereamente sobre rumores. La entrevista de Mandelstam con el médico tampoco tiene fecha. Pudo ocurrir uno o dos años antes más tarde. Nadie sabe nada y nadie podrá saberlo nunca, ni dentro de las alambradas ni fuera. Con la horrible prominscuidad de los campos, donde los muertos se hallaban al lado de los vivos, nadie sacará jamás algo en claro.

Nadie lo vio morir. Nadie lo limpió por última vez. Nadie lo metió en una urna. El delirio de los mártires de los campos no conoce el tiempo y no distingue la leyenda de la realidad. Los relatos de los sobrevivientes son menos auténticos que no importa cuál relación de un calvario similar. Los pocos testigos que subsisten, D. es uno de ellos, no han tenido la posibilidad de buscar y analizar en el lugar de los hechos para hablar a favor o en contra de una hipótesis.

Solo sé una cosa: el martirio de Mandelstam finalizó en cierta medida con su muerte. Así acaba toda vida. Antes de morir, estaba acostado en un catre de planchas, rodeado de otros condenados a muerte. Tal vez esperaba un paquete, pero este no le fue entregado o, quizás, llegó demasiado tarde. El paquete me fue devuelto. Para nosotros eso significaba que había muerto. Pero para él, que lo esperaba, su ausencia significaba nuestra muerte. Y todo se produjo porque un hombre bien alimentado, uniformado, un asesino bien entrenado se cansó de examinar las listas de prisioneros que cambiaban constantemente y de buscar un nombre impronunciable. Asimismo, rayó la dirección y anotó en la tarjeta de envío la frase más sencilla que se le ocurrió «Por muerte del destinatario» y devolvió el paquete. Y yo, que rogaba porque el sufrimiento de Mandelstam fuese lo más breve posible, me tambaleé delante de la ventanilla de la oficina, cuando el empleado me anunció esta última e inevitable buena noticia.

Y después de su muerte (¿o antes?) vivió en las leyendas del campo bajo el aspecto de un viejo demente de setenta años que otrora escribió poemas y por ello recibía el sobrenombre de Poeta. Y otro viejo (pero, ¿tal vez era el mismo?) había pasado un tiempo en el campo de Utoraria Retehka antes de irse a Kalyma y mucho de sus compañeros lo tomaron por Ossip Mandelstam. Pero no sé si era él.

He aquí todo lo que sé sobre sus últimos días, la enfermedad y la muerte de Mandelstam. Otros saben aún menos que yo sobre el fin de sus parientes.

 

 

 

:

El texto de Nadejda Mandelstam fue traducido por Octavio Lange de la versión francesa de Contre tout Espoir, y se encuentra puplicado en nuestra edición impresa número 13-14 (1973: pp. 26-31). La fotografía que ilustra este post es cortesía del portal web polskieradio, De izquierda a derecha: Osip Mandelsztam, Korniej Czukowski, krytyk tłumacz, Benedykt Liwszyc y Jurij Annenkow. 

Contenido relacionado

Archivo

introduzca su búsqueda