La poesía de Hibrahim Alejo: el universo en flor

José Napoleón Oropeza

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El creador, sea poeta, escritor, pintor, fotógrafo funda y crea un alfabeto único para nombrar y diferenciar las cosas agrupadas en un mismo género. Las señales de identidad de un artista, signan sus letras, la manera única de combinarlas, o inventarlas, como quien abre una ventana para que –a través de ella, una vez desplegada la ventana– entre otro aire y la historia se haga eólica y circule en la tierra a través de una letra recién amanecida.

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El artista, desde otra perspectiva, posee, la facultad de reinventar, en su forma, la letra que otro creó. Algún otro escultor reinventará El Pensador, de Rodin.  Otros, se detendrán en los múltiples rostros de Dora Maar inventados y reinventados por Pablo Picasso, o seguirán los pasos de Marcel Duchamps, al convertir los desechos y objetos de uso cotidiano, en objetos de arte. Algunos de nuestros poetas venezolanos–Salustio Gonzáles Rincones, Rafael Ángel Insausti o Eugenio Montejo–se paseará por las potentes palabras, forjadoras de un mito en el gran poema Mi padre, el inmigrante, de nuestro magnánimo poeta Vicente Gerbasi y creará otro alfabeto que reinvente, desde otra perspectiva, desde otro escenario, una nueva arista, otra visión mágica del universo creado por Gerbasi–partiendo de la idea de la comarca como universo mítico– como ocurrió en Guigue 1918, de Eugenio Montejo. O con la visión novedosa de un paisaje mítico en Carcasona, de Rafael Ángel Insausti. Luego de leer y releer la poesía de Vicente Gerbasi, la del poeta Rodolfo Moleiro nos enseñó a ver los árboles, como ángeles de Dios en la tierra, o el verbo enjundioso y metafísico de ese gran bardo de nombre Fernando Paz Castillo en su poema El muro, funda y explica el universo, el paisaje, a partir de las visiones y revisiones de un muro devenido en un objeto metafísico.

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El misterio del arte, el embrujo de la poesía que nos crea, o nos revela un nuevo universo, a partir de uno ya creado, de un tema ya reinventado por otro–antes que nosotros lo hiciéramos–nunca será revelado del todo. Los mitos se renuevan tras cada ritual, afirmaría, de manera tajante, Mírcea Elíade en su inagotable lección sobre la metafísica de los rituales del hombre en la tierra que constituye El mito del eterno retorno, pues nos sumerge en el embrujo de comprender y de aprehender el significado de un ritual. El espíritu de Dios, o del hombre creador, se agitará, de manera genésica, ante la visión de las aguas de un humilde arroyuelo, o sobre las olas de algún mar agitado si un artista descubre o reinventa la magia de cada acto de la naturaleza desde que se abre el sol hasta su ocaso. Allí reside todo el poder de su embrujo por parte del artista, del poeta que compone y recompone el universo, descubriendo una gota nueva en el pájaro que vuela, sacudiendo sus alas, después de haberse sumergido en un mar devuelto, como se nos dibuja para la eternidad en el poema Cementerio Judío, de la magnánima poeta Ida Gramcko.

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En ese mar creado por otros hacedores, erigido en mapa abierto, en abanico desplegado para agitar el aire y procurar una pequeña, o gran ventisca. Como las crea el pájaro, cuando sacude las aguas del mar al sumergirse en él por un instante y–tras ese acto–reafirmar que el mar, tampoco para el pájaro, será una cosa elemental. Se ha formado tras el agitar de gotas y de alas que reiteran su movimiento, ola tras ola, proclamando, en cada instante, la supremacía de la gota sobre el mar: sin ella, jamás habría océano, como tampoco algún espejo.

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Del choque de olas y de gotas, nacerá la fuerza del océano que no hace otra cosa distinta a repetir, o renovar la historia de una gota. Tal cuestión pareciera reiterarse en cada acto poético. Al abrir una ventana, se despliega todo un universo:  el poeta, el artista, se asoma al espejo en el cual está contenida la historia de las insondables gotas que, una y otra vez, despliegan la ventana. La historia del arte reitera la cosmogonía de la gota que crea el mar, cada momento, a cada instante. Una ventana desplegada, nos conducirá siempre a evocar el instante en que el pájaro alteró las aguas, al sacudir sus alas en ellas, repetidas veces.

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Las manos y labios del creador se asemejan, entonces, a las alas del pájaro. El escultor sacude sus dedos; los estira; amasa la arcilla y crea una forma. Los labios del poeta nombran, en cada verso, la constancia y persistencia de una gota que, de un instante al otro, crea espejismos y nombra, a su manera, la historia del océano. Todo, en el arte, se reduce, entonces, a engendrar, nuevamente, el verdín, a partir de la visión de una gota que, innumerables veces, cuenta y reitera la historia del Génesis.

