La poesía habla entre personas y no con el poder

Entrevista a Nérvinson Machado

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Por Robert Rincón


Un espacio ideal  para una conversación con Nérvinson hubiera tenido como lugar un Rock Bar, pues el poeta, también narrador y músico administra sus expresiones artísticas hiladas por una actitud de vida a favor de la creación y no destrucción pese a la consigna «Do It Yourself» que ha mantenido desde la adolescencia. Motivos personales y de búsqueda, emprendió un viaje por Chile y México donde ha desarrollado su obra poética y musical a la par de dirigir proyectos editoriales que involucran la educación y la promoción de la lectura. En esta oportunidad conversamos a modo de epístola sobre cómo la música influyó en su trabajo de escritura, así como la perspectiva que actualmente tiene sobre la cultura, el libro y la poesía venezolana.

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El punk como actitud integral ante el sistema

En mi caso ha habido una relación muy fuerte entre lo que escribo y la contracultura. No por la forma de vestir o apego a tipo de música, sino por el espíritu contestario que aún se refleja en mis libros y esa consigna de «Do It Yourself» que tanto se ha usado en el punk y de la cual varias generaciones hemos aprendido. Incluso, era muy común en mi adolescencia preguntarle al otro qué estaba leyendo en ese momento. Usar un mohicano o andar con los pelos de punta equivalía a asumir una responsabilidad lectora que podía ir desde la literatura distópica hasta filosofía política. De ahí que muchos escritores usen la palabra punk como adjetivo para identificar cierto histrionismo dentro de su trabajo. También está la experiencia como vocalista de la banda hardcore-punk «Crisis Política», en el año’95. Es increíble, si hacemos un análisis sociológico, como la historia más dura de América Latina viene expuesta en muchas canciones de tres tonos. Por eso asumo que mis primeras nociones críticas sobre el mundo vinieron en esa experiencia. A veces a muchos venezolanos, y los que juzgan a la ligera la situación del país desde el extranjero, se les olvida que en la década del ’90 fueron asesinados muchos estudiantes y periodistas en Venezuela. Ese mito del pasado glorioso de Venezuela sólo es equiparable a la farsa actual. Todo esto que te describo se filtra a través de mis ideas y sensaciones al momento de escribir.

Otro hecho importante para mí fue establecer amistad con exiliados de la Guerra Civil Española (dos viejos anarquistas que podría decir eran dos enciclopedias vivientes). Si te fijas, la relación con personas desplazadas por el militarismo empezó desde muy joven, pero nunca pensé que yo tendría que vivirlo también.

Y aunque nací en Caracas, crecí en Guarenas y Guatire, dos ciudades que recibieron lo que la capital, con su idea de centralización y grandeza, desechó. Algo que notas, hasta ahora, en las bibliotecas. No es de extrañar que mis primeras lecturas, por así decirlo, hayan sido canciones que te hablaban de que algo no estaba bien en el mundo. Como te dije, esos viejos anarquistas y mi desconfianza a las estructuras políticas me hicieron no depender de ninguna autoridad y construir una disciplina de estudio y lectura que me ha servido mucho. Eso fue lo que me acompañó en Chile y posteriormente en México y me impulsó hace años a cofundar una editorial cartonera en Monterrey (Regia Cartonera) e impulsar ahora Anónima Editores. Mi interés por expresar espacios de armonía, arte y reflexión se ha convertido en mi modo de vida.

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El hardcore-punk no admite estructuras verbales «fáciles» ni discursos «dulces»

La diversidad es valiosa porque nos lleva a cuestionarnos y nos impulsa a buscar nuevas formas de escritura. Vivimos en un continente con una desigualdad alarmante y lo notas por el restringido acceso que hay para garantizar una educación de calidad u obtener un libro. Para muchas personas la cultura es un lujo y hay quienes piensan que esto debería permanecer así. Pero el problema es mucho más complejo, hay escritores o editores que menosprecian al lector y piensan que no debe haber prácticamente ningún desafío en el texto. Generalmente asocio este tipo de actitud con una especie de conservadurismo literario. Lo curioso es que terminan creyéndose guardianes del lenguaje y actúan como si fueran aves que le dan de comer en el pico a sus pichones.