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Hemos pasado una revista rápida al surgimiento de las nuevas formas del quehacer poético en nuestro país, a lo largo de las décadas comprendidas en los Siglos XX y XXI, tratando de indagar y de aproximarnos a los hallazgos formales y epifánicos de nuestros creadores fundamentales, sobre la base de la lectura y relectura de sus visiones, en función de establecer los aportes de cada uno de esos poetas, al devenir histórico de nuestra poesía. Indagar de qué manera, cada uno, inventó el mar, la piedra, el río o la gota. De una u otra forma, bien a través de numerosas obras o de una sola obra–como pudiera ser el caso de Rafael Insausti y su obra magistral que supuso el hallazgo y creación de Se llevarán la noche—en la historia de la poesía escrita en Venezuela (tal como lo hemos señalado, a lo largo de nuestra investigación desplegada en  sus cinco volúmenes que integran el cuerpo de El Habla Secreta), señala y registra momentos de gran esplendor que la ubican, en el devenir histórico de la poesía escrita en lengua castellana, en un sitial muy sólido.

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Queda para los lectores el registro y revisión de nuestra interpretación de este proceso pletórico de luminosos hallazgos, al desplegar, cada uno de estos poetas, una ventana, un signo luminoso en ese devenir. En cada una de las obras examinadas, hemos intuido que, en ellas, se infiere un punto de luz, la creación de una gota deslumbrante que forma parte de un mar insondable, escrito y ofrecido, como dádiva, a  los futuros investigadores que quisieran confrontar sus intuiciones o lecturas con nuestras apreciaciones que–en esencia–estribó en la posibilidad de mostrar—tal como, antes, lo apuntamos–el hallazgo de un indicio primigenio en la historia de nuestro  propio devenir, a partir del pozo de luz creado por un determinado poeta, en uno o varios libros, o en un solo  poema, que, en sí mismo, abre una puerta, toda vez  que se despliega y se abre a  insólitos encuentros.

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Por los momentos,  luego de más de veinte años, intuyendo maneras y formas en el devenir de la poesía venezolana, cerraremos nuestra aproximación al devenir histórico de nuestra poesía, con la lectura de las obras escritas por los poetas Víctor Fuenmayor,  por el poeta Hibrahim Alejo–el poeta más joven entre toda la lista de los poetas registrados en nuestra investigación sobre gran parte la poesía escrita en Venezuela, a lo largo de los Siglos XX y XXI–y con la lectura de una de las obras poéticas más deslumbrantes en la historia de  la poesía de nuestro país: Luis Pérez Oramas, autor, entre otras maravillosas obras, de La dulce astilla, obra en la cual, la tierra entera y todos los temas que en el mundo han sido, fueron convertidos en una  insondable astilla de luz.

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Tuve, igualmente,  el inmenso honor de conocer el manuscrito original de Los sitios constelados, de Hibrahim Alejo, el día 13 de octubre del año 2015, quince meses antes de su publicación en los talleres de Signos Ediciones y Comunicaciones, C.A. empresa perteneciente al reconocido y legendario editor valenciano Luis García. El manuscrito me fue consignado por su autor en un encuentro ocasional en los pasillos de la Facultad de Ciencias de la Educación de la Universidad de Carabobo, tras su deseo de que revisara los poemas y, luego, de haber leído el conjunto, acordásemos una posible reunión, con la finalidad de discutir si sería factible editar los poemas, en el caso de que los mismos, según mi criterio, conformasen un posible libro.

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Leímos con mucho entusiasmo, asombro y gran delectación aquellos textos, no sólo porque su autor fuese un escritor muy joven que, hoy por hoy,  apenas alcanza los veintiocho años de edad, sino, porque–además de asumir su oficio de poeta con gran tenacidad–exhibía una sólida formación literaria que empezó a labrar—según me relatara en uno de los encuentros sostenidos con él–desde sus años de estudiante de bachillerato en el Liceo Nacional Aragua, enclavado en la ciudad de Maracay.  Tal formación la pude comprobar, mientras dialogamos, muchas veces, después de haber comentado diversas apreciaciones y consideraciones sobre todos y cada uno de los textos escritos por Alejo.