En mi caso, cuando comienzo a escribir un libro siento que el ritmo lo dicta el tema y mis circunstancias. Claro, la experiencia lectora y la historia que arrastras te acompañan en todo momento. Puedes intentar esconderte, negarte en la obra, pero en algún momento tienes que salir a boxear con lo que escribes y terminas en un buen baile si sabes que esto no es una pelea, sino unos guantazos necesarios para conseguir armonía con tus ideas y lo que quieres expresar. Sin embargo, entender no siempre se traduce en sentir. El lenguaje y el mundo cambian con mucha rapidez y no puedes colocarles una camisa de fuerza. Cuando el ser humano usó algunos trazos para que una cabeza de buey ejemplificara «poder» o una pluma de ganso equivaliera a «justicia» también estaba creando poesía. Te hablo de la historia de la escritura, de sus orígenes. El mismo Italo Calvino puso un buen ejemplo en su célebre libro Seis propuestas para el nuevo milenio. Abogaba por una escritura más rápida a consecuencia de cómo la publicidad estaba impactando la forma de percibir el mundo. Nada en la escritura permanece inmune a los cambios. No me imagino qué diría ahora con las redes sociales. La poesía es una consciencia crítica; si quieres, un espejo que puede llegar a deformarnos hasta hacernos ver nuestros alcances.

Muchas veces los que abogan por una supuesta claridad pareciera que quieren borrar la diversidad poética que nos antecede. Por eso creo que ese purismo es tan ilógico como la inquisición.

Cuando empecé a escribir Dub Sar ensayé muchas formas. Partí de una pregunta: ¿cómo puedo demostrar los cambios de ideas y escritura en cada época? Fue una pregunta ingenua, pero me ayudó a darle el peso necesario a lo que estaba haciendo. El primer poema que creé ahora funciona como una columna vertebral y está al final del libro. No se parece a los otros. Llevaba como título: La voz de la hojarasca. Cada verso de ese poema funciona como cita a pie de página, lo que amplía las posibilidades de lectura y juega con esa idea borgeana de que todos los libros están interconectados. En pocas palabras, si tengo que definir mi método, podría decirte que me gusta afirmar algo que luego mi propia escritura desmiente. Empecé a preguntarme cómo tendría que explicar que en Mesopotamia el soporte de la escritura era una tablilla de barro y los hititas escribían en bustrófedon, por decirte una de las tantas dudas que me impulsaron a seguir. Tal vez mi influencia fue menos poética de lo que muchos pensarían, pero ¿quién dijo que los historiadores no eran poetas también?

Umbilical, que en apariencia es un libro más sencillo si lo comparas con Dub Sar, la primera parte fue muy difícil de realizar para mí. Ahí hablo de la muerte de mi hermano y se produce un diálogo entre lo que escribo y la nota amarillista que salió en un periódico local. El crimen sucedió mientras yo vivía en Chile. Cuando regresé a Venezuela, después de mucho, mi abuela materna me había guardado el recorte de periódico: había muchos errores, incluyendo el nombre de mi hermano, y la foto ni siquiera pertenecía al hecho. Esa versión surrealista es lo único que me quedó de su deceso y eso fue lo que impuso el tono.

En momentos como los que vivimos en todo el continente, la poesía puede tener un papel importante. Y esa misma inquietud no está sólo en el fondo sino en la forma. Kandinski hizo sentir el estrés de una época con algunos colores y líneas, no necesitó explicarlo ni ser figurativo.