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De común acuerdo con el joven autor, no sólo leímos, de manera acuciosa, los originales de su primera obra, sino que, acometimos, el ajuste de la forma del libro en ciernes, suprimiendo algunos textos, cambiando otros de espacio dentro del conjunto, a los fines de una posible edición. Mientras, posteriormente a mi lectura, emprendíamos la tarea de leer y de releer, de manera conjunta, los textos que conformarían el libro, dialogábamos sobre diversos tópicos relacionados  con la historia de las formas de la poesía, acometiendo la lectura y relectura de los autores clásicos–Salomón, Píndaro, Catulo, Virgilio, Alceo, Tibulo, Horacio–así como los poemas de William Blake, Charles Baudelaire, Arthur Rimbaud, Edgard Lee Masters, Federico García Lorca, Paul Verlaine, Anne Amatova, Antonio Machado, Fernando Paz Castillo, Paul Eluard, W. H. Auden, Enriqueta Arvelo Larriva, Eugenio Montejo, T. S. Eliot, Stephan Mallarmé, William Butler Yeats, Wallace Stevens y los grandes hacedores del Siglo de Oro, de nuestra lengua, entre ellos, Luis de Góngora, Francisco de Quevedo, Lope de Vega y el magnánimo San Juan de la Cruz,  algunos de los cuales Alejo había leído y manejaba con soltura y propiedad, paseándose por sus textos, con evidente y asombrosa devoción de quien habría tomado a esos poetas como  maestros,  y los llevaría consigo para volver a ellos, todos los días, en busca de espejos o ventanas,  a través de lecturas que, acaso, jamás concluiría.

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Luego, acometimos el trabajo de lectura y relectura de  los poemas del gran poeta Fernando Pessoa–a quien Alejo (coincidiendo con Montejo), considera el más grande poeta de todos los tiempos–y el  epifánico descubrimiento de los textos del excelso poeta norteamericano Wallace Stevens, de sus aforismos y  ensayos (autor que el joven poeta, para mi extrañeza, no conocía hasta el día en que me referí a su obra, en uno de nuestros diálogos, y  en cuya obra se sumergiría, desde entonces, sin otra ocupación, con el obstinado afán de lector acucioso durante dos años, toda vez que lo invité a leerlo, y a estudiarlo, con la avidez y disciplina que lo caracteriza), mientras proseguíamos  en la relectura y revisión del manuscrito de su obra primigenia Los sitios constelados, antes de su edición definitiva en el año 2017.

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Mientras terminamos de revisar esa primera obra a los fines de su publicación, leímos acuciosamente, de manera conjunta—su autor y mi persona—los originales de un segundo conjunto de poemas titulado Líneas para una ensoñación, que he leído y releído con la misma delectación y asombro que me produjo la lectura de sus primeros textos.

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Mientras acometía la lectura de esta segunda propuesta del joven autor, Hibrahim Alejo se encontraba afanado en los talleres gráficos de Luis García, convirtiéndose prácticamente, no sólo en el coeditor de su primera obra, sino en el asistente de impresión de García, tanto de  su obra como de otros textos científicos concebidos por investigadores universitarios que, igualmente, se encontraban en proceso de edición en los talleres de este impresor, médico de profesión, profesor universitario, hombre de gran sensibilidad, amante de las artes, especialmente de la literatura. Muchísimas veces presencié la labor conjunta del joven poeta y del impresor de su primer libro, mientras, en una oficina anexa a los talleres de impresión, revisaba el primer borrador  de su segundo  poemario y, algunas veces, borroneaba la penúltima versión de una nota crítica que, sobre su primer libro, Alejo me había solicitado que escribiese y que, posteriormente, fue incluida en el libro, a manera de un breve proemio, y que, ahora, transcribimos, a continuación:

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Los sitios constelados: un espejo en perpetuo vaivén

Los sitios constelados, obra primigenia del joven poeta Hibrahim Alejo, nacido en Maracay, el 30 de julio de 1993, reúne veinte textos en los cuales el lector resultará   sumergido en una atmósfera de constante levitación y ensueño.  La palabra amaga y   seduce tras el   susurro de una intermitente voz que recorre los textos: cada poema propone una constante evocación y espejeo de seres de aire, tierra y luz, transmutados en sombras. En líneas. En puntos.

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“El tránsito de elementos de tierra y de luz–madres, ojos, luciérnagas, chispas, grillos, marfil, naranjas, estrellas–fija y desfija un intercambio entrecortado de esencias:   la transmutación de imágenes sometidas a un ritmo hesicástico, en incesante vaivén, tras el cual, esas imágenes recurrentes devienen en sombras. Pero, también, en derrotero de luz, en claridad. Puntos y líneas se funden; se separan; fijan la silueta de figuras femeninas convertidas–luego de ser sombras–en curvas, en estelas, en insectos transformados en un punto de luz: alfabeto de una naturaleza intermitente, expresado a través de un prístino lenguaje:

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Brilla el ojo lunar
y los mil y un ojos envejecidos.

Brilla la ciudad,
En los patios las luciérnagas,

Y yo brillando y mis pupilas
De luna, de astros
De ciudad e intermitencia.

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Estos elementos–acaso espejos–emergidos como figuras fantasmales deambulan, por igual, hacia la formación de puntos etéreos. Pero, igualmente, hacia su intermitencia. Transitan por un paisaje sometido a un ritmo en permanente fluctuación de esencias: tras la evocación, los seres y elementos de diferente naturaleza, se difuminan: pasan a ser figuras ensoñantes, sometidas a un permanente fundido y espejeo:

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Sin luna y sin astros;
La noche anduvo sin luces
Disuelta en sus cabellos…

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La voz que susurra lo mismo fija, desfija la memoria de encuentros amorosos–de los cuales sólo quedan el anhelo de dibujar sombras y elementos de un paisaje sutil–y recurre a la nombradía fantasmal para recordar o volver «real» la posibilidad de un reencuentro total y absoluto con la figura femenina. Esa figura emerge, luego, como línea intermitente: cabellos, focos luminosos, astros que aparecen y desaparecen tras la urdimbre y fusión de tiempos, de víctimas y sombras:

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Siempre en la cabeza
A oscuras o con luces.

Los astros me la traen
O todo entre asfalto y aceras.

Sólo a ella atañe este despojo.

Allí quedará entonces
Junto a sus víctimas que amé.

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El susurro rastrea en su intento de registrar un ser real. Pero, al final del tránsito, sólo pervive el atisbo de imágenes de grillos, naranjas, astros, sombras, luces. Elementos de un paisaje interior fundido en la única verdad subyacente tras la ensoñante evocación de cuerpos: la noche inacabada, la fusión de cielo y tierra en el «ojo lunar» o en un patio colmado de luciérnagas.

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Entre la sombra y el fulgor de voces y figuras apagadas persistirá el deseo de seguir deambulando, de manera circular, en un tránsito insondable de puntos, de manos y de líneas. Esas manos intentan asir estrellas, sombras dibujadas entre luces, entre elementos transmutados en un solo color: el color naranja deviene en  color negro, en noche inacabada plena de murmullos y de un susurro que–de verso a verso–recorre el espacio, desdibujando la ruta de sombras, luego de lo cual se desea otear algún punto de luz.

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Al final del tránsito, sólo persistirá un oleaje: el vaivén inagotable de una palabra descarnada, tras el registro de apariciones y desapariciones de cuerpos y de luces. Queda, como resultado final, el registro de la experiencia amorosa. El recuento de una voz que susurra mientras procura asir y–quizá–concluir la búsqueda, haciendo un elemento real, eterno y absoluto.

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Pero, tras la persecución de un recuerdo absoluto sólo pervive un punto luminoso, intermitente e íngrimo. Persistirá tan solo el anhelo de proseguir el camino fluctuante de una sombra convertida en punto de luz. O de una mandarina transformada en ola, en un pedazo de cielo. En un cuerpo que–en sus constantes giros–desea «asir estrellas” y formar, entre las manos, algún nudo. Para que el juego del oleaje continúe y se torne posible asir un recuerdo absoluto y total, o el perfume de la noche húmeda en pleno mediodía:

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A medio día
Dos estrellas

Entorno húmedo
y profundo
De noche inacabada.

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Una vez sumergidos en los espacios de Los sitios constelados permaneceremos para siempre envueltos en su ritmo, en su murmullo, en el vaivén de los elementos de un paisaje–en permanente desmoronamiento y ascenso–encaminándose hacia un cielo biselado en líneas y en puntos. En cada poema marcharemos–de un espacio a otro–tras un punto de luz, en pos de una línea convertida en grillo y, a la vez, en estrella.

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Viviremos para siempre en el lugar de la intermitencia, sometidos a un ritmo hesicástico, tras el goce amoroso del ascenso y descenso de la noche húmeda, en medio del oleaje de cuerpos que apenas si configuran una línea, un punto de sombra, y, a veces, de luz.

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El Amor y el paisaje en Líneas para una ensoñación, de Hibrahim Alejo

Luego de la publicación de Los sitios constelados, editado en el año 2017, bajo el sello de la Editorial Eclepsidra, y de su presentación, a finales de ese mismo año, en los espacios del Teatro “La Misere”, de Maracay, por el reconocido escritor Ricardo Bello, quien junto con María Liberati, en gesto generoso, había contribuido, financieramente, a lograr la publicación del libro en referencia, nuestro poeta continuó trabajando en los textos que conformarán su segunda obra, titulada Líneas para una ensoñación, mientras estudiaba la posibilidad de marcharse de nuestro país, aferrado a la idea de lograr un trabajo que le permitiera conseguir mejores condiciones de existencia, a la vez, que las condiciones para realizar estudios de segundo nivel, a través de un diplomado en artes o, en diseño gráfico.