Como te comenté anteriormente, la poesía a veces tiene como enemigo a los propios poetas, promotores y editores que subestiman al lector. Dante fue de una brevedad tremenda y su obra es enciclopédica. Cuando lo lees, notas una limpieza que te lleva a cuestionar tu propio trabajo. Luego puedes leer a Diego Maquieira y vivir la exuberancia del lenguaje, el juego fonético, la pluralidad de voces y otros elementos que te explotan la cabeza. Te hace pensar, incluso, que no hay límites al momento de escribir. Hay poesía en todos lados y nosotros nos empeñamos en andar a ciegas a través de un canon mal definido. Fíjate en los dichos populares y los refranes. Uno pudiera decir que ahí está la sencillez. Pero si encierras a un chileno, un mexicano y a un venezolano para que dialoguen desde esa misma sencillez, verás una paradoja, porque a pesar de que la lengua predominante posiblemente sea el español, no se entenderían tan fácil. Existen miles de formas para expresarnos y no se pueden condicionar.

Me preocupa que haya escritores que apunten a que el lector es un tonto. Se nos olvida que Cervantes y Shakespeare están llenos de neologismos, de cambios con referente a su tiempo. En ese aspecto, el mismo Eduardo Milán se preguntó en un libro: «¿quién, en realidad, son los posmodernistas, si aquellos que entienden la historia como algo vivo o los que se empeñan en repetir fórmulas pasadas como si la historia no avanzara?» Hay quienes piensan que si funcionó para una época para ellos también. Cada generación de por sí tiene sus desafíos y problemas y debemos aprender del pasado, pero no repitiéndolo. Conozco muchos escritores, sobre todo de las universidades, que piensan que si no hablas con el lenguaje de lo que hoy entendemos como «Siglos» de Oro no estás haciendo poesía. Y así como hay cambios cada día en el habla, no podemos pretender que la escritura sea sólo de una forma o de otra ni partir de cierta rigidez.

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Así como cambia el lenguaje, también la significación de los objetos «poéticos»

El mundo entero está compuesto por detalles que pasan inadvertidos, todo depende a dónde dirijas la mirada. Me cuestiono por qué no he escrito sobre esto o aquello. Escribo sobre lo que tengo duda, sobre lo que no conozco o sobre lo que en algún momento me ha sacudido a tal punto que siento que mi vida está impregnada de lo desconocido. Cuando estaba niño la propaganda sobre el apocalipsis en el año 2000 me alteró mucho. Sacaba cuenta y me ponía a llorar de la nada. Sólo decía que no me quería morir. Esto, que me imagino les pasó a muchos niños en las dos últimas décadas del siglo XX, ha hecho que me interese por aspectos relacionados con la muerte, con la mitología que la rodea y su relación con la escritura. No sé si en un sólo libro pueda contenerse la magnitud de las pequeñas cosas. Cuando leo Canto cósmico o Los Ovnis de Oro, de Cardenal o La Metamorfosis, de Ovidio, la emoción y las ideas me inundan al ver cómo estos autores lograron captar tanto en tan poco. El mismo Ovidio, en uno de sus versos dice: «una sola noche ocupa cien ojos». Asumo que estamos rodeados de oscuridad y necesitamos de esos cien ojos para entender nuestro metro cuadrado. Sin embargo, soy un tipo que escribe lento. En mi proceso me saturo de lecturas y vivencias y luego discuto un rato con el papel. Aun no hablo de esos detalles del amor o desamor que tanto apasiona a una buena parte de los poetas, aunque es indudable que el sentimiento esté ahí, pero no para hablar de la pareja o de mis rupturas amorosas. Creo que eso no le interesa a nadie. Ahora mismo pienso en el oro, del cual no he escrito nada tampoco. Es un mineral que podría ser tan intranscendente como cualquier otra piedra, pero la avaricia le dio otra categoría en la historia y la economía, no la poesía. Sin embargo, la relación del ser humano con la piedra podría ser un buen tema, porque esconde más de un horror.