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Nuestro poeta, después de haber presentado su libro y haber laborado–ad honorem–por espacio de un año, en la Universidad Pedagógica Experimental Libertador, de Maracay, se marchó, definitivamente, a la ciudad de Lima, y, posteriormente a Madrid, en busca de nuevos horizontes de vida, dejando detrás, su familia y un país inmensamente desolado, inmerso en la miseria y en pobreza. Llevaba consigo los Diálogos de Platón–además de unos cuantos libros de Teoría Poética y de filosofía, entre ellos, a Heráclito de Éfeso y Parménides de Elea–El otro incastrablemítica obra de Daniel Sibony, hermoso libro que había estado haciéndome compañía, a lo largo de gran parte toda mi existencia, y que fuese extraída de mi biblioteca por el joven Alejo en un descuido mío, que más que descuido, acaso, constituiría un amago; las obras de sus maestros Federico García Lorca, William Butler Yeats, Antonio Machado y Wallace Stevens, además de unos cuantos ejemplares de Los sitios constelados, así como el manuscrito contentivo de los textos que conformarían su segunda obra, de la  cual me dejó  una copia impresa, antes de partir a la ciudad de Lima, y que estuvimos leyendo y revisando, en repetidos encuentros, en una especie de taller literario ambulante, experiencia que repetimos y vivimos muchas veces, trasladando el espacio de nuestros diálogos a diferentes sitios de Valencia, Maracay y Caracas.

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Líneas para una ensoñación, fue revisado por nosotros en dichas jornadas, tan sólidas e inolvidables por la intensidad de unos diálogos, que las recuerdo y las evoco, ahora, como el paso de una ventisca sobre una piedra a la cual un aire borrascoso, jamás, podría mover. Luego de seleccionar los textos que conformarían, definitivamente, el cuerpo de un posible libro, el poeta Alejo me entregó una copia de los originales definitivos, antes de su partida fuera del país Seguramente, esa segunda obra, sería editada en el año 2021, tras la ocasión del posible retorno de su autor a Venezuela, después de varios años residiendo en las ciudades de Lima y Madrid. Sin embargo, un buen día, sentado en un café en La Gran Vía madrileña, nuestro poeta recibió, a través de un correo electrónico, la oferta de publicación, ofrecida por el joven poeta Néstor Mendoza, quien, ahora, desde Colombia, se ha convertido en el flamante editor de obras impresas en factura artesanal y que han conformado un importante registro titulado El Taller Blanco.

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Toda vez que el poeta Mendoza recibió y leyó los originales de Líneas para una ensoñación, no vaciló en decidir publicarlo y, sin ninguna dilación, una vez obtenida la autorización de Hibrahim Alejo, procedió a preparar la edición del libro, que, ahora, con una hermosa portada diseñada a partir del detalle de una obra de la artista Sachenka Oropeza, fotografiado por José Antonio Rosales, desde el pasado 13 de julio de 2021, circula en las principales librerías de Madrid, de Caracas y  de Valencia, Venezuela.

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Líneas para una ensoñación: los amagos del cielo

Tras retomar el incesante movimiento de la transverberación de  las imágenes de un paisaje interior, creado a partir de líneas y visiones que, de  manera continua, se funden o crean puntos y líneas que se difuminan  y, enseguida, reaparecen, reanudando el  juego de borrones, tachaduras, y  propiciando un nuevo renacer de las figuras del paisaje y del amor–esencia de la forma de toda su propuesta formal–Hibrahim Alejo, en Líneas para una ensoñación,  reinicia su tránsito hacia la invención de un alfabeto  fundamentado en la creación de los signos y señales de un  paisaje íntimo.

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Sobre la base de una reiterada fluctuación de imágenes y esencias de los seres de su alfabeto en perenne transverberación–desde el primer verso–el poeta Alejo, reanuda, en esta propuesta, la tarea de elaborar un tejido de imágenes abierto, ofreciendo al lector la posibilidad de atisbar su búsqueda, penetrando en los versos que hilvanan y cosen un proemio titulado Noche media. Un luminoso pórtico en el cual–para nuestro asombro–a través de cuatro poemas, cuatro hermosas estancias, preanuncia, desde esa alborada, las líneas temáticas y la forma de su novedosa exploración poética de los temas del amor y del paisaje.

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En esas primeras cuatro estancias resurgen–a manera de signos y símbolos siempre presentes en su indagación, desde Los sitios constelados, su primera obra–las imágenes ventana, viento, línea, gota, chorro, espejo, cuerpo, luz, línea, gasa, crepúsculo, noche, cielo, minuto, verbena, cuerpo y charca, que, desde el proemio, y a lo largo de todo el cuerpo de la obra, trazan un derrotero basado en la imagen de un círculo que se abre y se cierra, desde una ventana.

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Un círculo formado y dibujado a partir de un continuo devaneo rítmico de imágenes y símbolos, en permanente nacimiento y rebullir de una envolvente música. Un ritmo que, desde la ventana, como propulsora de un tiempo erigido en el curso de un río y una palabra espejeante, nos sumerge en un delicioso remolino. En un círculo nacido como órbita que anuda, al unísono, la noche y la luz en:

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Noche media

 

I

Abrió el tiempo el curso;
las luces y un espacio hundido
en la órbita sin horas

cuando la noche
o un crepúsculo
se alarga en la ventana:

el cielo a chorros
rompe su minuto

hundido, cerrando la ventana
del ocaso
hacia la extensión de luces
que empieza para siempre.