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Estamos perdidos cuando buscamos nuestros mitos o los otros mitos son nuestros

En los mitos vemos reflejados muchos de nuestros debates diarios y es donde tratamos de hacer las paces con lo que aún no entendemos. Yo sigo sin entender del todo lo que me rodea o qué es la poesía, pero intuyo que ahí están condensadas las respuestas. Veo en la escritura un diálogo con la memoria y a su vez con la muerte y no existe sociedad que no tenga este mismo diálogo y una mitología sobre el tema. Occidente le debe tanto a Mesopotamia o a Egipto, que es difícil no comenzar hablando sobre estos textos fundacionales. Sin embargo, fue en mi primer poemario: El libro de los muertos o caminos de sueños insomne donde hablé por primera vez de la relación entre mitología y la muerte. Ahí, por ejemplo, escribí sobre una mujer momificada a la que llamaron Miss Chile. Incluso, en el inicio del libro hice una especie de advertencia: «Hay un pacto secreto entre los poetas y los muertos: robarle la memoria al olvido». Alguien, incluso, me dijo en broma que yo era el poeta arqueólogo. Pero me cuesta entender el yo sin todos esos muertos que me anteceden. Joseph Campbell llegó a afirmar que la mitología era la patria del arte. Pero no soy el único. El inicio del siglo XXI trajo consigo una serie de poetas que hicimos, si cabe la palabra, neoepopeyas. Se me ocurre, por ejemplo, Héctor Hernández Montecinos, en Chile, con el libro Coma; pero también Ernesto Carrión, en Ecuador; Daniela Camacho, Yaxkin Melchy y Manuel de J. Jiménez, en México, por citar de memoria algunos cuantos.

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Escribir es un buscar-se

No empiezo un libro sin un título, a pesar de que éste pueda cambiar en el camino. Es una forma de ordenar mis ideas y canalizar lo que siento, sobre todo porque soy demasiado disperso. La segunda parte de Umbilical se titula La noche latinoamericana y se publicó primero en Ecuador. Sabía que era un poemario inacabado, pero no le presté mucha atención en ese momento. El libro está poblado de voces, de experiencias y decepciones. Me recordaba constantemente de los atropellos que vi en América Latina. Es un libro de una respiración acelerada, porque me sentía inquieto y contrariado por toda la pobreza y violencia en la que estamos sumergidos.

La idea de la familia latinoamericana se había ido a pique y yo era testigo y partícipe a la vez. El concepto de patria, que viene del latín pater (padre, en español), se convirtió en un látigo. La madre, en cambio, la que nos une, lo vital, está siendo violada. En mi caso, no podía escribir sin tomar en cuenta eso. Son cosas que duelen y de las que no puedo dejar de hablar. Me tocó pasar hambre muchas veces, ver el mundo desde un aspecto que no conocía. Sin embargo, no dejaba de pensar que estaba cambiando y toda esa historia me daba una nueva dimensión del mundo. La poesía no está ausente de los sabores, de la calidez, de la hospitalidad que te dan, pero no la devuelves así, sino siendo parte de una voz crítica. Si te fijas, esos libros tienen formas que son muy chilenas o mexicanas. Cuando los escribí, la migración venezolana no había alcanzado la dimensión alarmante de ahora, pero era claro a dónde se dirigía todo el asunto.

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La tribu es la familia, nos cuesta hablarle a ella

Eugenio Montejo dijo en algún momento que pertenecíamos «más a nuestra época que a nuestro país» y yo soy de una época que ha producido miles de parias. Esto podría servir también para entender mi condición de escritor. En pocas palabras, para entender la condición de cientos de migrantes, porque cada uno es un escritor inédito con los bolsillos llenos de historias dolorosas. Así que, si tengo que hablar de códigos, tienen que ver con los recuerdos de la niñez, la familia, los libros que he leído o cada una de las personas que en algún momento abrieron sus puertas y me entregaron una sonrisa; no a un territorio.

Al igual que el cuento de Hansel y Gretel, uno va dejando migajas de pan en el camino, por si desea regresar en algún momento a ese país que uno le llama casa. Pero en mi caso lo que sucedió fue que miré hacia atrás y esas mismas migajas se habían convertido en vestigios de un país y muchas aves carroñeras se alimentaron de eso. Entonces te toca asumir que eres el que camina a lo desconocido y tienes que abrirte las puertas solo. Así fue como por mucho tiempo me dio miedo hablar con mi familia o abrir un correo proveniente de algún conocido venezolano. Pensaba lo peor. Lo primero que se te viene a la mente, es la muerte de un ser querido. Pero con el tiempo, la pérdida es evidente y tienes que aprender a vivir con eso. Desde ahí entiendo esos códigos que me preguntas. En algún momento hablé de ese bello árbol llamado samán y que es tan característico en la zona caribeña; era la memoria la que trataba de hacer los puentes con lo perdido y con esas pequeñas ciudades donde me crié.             

En el inicio de la Ilíada dice: «¡Oh, canta, diosa, la ira del pélida Aquiles!» y un verso del poeta peruano Carlos Germán Belli: «Oh, hada cibernética, dame la fuerza». Puede decirse que a pesar del tiempo y la distancia estos versos se encuentran, dialogan para entregarnos una belleza sin igual. Me gusta pensar que con mi escritura invento espacios de no-países, donde la identidad de cada pueblo dialoga con la del otro. Yo sigo hablando con mi pasado, porque está lleno de demasiados sitios, y desde ahí interrogo al presente y lo contrapongo con los recuerdos y las ilusiones. Esa oralidad transmutada, de la que hablas, lo regreso como un canto lleno de rebeldía, a veces un tanto amargo y a veces un tanto irónico. Me gusta ver a la poesía como esa idea bakuniana de que mi libertad se amplía con la del otro. Una especie de árbol que se nutre de la tierra que piso, pero que crea conexiones con el espacio y el tiempo. Porque no se trata sólo de imaginar, sino de lo que necesitamos. El ser humano necesita tanto de poesía como de libertad. A veces abuso y veo estos vocablos como sinónimos. Y en este tiempo en que la comunicación entre los Estados y los pueblos latinoamericanos está rota, la poesía entra para reestablecer un diálogo entre las personas y negar el poder. Si lo quieres, es una forma de esparcir preguntas y de agarrar fuerza desde las emociones.

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La tribu maneja sus propios códigos y eso conlleva una intención irrepetible

Prefiero hablar de una poesía hecha por venezolanos más que de una poesía venezolana. La creación literaria excede, por fortuna, las fronteras. Desde esa sensación entiendo esa aldea, que nombras, que se extiende con cada paso que da el poeta, porque permite saltarse la rigidez de una delimitación política. En mi caso, admito que me cuesta reconciliarme con esa identidad que empezó a tomar vida en el siglo XVIII, producto de la fábrica del lenguaje de la Ilustración y que tanto influyó en la creación de los estados nacionales en el continente americano. Este experimento, que tuvo su apogeo hasta prácticamente el primer cuarto del siglo XIX desembocó en una serie de guerras civiles y conflictos que se extienden hasta la actualidad y de lo cual la poesía no puede escaparse. Creo que aún seguimos preguntándonos quiénes somos. Por un lado, si bien ya no éramos al momento de las independencias nacionales solo el mundo indígena de cuando los españoles invadieron, tampoco somos esa visión que impusieron los criollos en el momento en que empezaron a dividir el territorio sin respetar las identidades culturales y mucho menos integrar las nuevas culturas, como la africana, que tanta vida nos ha dado. Forzar la identidad a través de ciertas palabras no muestra el origen, sino la decadencia que nos rodea, porque no apunta a cuestionarnos ni a indagar, sino a repetir. Las palabras mismas son un cascarón vacío sin los nexos sintácticos y las experiencias. Muchas personas pueden hablar del esplendor del Santo Ángel, decir arepa, cazabe, pero seguramente no han tenido oportunidad de estar en el Amazonas ni ver la crueldad con que están expuestos los grupos étnicos de la región, gracias al concepto de país que tenemos. Cuando Andrés Bello compuso Silva a la Zona Tórrida, un poema que admiro por su esplendor, dejó afuera una realidad muy dura que todavía tratamos de entender. Después tenemos a todas las personas desplazadas a raíz de la violencia política y social actual. La gente sigue analizando el problema venezolano como un binomio. Contraponiendo, según algunos, un pasado lleno de esplendor, contra un presente que desilusionó a todos, menos a los militares y los nuevos grupos de poder que hoy son los directores de orquesta del país. Si te fijas, el mito se renueva. Olvidamos el éxodo campesino que se reflejó en la poesía venezolana desde las décadas del 50 hasta el 70 prácticamente. También se nos olvida el daño por ser un país preñado de una materia prima, el petróleo, que contamina al mundo entero y que los grandes capitales ambicionan. Esa, por ejemplo, no es la identidad que quisiera asumir cuando digo que nací en Caracas. Después tenemos todas las voces de gran valor que están en el extranjero como Jairo Rojas Rojas, Eleonora Requena, Jesús Montoya, Francisco Catalano o el espléndido trabajo memorístico que está haciendo la escritora Gladys Mendía; la cual, a pesar del tiempo de estar afuera del país, no ha dejado de creer en el talento de la gente que está dentro o fuera de Venezuela. Y, claro, hay muchos más a los que pido disculpa pública por no nombrarlos.