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II

Ha borrado la extensión
un espacio en la ventana;

tiembla el cuerpo que abren las horas
y la órbita en sueños.

Siempre lleva a otro un tiempo,
gota a gota
en la ventana:

las telas sobre un cuerpo
que guarda el cielo;

y astros que se alargan
empezarían para siempre.

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III

Se escurre el campo

Y los cuerpos que gotean
han caído al crepúsculo
en la yerba
que se alarga en la ventana;

sí romperán la línea
o el espacio oculto.

No buscan las horas
dormir por el cielo

cuando mojaran verbenas
para un sueño
que empieza para siempre.

IV

No suben las luces por el cielo;

un cuerpo quieto
no excede las órbitas,

se alarga en la ventana.

Ya sin luces
que enciendan la hierba
o las verbenas;

todo el vicio sube o baja
soñando al aire

y en mí los astros
sólo tiemblan

o en la charca de la plaza
que no miro en la ventana

y que mueren
empezando para siempre
a deshoras, sólo en mí.

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Sumergidos en la Noche media del proemio, prefacio, introito, o preámbulo, tejido en estas cuatro estancias, en un primer movimiento, vemos pasar y desfilar, ante nosotros, tres imágenes que se abren a la génesis de un sueño: la órbita, la ventana y el crepúsculo. Imágenes primigenias, propulsoras de la vida y de la muerte. Dan vueltas, giran en círculo, espejean, se anudan y se sueltan generando–tras ese devaneo–otros signos que operan como envés o revés de ellas mismas, de una apuesta reiterada, de un rostro que se ama y que sólo cambia en apariencia, en un instante. Un soplo que engendra, en sí mismo, el motor de los cambios de situaciones y de líneas derivadas de esas tres imágenes. Ellas abren la esclusa en busca de un rostro dibujado y desdibujado en un instante otro: luces, espacios, cielo, chorros, ocaso, minuto, noche, círculo.

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Tras esos compases, arranca el primer movimiento. Esa medida de un ritmo y de un tiempo–aparentemente–carente de luces y de horas, da paso al crepúsculo alargado en la ventana. Pero una vez alargado el crepúsculo, se abre, enseguida, la ventana. Se descubre el cielo y arranca un otro sueño que–esta vez–acaso dure para siempre (o así se lo desea), entre las luces de un cielo abierto a chorros, desde la ventana abierta y, enseguida, cerrada:

 

…el cielo a chorros
rompe su minuto

hundido, cerrando la ventana
del ocaso
hacia la extensión de luces
que empieza para siempre.

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Cumplido el gesto de desplegar y de cerrar la ventana, se funda el universo que, enseguida, habrá de florecer. Permanecerá en el amago de ser, desde un tiempo sin tiempo, hasta que, de nuevo, se abra la ventana y, del ocaso, surja el coro de luces, formado y abierto, a partir del cielo inmenso desplegado en sus corolas, abiertas, sensuales. Un cielo que rompe su ocaso y extiende las luces, invitando a recorrer una senda que empieza, o se sueña para siempre en un momento, en un instante. Una senda anunciada desde el momento en que, el mismo cielo, rompe su minuto y cierra el ocaso. Se expande hacia un derrotero de luces, una senda sembrada de astros en el segundo movimiento. Un segundo movimiento que, tal vez, quizá, se inicie para siempre, Pues, en ese tiempo, en este nuevo espacio, surgirá un tiempo distinto, otro instante rítmico, nacido gota a gota, en la segunda estancia:

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Siempre lleva a otro tiempo,
gota a gota
en la ventana:

las telas sobre un cuerpo
que guarda el cielo;

y astros que se alargan
empezarían para siempre.

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Gota a gota, el tiempo crece y emerge–por siempre y para siempre–desde la ventana en la cual se tejerá este sueño hermoso, en medio del cual, los mismos astros, participan (igualmente) del eterno arrullo de aguardar en el cielo. Ellos esperan, encerrados en telas. O, acaso, dentro de un cuerpo que mida la extensión de unas telas que, por igual, alargan ese amoroso sueño. O lo reducen a ser una simple gota, nacida y caída desde la ventana.

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Allí donde se encierra y se acuna todo el curso ensoñante, renace el universo para siempre: donde el tiempo se nombra en el instante en que los astros se recojan. O, quizá, cuando se alargan, en nombre de un tercer movimiento de   los cuerpos. Caen al crepúsculo, sobre la yerba, igualmente, nacida, en la ventana:

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y los cuerpos que gotean
han caído al crepúsculo
en la yerba
que se alarga en la ventana.

sí romperán la línea
o el espacio oculto.