Si tenemos que hablar de una poesía actual venezolana, lo cual, ya te dije, me parecería un gólem, hay que hacer una lectura cubista por todas estas manifestaciones y sitio desde donde se escribe, tanto de tiempo como lugar.

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Lecturas donde en momentos de confusión utilizamos la brújula

No puedo hablar de toda una tradición, pero puedo comentarte que Andrés Bello sigue siendo un poeta de cabecera para mí, al igual que lo es José Antonio Ramos Sucre. En tiempos más cercanos, leo con devoción a Rafael Cadenas, Eugenio Montejo, María Auxiliadora Álvarez y algunos otros poetas jóvenes.

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Estética, crítica y producción editorial de la poesía actualmente en Venezuela

El tema editorial en el país es complejo por todas las limitaciones: costo y ausencia de papel, imprenta y las afiliaciones políticas. Agregaría que falta la independencia cultural de las estructuras de poder, pero no quiero generalizar. Siempre hay pequeños espacios y poetas increíbles que abren nuevos mundos, el problema es cómo amplias esas visiones. Aunque el problema mayor empezó cuando quisieron subordinar la literatura a la política. Después viene una serie de decisiones, a mi juicio, equivocadas para proteger al talento nacional. Hoy en día tratar de distribuir libros en Venezuela tiene muchos obstáculos económicos, impuestos innecesarios y que repercute en la lectura nacional. La cultura es universal y en el momento en que interrumpes ese diálogo con otras regiones sólo obtienes una endogamia que sólo beneficia a la censura estatal. Pero no todo es negativo. Los poetas más jóvenes, por fortuna, han echado mano a las nuevas tecnologías y ampliado el diálogo con poetas de otras regiones. Esto me hace recordar un poco a la cultura punk en los 80 o 90 en que teníamos que recurrir al intercambio directo con creadores de fanzines o bandas a través del correo y todo circulaba de mano en mano después, porque no había tiendas de distribución. Las discusiones eran interesantísimas. Ninguna región debería estar acotada a su creación folclórica a pesar del valor que esta pueda tener.

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Muere el libro pero no el objeto de lectura

Me pregunto si ahora mismo tendríamos que lamentarnos porque ya no escribimos en tablillas de barro como lo hicieron en Mesopotamia por varios siglos. También podemos reflexionar que el pergamino terminó desplazando al papiro y luego el papel al pergamino. No por eso hay que tener una visión catastrófica sobre la escritura. Kernan se lamentaba en La muerte de la literatura por los cambios a raíz de los adelantos tecnológicos, como si la escritura misma no fuese tecnología y el uso del papel hubiese estado siempre ahí. Incluso, en su reflexión queda fuera obras de altísimo valor para la humanidad y que fueron realizadas en barro o papiro. Luego está la reflexión sobre el hecho de que las personas no están leyendo por la competencia producida entre medios audiovisuales y el texto. Algo que ya había advertido McLuhan. A veces se nos olvida que el gran enemigo no es la televisión, la internet o los formatos digitales, sino la falta de crítica y lectores que analicen y, por qué no, disfruten, el contenido. El mundo impreso, por lo menos desde Occidente, inicia con Gutenberg y creo que hay una mitificación sobre su persona. Al inicio, la imprenta no fue bien vista. El mismo Gutenberg terminó en una pobreza espantosa. La caja de papel, tal cual la conocemos en la actualidad, ha sido uno de los soportes del libro que menos tiempo ha tenido en la historia. Indudablemente los soportes y los medios influyen en el contenido, pero también el lenguaje es una materia viva que se adapta y sobrepasa los soportes. Lo escritores romanos, con ciertas excepciones, no escribieron sus obras ellos mismos. Las dictaban. Esto es una paradoja por sí misma. Estaban apegados a una tradición oral y como dicen en México, las componían en el aire y los amanuenses tenían que captar esos cambios e incluirlos en la obra. ¿Dónde comienza Virgilio y dónde culmina la mano del amanuense en la Eneida? Son preguntas, claro, a la que no tenemos respuesta. Además, la tradición de poesía visual en España durante la Edad Media es interesantísima, al igual que lo son los códices mesoamericanos. La comunión entre imagen y palabra está desde el mismo nacimiento de la escritura. Con la internet y otros medios tecnológicos están sucediendo cosas que nos hacen reflexionar sobre la incapacidad del alfabeto y no sé si sea de carácter efímero. Esta incapacidad, si lo pensamos con detenimiento, ha sido siempre el motor de la poesía. No pienso en una crisis del libro sino en una crisis de la lectura y la impresión; una crisis por ausencia de crítica. Con las nuevas tecnologías la intertextualidad es mayor y se ha producido un juego de espejos entre los medios audiovisuales y el papel, cada uno influyendo sobre el otro. Lo efímero se está dando, pero no por los cambios de soporte, sino por razones sociológicas y educativas. En un mundo donde quieren hacerte ver que producir y consumir es lo más importante, es ilusorio no pensar que se necesita de la lectura. El libro electrónico seguramente da cierta sensación de espejismo al creer que una biblioteca cabe en un bolsillo, pero todos los medios están condicionados por el mismo problema, la apatía intencional que se ha transmitido a todo aquello que no genere una riqueza material inmediata y por esa noción del monopolio, ya sea de dinero o del saber.

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Nérvinson en su taller de escritura creativa

La escritura y la música comparten el mismo origen en la mitología griega. Incluso, en el Popol Vuh el ser humano fue creado, después de varios fracasos, en la cuarta ocasión. ¿Por qué tantas veces o por qué no abandonarlo a la primera o segunda vez que no funcionó? La respuesta está en el canto, en la música tan necesaria en la comunicación con los dioses. No soy un poeta místico, claro está, pero hay un canto al universo, tal vez a ese universo interior que cada uno guarda celosamente y necesita de esa música para expresarse y entretejer ideas. Eso, en grandez rasgos sería el comienzo. Lo otro es el tema. Lo demás se desprende de esas dos condiciones. Ritmo y contenido. Al final, los límites no existen, porque la misma incapacidad de la que hablé anteriormente, actúa como un trampolín para usar la imaginación y construir nuevas formas.

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Nérvinson Machado.
Caracas, Venezuela, 1976. Poeta, ensayista, conferencista y editor. Ha publicado: el libro de los muertos o caminos de noches insomnes (Chile, 2004), La noche latinoamericana (Ecuador, 2012), Umbilical (México, 2015) y Dub-Sar: la angustia de Gilgamesh por la muerte de la escritura (2da. Ed., México, 2020). Textos suyos aparecen en las antologías 4M3R1C4. Poesía novísima latinoamericana (Chile, 2010), Hallucinated Horse: New Latin American Poets (Inglaterra, 2012), Barcos sobre el agua natal (España – México, 2012) y América (reescritura del poema homónimo de Allen Ginsberg) (Estados Unidos, 2015). Es director editorial de Anónima Editores y fue cofundador del proyecto editorial Regia Cartonera. Es director editorial de las revistas: Vanguardia Educativa y Conexión RH.

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La entrevista realizada a Nérvisión Machada fue dirigida por Robert Rincón a través de correspondencia electrónica durante los meses de mayo y junio del 2020.
La obra que ilustra este post fue realizada por el artista venezolano Marco Saraceni

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