No buscan las horas
dormir por el cielo…

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Tampoco los cuerpos, lograrán permanecer por un largo rato en la ventana: desde allí se alargan, aun cuando caigan al crepúsculo y rompan la línea. Todo espacio oculto, nunca más, permanecerá escondido.  Ni los astros, ni los cuerpos, exceden las órbitas. Todo el universo nacido en la ventana vuelve a arrancar en otro movimiento, que, tal vez, no signe el cuarto movimiento, sino–acaso–el primero.  Las luces no suben por el cielo. Todos los cuerpos nacen y se alargan en la ventana, que funda y resume todo el universo: si se abre o se cierra, se repetirá la sempiterna ensoñación. Todo ha sido un temblor de astros y de yerbas en el cuerpo, en el cual, el universo transcurre a deshoras. Sólo en el sueño. En esa ensoñación que, otra vez, empieza a ser eterna:

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No suben las luces por el cielo
un cuerpo quieto
no excede las órbitas,
se alarga en la ventana.

Ya sin luces
que enciendan la hierba
o las verbenas;

todo el vicio sube o baja
soñando al aire

y en mí los astros sólo tiemblan.

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Sueño del aire, o de ese cuerpo quieto que, como los astros, no ha subido al cielo como tampoco las hierbas, las verbenas que anudan el sueño del aire.  Un aire o un sueño transmutado en el vicio de bajar y de subir: sólo permanece el vacío. Nada ocurrió desde aquella ventana. Nada se ha visto desde ella: todo ha sido ensoñado desde la charca en una plaza abierta, otra tela extendida al infinito, abierta a todos los comienzos.

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Pero el temblor amoroso ha sido cierto. El sueño se reanudará, cuando cese el cuarto movimiento del proemio y se acepte que, definitivamente, los astros mueren y nacen a deshoras. Florecen, en la continuación del sueño, toda vez que se han sucedido los cuatro movimientos de este hermoso pórtico. Y, desde la Noche media, desde el final, o de su arranque, empezaría a nacer el universo.

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La nada florecida y el universo abierto

Y si de la ensoñación emergen cuatro imágenes primigenias–la ventana, el crepúsculo y la órbita–de ellas mismas brotarán, como capullo en flor, en estado naciente de una raíz abierta, otras imágenes derivadas de esos signos arquetípicos. La ventana, que pareciera fundir a las otras–tras los continuos devaneos de signos–propugna un hermoso juego de derivaciones. Una transmutación surgida de ese vientre que las anuda a todas: la ventana se cierra y se abre a un universo de continuas mudanzas. Al universo de la ensoñación perenne. Nada durará un minuto. Nada existe para siempre. Se nace para ser parte de una constante permutación de imágenes surgidas del hipogeo erótico, algunas veces, llamado ventana, otro crepúsculo o, sencillamente, órbita.

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A partir del proemio (desde un final siempre aplazado), nace el primer movimiento, aunque, en ese instante, ya se ensueñe un segundo, o tercer movimiento. Un mero compás destinado al juego de las derivaciones, de las ensoñaciones de un universo en flor, y–como toda flor–pregón de un futuro, sin negar la raíz de la cual nos habló Friedrich Holderlin, en su hermosa lectura y relectura de la filosofía de Empédocles de Agrigento, y en sus disquisiciones sobre la estructura del lenguaje del arte de la poesía: se nace desde una ventana siempre abierta, en permanente flor. Se muere y se nace en una ventana transformada en gasa que se cierra al punto:

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Del sueño es la medida,
la alborada
una gasa que se rompe
al punto

apenas en rayas
al fondo del límite
que acaba en mí

o inicia tal vez,
chorro de la luz,
y no se escurre
del postigo semiabierto en el cristal

La medida entonces
aguarda su hora
para llegarme en sueños

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Y si llega en sueños–porque la alborada genere la gasa rota al punto–quedarán las rayas para siempre. No existe final. Sólo un amago, el eterno intento de llegar al fondo. Allí donde la luz se abrirá en chorros, para que todo vuelva a comenzar: lo real será fundado por un tiempo marcado en el postigo. En el ser semiabierto que (al derivar en gasa) inicia un tiempo medido por el sueño de un final posible. Las ensoñaciones, la mutación y derivación constante, cederán el paso a un nuevo reino.  Al imperio de otro instante. Al nacimiento de un pozo, alguna vez, llamado charcas:

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Las charcas
de formas

de crepúsculos
y líneas
recientes

que traen las cosas
pero sólo
frente a su espejo

ahogadas tal vez
en la línea
de otro instante.

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De un instante a otro, surgirá el nacimiento de otra línea. Una línea reciente en la cual se empoza en la charca. Y el espejo–o el crepúsculo–marcarán su dominio. Pues la línea no dejará de ser otra línea, en otro instante que, igualmente, formará parte de la charca–o del espejo–en el cual han de enmarcarse las líneas y el crepúsculo. Todo pasará a ser parte de una ensoñación constante, de un menudeo por alcanzar el goce de un ente amoroso que dure para siempre. No tan sólo fragancia que, en un próximo instante, se rompería en la piedra:

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La fragancia se rompe
en la piedra
bajo el segundo seco;

línea sobre línea
cuerpo sobre cuerpo en acto.

Y apenas el punto del embozo;
una forma no es la imagen
que chorrea.

De los bordes
el deseo como luz
ni alcanza en rama oculta.

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Fragancia y línea se hacen una en la piedra que, apenas, si dejará ver el punto del embozo, el fondo del recipiente de las formas caídas o allí depositadas, aun cuando no formen una sola imagen que dure para siempre en un paisaje en permanente transverberación. De los bordes del embozo receptor, surgirán los deseos. Pero, de nuevo, se volverán fragancia sobre la piedra. Para que el juego de líneas y de cuerpos continúe, y se oculte la forma como, también, la rama: el punto de luz deseado como forma, como final llegada. Pero nada es cierto, ni siquiera un punto, ni la luz repartida en una rama.

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El viaje de la luz proseguirá. Entre cruces y desvíos, se afianza el tránsito de un espacio a otro. Un espacio cercenado por la noche carente de nombres y de forma cierta. Pues él sólo anuncia la persistencia de una imagen escurrida en las gotas que caen:

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El desvío de la luz
ya gira;

cayendo lenta de las órbitas
al espacio
que cercenas.

Esta noche
no lleva nombres
ni forma cierta:

entre las piedras

en medio de las hierbas
una imagen se escurre

gota a gota, a chorros
cuando aún se hunden
los besos en sueños.

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Desde la luz–del punto de luz a las gotas que van cayendo, una a una–se reafirma la persistencia de un fuego que anima todo el viaje, los giros de los cuerpos que forman una cosmogonía anudada en la extática búsqueda de un cuerpo soñado, de un cuerpo anudado, surgido de la coexistencia de esos elementos de la naturaleza, tras un constante juego de remolinos y giros. La luz gira y rota en un remolino incesante. Se desvía para enfocar las hierbas, las órbitas creadas por la fusión de seres en permanente rotación. Sólo las piedras, mudas e inmóviles, parecen atestiguar las rotaciones que enuncian el incesante viaje.

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Las piedras permanecen inmóviles. Pero, entre ellas, una imagen se escurre: el descenso o caída de las gotas que, tampoco, alcanzan un final, aunque, en el sueño, formen chorros. Un sueño que dará forma a una cosmogonía surgida de la gota diminuta y sólida, persistente como las hierbas que proporcionarán nombres–en este sueño, en esta noche–a una imagen que no lleva nombres:

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Esta noche
no lleva nombres

ni forma cierta:
entre las piedras

en medio de las hierbas
una imagen se escurre…

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Entre las piedras y el cielo distante, dos diminutos seres, la gota y la hierba, alcanzan dimensiones inconmensurables, gracias a estas “líneas para una ensoñación”, sin reposo ni límites. Los cuatro elementos de la naturaleza resultan conjugados, fundidos y   disueltos, de manera permanente y constante, en una jornada que conduce a todas partes y a ninguna: el ser que nombra o evoca las cosas, une cielo y tierra en la imagen de una piedra que gira. La palabra viaja desde una ventana, y a ella vuelve, pregonando, para siempre, el tránsito de una figura real que pasa y que no pasa.

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Porque en la insondable obra poética de Hibrahim Alejo sólo existe, y se hace real, el sueño inacabado de una hermosa jornada iniciada a partir de la imagen elemental de una gota. El infinito camino de la gran poesía, alguna vez nombrada Líneas para una ensoñación, redujo el firmamento a la fuerza inconmensurable de una gota mínima. A la pétrea fragilidad de la hierba y de la línea que, unidas en una sola arista, preanuncian, para siempre–desde un amanecer que supuso el tránsito insondable a través de esa gota–el reino de la noche infinita, en este hermoso e inacabado viaje.

Las Eluvias III, amanecer del día 08 de diciembre de 2021-23 de abril de 2023

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J.

José Napoleón Oropeza. Barinas, Venezuela, 1950. Poeta, ensayista, narrador, profesor universitario, promotor cultural y crítico literario. Ha publicado una basta obra que lo ha hecho merecedor del Premio Nacional de Cultura, Mención Literatura de Venezuela, 2021-2022 . Fundador de la Maestría en Literatura Venezolana de la Facultad de Ciencias de la Educación de la Universidad de Carabobo, cursó estudios de Doctorado en el King’s College de la Universidad de Londres y es miembro de la Academia Venezolana de la Lengua.

La obra que ilustra esta publicación fue realizada por la artista venezolana Lakshmi Weßmann

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